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La mirada venezolana del Holocausto

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

Nuevo Mundo Israelita, Caracas, mayo de 2000
El Holocausto en La BitBlioteca

Una docena de intelectuales y artistas venezolanos cruzan la frontera de la conmoción para dar cuenta de sus particulares visiones del Holocausto. Más allá de la diversidad religiosa o cultural, sus apuestas reflexivas parten de hallazgos personales que encuentran fondo en un contexto histórico atroz. A la luz de un nuevo y amenazante milenio, la conmemoración de los 57 años del levantamiento del Gueto de Varsovia nos lleva a propios y ajenos a alzar la voz y decir «nunca más».

La historia está llena de fábulas de lo ajeno: dolores que parecen ocurrir sólo a otros, lejos, en un tiempo inatrapable. Por terrible que suenen los ecos de ciertas catástrofes, necesitamos hacer de la distancia un velo que nos proteja del desasosiego. El Holocausto podría no escapar a ese extraño y humanísimo proceso de atrofia de la imaginación que atenúa el pasado con el único propósito de salvaguardarnos del sufrimiento. Y no hay dejo de antisemitismo ni propuestas revisionistas en semejante maniobra de la emoción. Se trata de recuperar el aliento, conciliar la escurridiza esperanza, aun a fuerza de graves y fundamentales apatías. Por ello la tan reiterada frase de «nunca más», emprendida como antídoto, a sabiendas de que el hombre se torna desmemoriado a conveniencia.

La sensibilidad y la conciencia son entonces la única artillería eficaz contra el posible desleimiento de las atrocidades acometidas hace una cincuentena de años en los sótanos del nazismo. Para judíos y no judíos se trata hoy de un asunto de dignidad, de defensa de la especie, de moral, de ética y compromiso con la paz del planeta.

No pocas veces hemos sabido de las pesadillas que el Holocausto continúa sembrando en quienes estuvieron en las garras del horror y lograron huir ataviados de cicatrices. Y cerca, muy cerca, todos hemos tenido abuelos, padres, amigos o conocidos que vinieron del infierno. Los hemos escuchado con la certeza de que su tragedia es, bajo cualquier circunstancia, parte de nuestra propia vida. Pero no sólo entre los judíos pervive la rabia contra lo ocurrido. Estamos rodeados de hombres y mujeres a quienes estremece esa historia y que se unen al coro del «nunca más».

Nuevo Mundo Israelita ha querido en esta oportunidad apartarse por instantes de una mirada ensimismada y consultó a un heterogéneo grupo de intelectuales y artistas venezolanos acerca de su visión del Holocausto. Todos, sin excepción, se sumergieron a voluntad en la discusión desde una experiencia absolutamente personal a partir de recuerdos, visiones o lecturas. Todos acabaron por sentirse parte de un colectivo que no diferencia religiones o culturas. Todos hicieron acopio de sensibilidad para mostrar en unas pocas palabras el sentido de una reflexión que no concluirá jamás.

Eugenio Montejo

(Poeta y ensayista, Premio Nacional de Literatura, fue Agregado Cultural de la Embajada de Venezuela en Lisboa)

Pienso que el Holocausto representa en la memoria del hombre contemporáneo una herida demasiado profunda que no es posible encarar sin estupor y estremecimiento. Como suceso histórico reciente, su crueldad y su horror siguen allí, nunca cicatrizaron del todo, exigiéndonos que fortalezcamos cada vez más los valores de la civilización, la tolerancia y el bien.

Anoto estas palabras y viene a mi mente el viejo radio de madera en que mi padre escuchaba las noticias de la guerra allá por 1944. Unas noticias que para ser verdaderas necesitaban los ruidos característicos que producían la mal sintonizadas hondas de los antiguos radios. Debí tener cinco o seis años cuando al pasar junto a él oigo que comenta «a todos nos van a pinchar con tenedores». No sé entonces a qué se refiere, pero la frase, dicha así en plural, me transmite un sentimiento de indefención angustiosa. Siempre me he preguntado qué noticia sería aquella que le comunicó tanta preocupación a un modesto artesano de panadería como era mi padre. Haya sido lo que fuese, después no he podido evocar eso sino en relación con el genocidio nazi y su terrible vocación de exterminio.

Rodolfo Izaguirre

(Crítico de cine, fundador y director de la Cinemateca Nacional)

Visité Auschvitz en el marco de un festival de cine en Cracovia. Pasé por debajo de ese famoso y horrible arco que dice que «sólo el trabajo nos libera». Fue una de las experiencias más extraordinarias que me ha tocado vivir. A medida que iba avanzando por aquel horror me iba desmoronando. La guía que llevaba al grupo pensó que yo era judío. Le aclaré que era venezolano pero que estaba agonizando. Fue terrible ver la huella, la evidencia de lo que ha significado una de las cosas más monstruosas que haya conocido la humanidad. Al mismo tiempo que me iba desmoronando iba sintiendo una extraña fascinación porque descubrí que aquello era de una frialdad empresarial increíble, era una verdadera industria de la muerte, como si se tratara de la General Motors o la Olivetti. Los nazis cruzaron todos los límites de la razón y entraron en el desvarío total. Lo que aterra es que aquello no ha muerto y el espíritu del nazismo sigue vivo, la prueba está en Austria, justamente en uno de los lugares donde comenzó todo. La reflexión que podemos hacer hoy es que el Holocausto no es competencia exclusiva del pueblo judío sino que atañe y compete a toda la humanidad. Todos debemos sentirnos involucrados. Mientras más silencio se arroje sobre el tema, más cómplices nos haremos de un error y una catástrofe. Debemos mantenernos muy alertas para que eso no se repita jamás.

Miguel Ángel Campos

(Sociólogo, ensayista, catedrático de la Universidad del Zulia)

El Holocausto es un momento crítico de la humanidad y creo que no puede ser evaluado en términos puramente históricos, pues la historia es solamente su lecho. Aquello que debiera interesarnos está en otro escenario, casi en un lugar de sombras, no los motivos sino las fuerzas que desencadenaron la monstruosidad, pues se trató menos de un genocidio que de una ruptura psíquica: le ocurrió a una entidad llamada hombre. La suma de todos los pequeños crímenes da una conducta antisocial o patológica, el crimen como proyecto, nos está hablando del mal, y este atañe a la humanidad no a parte de sus miembros. Ella sólo podrá salvarse como género, esta posibilidad es una de las fuentes del llamado ecumenismo, sólo que no se reivindica su propuesta conciliadora, porque en el fondo es realmente subversiva, inconveniente para aquel.

No es, pues, el Holocausto una matanza de judíos, pues si así lo viéramos entonces tendríamos que ir a la denuncia similar de otras tantas que están a la orden del día. Es sobre todo una guerra entre determinaciones cósmicas. En el pasado histórico ha habido guerras religiosas, pero en el pasado mítico los enfrentamientos han sido entre dioses, fuerzas esenciales que han dirimido no sólo la propiedad del planeta sino la orientación de la naturaleza humana; a este segundo tipo de litigio sospecho pertenece el Holocausto.

Por lo demás, sentimentalmente tengo mi prisma particular de enfoque, desde el momento en que me aventuro a tomar conciencia de esa atrocidad, tiene un nombre y se llama Anna Frank. He llorado mientras leí su Diario, he vuelvo a esas páginas y soy estremecido por la misma emoción, mi amor por ella es de las cosas límpidas, definitivas, que ha habido en mi vida. Hará unos dos años se desató una breve polémica que quería poner en tela de juicio la autenticidad del Diario, se decía que lo había escrito su padre, etc., sentí una gran indignación, supe que este mundo está minado por el desdén. Estaría dispuesto antes a aceptar el carácter no apócrifo de Los Protocolos de los sabios de Sión, pero jamás una sombra de duda sobre el que considero el documento más importante del siglo XX.

No es tan importante reparar en cuántos han muerto, y muchos morirán en el ciclo ciego de la renovación de la vida. Si defendemos la vida tal y como lo propugna la ciencia (prolongarla, estabilizar la decrepitud), sólo estaríamos enfrascados en un culto organicista. Deberíamos antes ocuparnos del hecho relevante de las condiciones en que la vida se extingue, nos encontraríamos sin duda con el problema de la dignidad, se trata de enaltecer la vida, no de acopiarla. Esto parecerá escandaloso en estos días de humanismo societario de raíces políticas, pero la verdad concluyente es que como género hemos alcanzado niveles alarmantes de degradación, lo que se reproduzca a partir de esa degradación sólo garantizará la estabilidad del horror y de la infelicidad, no hay otra promesa.

Ana Teresa Torres

(Narradora)

Leí El diario de Anna Frank cuando tenía unos quince años. Mucho tiempo después, cuando mi hija tenía aproximadamente esa edad, visitamos la casa de Anna en Amsterdam, y pude sentir que la misma emoción me acompañaba. Cuando viajo siempre visito los museos dedicados a la memoria del Holocausto, he visto montones de películas y leído muchos libros. La emoción se mantiene. Agradezco al pueblo judío por habernos ayudado a mantenerla. Es la memoria contra un peligro universal.

Eleonora Bruzual

(Periodista, directora de la Web Magazine Mujeres del Tercer Milenio)

Tengo sin duda que remontarme a la edad niña si en verdad quiero ser exacta. Debo decir que en mi memoria se entronizaron dos heroínas infantiles, la primera de ellas, Pilar, nacida de la pluma del Apóstol de la Libertad, el poeta cubano José Martí. Pilar protagonista de «Los Zapatitos de Rosa», esa niña consentida, que como la define el poeta es «Un pájaro preso en busca de arena fina...» . La segunda, real, hermosa, valiente, única: Anna Frank.

Ellas me fueron reveladas en las narraciones que de pequeña mi padre y mi hermana Leticia me regalaban antes de dormirme. De la historia de Anna nació mi absoluta necesidad de buscar, indagar y ahondar en el conocimiento de una época, unos verdugos, unas víctimas, un tiempo sin luna para un pueblo mártir...

Por mi origen semita heredado de mi madre, indudablemente esa identificación, esa sensibilidad y esa necesidad de saber más se acrecentó. Por mi padre, un hombre justo, se sembró en mí el sentimiento de identificación y solidaridad con las luchas por evitar que vuelva a repetirse una historia igual a esa historia de horror que se llevó a Anna y a seis millones de judíos.

Al crecer, pude encaminar mis pasos hasta lugares donde vi y sentí la magnitud de la tragedia de un pueblo: Auschwitz, Treblinka, el Museo de Yad Vashem en Israel, en memoria de las víctimas del Holocausto. Libros, historias, narraciones de sobrevivientes... Recorrí lugares, hice reportajes, programas de TV, artículos de prensa. Apoyé y apoyo todo movimiento de solidaridad con el Pueblo Judío y su historia. Hoy, en mi Web Magazine «Mujeres del Tercer Milenio» un site dedicado exclusivamente a información sobre Israel y su pueblo, constantemente inserta información no sólo histórica sobre el tema, también se reporta toda posibilidad de resurgimiento de movimientos antisemitas, xenófobos o discriminatorios, y se hacen reales campañas de denuncia, como ha sido el caso con el resurgimiento en Austria de una fuerza neonazi liderizada por Jörg Haider.

Me piden en estas páginas que sea breve, y debo cumplir, por ello sólo me resta decir que de tanto y tanto, me enteré de lo que significaba para los verdugos ser un Mischlinge. Y supe entonces que al tener algún pariente judío o una única abuela de esta religión yo soy para ellos Mischlinge (semiraza)... Me enteré de mucho, tanto, que me sé capaz de luchar con todas mis fuerzas, con mi vida misma para evitar que nunca jamás esto vuelva a repetirse, no sólo con el Pueblo de Israel, sino con todo pueblo que requiera de la defensa de su dignidad y su derecho a la vida y la libertad.

Roberto Hernández Montoya

(Director de La BitBlioteca, ver también en Una lección del Holocausto)

La primera vez que escuché la palabra «judío» tendría yo unos seis o siete años. Creí que el vocablo designaba a los malvados que mataron a Jesucristo. Según esa información, los judíos no eran un pueblo que aún existía sino un mero sinónimo de desidia; tanto como hablar de los hititas o de los piratas, gente antigua que solo estaba en los libros. De todos modos la cosa no me inquietó demasiado por dos razones: porque entonces creía que ya no existían y porque, gracias a Dios, no tuve educación religiosa. Por cierto que esa información era tan disparatada que no explicitaba que Jesucristo y sus primeros seguidores también fueron judíos.

Más tarde —creo que yo tendría unos diez años— supe que los judíos no solo existían aún sino que hacía poco que unos malvados los habían tratado de exterminar y lo lograron en un número horripilante. Eso me generó la simpatía que mi familia me enseñó a sentir por todo oprimido. Aún recuerdo las imágenes de los campos de concentración, que la televisión de la época transmitía con frecuencia. No he terminado de asimilarlas. Son tan atroces que apenas puedo calcular la desesperación de los evadidos de esos campos, a quienes nadie creía lo que narraban. Estoy consciente, como lo dice el propio Spielberg, de que La lista de Schindler es una versión edulcorada. La verdad, declaraba Spielberg, hubiera sido indigerible. Es que es difícil de creer. Que unos seres humanos como uno, con hijos, con hígado, con esperanzas, hayan emprendido esa tarea rebasa mi capacidad de comprensión —al menos la emocional, lo que se acentuó desde que tengo dos hijos judíos. Conocí luego a muchos alemanes de excelente condición, lo que me permitió disuadirme muy temprano de la ecuación germano = nazi. Eso sí: algo horrendo le pasó a esa gente para que muchos de ellos terminaran actuando así.

Por mi lado racional entiendo que el ser humano puede llegar a valorar como subhumano, o como no humano, a cualquiera, desde el deporte hasta la guerra. La voluntad de muerte del Otro, del Diferente, puede conducir una religión que se proclama de amor, como el cristianismo, a comportamientos como el de Torquemada. Puede llevar del ideal comunista al comportamiento stalinista. Alguna falla muy grave debe haber tanto en la doctrina cristiana como en la marxista como para permitir esos comportamientos en su nombre. Y por cierto que habría que estudiar qué hay en el pensamiento judío que no ha conducido a tales excesos. La deshumanización del Otro me ha llevado a comprender algo que dice Edgar Morin: homo sapiens es homo demens y también homo hystericus.

El Holocausto debiera conducirnos a todos a concebir y luego practicar algún medio y modo que nos impida repetir esa conducta, que puede seguir cualquiera en cualquier parte y en cualquier época. Las doctrinas éticas, desde Aristóteles hasta Fernando Savater, me lucen insuficientes. Necesitamos una reflexión sobre el ser humano mucho más fornida –con todo respeto por el Estagirita. En ello, como dije, me luce pertinente un examen del pensamiento judío, pues hasta donde alcanzan mis lecturas de historia, no ha habido comunidad judía alguna que haya emprendido acciones similares.

Maruja Tarre

(Internacionalista)

En primer lugar, debería ser una consigna mundial el proponernos que «nunca más» pueda ocurrir algo así. Cada uno de los contactos que he tenido con documentos de la época me han causado un profundo impacto: comenzando por el Diario de Anna Frank que leí cuando niña , hasta el museo del Holocausto que visité en Washington el año pasado. Pero quizás la persona que más me ha impresionado fue Elie Wiessel. Vi su cara por primera vez en el New York Times, y me llamó la atención cómo reflejaba una gran inteligencia y un dolor milenario. Luego leí sus libros y tuve el privilegio de escucharlo en una conferencia en Curazao. Para mí, él representa la imposibilidad de olvidar, el dolor más espantoso que puede experimentar un ser humano y al mismo tiempo su grandeza, al ser capaz de escribir sobre lo que vivió y sacar de tanto horror una sabiduría extraordinaria.

Patricia Van Dalen

(Artista plástico de reconocida trayectoria)

Qué decir del Holocausto que no sea una reproducción de algún fragmento de cualquier material literario, teatral, pictórico, cinematográfico, etc., al que haya sido expuesta a lo largo de mi vida… Tristeza, corredores, gris, injusticia, gritos, oscuridad, hambre, tragedia, vacío.

Sin embargo, a pesar de tanta información recibida, siguen apareciendo las mismas preguntas en mi mente: ¿cómo pudo suceder éste crimen de lesa humanidad?; ¿por qué se llamó Holocausto, si en el Antiguo Testamento esto significaba ofrenda a Dios?; ¿de qué ha servido este exterminio?; ¿por qué el antisemitismo?; ¿cómo se siente un judío sobreviviente hoy en día con el recuerdo del infierno en su alma?

Me espanta la terrible evidencia de la presencia del mal en el colectivo al punto de justificar la masacre de millones de personas. El Holocausto es la negación de Dios. Decimos a veces en lo cotidiano, con simpleza o resignación, que lo mejor es lo que pasa, pero aún no puedo visualizar ningún aspecto positivo de este horror supremo, y me resulta doloroso que haya personas que todavía comulguen con las ideas nazis.

Antonio Rodríguez

(Abogado, gerente cultural)

Hace unas semanas estaba en C.C.C.T. y entré a la Librería de Nacho a comprar unas cosas que mi hija necesitaba para el colegio. El vendedor me indica que debía ir al piso superior a escoger la mercancía deseada, y al llegar me recibe un jovencito de unos 18 ó 20 años con una esvástica tatuada en su mano izquierda. Al ver esto sentí pánico y le pregunté al joven qué era eso, y si sabía lo que ese símbolo representaba. Su contundente respuesta me dejó más sorprendido aún «sé perfectamente lo que significa», a lo que respondí «y sabiendo que miles de personas murieron en esa persecución, ¿estás de acuerdo con eso?» , sólo recibí una mirada cabizbaja acompañada de un gran silencio. Al ver su actitud le respondo: «Entonces no me interesa comprar nada en este negocio, porque mis suegros perdieron a sus seres queridos en una absurda e irracional persecución que aún hoy los atormenta, y tú no sabes ni la centésima parte del sufrimiento del pueblo judío». Luego le arrojé las cartulinas en el mostrador y bajé a hablar con el encargado, a quien expliqué lo sucedido, pero que tampoco mostró gran interés en el tema. Reflexionando, camino a casa, entendí que es prioritario y necesario explicar a los jóvenes venezolanos, adultos del mañana, la historia reciente para evitar que convocatorias como la del Encuentro Latinoamericano de Nazis en Chile tengan éxito. Yo, como católico, soy total y absolutamente solidario con la tragedia del pueblo judío, y no dudo ni por un instante en levantar mi voz de enérgica protesta frente a los antisemitas.

Juan Pedro Posani

(Historiador de arquitectura, ex director del Instituto Nacional de Patrimonio)

Fui a Washington movido, entre pocas otras cosas, por el interés que me producía el Museo del Holocausto. Tuve una de las mayores impresiones que he sufrido en mi vida desde el punto de vista museológico. La museografía allí es tremenda. Los objetos, fotos y videos describen descarnadamente cómo se llegó a esa cosa tan aberrante y que tiene una vigencia tremenda. Uno sale con rabia ante aquel espanto cuyo significado humano es profundísimo desde todo punto de vista. Luego vino la reflexión más honda, que apuntaba hacia la tolerancia como dimensión que tiene que asentarse en la especie humana. En mi formación hay importantes judíos y cada vez que aparece un gesto de antisemitismo me duele profundamente.

Federico Pacanins

(Locutor, crítico musical, especialista en jazz)

Siempre me ha asombrado cómo en asuntos trágicos siempre hay una luz al final del túnel, una luz que casi siempre es beneficiosa desde el punto de vista artístico. No me deja de sorprender cómo un acontecimiento estremecedor y que tiene una terrible carga de martirio, puede generar aliento para la creatividad. En el caso del Holocausto he visto cómo en la música se refleja este hecho. El jazzista Anthony Coleman, por ejemplo, realizó hace unos años el disco Sephardic Tinge, donde utilizó música que había sido interpretada en los campos de concentración. Cuando uno escucha esas piezas siente que el contenido original ha sido reinvindicado y por tanto resaltado el lado positivo de esa tragedia. Aún de los peores momentos puede surgir la esperanza.


Jacqueline Goldberg en La BitBlioteca



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