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Aquí cenó Lord Byron

Publicado el 11 de julio de 2000
a Oscar Sjóstrand,
a Verónica y Giovanni Zorrilla,
a Guitlermo Thiemer,
por hermanos.
 

Mi imagen reflejada en la ventana, echada sobre una angosta cama con sábanas hechas de agujeros y arrugas. Tenía en mis manos una vieja página de periódico y con los ojos muy abiertos, entonces, leí: «SU HORÓSCOPO... VIRGO: A los nacidos bajo este signo los astros se les muestran negativos. Desafíelos y antes de tomar cualquier decisión irreparable, desande en su memoria los laberintos de la soledad sin tiempo y volviendo sobre sus viejos pasos, atrévase a recorrerlos como si lo hiciera por nuevos senderos «. Mis libros y papeles regados por todo el cuarto me hicieron recordar que desde nuestro primer encuentro nos habíamos reunido en el «Aquí cenó Lord Byron». Seguro me estarán esperando y si no me llamarán, como siempre ha sucedido durante todos nuestros jueves. Me levanté cubriéndome con el vestido azul, tan limpio en su elegancia desvaída.

Nadie me vio salir de la pensión y menos ahora que me escurro entre las sombras y las luces de los faros de los automóviles. El caminar rápido hace que la falda se me enrede entre las piernas en un juego con el viento que sopla a lo largo de la calle, hasta llegar a la avenida llena de ruido y humo. Algunos transeúntes nos dirigimos a la estación del Metro, nos precipitamos hacia esa boca que nos digiere y nos confunde con otros que son exhalados sin contemplación. Busco en mi cartera el monedero de plástico, compro el boleto y desciendo hasta el andén. Oigo el rugir de las ruedas en su fricción contra los rieles y el espasmódico abrirse de las puertas, mientras los parlantes emiten su monótono: «Se ruega a los señores usuarios dejar salir antes de entrar». Obediente me introduzco en el vagón antes de escuchar apremiante silbido.

Una vez en el boulevard, el reloj que ilumina las horas desde lo alto de un edificio me da la orientación perdida y me alumbra a lo largo del callejón donde los bares despliegan las banderas de anuncios: «La Taberna de Ramón», «La Araña Roja», «La Cruz del Sur»... Ante una de las puertas, busco en mí tratando de reconocerla y la empujo vacilante. Los bombillos esparcen una luz escasa que envuelve el local. El barman, cuatro parroquianos y ahora yo. Toña La Negra está cantando: «Humo en los ojos, cuando te fuiste, cuando dijiste llena de angustia yo volveré. Humo en los ojos...» Me acerco a la barra y me instalo en una esquina al lado del teléfono, justo debajo de una de las pocas luces. Mi rostro no transmite ninguna emoción... Quizás me vea joven... Tengo el pelo recogido y el vestido me cubre las rodillas que se asoman tímidas cuando cruzo las piernas, El barman me mira con avaricia.

—¿Qué va a tomar mientras espera?

—Nada —mi voz es casi imperceptible— gracias.

Busco en el bolso, sin brillo ni color, el paquete de cigarrillos, tomo uno y me lo llevo a los labios mientras observo la mano aproximándose con la llama.

—Gracias. ¿No es ésta la vieja taberna «Aquí cenó Lord Byron»?

—No. Este es el bar «El Rey».

—Hubiera jurado que siempre estuvo en este lugar. Sabe, aquí los conocí... Sí, hace tiempo... Claro. no era así. Era un lugar muy diferente; allí estaban los músicos griegos, como los dueños, siempre sonrientes. Entré y me sacaron a bailar. «No, yo no bailo eso. No sé hacerlo». Se rieron y me hicieron girar con ellos. Bailé, reí, me llevaron a la mesa; pequeña, con mantel y flores. « Quiere probar nuestro vino?» La copa y la botella aparecieron en manos del dueño, mientras su mujer me ofrecía unas aceitunas que en su negrura parecían mirarme hasta la provocación.

Entró un hombre con canas en el pelo y en la barba, nos saludó a todos... y más tarde llegaron dos mujeres. No sé por qué vestían de oscuro ni por qué sus trajes llevaban puños y cuellos de encaje blanco almidonado. Parecían madre e hija y se sentaron en esa mesa. El hombre comenzó a tocar el acordeón y ellas lo acompañaban tarareando una canción de letra olvidada. ¿Era así? la, lara, lara, lara... ya no me acuerdo, pero era más o menos así.

Ahí las vi: altas, delgadas, con porte distinguido. E1 acordeonista dejó el instrumento, el dueño se dirigió a la que parecía mayor, le ofreció una flor y pude escuchar: «¿Bailamos?». Ella tomó la flor, la besó y por un momento su rostro fue sustituido por una rosa, se la ofreció a la otra y con un suave movimiento accedió a la invitación. Se acercaron a la barra, aquí donde estoy, y comenzó a sonar un tango: «A media luz». Estoy segura de que era ése. ¡Claro que era! Sus movimientos acompasados, sus piernas, no podría precisar quién llevaba a quién... Un ritual. Sus cuerpos unidos dentro de un círculo incandescente que brotaba de la tierra y crecía abarcándonos junto a las notas que lloraban y reían al salir del acordeón. Los músicos irrumpieron con sus acordes griegos y nosotros: los dueños, la otra mujer y yo comenzamos a danzar en torno a los dos bailarines, girábamos, levantábamos piernas y brazos, derrumbamos las mesas y cuando el círculo ya no nos pudo contener salimos a la calle... Sé que fue aquí.

La luz sucia de la bombilla va descendiéndome en hilos brillantes desde los ojos a lo largo de las líneas que ligeras surcan mis mejillas.

—¿Qué le pasa? —el barman me mira despectivamente— Mejor se toma algo...

Los cuatro parroquianos sorbiendo sus cervezas se preguntan entre ellos:

—¿Quién es ésa?

—La verdad es que no entiendo; no bebe, no busca clientes.

Suena un ring prolongado. Estiro el brazo... El barman ya tomó el auricular, lo detiene junto a su oído un minuto, dos... No digo nada, no bebo, no me levanto y él vuelve a colgar. Fumo estos interminables cigarrillos y entrecierro los ojos. Quizás hoy tampoco sea jueves.

El reloj continúa su paseo esférico, va pasando de las diez a las once y sigue su marcha hacia las doce. Me levanto, miro al barman, me aliso el vestido y con el bolso me dirijo hacia la puerta. En la calle corro buscando la estación. Compro el boleto y me interno en el andén donde ya no hay otros pasajeros.

Hoy lo haré por fin.

El tren se aproxima cada vez más. Me retuerzo las manos y trato de avanzar hacia el vacío cuando suena el altavoz: «Se recuerda a los señores usuarios que por su seguridad ellos: deben mantenerse alejados de la raya amarilla hasta que el tren se haya detenido». No atino a moverme y miro el reloj: falta algo para medianoche... «A los nacidos bajo este signo los astros se les muestran negativos...» Siento un escalofrío que me recorre los miembros y cien alas de mariposas me rozan la piel... «Desafíelos y antes de tomar cualquier decisión irremediable»... Me abrazo y comienzo a reír en medio del andén...


Josefa Zambrano en La BitBlioteca


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