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María
Jorge Isaacs Capítulos XX ~ XXV XX Mi madre y Emma salieron al corredor a recibirme. Mi padre había montado para ir a visitar los trabajos. A poco rato se me llamó al comedor, y no tardé en acudir porque allí esperaba encontrar a María pero me engañé; y como le preguntase a mi madre por ella, me respondió: Como esos señores vienen mañana, las muchachas están afanadas por que queden muy bien hechos unos dulces; creo que han acabado ya y que vendrán ahora. Iba a levantarme de la mesa cuando José, que subía del valle a la montaña arreando dos mulas cargadas de cañabrava, se paró en el altico desde el cual se divisaba el interior, y me gritó: ¡Buenas tardes! No puedo llegar, porque llevo una chúcara y se me hace noche. Ahí le dejo un recado con las niñas. Madrugue mucho mañana, porque la cosa está segura. Bien le contesté; iré muy temprano; saludes a todos. ¡No se olvide de los balines! Y saludándome con el sombrero continuó subiendo. Dirigíme a mi cuarto a preparar la escopeta, no tanto porque ella necesitase de limpieza cuanto por buscar pretexto para no permanecer en el comedor, en donde al fin no se presentó María. Tenía yo abierta en la mano una cajilla de pistones cuando vi a María venir hacia mí trayéndome el café, que probó con la cucharilla antes de verme. Los pistones se me regaron por el suelo apenas se acercó. Sin resolverse a mirarme, me dio las buenas tardes, y colocando con mano insegura el platito y la taza en la baranda, buscó por un instante con ojos cobardes los míos, que la hicieron sonrojar; y entonces, arrodillada, se puso a recoger los pistones. No hagas tú eso le dije; yo lo haré después. Yo tengo muy buenos ojos para buscar cosas chiquitas respondió; a ver la cajita. Alargó el brazo para recibirla, exclamando al verla: ¡Ay! ¡Si se han regado todos! No estaba llena le observé ayudándole. Y que se necesitan mañana de éstos dijo soplándoles el polvo a los que tenía en la sonrosada palma de una de sus manos. ¿Por qué mañana y por qué de éstos? Porque como esa cacería es peligrosa, se me figura que errar un tiro sería terrible, y conozco por la cajita que éstos son los que el doctor te regaló el otro día diciendo que eran ingleses y muy buenos... Tú lo oyes todo. Algo hubiera dado algunas veces por no oír. Tal vez sería mejor no ir a esa cacería... José te dejó un recado con nosotras. ¿Quieres tú que no vaya? ¿Y cómo podría yo exigir eso? ¿Por qué no? Miróme y no respondió. Ya me parece que no hay más dijo poniéndose en pie y mirando el suelo a su alrededor; yo me voy. El café estará ya frío. Pruébalo. Pero no acabes de cargar esa escopeta ahora... Está bueno añadió tocando la taza. Voy a guardar la escopeta y a tomarlo; pero no te vayas. Yo había entrado a mi cuarto y vuelto a salir. Hay mucho que hacer allá dentro. Ah, sí le contesté; preparar postres y las galas para mañana. ¿Te vas, pues? Hizo con los hombros, inclinando al mismo tiempo la cabeza a un lado, un movimiento que significaba: como tú quieras. Yo te debo una explicación le dije acercándome a ella. ¿Quieres oírme? ¿No digo que hay cosas que no quisiera oír? contestó haciendo sonar los pistones dentro de la cajita. Creía que lo que yo... Es cierto eso que vas a decir, eso que crees. ¿Qué? Que a ti sí debiera oírte; pero, esta vez, no. ¡Qué mal habrás pensado de mí en estos días! Ella leía, sin contestarme, los letreros de la cajilla. Nada te diré, pues; pero dime qué te has supuesto. ¿Para qué ya? ¿Es decir que no me permites tampoco disculparme para contigo? Lo que quisiera saber es por qué has hecho eso; sin embargo, me da miedo saberlo por lo mismo que para nada he dado motivo; y siempre pensé que tendrías alguno que yo no debía saber... Mas como parece que estás contento otra vez... yo también estoy contenta. Yo no merezco que seas tan buena como eres conmigo. Quizá seré yo quien no merezca... He sido injusto contigo, y si lo permitieras, te pediría de rodillas que me perdonaras. Sus ojos velados hacía rato lucieron con toda su belleza, y exclamó: ¡Ay! no, ¡Dios mío! Yo lo he olvidado todo... ¿oyes bien? ¡todo! Pero con una condición añadió después de una corta pausa. La que quieras. El día que yo haga o diga algo que te disguste, me lo dirás; y yo no volveré a hacerlo ni a decirlo. ¿No es muy fácil eso? ¿Y yo no debo exigir de tu parte lo mismo? No, porque yo no puedo aconsejarte a ti, ni saber siempre si lo que pienso es lo mejor; además, tú sabes lo que voy a decirte, antes que te lo diga. ¿Estás cierta, pues? ¿Vivirás convencida de que te quiero con toda mi alma? le dije en voz baja y conmovida. Sí, sí respondió muy quedo; y casi tocándome los labios con una de sus manos para significarme que callara, dio algunos pasos hacia el salón. ¿Qué vas a hacer? le dije. ¿No oyes que Juan me llama y llora porque no me encuentra? Indecisa por un momento, en su sonrisa había tal dulzura y tan amorosa languidez en su mirada, que ya había ella desaparecido y aún la contemplaba yo extasiado. XXI Al día siguiente al amanecer tomé el camino de la montaña, acompañado de Juan Angel, que iba cargado con algunos regalos de mi madre para Luisa y las muchachas. Seguíanos Mayo: su fidelidad era superior a todo escarmiento, a pesar de algunos malos ratos que había tenido en esa clase de expediciones, impropias ya de sus años. Pasado el puente del río, encontramos a José y a su sobrino Braulio que venían ya a buscarme. Aquél me habló al punto de su proyecto de caza, reducido a asestar un golpe certero a un tigre famoso en las cercanías, que le había muerto algunos corderos. Teníale seguido el rastro al animal y descubierta una de sus guaridas en el nacimiento del río, a más de media legua arriba de la posesión. Juan Angel dejó de sudar al oír estos pormenores, y poniendo sobre la hojarasca el cesto que llevaba, nos veía con ojos tales cual si estuviera oyendo discutir un proyecto de asesinato. José continuó hablando así de su plan de ataque: Respondo con mis orejas de que no se nos va. Ya veremos si el valluno Lucas es tan jaque como dice. De Tiburcio sí respondo. ¿Trae la munición gruesa? Sí le respondí y la escopeta larga. Hoy es el día de Braulio. El tiene mucha gana de verle hacer a usted una jugada, porque yo le he dicho que usted y yo llamamos errados los tiros cuando apuntamos a la frente de un oso y la bala se zampa por un ojo. Rio estrepitosamente, dándole palmadas sobre el hombro a su sobrino. Bueno, y vámonos continuó: pero que lleve el negrito estas legumbres a la señora, porque yo me vuelvo; y se echó a la espalda el cesto de Juan Angel, diciendo: ¿Serán cosas dulces que la niña María pone para su primo?... Ahí vendrá algo que mi madre le envía a Luisa. Pero ¿qué es lo que ha tenido la niña? Yo la vi ayer a la pasada tan fresca y lúcida como siempre. Parece un botón de rosa de Castilla. Está buena ya. Y tú ¿qué haces ahí que no te largas, negritico? dijo José a Juan Angel. Carga con la guambía10 y vete, para que vuelvas pronto, porque más tarde no te conviene andar solo por aquí. No hay que decir nada allá abajo. ¡Cuidado con no volver! le grité cuando estaba él del otro lado del río. Juan Angel desapareció entre el carrizal como un guatín asustado. Braulio era un mocetón de mi edad. Hacía dos meses que había venido de la Provincia11 para acompañar a su tío, y estaba locamente enamorado, de tiempo atrás, de su prima Tránsito. La fisonomía del sobrino tenía toda la nobleza que hacía interesante la del anciano; pero lo más notable en ella era una linda boca, sin bozo aún, cuya sonrisa femenina contrastaba con la energía varonil de las otras facciones. Manso de carácter, apuesto, e infatigable en el trabajo, era un tesoro para José y el más adecuado marido para Tránsito. La señora Luisa y las muchachas salieron a recibirme a la puerta de la cabaña, risueñas y afectuosas. Nuestro frecuente trato en los últimos meses había hecho que las muchachas fuesen menos tímidas conmigo. José mismo, en nuestras cacerías, es decir, en el campo de batalla, ejercía sobre mí una autoridad paternal, todo lo cual desaparecía cuando se presentaba en casa, como si fuese un secreto nuestra amistad leal y sencilla. ¡Al fin, al fin! dijo la señora Luisa tomándome por el brazo para introducirme a la salita. ¡Siete días!... uno por uno los hemos contado. Las muchachas me miraban sonriendo maliciosamente. Pero ¡Jesús!, qué pálido está exclamó Luisa mirándome más de cerca. Eso no está bueno así; si viniera usted con frecuencia estaría tamaño de gordo. ¿Y a ustedes cómo les parezco? dije a las muchachas. ¡Eh! contestó Tránsito: pues ¿qué nos va a parecer? Si por estarse allá en sus estudios y... Hemos tenido tantas cosas buenas para usted interrumpió Lucía: dejamos dañar la primera badea de la mata nueva, esperándolo: el jueves, creyendo que venía, le tuvimos una natilla tan buena... ¡Y qué peje! ¿ah Luisa? añadió José; si eso ha sido el juicio, no hemos sabido qué hacer con él. Pero ha tenido razón para no venir continuó en tono grave; ha habido motivo; y como pronto lo convidarás a que pase con nosotros un día entero... ¿no es así, Braulio? Sí, sí, pase y hablemos de eso. ¿Cuándo es ese gran día, señora Luisa? ¿cuándo es, Tránsito? Esta se puso como una grana, y no hubiera levantado los ojos para ver a su novio por todo el oro del mundo. Eso tarda respondió Luisa: ¿no ve que falta blanquear la casita y ponerle las puertas? Vendrá siendo el día de Nuestra Señora de Guadalupe, porque Tránsito es su devota. ¿Y eso cuándo es? ¿Y no sabe? Pues el doce de diciembre. ¿No le han dicho estos muchachos que quieren hacerlo su padrino? No, y la tardanza en darme tan buena noticia no se la perdono a Tránsito. Si yo le dije a Braulio que se lo dijera a usted, porque mi padre creía que era mejor así. Yo agradezco tanto esa elección como no podéis figurároslo; mas es con la esperanza de que me hagáis muy pronto compadre. Braulio miró de la manera más tierna a su preciosa novia, y avergonzada ésta, salió presurosa a disponer el almuerzo, llevándose de paso a Lucía. Mis comidas en casa de José no eran ya como la que describí en otra ocasión: yo hacía en ellas parte de la familia; y sin aparatos de mesa, salvo el único cubierto que se me destinaba siempre, recibía mi ración de frisoles, mazamorra, leche y gamuza de manos de la señora Luisa, sentado ni más ni menos que José y Braulio, en un banquillo de raíz de guadua. No sin dificultad los acostumbré a tratarme así. Viajero años después por las montañas del país de José, he visto ya a puestas de sol llegar labradores alegres a la cabaña donde se me daba hospitalidad: luego que alababan a Dios ante el venerable jefe de la familia, esperaban en torno del hogar la cena que la anciana y cariñosa madre repartía: un plato bastaba a cada pareja de esposos; y los pequeñuelos hacían pinicos apoyados en las rodillas de sus padres. Y he desviado mis miradas de esas escenas patriarcales, que me recordaban los últimos días felices de mi juventud... El almuerzo fue suculento como de costumbre, y sazonado con una conversación que dejaba conocer la impaciencia de Braulio y de José por dar principio a la cacería. Serían las diez cuando, listos ya todos, cargado Lucas con el fiambre que Luisa nos había preparado, y después de las entradas y salidas de José para poner en su gran garniel de nutria tacos de cabuya y otros chismes que se le habían olvidado, nos pusimos en marcha. Eramos cinco los cazadores: el mulato Tiburcio, peón de la chagra12; Lucas, neivano agregado de una hacienda vecina; José, Braulio y yo. Todos íbamos armados de escopetas. Eran de cazoleta las de los dos primeros, y excelentes, por supuesto, según ellos. José y Braulio llevaban además lanzas cuidadosamente enastadas. En la casa no quedó perro útil: todos atramojados13 de dos en dos, engrosaron la partida expedicionaria dando aullidos de placer; y hasta el favorito de la cocinera Marta, Palomo, a quien los conejos tenían con ceguera, brindó el cuello para ser contado en el número de los hábiles; pero José lo despidió con un «¡zumba!» seguido de algunos reproches humillantes. Luisa y las muchachas quedaron intranquilas, especialmente Tránsito, que sabía bien era su novio quien iba a correr mayores peligros, pues su idoneidad para el caso era indisputable. Aprovechando una angosta y enmarañada trocha, empezamos a ascender por la ribera septentrional del río. Su sesgado cauce, si tal puede llamarse el fondo selvoso de la cañada, encañonado por peñascos en cuyas cimas crecían, como en azoteas, crespos helechos y cañas enredadas por floridas trepadoras, estaba obstruido a trechos con enormes piedras, por entre las cuales se escapaban las corrientes en ondas veloces, blancos borbollones y caprichosos plumajes. Poco más de media legua habíamos andado cuando José, deteniéndose a la desembocadura de un zanjón ancho, seco y amurallado por altas barrancas, examinó algunos huesos mal roídos, dispersos en la arena: eran los del cordero que el día antes se le había puesto de cebo a la fiera. Precediéndonos Braulio, nos internamos José y yo por el zanjón. Los rastros subían. Braulio, después de unas cien varas de ascenso, se detuvo, y sin mirarnos hizo ademán de que parásemos. Puso oído a los rumores de la selva; aspiró todo el aire que su pecho podía contener; miró hacia la alta bóveda que los cedros, jiguas y yarumos formaban sobre nosotros, y siguió andando con lentos y silenciosos pasos. Detúvose de nuevo al cabo de un rato; repitió el examen hecho en la primera estación; y mostrándonos los rasguños que tenía el tronco de un árbol que se levantaba desde el fondo del zanjón, nos dijo, después de un nuevo examen de las huellas: «Por aquí salió: se conoce que está bien comido y baquiano». La chamba14 terminaba veinte varas adelante por un paredón desde cuyo tope se conocía, por la hoya excavada al pie, que en los días de lluvia se despeñaban por allí las corrientes de la falda. Contra lo que creía yo conveniente, buscamos otra vez la ribera del río, y continuamos subiendo por ella. A poco halló Braulio las huellas del tigre en una playa, y esta vez llegaban hasta la orilla. Era necesario cerciorarnos de si la fiera había pasado por allí al otro lado, o si, impidiéndoselo las corrientes, ya muy descolgadas e impetuosas, había continuado subiendo por la ribera en que estábamos, que era lo más probable. Braulio, la escopeta terciada a la espalda, vadeó el raudal atándose a la cintura un rejo, cuyo extremo retenía José para evitar que un mal paso hiciera rodar al muchacho a la cascada inmediata. Guardábase un silencio profundo y acallábamos uno que otro aullido de impaciencia que dejaban escapar los perros. No hay rastro acá dijo Braulio después de examinar las arenas y la maleza. Al ponerse en pie, vuelto hacia nosotros, sobre la cima de un peñón, le entendimos por los ademanes que nos mandaba estar quietos. Zafóse de los hombros la escopeta; la apoyó en el pecho como para disparar sobre las peñas que teníamos a la espalda; se inclinó ligeramente hacia adelante, firme y tranquilo, y dio fuego. ¡Allí! gritó señalando hacia el arbolado de las peñas cuyos filos nos era imposible divisar; y bajando a saltos a la ribera, añadió: ¡La cuerda firme, los perros más arriba! Los perros parecían estar al corriente de lo que había sucedido: no bien los soltamos, cumpliendo la orden de Braulio, mientras José le ayudaba a pasar el río, desaparecieron a nuestra derecha por entre los cañaverales. ¡Quietos! volvió a gritar Braulio, ganando ya la ribera; y mientras cargaba precipitadamente la escopeta, divisándome a mí, agregó: Usted aquí, patrón. Los perros perseguían de cerca la presa, que no debía de tener fácil salida, puesto que los ladridos venían de un mismo punto de la falda. Braulio tomó una lanza de manos de José, diciéndonos a los dos: Ustedes más abajo y más altos, para cuidar este paso, porque el tigre volverá sobre su rastro si se nos escapa de donde está. Tiburcio con ustedes agregó. Y dirigiéndose a Lucas: Los dos a costear el peñón por arriba. Luego, con su sonrisa dulce de siempre, terminó al colocar con pulso firme un pistón en la chimenea de la escopeta: Es un gatico, y está ya herido. En diciendo las últimas palabras nos dispersamos. José, Tiburcio y yo subimos a una roca convenientemente situada. Tiburcio miraba y remiraba la ceba de su escopeta. José era todo ojos. Desde allí veíamos lo que pasaba en el peñón y podíamos guardar el paso recomendado; porque los árboles de la falda, aunque corpulentos, eran raros. De los seis perros, dos estaban ya fuera de combate: uno de ellos destripado a los pies de la fiera; el otro dejando ver las entrañas por entre uno de los costillares, desgarrado, había venido a buscarnos y expiraba dando quejidos lastimeros junto a la piedra que ocupábamos. De espaldas contra un grupo de robles, haciendo serpentear la cola, erizando el dorso, los ojos llameantes y la dentadura descubierta, el tigre lanzaba bufidos roncos, y al sacudir la enorme cabeza, las orejas hacían un ruido semejante al de las castañuelas de madera. Al revolver, hostigado por los perros, no escarmentados aunque no muy sanos, se veía que de su ijar izquierdo chorreaba sangre, la que a veces intentaba lamer inútilmente, porque entonces lo acosaba la jauría con ventaja. Braulio y Lucas se presentaron saliendo del cañaveral sobre el peñón, pero un poco más distantes de la fiera que nosotros. Lucas estaba lívido, y las manchas de carate de sus pómulos, de azul turquí. Formábamos así un triángulo los cazadores y la pieza, pudiendo ambos grupos disparar a un tiempo sobre ella sin ofendernos mutuamente. ¡Fuego todos a un tiempo! gritó José. ¡No, no; los perros! respondió Braulio; y dejando solo a su compañero, desapareció. Comprendí que un disparo general podía terminarlo todo; pero era cierto que algunos perros sucumbirían; y no muriendo el tigre, le era fácil hacer una diablura encontrándonos sin armas cargadas. La cabeza de Braulio, con la boca entreabierta y jadeante, los ojos desplegados y la cabellera revuelta, asomó por entre el cañaveral, un poco atrás de los árboles que defendían la espalda de la fiera: en el brazo derecho llevaba enristrada la lanza, y con el izquierdo desviaba los bejucos que le impedían ver bien. Todos quedamos mudos; los perros mismos parecían interesados en el fin de la partida. José gritó al fin: ¡Hubi! ¡Mataleón! ¡Hubi! ¡Pícalo! ¡Truncho! No convenía dar tregua a la fiera, y se evitaba así riesgo mayor a Braulio. Los perros volvieron al ataque simultáneamente. Otro de ellos quedó muerto sin dar un quejido. El tigre lanzó un maullido horroroso. Braulio apareció tras el grupo de robles, hacia nuestro lado, empuñando el asta de la lanza sin la hoja. La fiera dio sobre sí misma la vuelta en su busca; y él gritó: »¡Fuego! ¡fuego!», volviendo a quedar de un brinco en el mismo punto donde había asestado la lanzada. El tigre lo buscaba. Lucas había desaparecido. Tiburcio estaba de color de aceituna. Apuntó y sólo se quemó la ceba. José disparó: el tigre rugió de nuevo tratando como de morderse el lomo, y de un salto volvió instantáneamente sobre Braulio. Este, dando una nueva vuelta tras de los robles, lanzóse hacia nosotros a recoger la lanza que le arrojaba José. Entonces la fiera nos dio frente. Sólo mi escopeta estaba disponible: disparé; el tigre se sentó sobre la cola, tambaleó y cayó. Braulio miró atrás instintivamente para saber el efecto del último tiro. José, Tiburcio y yo nos hallábamos ya cerca de él, y todos dimos a un tiempo un grito de triunfo. La fiera arrojaba sanguaza espumosa por la boca: tenía los ojos empañados e inmóviles, y en el último paroxismo de muerte estiraba las piernas temblorosas y removía la hojarasca al enrollar y desenrollar la hermosa cola. ¡Valiente tiro!... ¡Qué tiro! exclamó Braulio poniéndole un pie al animal sobre el cogote: ¡En la frente! ¡Ese sí es un pulso firme! José, con voz no muy segura todavía (el pobre amaba tanto a su hija), dijo limpiándose con la manga de la camisa el sudor de la frente: No, no... ¡Si es mecha! ¡Santísimo Patriarca! ¡Qué animal tan bien criado! ¡Hij, un demonio! ¡Si te toca ni se sabe!... Miró tristemente los cadáveres de los tres perros diciendo: ¡Pobre Campanilla!, es la que más siento... ¡Tan guapa mi perra! Acarició luego a los otros tres, que con tamaña lengua afuera jadeaban acostados y desentendidos, como si solamente se hubiera tratado de acorralar un becerro arisco. José, tendiéndome su ruana en lo limpio, me dijo: Siéntese, niño; vamos a sacar bien el cuero, porque es de usted: y en seguida gritó: ¡Lucas! Braulio soltó una carcajada, concluyéndola por decir: Ya ése estará metido en el gallinero de casa. ¡Lucas! volvió a gritar José, sin atender a lo que su sobrino decía; mas viéndonos a todos reír, preguntó: ¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es? Tío, si el valluno zafó desde que erré la lanzada. José nos miraba como si fuese imposible entendernos. ¡Timanejo pícaro! Y acercándose al río, gritó de forma que las montañas repitieron su voz. ¡Lucas del demonio! Aquí tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió Tiburcio. No, hombre, si es que ese caratoso traía el jotico15 del fiambre, y este blanco querrá comer algo y... yo también, porque aquí no hay esperanzas de mazamorra. Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros cocos de agua del río. Las provisiones eran blandas y moradas masas de choclo16, queso fresco y carne asada con primor: todo ello fue puesto sobre hojas de platanillo. Sacó en seguida de entre una servilleta una botella de vino tinto, pan, ciruelas e higos pasos, diciendo: Esta es cuenta aparte. Las navajas machetonas salieron de los bolsillos. José nos dividió la carne, que acompañada con las masas de choclo, era un bocado regio. Agotamos el tinto, despreciamos el pan, y los higos y ciruelas les gustaron más a mis compañeros que a mí. No faltó la panela, dulce compañera del viajero, del cazador y del pobre. El agua estaba helada. Mis cigarros de olor17 humearon después de aquel rústico banquete. José estaba de excelente humor, y Braulio se había atrevido a llamarme padrino. Con imponderable destreza, Tiburcio desolló el tigre, sacándole el sebo, que dizque servía para qué sé yo qué. Acomodadas en las mochilas la piel, cabeza y patas del tigre, nos pusimos en camino para la posesión de José, el cual, tomando mi escopeta, la colocó en un mismo hombro con la suya, precediéndonos en la marcha y llamando a los perros. Deteníase de vez en cuando para recalcar sobre alguno de los lances de la partida o para echarle alguna nueva maldición a Lucas. Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban desde que nos alcanzaron a ver; y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros. Fue Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida. ¿Lo mataron? nos gritó. Sí, hija le respondió su padre. Todas nos rodearon, entrando en la cuenta hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar. Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta, y como yo se la mostrase, añadió en voz baja: Nada le ha sucedido, ¿no? Nada le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita. Ya yo pensaba... ¿No ha bajado ese fantasioso de Lucas por aquí? preguntó José. El no respondió Marta. José masculló una maldición. ¿Pero dónde está lo que mataron? dijo al fin, haciéndose oír, la señora Luisa. Aquí, tía contestó Braulio; y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena. Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama, no pudieron contenerse. ¿Pero cómo lo mataron? ¡Cuenten! decía la señora Luisa: todos están como tristes. Cuéntennos añadió Lucía. Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo: El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio este balazo. Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza. Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recompensa de sobra para una acción que la mereciera. José siguió refiriendo con pormenores la historia de la expedición, mientras hacía remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida de los otros tres. Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio. Las mujeres habían vuelto a sus faenas, y yo dormitaba sobre uno de los poyos de la salita en que Tránsito y Lucía me habían improvisado un colchón de ruanas. Servíame de arrullo el rumor del río, los graznidos de los gansos, el balido del rebaño que pacía en las colinas cercanas y los cantos de las muchachas que lavaban ropa en el arroyo. La naturaleza es la más amorosa de las madres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma; y si la felicidad nos acaricia, ella nos sonríe. XXII Las instancias de los montañeses me hicieron permanecer con ellos hasta las cuatro de la tarde, hora en que, después de larguísimas despedidas, me puse en camino con Braulio, que se empeñó en acompañarme. Habíame aliviado del peso de la escopeta y colgado de uno de sus hombros una guambía. Durante la marcha le hablé de su próximo matrimonio y de la felicidad que le esperaba, amándolo Tránsito como lo dejaba ver. Me escuchaba en silencio, pero sonriendo de manera que estaba por demás hacerlo hablar. Habíamos pasado el río y salido de la última ceja de monte para empezar a descender por las quiebras de la falda limpia, cuando Juan Angel, apareciéndose por entre unas moreras, se nos interpuso en el sendero, diciéndome con las manos unidas en ademán de súplica: Yo vine, mi amo... yo iba... pero no me haga nada sumercé... yo no vuelvo a tener miedo. ¿Qué has hecho? ¿qué es? le interrumpí. ¿Te han enviado de casa? Sí, mi amo, sí, la niña; y como me dijo sumercé que volviera... No me acordaba de la orden que le había dado. ¿Conque no volviste de miedo? le preguntó Braulio riendo. Eso fue, sí, eso fue... Pero como Mayo pasó por aquí asustao, y luego ñor Lucas me encontró pasando el río y me dijo que el tigre había matao a ñor Braulio... Este dio rienda suelta a una estrepitosa risotada, diciéndole al fin al negrito aterrado: ¡Y te estuviste todo el día metido entre estos matorrales como un conejo! Como ñor José me gritó que volviera pronto, porque no debía andar solo por allá arriba... respondió Juan Angel viéndose las uñas de las manos. ¡Vaya! yo te mezquino18 repuso Braulio; pero es con la condición de que en otra cacería has de ir pie con pie conmigo. El negrito lo miró con ojos desconfiados, antes de resolverse a aceptar así el perdón. ¿Convienes? le pregunté distraído. Sí, mi amo. Pues vamos andando. Tú, Braulio, no te incomodes en acompañarme más, vuélvete. Si es que yo quería... No; ya ves que Tránsito está toda asustada hoy. Di allá mil cosas en mi nombre. Y esta guambía que llevaba... Ah continuó tómala tú, Juan Angel. ¿No irás a romper la escopeta del patrón por ahí? Mira que le debo la vida a ése dijo. Será lo mejorobservó al recibírsela yo. Di un apretón de manos al valiente cazador, y nos separamos. Distante ya de nosotros, gritó: Lo que va en la guambía es la muestra de mineral que le encargó su papá a mi tío. Y convencido de que se le había oído se internó en el bosque. Detúveme a dos tiros de fusil de la casa a orillas del torrente que descendía ruidoso hasta esconderse en el huerto. Al continuar bajando busqué a Juan Angel: había desaparecido, y supuse que, temeroso de mi enojo por su cobardía, habría resuelto solicitar amparo mejor que el ofrecido por Braulio con tan inaceptables condiciones. Tenía yo un cariño especial al negrito: él contaba a la sazón doce años; era simpático y casi pudiera decirse que bello. Aunque inteligente, su índole tenía algo de huraño. La vida que hasta entonces había llevado no era la adecuada para dar suelta a su carácter, pues mediaban motivos para mimarlo. Feliciana, su madre, criada que había desempeñado en la familia funciones de aya y disfrutado de todas las consideraciones de tal, procuró siempre hacer de su hijo un buen paje para mí. Mas fuera del servicio de mesa y de cámara y de su habilidad para preparar café, en lo demás era desmañado y bisoño. Muy cerca ya de la casa, noté que la familia estaba aún en el comedor, e inferí que Carlos y su padre habían venido. Desviéme a la derecha, salté el vallado del huerto, y atravesé éste para llegar a mi cuarto sin ser visto. Colgaba el saco de caza y la escopeta cuando percibí un ruido de voces desacostumbrado. Mi madre entró a mi cuarto en ese momento, y le pregunté la causa de lo que oía. Es me dijo mi madre que los señores de M... están aquí, y ya sabes que don Jerónimo habla siempre como si estuviese a la orilla de un río. ¡Carlos en casa! pensé: éste es el momento de prueba de que habló mi padre. Carlos habrá pasado un día de enamorado, en ocasión propicia para admirar a su pretendida. ¡Que no pueda yo hacerle ver a él cuánto la amo! ¡No poder decirle a ella que seré su esposo!... Este es un tormento peor de lo que yo me había imaginado. Mi madre, notándome tal vez preocupado, me dijo: Como que has vuelto triste. No, no, señora; cansado. ¿La cacería ha sido buena? Muy feliz. ¿Podré decir a tu padre que le tienes ya la piel de oso que te encargó? No ésa, sino una hermosísima de tigre. ¿De tigre? Sí, señora, del que hacía daños por aquí. Pero eso habrá sido horrible. Los compañeros eran muy valientes y diestros. Ella había puesto ya a mi alcance todo lo que yo podía necesitar para el baño y cambio de vestidos; y a tiempo que entornaba la puerta después de haber salido, le advertí que no dijera todavía que yo había regresado. Volvió a entrar, y usando de aquella voz dulce cuanto afectuosa que la hacía irresistible siempre que me aconsejaba, me dijo: ¿Tienes presente lo que hablamos el otro día sobre la visita de esos señores, no? Satisfecha de la respuesta, añadió: Bueno. Yo confío en que saldrás muy bien. Y cerciorada de nuevo de que nada podía faltarme, salió. Lo que Braulio había dicho que era mineral, no era otra cosa que la cabeza del tigre; y con tal astucia había conseguido hacer llegar a casa ese trofeo de nuestra hazaña. Por los comentarios de la escena hechos en casa después, supe que en el comedor había sucedido esto: Iba a servirse el café en el momento en que llegó Juan Angel diciendo que yo venía ya e impuso a mi padre del contenido de la mochila. Este, deseoso de que don Jerónimo le diese su opinión sobre los cuarzos, mandó al negrito que los sacase; y trataba de hacerlo así cuando dio un grito de terror y un salto de venado sorprendido. Cada uno de los circunstantes quiso averiguar lo que había pasado. Juan Angel, de espaldas contra la pared, los ojos tamaños y señalando con los brazos extendidos hacia el saco, exclamó: ¡El tigre! ¿En dónde? preguntó don Jerónimo derramando parte del café que tomaba, y poniéndose en pie con más presteza que era de esperarse le permitiera su esférico abdomen. Carlos y mi padre dejaron también sus asientos. Emma y María se acercaron una a otra. ¡En la guambía! repuso el interpelado. A todos les volvió el alma al cuerpo. Mi padre sacudió con precaución el saco, y viendo rodar la cabeza sobre las baldosas, dio un paso atrás; don Jerónimo, otro; y apoyando las manos en las rodillas, prorrumpió: ¡Monstruoso! Carlos, adelantándose a examinar de cerca la cabeza: ¡Horrible! Felipe, que llegaba llamado por el ruido, se puso en pie sobre un taburete. Eloísa se asió de un brazo de mi padre. Juan, medio llorando, trató de subírsele sobre las rodillas a María; y ésta, tan pálida como Emma, miró con angustia hacia las colinas, esperando verme bajar. ¿Quién lo mató? preguntó Carlos a Juan Angel, el cual se había serenado ya. La escopeta del amito. ¿Conque la escopeta del amito sola? recalcó don Jerónimo riendo y ocupando de nuevo su asiento. No, mi amo, sino que ñor Braulio dijo ahora en la loma que le debía la vida a ella... ¿Dónde está pues Efraín? preguntó intranquilo mi padre, mirando a María. Se quedó en la quebrada. En ese momento regresaba mi madre al comedor. Olvidando que acababa de verme, exclamó: ¡Ay mi hijo! Viene ya le observó mi padre. Sí, sí; ya sé respondió ella; pero, ¿cómo habrán muerto este animal? Aquí fue el balazo dijo Carlos inclinándose a señalar el foramen de la frente. Pero, ¿es posible? preguntó don Jerónimo a mi padre, acercando el bracerillo para encender un cigarro; ¿es de creerse que usted permita esto a Efraín? Sonrió mi padre al contestarle con algo de propia satisfacción: Le encargué ahora días una piel de oso para los pies de mi catre, y seguramente habrá preferido traerme una de tigre. María había visto ya en los ojos de mi madre lo que podía tranquilizarla. Se dirigió al salón llevando a Juan de la mano: éste, asido de la falda de ella y asustado aún, le impedía andar. Hubo de alzarlo, y le decía al salir: ¿Llorando? ¡ah feo! ¿un hombre con miedo? Don Jerónimo, que alcanzó a oírla, observó, meciéndose en su silla y arrojando una bocanada de humo: Ese otro también matará tigres. Vea usted a Efraín hecho un cazador de fieras dijo Carlos a Emma, sentándose a su lado; y en el colegio no se dignaba disparar un bodoquerazo a un paparote19. Y no señor... recuerdo ahora que en unos asuetos le vi hacer buenos tiros en la laguna de Fontibón. ¿Y estas cacerías son frecuentes? Otras veces respondióle mi hermana ha muerto con José y Braulio osos pequeños y lobos muy bonitos. ¡Yo que pensaba instarle para que hiciésemos mañana una cacería de venados, y preparándome para esto vine con mi escopeta inglesa! El tendrá muchísimo placer en divertir a usted: si ayer hubiese usted venido, hoy habrían ido ambos a la cacería. ¡Ah! sí... si yo hubiera sabido... Mayo, que habría estado despachando algunos bocados sabrosos en la cocina, pasó entonces por el comedor. Paróse en vista de la cabeza; erizado el cogote y espinazo, dio un cauto rodeo para acercarse al fin a olfatearla. Recorrió la casa a galope, y volviendo al comedor, se puso a aullar: no me encontraba, y acaso le avisaba su instinto que yo había corrido peligros. A mi padre le impresionaron los aullidos; era hombre que creía en cierta clase de pronósticos y agüeros, preocupaciones de su raza de las cuales no había podido prescindir por completo. Mayo, Mayo, ¿qué hay? dijo acariciando al perro, y con mal disimulada impaciencia: este niño que no llega... A ese tiempo entraba yo al salón en un traje en que a la verdad no me hubieran reconocido sino muy de cerca Tránsito y Lucía. María estaba allí. Apenas hubo tiempo para que cambiásemos un saludo y una sonrisa. Juan, que estaba sentado en el regazo de María, me dijo en su mala lengua al pasar, señalándome la puerta del comedor: Ahí está el coco. Y yo entré al comedor sonriendo, porque me figuraba que el niño hacía alusión a don Jerónimo. Di un estrecho abrazo a Carlos, que se adelantó a recibirme; y por aquel momento olvidé casi del todo lo que en los últimos días había sufrido por culpa suya. El señor de M.... estrechó cordialmente en sus manos las mías, diciendo: ¡Vaya, vaya! ¿cómo no hemos de estar viejos si todos estos muchachos se han vuelto hombres? Seguimos al salón: María no estaba ya en él. La conversación rodó sobre la cacería última, y fui casi desmentido por don Jerónimo al asegurarle que el éxito de ella se debía a Braulio, pues me puso de frente lo referido por Juan Angel. Emma me hizo saber que Carlos había venido preparado para que hiciésemos una cacería de venados: él se entusiasmó con la promesa que le hice de proporcionarle una linda partida a inmediaciones de la casa. Luego que salió mi hermana, quiso Carlos hacerme ver su escopeta inglesa, y con tal fin pasamos a mi cuarto. Era el arma exactamente igual a la que mi padre me había regalado a mi regreso de Bogotá, aunque antes de verla yo, me aseguraba Carlos que nunca había venido al país cosa semejante. Bueno me dijo, luego que la examiné. ¿Con esta también matarías animales de esa clase? Seguramente que sí: a sesenta varas de distancia no bajará una línea. ¿A sesenta varas se hacen esos tiros? Es peligroso contar con todo el alcance del arma en tales casos; a cuarenta varas es ya un tiro largo. ¿Qué tan lejos estabas cuando disparaste sobre el tigre? A treinta pasos. Hombre, yo necesito hacer algo bueno en la cacería que tendremos, porque de otro modo dejaré enmohecer esta escopeta y juraré no haber cazado ni tominejas en toda mi vida. ¡Oh! ya verás: te haré lucir, porque haré entrar el venado al huerto. Carlos me hizo mil preguntas sobre sus condiscípulos, vecinas y amigas de Bogotá: entraron por mucho los recuerdos de nuestra vida estudiantil: hablóme de Emigdio y de sus nuevas relaciones con él, y se rió de buena gana acordándose del cómico desenlace de los amores de nuestro amigo con Micaelina. Carlos había regresado al Cauca ocho meses antes que yo. Durante este tiempo sus patillas habían mejorado, y la negrura de ellas hacía contraste con sus mejillas sonrosadas; su boca conservaba la frescura que siempre la hizo admirable; la cabellera abundante y medio crespa sombreaba su tersa frente, de ordinario serena como la de un rostro de porcelana. Decididamente era un buen mozo. Hablóme también de sus trabajos de campo, de las novillas que cebaba en la actualidad, de los buenos pastales que estaba haciendo; y por fin de la esperanza fundada que tenía de ser muy pronto un propietario acomodado. Yo le veía hacer la puntería seguro del mal suceso; pero procuraba no interrumpirle para evitarme así la incomodidad de hablarle de mis asuntos. Pero, hombre dijo poniéndose en pie delante de mi mesa y después de una larguísima disertación acerca de las ventajas de los cebaderos de guinea sobre los de pasto natural: aquí hay muchos libros. Tú has venido cargando con todo el estante. Yo también estudio, es decir, leo... no hay tiempo para más; y tengo una prima bachillera que se ha empeñado en que me engulla un diluvio de novelas. Ya sabes que los estudios serios no han sido mi flaco: por eso no quise graduarme, aunque pude haberlo hecho. No puedo prescindir del fastidio que me causa la política y de lo que me encocora todo eso de litis, a pesar de que mi padre se lamenta día y noche de que no me ponga al frente de sus pleitos; tiene la manía de litigar, y las cuestiones más graves versan sobre veinte varas cuadradas de pantano o la variación de cauce de un zanjón que ha tenido el buen gusto de echar al lado del vecino una fajilla de nuestras tierras. Veamos empezó leyendo el rótulo de los libros Frayssinous, Cristo ante el Siglo, La Biblia... Aquí hay mucha cosa mística. Don Quijote... Por supuesto: jamás he podido leer dos capítulos. ¿No, eh? Blair continuó; Chateubriand ...Mi prima Hortensia tiene furor por esto. Gramática Inglesa. ¡Qué lengua tan rebelde! no pude entrarle. Pero ya hablabas algo. El «how do you do» como el «comment ca vat il» del francés. Pero tienes una excelente pronunciación. Eso me decían por estimularme. Y prosiguiendo el examen: ¿Shakespeare? Calderón... Versos, ¿no? Teatro Español. ¿Más versos? Confiésamelo, ¿todavía haces versos? Recuerdo que hacías algunos que me entristecían haciéndome pensar en el Cauca. ¿Conque haces? No. Me alegro de ello, porque acabarías por morirte de hambre. Cortés continuó; ¿Conquista de México? No; es otra cosa. Tocqueville, Democracia en América... ¡Peste! Ségur... ¡Qué runfla! Al llegar ahí sonó la campanilla del comedor avisando que el refresco estaba servido. Carlos, suspendiendo la fiscalización de mis libros, se acercó al espejo, peinó sus patillas y cabellos con una peinilla de bolsillo, plegó, como una modista un lazo, el de su corbata azul, y salimos. XXIII Carlos y yo nos presentamos en el comedor. Los asientos estaban distribuidos así: presidía mi padre la mesa; a su izquierda acababa de sentarse mi madre; a su derecha don Jerónimo, que desdoblaba la servilleta sin interrumpir la pesada historia de aquel pleito que por linderos sostenía con don Ignacio; a continuación del de mi madre había un asiento vacío y otro al lado del señor de M...; en seguida de éstos, dándose frente, se hallaban María y Emma, y después los niños. Cumplíame señalarle a Carlos cuál de los dos asientos vacantes debía ocupar. A tiempo de enseñárselo, María, sin mirarme, apoyó una mano en la silla que tenía inmediata, como solía hacerlo para indicarme, sin que lo comprendiesen los demás, que podía estar cerca de ella. Dudando quizá ser entendida, buscó instantáneamente mis ojos con los suyos, cuyo lenguaje en tales ocasiones me era tan familiar. No obstante, ofrecí a Carlos la silla que ella me brindaba, y me senté al lado de Emma. Puso milagrosamente don Jerónimo punto final a su alegato de conclusión que había presentado al juzgado el día anterior, y volviéndose a mí, dijo: Vaya que les ha costado trabajo a ustedes interrumpir sus conferencias. De todo habrá habido: buenos recuerdos del pasado, de ciertas vecindades que teníamos en Bogotá... proyectos para el porvenir... Corriente. No hay como volver a ver un condiscípulo querido. Yo tuve que olvidarme de que ustedes deseaban verse. No acuse usted a Carlos por tanta demora, pues él fue capaz hasta de proponerme venirse solo. Manifesté a don Jerónimo que no podía perdonarle el que me hubiese privado por tanto tiempo el placer de verlos a él y a Carlos; y que sin embargo, sería menos rencoroso si la permanencia de ellos en casa era larga. A lo cual me respondió, con la boca no tan desocupada como fuera de desearse, y mirándome al soslayo mientras tomaba un sorbo de chocolate: Eso es difícil, porque mañana empiezan las datas de sal. Después de un momento de pausa, durante el cual sonrió mi madre imperceptiblemente, continuó: Y no hay remedio: si no estoy yo allá, debe estar éste. Tenemos mucho que hacer apuntó Carlos con cierta suficiencia de hombre de negocios, la cual debió de parecerle oportuna sabiendo que cazar y estudiar eran mis ocupaciones ordinarias. María, resentida tal vez conmigo, esquivaba mirarme. Estaba bella más que nunca, así ligeramente pálida. Llevaba un traje de gasa negra profusamente salpicado de uvillas azules, cuya falda, cayendo en numerosísimos pliegues, susurraba cuando ella andaba tan quedo como las brisas de la noche en los rosales de mi ventana. Tenía el pecho cubierto con una pañoleta transparente del mismo color del traje, la que parecía no atreverse a tocar ni la base de su garganta de tez de azucena; pendiente de ésta, en un cordón de pelo negro, brillaba una crucecita de diamantes; la cabellera, dividida en dos trenzas de abundantes guedejas, le ocultaba a medias las sienes y ondeaba en sus espaldas. La conversación se había hecho general; y mi hermana me preguntó casi en secreto por qué había preferido aquel asiento. Yo le respondí con un «así debe ser» que no la satisfizo: miróme con extrañeza y buscó luego en vano los ojos de María: estaban tenazmente velados por sus párpados de raso-perla. Levantados los manteles, se hizo la oración de costumbre. Nos invitó mi madre a pasar al salón: don Jerónimo y mi padre se quedaron a la mesa hablando de sus empresas de campo. Presentéle a Carlos la guitarra de mi hermana, pues sabía que él tocaba bastante bien ese instrumento. Después de algunas instancias convino en tocar algo. Preguntó a Emma y a María, mientras templaba, si no eran aficionadas al baile; y como se dirigiese en particular a la última, ella le respondió que nunca había bailado. El se volvió hacia mí, que regresaba en ese momento de mi cuarto, diciéndome: ¡Hombre!, ¿es posible? ¿Qué? Que no hayas dado algunas lecciones de baile a tu hermana y a tu prima. No te creía tan egoísta. ¿O será que Matilde te impuso por condición que no generalizaras sus conocimientos? Ella confió en los tuyos para hacer del Cauca un paraíso de bailarines le contesté. ¿En los míos? Me obligas a confesar a las señoritas que habría aprovechado más, si tú no hubieras asistido a tomar lecciones al mismo tiempo que yo. Pero eso consistió en que ella tenía esperanza de satisfacerte en el diciembre pasado, puesto que esperaba verte en el primer baile que se diese en Chapinero. La guitarra estaba templada y Carlos tocó una contradanza que él y yo teníamos motivos para no olvidar. ¿Qué te acuerda esta pieza? preguntóme poniéndose la guitarra perpendicularmente sobre las rodillas. Muchas cosas, aunque ninguna en particular. ¿Ninguna?, ¿y aquel lance jocoserio que tuvo lugar entre los dos, en casa de la señora...? ¡Ah!, sí; ya caigo. Se trataba dijo de evitar un mal rato a nuestra puntillosa maestra: tú ibas a bailar con ella, y yo... Se trataba de saber cuál de nuestras parejas debía poner la contradanza. Y debes confesarme que triunfé, pues te cedí mi puesto replicó Carlos riendo. Yo tuve la fortuna de no verme obligado a insistir. Haznos el favor de cantar. Mientras duró este diálogo, María, que ocupaba con mi hermana el sofá a cuyo frente estábamos Carlos y yo, fijó por un instante la mirada en mi interlocutor, para notar al punto lo que sólo para ella era evidente, que yo estaba contrariado; y fingió luego distraerse en anudar sobre el regazo los rizos de las extremidades de sus trenzas. Insistió mi madre en que Carlos cantara. El entonó con voz llena y sonora una canción que andaba en boga en aquellos días, la cual empezaba así: El ronco son de la guerrera trompa Llamó tal vez a la sangrienta lid, Y entre el rumor de belicosa pompa Marcha contento al campo el adalid. Una vez que Carlos dio fin a su trova, suplicó a mi hermana y a María que cantasen también. Esta parecía no haber oído de qué se trataba. ¿Habrá Carlos descubierto mi amor, me decía yo, y complacídose por eso en hablar así? Me convencí después de que lo había juzgado mal, de que si él era capaz de una ligereza, nunca lo sería de una malignidad. Emma estaba pronta. Acercándose a María, le dijo: ¿Cantamos? ¿Pero qué puedo yo cantar? le respondió. Me aproximé a María para decirle a media voz: ¿No hay nada que te guste cantar, nada? Miróme entonces como lo hacía siempre al decirle yo algo en el tono con que pronuncié aquellas palabras: y jugó un instante en sus labios una sonrisa semejante a la de una linda niña que se despierta acariciada por los besos de su madre. Sí, las Hadas contestó. Los versos de esta canción habían sido compuestos por mí. Emma, que los había encontrado en mi escritorio, les adaptó la música de otros que estaban de moda. En una de aquellas noches de verano en que los vientos parecen convidarse al silencio para escuchar vagos rumores y lejanos ecos; en que la luna tarda o no aparece, temiendo que su luz importune; en que el alma, como una amante adorada que por unos momentos nos deja, se deshace de nosotros poco a poco y sonriendo, para tornar más que nunca amorosa; en una noche así, María, Emma y yo estábamos en el corredor del lado del valle, y después de haber arrancado la última a la guitarra algunos acordes melancólicos, concertaron ellas sus voces incultas pero vírgenes como la naturaleza que cantaban. Sorprendíme, y me parecieron bellas y sentidas mis malas estrofas. Terminada la última, María apoyó la frente en el hombro de Emma, y cuando la levantó, entusiasmado murmuré a su oído el último verso. ¡Ah! Ellos parecen conservar aún de María no sé si un aroma; algo como la humedad de sus lágrimas. Helos aquí: Soñé vagar por bosques de palmeras Cuyos blondos plumajes, al hundir Su disco el sol en las lejanas sierras, Cruzaban resplandores de rubí. Del terso lago se tiñó de rosa La superficie límpida y azul, Y a sus orillas garzas y palomas Posábanse en los sauces y bambús. Muda la tarde, ante la noche muda Las gasas de su manto recogió: Del indo mar dormido en las espumas La luna hallóla y a sus pies el sol. Ven conmigo a vagar bajo las selvas Donde las Hadas templan mi laúd; Ellas me han dicho que conmigo sueñas, Que me harán inmortal si me amas tú. Mi padre y el señor de M... entraron al salón a tiempo que la canción terminaba. El primero, que sólo tarareaba entre dientes algún aire de su país, en los momentos en que la apacibilidad de su ánimo era completa, tenía afición a la música y la había tenido al baile en su juventud. Don Jerónimo, después de sentarse tan cómodamente como pudo en un mullido sofá, bostezó de seguida dos veces. No había oído esa música con esos versos observó Carlos a mi hermana. Ella los leyó en un periódico le contesté y le puso la música con que se cantan otros. Los creo malos agregué: ¡publican tantas insulseces de esta laya en los periódicos! Son de un poeta habanero; y se conoce que Cuba tiene una naturaleza semejante a la del Cauca. María, mi madre y mi hermana se miraron unas a otras con extrañeza, sorprendidas de la frescura con que engañaba yo a Carlos; mas era porque no estaban al corriente del examen que él había hecho por la tarde de los libros de mi estante, examen en que tan mal parados dejó a mis autores predilectos; y acordándome con cierto rencor de lo que sobre el Quijote había dicho, añadí: Tú debes de haber visto esos versos en El Día, y es que no te acuerdas; creo que están firmados por un tal Almendárez. Como que no dijo; tengo para eso tan mala memoria... Si son los que le he oído recitar a mi prima... francamente, me parecen mejores cantados por estas señoritas. Tenga usted la bondad de decirlos agregó dirigiéndose a María. Esta, sonriendo, preguntó a Emma. ¿Cómo empieza el primero?... Si a mí se me olvidan. Dilos tú, que los sabes bien. Pero usted acaba de cantarlos le observó Carlos y recitarlos es más fácil; por malos que fueran, dichos por usted serían buenos. María los repitió; mas al llegar a la última estrofa su voz era casi trémula. Carlos le dio las gracias, agregando: Ahora sí estoy casi seguro de haberlos oído antes. ¡Bah!, me decía yo: de lo que Carlos está cierto es de haber visto todos los días lo que mis malos versos pintan; pero sin darse cuenta de ello, como ve su reloj. XXIV Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen preparado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigí al mío: de él salían en ese momento mi madre y María. Yo podré dormir solo aquí, ¿no es verdad? pregunté a la primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió: No; tu amigo. ¡Ah! sí, las flores dije viendo las de mi florero puestas en él por la mañana y que llevaba en un pañuelo María. ¿Adónde las llevas? Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner otras allá... Le agradecí sobremanera la fineza de no permitir que las flores destinadas por ella para mí, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al alcance de otro. Pero ella había dejado el ramo de azucenas que yo había traído aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las presenté diciéndole: Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio para ti, al recomendarme te avisara que te había elegido para madrina de su matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad... Sí, sí me respondió; ¿conque quiere que yo sea su madrina? añadió como consultando a mi madre. Eso es muy natural le dijo ésta. ¡Y yo que tengo un traje tan lindo para que le sirva ese día! Es necesario que le digas que yo me he puesto muy contenta al saber que nos... que me ha preferido para su madrina. Mis hermanos, Felipe y el que le seguía, recibieron con sorpresa y placer la noticia de que yo pasaría la noche en el mismo cuarto que ellos. Habíanse acomodado los dos en una de las camas para que me sirviera la de Felipe: en las cortinas de ésta había prendido María el medallón de la Dolorosa, que estaba en las de mi cuarto. Luego que los niños rezaron arrodilladitos en su cama, me dieron las buenas noches, y se durmieron después de haberse reído de los miedos que mutuamente se metían con la cabeza del tigre. Esa noche no solamente estaba conmigo la imagen de María: los ángeles de la casa dormían cerca de mí: al despuntar el Sol vendría ella a buscarlos para besar sus mejillas y llevarlos a la fuente, donde les bañaba los rostros con sus manos blancas y perfumadas como las rosas de Castilla que ellos recogían para el altar y para ella. XXV Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se estimulaban a respetar mi sueño. ¡Las palomas cogidas en esos días, y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos, gemían espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas. No abras decía Felipe no abras, que mi hermano está dormido, y se salen las cuncunas. Pero si María nos llamó ya replicó el chiquito. No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado. Sí, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros. Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien... le interrumpió Felipe. ¡Vea que gracia! Si es Juan Angel el que te los pone en los charcos buenos. E insistía en abrir. ¡No abras! replicó Felipe enfadado ya: aguárdate veo si Efraín está dormido. Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama. Tomélo entonces por el brazo, diciéndole: ¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito. Riéronse ambos y se acercaron a poner la demanda respetuosamente. Quedó todo arreglado con la promesa que les hice de que por la tarde iría yo a presenciar la postura de los anzuelos. Levantéme y dejándolos atareados en encarcelar las palomas que aleteaban buscando salida al pie de la puerta, atravesé el jardín. Los azahares, albahacas y rosas daban al viento sus delicados aromas, al recibir las caricias de los primeros rayos de sol, que se asomaban ya sobre la cumbre de Morrillos, esparciendo hasta el cenit azul pequeñas nubes de rosa y oro. Al pasar por frente a la ventana de Emma, oí que hablaban ella y María, interrumpiéndose para reír. Producían sus voces, con especialidad la de María, por el incomparable susurro de sus eses, algo parecido al ruido que formaban las palomas y azulejos al despertarse en los follajes de los naranjos y madroños del huerto. Conversaban bajo don Jerónimo y Carlos, paseándose por el corredor de sus cuartos, cuando salté el vallado del huerto para caer al patio exterior. ¡Opa! dijo el señor de M... madruga usted como un buen hacendado. Yo creía que era tan dormiloncito como su amigo cuando vino de Bogotá; pero los que viven conmigo tienen que acostumbrarse a mañanear. Siguió haciendo una larga enumeración de las ventajas que proporciona el dormir poco; a todo lo cual podría habérsele contestado que lo que él llamaba dormir poco no era otra cosa que dormir mucho empezando temprano; pues confesaba que tenía por hábito acostarse a las siete u ocho de la noche, para evitar la jaqueca. La llegada de Braulio, a quien Juan Angel había ido a llamar a la madrugada, cumpliendo la orden que le di por la noche, nos impidió disfrutar el final del discurso del señor de M... Traía Braulio un par de perros, en los cuales no habría sido fácil a otro menos conocedor de ellos que yo, reconocer los héroes de nuestra cacería del día anterior. Mayo gruñó al verlos y vino a esconderse tras de mí con muestras de antipatía invencible: él, con su blanca piel, todavía hermosa, las orejas caídas y el ceño y mirar severos, dábase ante los lajeros del montañés un aire de imponderable aristocracia. Braulio saludó humildemente y se acercó a preguntarme por la familia a tiempo que yo le tendía la mano con afecto. Sus perros me hicieron agasajos en prueba de que les era más simpático que Mayo. Tendremos ocasión de ensayar tu escopeta dije a Carlos. He mandado pedir dos perros muy buenos a Santa Elena, y aquí tiene un compañero con el cual no gastan burlas los venados, y dos cachorros muy diestros. ¿Esos? preguntó desdeñosamente Carlos. ¿Con tales chandosos? agregó don Jerónimo. Sí, señor, con los mismos. Lo veré y no lo creeré contestó el señor de M... emprendiendo de nuevo sus paseos por el corredor. Acababan de traernos el café, y obligué a Braulio a que aceptase la taza destinada para mí. Carlos y su padre no disimularon bien la extrañeza que les causó mi cortesía para con el montañés. Poco después, el señor de M... y mi padre montaron para ir a visitar los trabajos de la hacienda. Braulio, Carlos y yo, nos dedicamos a preparar las escopetas y a graduar carga a la que mi amigo quería ensayar. Estábamos en ello cuando mi madre me hizo saber disimuladamente que quería hablarme. Me esperaba en su costurero. María y mi hermana estaban en el baño. Haciéndome sentar cerca de ella, me dijo: Tu padre insiste en que se dé cuenta a María de la pretensión de Carlos. ¿Crees tú también que debe hacerse así? Creo debe hacerse lo que mi padre disponga. Se me figura que opinas de esa manera por obedecerle, no porque deje de impresionarte el que se tome tal resolución. He ofrecido observar esa conducta. Por otra parte, María no es aún mi prometida y se halla en libertad para decidir lo que le parezca. Ofrecí no decirle nada de lo acordado con ustedes; y he cumplido. Yo temo que la emoción que va a causarle a María el imaginarse que tu padre y yo estamos lejos de aprobar lo que pasa entre vosotros, le haga mucho mal. No ha querido tu padre hablar al señor de M... de la enfermedad de María, temerosos de que se estime eso como un pretexto de repulsa; y como él y su hijo saben que ella posee una dote... lo demás no quiero decirlo, pero tú lo comprendes. ¿Qué debemos hacer, pues, dilo tú, para que María no piense ni remotamente que nosotros nos oponemos a que sea tu esposa; sin dejar yo de cumplir al mismo tiempo con lo prevenido últimamente por tu padre? Tan sólo hay un medio. ¿Cuál? Voy a decírselo a usted; y me prometo que lo aprobará; le suplico desde ahora que lo apruebe. Revelémosle a María el secreto que mi padre ha impuesto sobre el consentimiento que me tiene dado de ver en ella a la que debe ser mi esposa. Yo le ofrezco a usted que seré prudente y que nada dejaremos notar a mi padre que pueda hacerle comprender esta infidencia necesaria. ¿Podré yo seguir guardando esa conducta que él exige, sin ocasionar a María penas que le harán mayor daño que confesárselo todo? Confíe usted en mí: ¿No es verdad que hay imposibilidad para hacer lo que mi padre desea? Usted lo ve: ¿No lo cree así? Mi madre guardó silencio unos instantes, y luego, sonriendo de la manera más cariñosa, dijo: Bueno; pero con tal que no olvides que no debes prometerle sino aquello que puedas cumplir. ¿Y cómo le hablaré de la propuesta de Carlos? Como hablaría a Emma en idéntico caso; y diciéndole después lo que me ha prometido manifestarle. Si no estoy engañado, las primeras palabras de usted le harán experimentar una impresión dolorosa, pues que ellas le darán motivo para temer que usted y mi padre se opongan decididamente a nuestro enlace. Ella oyó lo que hablaron en cierta ocasión sobre su enfermedad, y sólo el trato afable que usted ha seguido dándole y la conversación habida ayer entre ella y yo, la han tranquilizado. Olvídese de mí al hacerle las reflexiones indispensables sobre la propuesta de Carlos. Yo estaré escuchando lo que hablen, tras de los bastidores de esa puerta. Era ésta la del oratorio de mi madre. ¿Tú? me preguntó admirada. Sí, señora, yo. ¿Y para qué valerte de ese engaño? María se complacerá en que así lo hayamos hecho, en vista de los resultados. ¿Cuál resultado te prometes, pues? Saber todo lo que ella es capaz de hacer por mí. Pero ¿no será mejor, si es que quieres oír lo que va a decirme, que ignore siempre ella que tú lo oíste y yo lo consentí? Así será, si usted lo desea. Mala cara tienes tú de cumplir eso. Yo le ruego a usted no se oponga. Pero ¿no estás viendo que hacer lo que pretendes, si ella llega a saberlo, es como prometerle yo una cosa que por desgracia no sé si pueda cumplirle, puesto que en caso de aparecer nuevamente la enfermedad, tu padre se opondrá a vuestro matrimonio, y tendría yo que hacer lo mismo? Ella lo sabe; ella no consentirá nunca en ser mi esposa, si ese mal reaparece. Mas ¿ha olvidado usted lo que dijo el médico? Haz, pues, lo que quieras. Oiga usted su voz; ya están aquí. Cuide de que a Emma no vaya ocurrírsele entrar al oratorio. María entró sonrosada y riendo aún de lo que había venido conversando con Emma. Atravesó con paso leve y casi infantil el aposento de mi madre, a quien no descubrió sino cuando iba a entrar al suyo. ¡Ah! exclamó; ¿Aquí estaba usted? Y acercándose a ella: ¡Pero qué pálida está! Se siente mal de la cabeza, ¿no?. Si usted hubiera tomado un baño... la mejora eso tanto... No, no; estoy buena. Te esperaba para hablarte a solas; y como se trata de una cosa muy grave, temo que todo ello pueda producirte una mala impresión. ¿Qué será? ¿Qué es?... Siéntate aquí le dijo mi madre señalándole un taburetico que tenía a los pies. Sentóse, y,esforzándose inútilmente por sonreír, su rostro tomó una expresión de gravedad encantadora. Diga usted ya dijo como tratando de dominar la emoción, pasándose entrambas manos por la frente, y asegurando en seguida con ellas el peine de carey dorado que sostenía sus cabellos en forma de un grueso y luciente cordón que le ceñía las sienes. Voy a hablarte de la manera misma que hablaría a Emma en igual circunstancia. Sí, señora: ya oigo. Tu papá me ha encargado te diga... que el señor de M... ha pedido tu mano para su hijo Carlos... ¡Yo! exclamó asombrada y haciendo un movimiento involuntario para ponerse en pie; pero volviendo a caer en su asiento, se cubrió el rostro con las manos, y oí que sollozaba. ¿Qué debo decirle, María? ¿El le ha mandado a usted que me lo diga? le preguntó con voz ahogada. Sí, hija; y ha cumplido con su deber haciéndotelo saber. Pero ¿usted por qué me lo dice?¿Y qué querías que yo hiciera? ¡Ah! Decirle que yo no... que yo no puedo... que no. Después de un instante, alzando a mirar a mi madre, que sin poderlo evitar lloraba con ella, le dijo: Todos lo saben, ¿no es verdad?, todos han querido que usted me lo diga. Sí; todos lo saben, menos Emma. Solamente ella... ¡Dios mío! ¡Dios mío! añadió ocultando la cabeza en los brazos que apoyaba sobre las rodillas de mi madre; y permaneció así unos momentos. Levantando luego pálido el rostro y rociado por una lluvia de lágrimas: Bueno dijo: ya usted cumplió; todo lo sé ya. Pero María le interrumpió dulcemente mi madre ¿es, pues, tanta desgracia que Carlos quiera ser tu esposo? ¿No es...? Yo le ruego... yo no quiero; yo no necesito saber más. ¿Conque han dejado que usted me lo proponga?... ¡Todos, todos lo han consentido! Pues yo digo agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos digo que antes que consentir en eso me moriré. ¡Ah! ¿ese señor no sabe que yo tengo la misma enfermedad que mató a mi madre, siendo todavía ella muy joven?... ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora sin ella? ¿Y no estoy yo aquí? ¿No te quiero con toda mi alma?... Mi madre era menos fuerte que lo que ella pensaba. Por mis mejillas rodaron lágrimas que sentía gotear ardientes sobre mis manos, apoyadas en uno de los botones de la puerta que me ocultaba. María respondió a mi madre: Pero entonces ¿por qué me propone usted esto? Porque era necesario que ese «no» saliera de tus labios, aunque me supusiera yo que lo darías. Y solamente usted se supuso que lo daría yo, ¿no es así? Tal vez algún otro lo supuso también. ¡Si supieras cuánto dolor, cuántos desvelos le ha causado este asunto al que tú juzgas más culpable!... ¿A papá? dijo menos pálida ya. No; a Efraín. María exhaló un débil grito, y dejando caer la cabeza sobre el regazo de mi madre, se quedó inmóvil. Esta abría los labios para llamarme, cuando María volvió a enderezarse lentamente; púsose en pie y dijo casi sonriente, volviendo a asegurarse los cabellos con las manos temblorosas. He hecho mal en llorar así, ¿no es cierto? Yo creí... Cálmate y enjuga esas lágrimas: yo quiero volver a verte tan contenta como estabas. Debes estimar la caballerosidad de su conducta... Sí, señora. Que no sepa él que he llorado ¿no? decía enjugándose con el pañuelo de mi madre. ¿No ha hecho bien Efraín en consentir que te lo dijera todo? Tal vez... cómo no. Pero lo dices de un modo... Tu papá le puso por condición, aunque no era necesario, que te dejara decidir libremente en este caso. ¿Condición? ¿Condición para qué? Le exigió que no te dijese nunca que sabíamos y consentíamos lo que entre vosotros pasa. Las mejillas de María se tiñeron, al oír esto, del más suave encarnado. Sus ojos estaban clavados en el suelo. ¿Por qué le exigía eso? dijo al fin con voz que apenas alcanzaba a oír yo. ¿Acaso tengo yo la culpa?... ¿Hago mal, pues?... No, hija; pero tu papá creyó que tu enfermedad necesitaba precauciones... ¿Precauciones?... ¿No estoy yo buena ya? ¿No creen que no volveré a sufrir nada? ¿Cómo puede Efraín ser causa de mi mal? Sería imposible... queriéndote tanto, y quizá más que tú a él. María movió la cabeza de un lado a otro, como respondiéndose a sí misma, y sacudiéndola en seguida con la ligereza con que solía hacerlo de niña para alejar un recuerdo miedoso, preguntó: ¿Qué debo hacer? Yo hago ya todo cuanto quieran. Carlos tendría hoy ocasión de hablarte de sus pretensiones. ¿A mí? Sí; oye: le dirás, conservando por supuesto toda la serenidad que te sea posible, que no puedes aceptar su oferta, aunque mucho te honra, porque eres muy niña, dejándole conocer que te causa verdadera pena dar esa negativa... Pero eso será cuando estemos reunidos todos. Sí le respondió mi madre, complacida del candor que revelaban su voz y sus miradas. Creo que sí merezco seas muy condescendiente para conmigo. A lo cual nada repuso. Acercando con el brazo derecho la cabeza de mi madre a la suya, permaneció así unos instantes mostrando en la expresión de su rostro la más acendrada ternura. Cruzó apresuradamente el aposento y desapareció tras las cortinas de la puerta que conducía a su habitación.
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