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La presencia del arcano
Publicado el 11 de julio de 2000 Cuando por casualidad en mi cabeza se encienden las letras luminosas de ese aviso que es su nombre: Filomena Rumbos, mi cuerpo se estremece, se encoge y termino acurrucada en este sillón llamando: «¡Mamá! ¡Mamá!» como cuando tenía seis años. Seis años blancos, suaves, rollizos. Seis años de mejillas sonrosadas y labios golosos de caramelos y frutas. Seis años sobresaltados cuando mamá me invitaba: «Mi amor, vamos a casa de Filomena Rumbos». Bañada, vestida y con la promesa de comer pasteles en la dulcería de la esquina donde se encontraba la casa de Filomena Rumbos, mamá lograba vencer mis negativas y secaba mis lágrimas. Cierro los ojos y de la mano de mamá me veo recorriendo esa casa de innumerables cuartos con tres puertas que los comunican entre sí, con largos pasillos que desembocan en escaleras o se unen a otros que dan a nuevos cuartos y así sucesivamente... Creí que nunca terminaríamos de recorrerlos, siempre siguiendo a esa mujer de pelo gris, despeinada, que nos miraba con un solo ojo y nos abría la puerta con un «pasen» de boca acuosa y sin dientes. Ella nos lleva hasta el cuarto donde Filomena Rumbos espera a mamá... Cruzamos los pasillos y los cuartos, cada uno con sus tres puertas de hojas negras como sombras, negras como los lazos que atan las cortinas y como los marcos de los inmutables espejos que repiten nuestras imágenes interminablemente, haciendo más repugnante el ojo que se desorbita en la cara de la mujer que nos guía. Nos detuvimos ante una puerta que la mujer abrió, permitiéndonos entrar en una ciudad perdida: una capa de orín y tiempo se ha acumulado sobre sus ruinas... Caras y ojos pugnan por salirse de las fotos descoloridas y parchosas que cuelgan de las paredes. La luz mortecina de un bombillo se columpia sobre la cabeza de una mujer que nos da la espalda. Poco a poco va volteándose y su figura se planta delante de nosotras, alta, de caderas anchas. Sus pechos amenazan con cubrirme. Sus ojos muy negros se mueven y nos miran penetrándonos. La boca se abre para mostrar una sonrisa que a mí me parece la de los perros cuando enseñan los dientes antes de pelear. En medio de la frente le nace un triángulo verde como el mantón que le cubre el cuerpo hasta los pies. Sus manos de uñas y dedos largos se aproximan hasta nosotras y yo comienzo a temblar a la vista de un tigre que brota de uno de sus dedos y me mira fieramente mostrándome sus fauces abiertas. Filomena Rumbos abraza a mamá. Luisa, qué gusto me da tenerte de nuevo... Pero, ¿trajiste a la niña? Su asombro y su figura se van envolviendo en una esfera transparente. ??En unos estantes hay dioses de piedra de formas extrañas donde, según mamá, Filomena Rumbos guarda las esencias. También hay vírgenes y cristos que provocan un deseo de no mirarlos. Sobre una mesa permanecen en silencio unos murciélagos guardados en el vidrio de unos frascos y una cajita con unas cartas. Mi amor, esos son ratones que se pusieron viejos y les crecieron las alas, y las cartas le hablan a ella de lo que nos sucedió ayer, de lo que hacemos hoy y de lo que nos pasará ?mañana. No comprendí las palabras de mamá, sólo las de Filomena Rumbos cuando abrió los ojos y me colocó en el hombro la mano con el tigre que me quería comer. Luisa, es mejor que la niña espere afuera. A menos que prefieras sentarla en aquel rincón. Mis oídos retumbaron y mi corazón echó a correr... El rincón se encuentra en un extremo del cuarto al lado de una de las puertas. Ahora hay un espacio que se hace cada vez mayor. Es una sábana abierta que me separa y me aleja de mamá que permanece sentada frente a la mesa donde Filomena Rumbos esparce las cartas que guardaba en la cajita. Sus manos se posan sobre los cartones blanquinegros que he visto una sola vez: dos perros que ladran a la luna, Dios y el Diablo, huesos y calaveras, una torre derruida y la estrella... Las otras cartas no las llegué a ver porque Filomena Rumbos le impuso a mamá: Luisa, no dejes que la niña vea esos arcanos. Allá están las dos. Una frente a la otra y en el medio la mesa con las cartas. A mi lado la puerta se abre, entra la mujer con un solo ojo y se agacha hasta mi oreja. Te portas bien y dejas de llorar o te llevo al cuarto sin luz y lleno de sapos. Sentí que el pecho me iba a explotar, el corazón me sonaba cada vez más fuerte... Ojalá que lo escuche mamá... Quise respirar y no pude. Me levanté de mi silla en el rincón, corrí y me abracé al cuerpo de mamá... ¿Qué pasó luego? No lo sé, ni siquiera ahora que acurrucada en este sillón abro los ojos y apago en mi mente las letras de ese nombre que trato de escribir y en su lugar se me llena la página de signos que danzan sus sombras de aquelarre. La atmósfera de este escritorio se impregna de un ritmo de percusión que tampoco sé si es el de un imaginario Dies irae o el latir de mi corazón. Mis letras tiemblan y se humedecen, quizás en la página siguiente pueda escribir sobre lo que pasó después... pero sobre todo, de los sueños e ilusiones de mamá que permanecen encerrados en aquella caja verde de malaquita con elefantes de oro dibujados en la tapa...
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