Una imagen seductora se arrima con vehemencia a los desatinos de la obsesión: fascina con descaro, desmesura, impuntualidad. Bien lo demuestra el mundo bibliográfico, donde nada cuesta hallar que infinidad de obras de muy diversa temática imprimen en sus portadas imágenes del arte universal que han devenido paradigmáticas más allá de cualquier empujón histórico. Las repiten hasta el cansancio, dando a entender que la fulana globalización no llega demasiado lejos en materia de procurar sanas advertencias o que, simplemente, el deseo es más tenaz que la coincidencia, la ignorancia o la creatividad.
En este mismo instante cuatro obras literarias y quién sabe cuántas más se pavonean en los estantes de las librerías del mundo arreando el mismo cuadro al óleo Rooms by the Sea (1951) de Edward Hooper, renombrado creador norteamericano (New York, 1882-1967) representante de un colorido realismo cuya sensibilidad deja colar vendavales de soledad y melancolía en escenas de ciudad, calles desérticas, teatros a medio llenar, estaciones de gasolina, cafés encandilados por la noche y habitaciones en las que el tiempo sufre de una parálisis que no advierte siquiera la carnalidad de los personajes que transpiran en ella. Sin embargo, Rooms by the Sea es una habitación vacía, con una puerta abierta incrustada en la luz y la vastedad marina. Cada uno de los libros que toman esta imagen apuestan a un fragmento distinto, recreándola en cada ocasión y demostrando que el antojo editorial es capaz de añadir otros sentidos a la inocente creatura plástica.
En orden cronológico encontramos el mencionado cuadro propiedad de la galería de arte de Yale University en la novela Cita en Marruecos de Rodolfo Rabanal, publicado por Seix Barral en Argentina en 1990. Le sigue en 1991 el poemario Litoral del criollo Rafael Arráiz Lucca bajo el sello Planeta. En 1997 porta la codiciada vista la novela Nada es Azul de Aro Sáinz de la Maza, salida de las imprentas de Montesinos. Hace pocos días la prensa francesa reseñó el arribo al país ganador del Mundial de Fútbol del texto narrativo Les Locataires de lété del norteamericano Eric Charles Simons, lo que significa que un otro libro en inglés anda por allí con la manoseada estampa de Hooper.
A decir verdad, la obra que anima todas estas portadas tiene el encanto de la ensoñación, del sosiego atrapado en la idea de un horizonte acuático. Pero de igual manera, advierte un abismo angustiante. La puerta se asoma sin resquemores a un mar sin orilla, sin playa donde iniciar el infinito. Casi se agradece que no haya personaje alguno apostado en el luminoso rectángulo volcado sobre las olas. Sólo en el poemario de Arráiz Lucca se alcanza a observar que el cuadro no es la simple puerta, sino que hay una otra habitación detrás, con un cuadro en la pared, alfombras y muebles que dan cuenta de un espacio de cotidianidades atascadas.
Es poco probable que las editoriales mencionadas estén al tanto de esas otras publicaciones hermanadas por un cierto culto a la imagen fácil, snobista, dispuesta a sofocar las premuras del ejercicio editorial. Quizás sean los escritores los únicos con derecho al lamento, sólo ellos quienes padezcan la taquicardia de verse de alguna manera repetidos en otro formato, bajo ajenas nomenclaturas que sin paliativos sabotean la suya. Pero no se trata de hurgar por ociosidad en el pasmo de encontrar en mesones cercanos dos títulos con igual rostro, sino en aquel asombro revelador de que volúmenes editados en importantes empresas se hayan identificado con un mismo discurso visual y de cómo Hooper se añade a la iconografía callejera sin ser un puntero clásico. Las teorías de Walter Benjamin sobre la reproductibilidad técnica de la obra de arte poco han de agregar en estos casos, que tal como ocurre con los cuadros del Bosco y tantos otros cuyos derechos de autor constituyen patrimonio de la humanidad son meras coincidencias que, sin embargo, el necio paseante de librerías no deja de estimar como casual y divertida torpeza.