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Los ghettos de la autofagia
El Nacional, martes 15 de agosto de 2000 El manifiesto estudiantil, escrito en 1969 por los entonces frenéticos y audaces alumnos de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, logró, ciertamente, producir un cambio radical en las estructuras académicas que, a la sazón, imperaban, de manera anquilosada, en el ámbito universitario de aquel tiempo. Al calor de las múltiples transformaciones políticas y culturales que venían sucediéndose en distintos países, la llamada «Renovación Estudiantil» permitió, de forma contundente, un triunfo que no ha vuelto a repetirse después de 30 años. Fue una época, sin duda, inspiradora, fortalecida por claros principios ideológicos y rigurosas posturas militantes, las cuales le dieron un vuelco significativo al estamento universitario. Se trataba, por supuesto, de recuperar el auténtico espíritu universitario sobre cuyas bases descansa, infatigable, la autonomía, la creatividad, la rebeldía y el afán impostergable de crear un espacio digno para la imaginación. Tres décadas más tarde, la universidad se muestra como el último refugio de la desesperanza, la incoherencia, el miedo y la cobardía; un refugio donde terminaron enconchándose, descaradamente, ciertos bribones, de izquierda y de derecha, apoderándose, de inmediato, de una casa hermosa que convirtieron, luego, en una ruina presumida, maquillada de excelencia, en un simulacro de universidad, en un territorio hecho a la medida de los timadores, los truhanes de oficio, los dispensadores de odio y anarquía. Un lugar así, que finge ser la máxima casa de estudios y, no obstante, esconde en sus profundidades a criaturas mediocres, no puede, en rigor, acreditarse ninguna virtud pública y mucho menos dictar lecciones de ética ciudadana. La autonomía sagrado principio constituyente debe construirse a partir de valores creíbles, sensatos, impulsados por la responsabilidad de un conjunto de seres que conviven en un mismo sitio. Tal vez fueron la apatía y el descaro razones suficientes, en última instancia, que hicieron de la Universidad Central un sitio de sospechosas pugnacidades, de insólitas muestras de arribismo político donde germinaron, en la oscuridad, posturas académicas contradictorias y frágiles en grado extremo. ¿Cómo se puede entender el visible divorcio que existe entre la universidad y el país? ¿De qué manera uno alcanza a comprender las prácticas deshonrosas a las que se han acostumbrado profesores, estudiantes y empleados? ¿Quién puede explicar los bajos niveles académicos de los alumnos y la comprobable piratería de muchos docentes? ¿Qué lógica elemental permite entender que el gremio de empleados administrativos se permitan una laxitud y un poder que pareciera estar por encima de los profesores? ¿Qué le ocurre a un alumno que demora, por lo común, 10 años en terminar una carrera? ¿Cómo se le puede demandar a un profesor, que apenas gana un sueldo miserable, un nivel de «excelencia» y una titularidad a la altura de su compromiso? Demasiadas imposturas, innumerables contradicciones y excesivos espejismos conforman un ámbito que hoy se caracteriza -ya lo vemos- por invasiones ridículas al rectorado y asambleas que sólo contribuyen a la confusión general. No hay duda de que la universidad requiere con urgencia de cambios sustanciales. Pero ¿quiénes harán este cambio? ¿Los mismos encapuchados de siempre? ¿Los profesores que tienen 20 años dictando clases y aún permanecen en el primer escalafón? ¿Una nueva ley de educación que algunos ya buscan manipularla y ponerla al servicio de sus propios intereses gremiales? ¿Los empleados administrativos que sobreviven en conchupancia con los sindicatos? Es obvio que al Gobierno no le interesa una universidad distante de sus propios proyectos. Mal que sea, la universidad produce mucha plusvalía ideológica, mucha teoría política y poco sentido común a la hora de las verdades. A estas alturas, parece no haber ningún liderazgo racional que se imponga por encima de la clásica estupidez universitaria. La misma que protege a profesores arbitrarios y flojos; la misma que le ha otorgado una patente de impunidad a ciertos grupos estudiantiles que todavía aplican la intimidación y el terror. Es una lástima que el poder haya acabado con la imaginación.
Documentos de la crisis de la Universidad Central de Venezuela |
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