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Al día siguiente todos los caminos amanecen abiertos

Josefa Zambrano

Publicado el 6 de mayo de 2000

A Sol Haydée Rangel,
por el mundo compartido,
y Marilyn que me mira y sonríe desde la pared.

La voz del ministro me persigue a lo largo del recorrido de la autopista que me conduce hacia mi casa. Los automóviles forman una masa de metal y la radio anuncia, entre canción y canción, las posibles causas del embotellamiento. Ya casi no oigo ni veo pues en mi pensamiento se aferra como una obsesión la figura y la voz del ministro: «Doctora Briceño, he pensado seriamente en sus méritos. Usted es la persona indicada para ocupar el cargo. Usted merece toda mi confianza. ¡La confianza! ¿Me comprende? Usted sabe...» y la frase se diluye al sonreír en su abotagada cara de alcohólico.

El tráfico se cierra cada vez más en la autopista. Siento un calor que sube desde el piso. Mis pies se ahogan dentro de los zapatos y para entretenerme miro con mayor frecuencia al espejo retrovisor que me permite espiar los movimientos de ese automóvil rojo que me ruge y se queja de sus dolores de animal enfebrecido. Mis ojos se detienen en la superficie del espejo, pero no son mis ojos, son los de un enorme gato. Trato de apartar la máscara en que se ha convertido mi rostro, pero sólo consigo esos ojos verdes con chispitas amarillentas y azules en cuyo centro las pupilas ovaladas se redondean y se agrandan hasta transformarse en túneles cada vez más profundos en su oscuridad, y muy lejos, al final, estoy nuevamente yo con mi rostro infantil. Llevo un pelo de muñeca. Mi vestido azul y blanco, acaso haciendo ese juego interminable de las nubes en el cielo. Mi suéter oliendo a humo y mis zapatos negros y duros. De pie ante el pretil que limita a las dalias del patio donde se seca el café, como frontera de piedra que aparta acá pétalos y flores, y allá un espacio desértico, cuadrado, siempre cubierto con esos granos como arena secándose al sol.

Es la hora cuando el sol comienza a escabullirse. Mis manos sudan. Mis ojos muy abiertos y mis orejas, como perro de caza, al acecho de cualquier ruido que me haga temblar. Sostengo en mis manos la cajita de zapatos vacía, la coloco en el suelo y de rodillas, con los brazos en alto, comienzo a invocar: «Diablo, diablo, ven que mi alma espera por ti. Yo te cambio mi alma por toda la plata que quepa en esta caja. Mira, yo quiero comprarme dos muñecas, un carrito con ruedas de verdad, corneta y todo; una bicicleta, muchos vestidos y unos zapatos blancos más boniticos que éstos. ¿Por qué no vienes? Este es un negocio de verdaíta».

El silencio más profundo está en la noche, aquí las dalias y por todas partes la luz de los suqueses. El reloj de piedra del patio de secar café —gigante y lento— golpea sus horas, sus minutos, sus segundos... Yo llevo acaso su desgano y aguardo una señal que no aparece, tal vez sea un ladrido lejano y hasta ausente.

—Nena, véngase, ¿qué hace por ahí a oscuras? La va a picar un animal feroz.

Me inclino y recojo la caja de zapatos. Regreso a la casa recriminándome por no hacer las cosas bien. Razón tenía Sinecio, yo montada en el burro camino de la escuela...

—Mire, niña, eso de venderle el alma al diablo hay que hacerlo muy bien —su voz resuena como trompeta. Abre los ojos y lanza un escupitajo de chimó—; eso no es tontería, no señor. Hay que hacerlo a la hora y como debe ser: a la media noche en luna llena se agarra un gato negro y se mete en una marusa, se para uno al lado de un pretil, le mete candela a unas chamizas y hace un fogón donde se pone a hervir una olla de agua y cuando comience a burbujear, se tira al gato adentro y a medida que ñarrea y patalea es que le está entrando el Maligno. Cuando pele los dientes, aúlle como lobo y lance arañazos en el aire y con los ojos echando chispas, como el fogón, pegue tres saltos mortales en medio de un trueno y un refusil que lo ilumine todo, entonces la olla, el gato y el fogón desaparecen, a uno le brota sangre en las muñecas y eso significa que el pacto se selló... Al día siguiente todos los caminos amanecen abiertos, 1as vacas paren y las matas de café se vienen abajo de puro cargadas. Todo crece. Llueven 1a plata y los buenos negocios. Eso fue lo que hizo el señor Montaño y hoy es el hombre más rico del pueblo. De todos modos, ser rico no es bueno, pues cuando el señor Montaño se muera no lo van a encontrar en la urna. Estará en el infierno quemándose frente a un enorme reloj de piedra que marca nunca-jamás-saldrás. Así es, niña, el diablo es cosa seria y ser rico también... Y no olvide nunca que lo mal habido es de él.

Ya no lloro. Me agrada que mamá me limpie con alcohol alcanforado y me ponga la ropa de dormir.

—Dígame eso, andar sola a estas horas para asustarse.

Y callo sintiendo haber escapado de ese terrible reloj del que habla Sinecio en el infierno y su nunca-jamás de eternidades.

Son mis ojos, allí, en el retrovisor de mi vehículo. El tráfico se hace cada vez más denso y de pronto... en el vidrio delantero aparece una figura como almidonada en lino blanco. En la cara abotagada lleva esmeraldas en el lugar de los ojos —como lo dijo Sinecio— y la boca, un rubí, la abre de vez en cuando para encandilarme con la luz que viene de sus dientes al sonreír.

—¡Hola! Soy el que llamaste hace mucho tiempo...


Josefa Zambrano en La BitBlioteca



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