|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Historia viva El último intento El Nacional, domingo 2 de junio de 2000 A mediados de 1788, el rey Carlos III de España, sospechaba que vivía los últimos días de su vida. En Francia, el rey Luis XVI vivía sin sospechar el poco tiempo que le quedaba de monarca. En agosto, después de muchas vacilaciones, Luis había accedido a convocar la elección de representantes a «Estados Generales» que debían reunirse en mayo de 1789. Ese era el último intento en una larga y frustrante serie de forcejeos y reformas incompletas, que no lograban sacar las finanzas del reino del estado de quiebra en el cual estaban. La situación de Francia en 1788 era explosiva. La plebe de las ciudades y del campo era la más numerosa y sufrida. Pero la clase más irritada, bulliciosa y agresiva era la burguesía. Se habían enriquecido con la industria y el comercio, desde los días de Luis XIV y Colbert, pero estaban convencidos que sostenían con sus impuestos a las clases ociosas y parasitarias de la nobleza y el clero, que con irritante pertinacia, entorpecían el progreso, la industria y el comercio con la torpe y terca defensa de sus privilegios. Los nobles fundaban sus prerrogativas hereditarias en un laberinto legal absurdo y anacrónico. La mayor parte de ellos, vivían de sus rentas. Por pereza o frivolidad, habían dejado de beneficiarse de la riqueza generada por las nuevas maquinas y las nuevas formas del comercio que habían enriquecido a los burgueses a quienes saboteaban de todas formas, impidiendo todo intento de reforma que pudiese afectar sus privilegios. En la mayoría de los casos, era difícil distinguir la realidad de la apariencia de su riqueza, pero en otros, era inevitable sentir su peso. Sin duda, sobre todos los franceses de todas las clases, caía el peso muerto de un Estado ineficaz, corrupto, entrabado en sus propias reglas anacrónicas. Pero sobre los hombros de la mayoría, formada por un campesinado iletrado y tosco, caía la mayor parte del peso de los impuestos del Estado, y todas las exacciones del clero y de los nobles. Y sus hijos eran quienes nutrían las tropas que daban su sangre y sus vidas en las guerras. Nadie compartía con ellos las consecuencias de las malas cosechas que provocaban hambrunas espantosas. Pero como lobos hambrientos, todos participaban de las buenas cosechas. En los años de malas cosechas, los inviernos eran de horror. Y el invierno del 88 al 89 fue uno de los más duros. En París, el Sena se congeló. En la primavera de 1789, el precio del pan se duplicó, tanto por escasez de trigo, como de abundancia de especuladores acaparadores y agiotistas. La IlustraciónLa originalidad de este cuadro que no tenía nada de nuevo era la clara conciencia que los franceses tenían de las causas de sus miserias y las ideas que sus pensadores proponían para su remedio. Conciencia y remedios se debían en gran parte a los pensadores philosophes que habían resaltado lo uno y propuesto lo otro, en un movimiento de excepcional fecundidad, brillo y talento que se conoció como «La Ilustración» en la cual destacaban Montesquieu, Voltaire, y Rousseau. Montesquieu, había muerto en 1755, dejando un libro El espíritu de las leyes donde proponía una nueva estructura del Estado constitucional con la división de sus poderes. Sus ideas y las del inglés Locke, habían sido claves para formar la ideología de la revolución de las colonias inglesas de la América del Norte que había estallado en 1770 y había llevado a la declaración de su independencia en julio de 1776. Francia ayudó considerablemente a la nueva república con dinero y la presencia de hombres como el marqués de Lafayette y firmó en 1778 un tratado que la llevó a la guerra con Inglaterra y al envío de tropas y barcos a su teatro de guerra. El tratado de paz que puso fin a la guerra de independencia de Estados Unidos, se había firmado en París en 1783. Después de una breve crisis, una Convención Constitucional reunida en Filadelfia aprobó en septiembre de 1787 una Constitución, la primera del mundo, vista por los franceses con admiración y algo de envidia. El ideario más famoso de Rousseau, era el que se refería a la educación y los derechos del hombre y serán el involuntario fundamento ideológico de los excesos jacobinos y los Estados totalitarios del siglo XX. Voltaire había muerto en 1788, y había sido personificación de la lucidez de la inteligencia frente a la estupidez del fanatismo del clero y la nobleza. Murió presagiando el estallido de una revolución. Las ideas de la Ilustración se expresaban en mil formas y llegaban a todas las clases sociales en piezas de teatro, folletos, pasquines, tratados, y la Enciclopedia que había sembrado en todos los sectores de la sociedad francesa, incluida la nobleza y el clero, la convicción y la esperanza de que la injusticia y absurdidez intrínseca a la organización de la sociedad en clases y estamentos y a la monarquía absoluta, debía y podía reformarse; y que una vez lograda esa reforma, y establecida la libertad y la igualdad, la sociedad viviría feliz, en paz, justicia y prosperidad. Todo ello, había despertado un ansia por reformar las sociedades humanas, haciéndolas más libres y una sed insaciable por estudiar las ciencias y comprender los misterios de la naturaleza sin la intervención de los curas. Se formaron «clubes» para leer y debatir ideas, y sociedades masónicas para debatir y propagar en secreto las ideas subversivas del orden establecido, todo lo cual, creó una corriente de opinión que se hacía cada vez más caudalosa, no solo en Francia, sino en España, y en la América española. Pero la poderosa luz que salía de los philosophes franceses opacaba a todos los demás, haciendo que la Ilustración se hablara en francés. Los Estados GeneralesLos Estados Generales de Francia eran en el papel el más alto cuerpo deliberante del reino, equivalente al Parlamento inglés y las Cortes españolas. Pero no habían sido convocados desde 1614. Cuando Luis XVI llamó a elecciones, se entendió que se constituirían en sus tres estamentos separados: Clero, Nobleza y Tercer Estado cada uno de los cuales votaría separadamente. Si ello era así, el Tercer Estado quedaba condenado a la impotencia. Necker, que había regresado al gobierno como secretario de Estado convenció al rey de la conveniencia de duplicar los representantes del Tercer Estado para equilibrar al estamento de burgueses, que eran los que pagaban los impuestos y tenían los papeles del Estado, con la suma de la nobleza y del clero. El rey accedió y el 27 de diciembre de 1788 firmó un decreto que disponía que Diputados del Tercer Estado tendría tantos diputados como la suma de los otros dos. En enero de 1789 el abate Sieyes, publicó un folleto, titulado con una pregunta ¿Qué es el Tercer Estado? que se hizo famoso por la contundencia y brevedad de los raciocinios lógicos que partían de tres preguntas y tres respuestas. «¿Que es el Tercer Estado? Todo. ¿Que ha sido hasta el presente en el orden político? Nada. ¿Que pide? Ser algo». El 24 de junio de 1789 se realizó la elección con un procedimiento indirecto de segundo grado mediante la elección de asambleas electorales de cada uno de los tres estamentos clero, nobleza y Tercer Estado en todos los distritos de las provincias de Francia. Cada una de las asambleas elegiría a su vez a sus respectivos diputados de su distrito. Con pocas excepciones, el proceso fue limpio y pacífico. Para el Primer Estado del clero, cuanto cura y monje había en Francia, votó para elegir a sus representantes a su asamblea de electores, de las cuales, los obispos y abades eran miembros natos: 308 diputados del clero fueron elegidos así. Las dos terceras partes eran humildes curas de pueblo, y entre los obispos elegidos, había reformadores convencidos, como el obispo de Autun, Charles Maurice de Talleyrand. Para Segundo Estado no había elecciones, pues todo noble mayor de 24 años era miembro nato de la asamblea de nobles de su distrito. Pero ésta sólo podía elegir a un diputado de la nobleza: 285 nobles fueron elegidos así. Entre ellos, había un sector duro que se oponía a las reformas. Pero había muchos nobles reformadores, como el marqués de Lafayette, y Luis Felipe, duque de Orleans, el hombre más rico de Francia. Para la asamblea de electores del Tercer Estado todo francés mayor de 24 años que pagase un impuesto podía y debía votar. Esa formula electoral «censitaria» dejaba afuera a la plebe y a la mayoría de los campesinos. Aun así, era el sistema electoral más democrático del mundo, incluyendo a Estados Unidos de América, que había fundado su república con un sistema de electores propietarios. Un total de 621 diputados del Tercer Estado fueron así elegidos, los cuales superaban la suma de los diputados del clero y de la nobleza. Más de la mitad eran abogados, una octava parte hombres de negocios, y poco más de la décima parte representaban al campesinado propietario. Entre ellos estaban Mirabeau, Siéyès, Barnavé, y Maximiliano Robespierre. Esto era algo sin precedente, en Europa, doblemente importante por el enorme peso y prestigio de Francia, que tenía más de un siglo dictando la pauta de todo a las cortes de Europa. Pero lo más notable de ello, fue el sistema que se ideó, para que cada diputado tuviese un mandato de sus electores, en forma de «instrucción». Los cuadernos de instrucciónCada asamblea de electores, en cada distrito, había debatido y aprobado un «cuaderno de quejas» cahiers des plaintes et doléances en los cuales se asentaba lo que los electores pensaban debía de hacerse y reformarse y lo que su diputado podía o debía negar, aprobar o proponer en nombre de sus electores. Las cahiers de los distritos se resumieron en sus respectivas provincias, y éstos a su vez fueron resumidos en forma sinóptica y presentados al rey. Esa era la más auténtica y directa voz de la nación y la primera, más completa y más genuina encuesta de la historia. Años más tarde, Chateaubriand dirá que esos cuadernos eran un precioso monumento a la razón. Para asombro de todos y alegría de muchos, esta ingeniosa modalidad, reveló un mayoritario consenso en su rechazo del absolutismo. Los franceses de todas las clases clero, nobleza y burgueses estaban de acuerdo en reformar la monarquía absoluta para crear una monarquía constitucional. En Francia nadie, ni siquiera los clérigos, sostenía el «Derecho Divino» de los reyes. Todos querían un rey limitado por la Ley constitucional con una Asamblea representativa libre, con la facultad de autorizar impuestos y decretar leyes que el mismo rey debía cumplir. En casi todos los cahiers del tercer Estado, en muchos del clero y en algunos de la nobleza, los diputados fueron instruidos por sus electores a negarse a autorizar ningún impuesto, hasta que una ley constitucional no se aprobase, pas de Constitución, pas d'argent. decían. Todas las clases, hacían fuertes censuras a la ineptitud financiera, al desorden y al despilfarro del gobierno y la Corte. Las peticiones por establecer el secreto del correo y el establecimiento de juicios por jurado eran generales. También había consenso mayoritario para la eliminación de las ignominiosas «cartas selladas» lettres de cachet con las cuales cualquiera podía ser enviado a prisión por tiempo ilimitado, sin juicio y sin siquiera saber por qué se le encarcelaba. De este odiado y temible sistema, la antigua fortaleza de La Bastilla era su ominoso símbolo. También habían discrepancias. Los cahiers de la nobleza coincidían en insistir que cada uno de los «Estados» debía sesionar y votar separadamente. No todos entendían la libertad de la misma manera. Los nobles de la provincia se quejaban de los privilegios de los de la corte y pedían la igualdad de todos los nobles. Los cahiers del clero censuraban la tolerancia, y pedían la revocación de los derechos recientemente concedidos a los protestantes. Todos coincidían en censurar lo que llamaban la «inmoralidad de la época» en el arte, el teatro y las letras y cargaban sobre la excesiva libertad de prensa, el peso de la culpa de la zozobra que se vivía y concluían, exigiendo para ellos, el control exclusivo de la educación. Algunos clérigos pedían que una mayor parte de las rentas eclesiásticas, quedasen en las parroquias. Otros pedían el derecho de todos los curas a ocupar posiciones en la jerarquía, según sus méritos. Los cahiers del Tercer Estado eran un reflejo de los puntos de vista y los intereses de la clase media burguesa y de los campesinos propietarios. Pedían la abolición de las aduanas internas de Francia, condenaban la excesiva riqueza de la Iglesia y la esterilidad social de monjes monasterios y nobles. Algunos proponían la confiscación de las propiedades monásticas; otros criticaban la destrucción de tierras de labranza por los ejercicios de caza de los nobles. Todos pedían el fin de las servidumbres feudales y cosa que los honraba porque muchos se habían enriquecido en ello la proscripción de la trata de negros. La petición por reformas en el sistema de cárceles y hospitales, la necesidad de educación universal y gratuita eran generales entre los cahiers del Tercer Estado. Las coincidencias de todos los cahiers de todas las asambleas de electores, de todos los estamentos eran dos: una fe absoluta en la inminencia de la libertad y la resurrección de Francia, y una total ignorancia de la plebe del campo y de las ciudades que no estaban representados en ninguno de los Estados. Quienes hablaban en nombre del pueblo, se habían olvidado que el pueblo existía. Pronto lo recordarán. La primera sesiónEn los últimos días de junio y los primeros días de mayo de 1789, 1.214 diputados de los tres Estados, viajaban por todos los caminos de Francia con destino a París. Atravesaban un país profundamente agitado. Por todas partes se veían las huellas de motines y tumultos, o se olía su inminencia. Los campesinos exasperados hablaban abiertamente de quemar castillos y matar señores. En Lyons un tumulto asaltó las oficina de recolección de impuestos y la quemó. En Montléry, Bagnols, y Amiens, turbas de mujeres indignadas por el precio del pan, asaltaron graneros y panaderías y se apropiaron del trigo y la harina. En el país dotado de la mejor y más generosa tierra agrícola del mundo, el hambre estaba por doquier. El asalto y saqueo de convoyes de víveres era lo corriente. Algo estaba mal .Y como los centros de caridad se concentraban en París, a París marchaban todos los hambreados, mendigos, vagabundos y criminales de Francia. Allí, la amenaza de colgar a los que se culpaba de causar el hambre no era hueca. El 4 de mayo los diputados desfilaron en procesión hacia la Iglesia de San Luis en Versalles. Los curiosos aplaudieron al rey, al duque de Orleans, y a los diputados del Tercer Estado, vestidos todos de negro. Guardaron hostil silencio ante las púrpuras del clero y las sedas emplumadas de la nobleza. Al día siguiente en la salle des menus plaisirs del Palacio de Versalles, se sentaron para la solemne instalación de los Estados Generales de Francia. El rey habló brevemente, sobre los aprietos financieros del Estado y la quiebra del reino. Necker habló por tres horas sobre el déficit de 56 millones de libras que en realidad era el triple y pidió aprobación para un empréstito de 80 millones. Nadie habló de reformar lo que había creado esa situación. Al levantarse la sesión, entre los diputados se desataron empatías y coincidencias que pasaron por encima de la divisiones de clase y que llevaron a la creación de la «Sociedad de los Treinta» que agrupó a diputados del clero, la nobleza y el Tercer Estado que coincidían en la necesidad de reformar la sociedad y terminar con el absolutismo real mediante una Constitución. Muchos pensaron que si esto fracasaba, un estallido de resultados impredecibles sería su consecuencia.
De Jorge Olavarría: Decreto presidencial de convocatoria a Asamblea Constituyente |
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|