Caracas, Lunes, 21 de abril de 2014

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El mito de María Lionza

Gabriel Jiménez Emán

Maria_Lionza
María Lionza, según
dibujo popular.
Hacia la parte occidental del estado Yaracuy está localizada la pequeña ciudad de Chivacoa, custodiada por imponentes montañas coronadas de grandes nubes y estallidos de luz, una luz que puede teñirse con el color del crepúsculo o arrebolarse, caer sobre los prados y conjugarse a  la vida terrena, pero que en efecto parece una luz enviada de arriba por algún dios enigmático. No hay ninguna razón para dudar que las montañas de Sorte y Quivayo, donde habita la diosa que reina en Yaracuy, sean sagradas. Ahí van todo el año —y aún más en días de Semana Santa— peregrinos de todo el país a rendir culto a María Lionza, nuestra diosa pagana por excelencia. Ella es aborigen y matriarcal, y ha subsistido hasta hoy pese a todas las amenazas y presiones de los gobiernos españoles y republicanos. Para desviar las persecuciones religiosas de los fanáticos europeos, su nombre fue sustituido por el de la Virgen Patrona de la Onza del Prado de Talavera de Vivar. María Lionza  suele representarse como una señora vestida con un manto azul, plumas de colores y joyas, sentada en enormes boas o acompañada de tapires hembras, pumas, jaguares o chivos. Cuando pasea por la intrincada selva de Nirgua o Chivacoa, anda en una danta o tapir hembra, que llevan herrados en las ancas signos de petroglifos. La danta es invulnerable a todo tipo de armas e incluso a las oraciones cristianas. Tiene el poder de «petrificar» a la gente mala, a los avaros, a los ladrones y saqueadores. Cuenta con una legión de sacerdotes que la protegen —los  piaches indígenas— y acepta ofrendas y tributos. Del mito participan tres culturas: la de recolectores, cazadores y pescadores; otra de agricultores de la cultura amazónica; y una tercera cultura andina cuya base es el agrocultivo. Según Gilberto Antolínez «sincretiza estas capas espirituales en el terreno de la religión y la magia». Luego de la Conquista, continúa absorbiendo fábulas de la tradición europea, del Asia y del África, para refundirlas en su centro original aborigen. Su poder de madre lunar, fecundadora y acuática, se ha mezclado al de las imágenes benefactoras de las vírgenes cristianas, estableciendo un nuevo sincretismo. Puede sanar enfermedades o procurar fortuna, sola o con la ayuda de otros santos y de héroes históricos o populares, lo cual ha originado rituales de superchería que han minado gran parte de su belleza primigenia. En Caracas podemos verla en la autopista del este, gracias al arte del gran escultor Alejandro Colina.


Roberto Hernández Montoya, La vénuslatrie vénézuélienne | The cult of Venus in Venezuela

 

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