Chichic. Tenías razón, Carmina. No podíamos imaginarnos que vendrían a meterse en nuestras vidas. Llegaron caracoleando en sus motocicletas y se plantaron frente a la reja con ese tuiiiiiing que todavía me resuena en todo el cuerpo. ¿Cómo se les ocurrió venir a estas horas? Estaban ahí con sus botas negras de cañas altas, sus cascos debajo de los brazos, y las nuevemilímetros en las cinturas. Eso sí, muy bien parecidos y educados. ¿Que qué les dije? Nada, sólo lo que se dice en esos casos: «Buenas noches. Ustedes dirán». Los mandé a pasar, a sentarse. Les presenté disculpas por recibirlos en batín y pantuflas, y les ofrecí un refresco a cada uno. ¿Que por qué no les ofrecí un café? Ah, no sé; no se me ocurrió. Sí, tal vez fue mejor, porque ya no tengo esa sensación de náusea que me acompañaba desde hace días. Un ardor que subía desde el centro del pecho calentándome la saliva. Se me acumulaba en la boca sin podérmela tragar. Era como si quisiera devolverse y escapárseme en un escupitajo. ¡Claro, mujer! Me he tomado no solamente la infusión de manzanilla sino también la de yerbabuena. Sí. Los llamaron por unos extraños y escandalosos chifichúc que se oyen en nuestra casa todas las noches. Además, me preguntaron por ti...
Sí señores, como ustedes saben tengo más de treinta años trabajando en el Registro. No en uno de los subalternos sino en el principal. Sí, ese que está de Cruz Verde a Velázquez. No, antes vivíamos en un apartamento grande y cómodo en el centro pero cuando jubilaron a mi mujer y con la ayuda del registrador, nos compramos esta casita con una selva de malangas, papagayos, nísperos, aguacates y ficus. Sí, hace como dos meses. No, conocemos a muy pocos: las vecinas son de «¡Hola!, ¿cómo están?» en bocas de medio lado y dientes apretados... Mas yo las presiento detrás de las cortinas. Uno ve las telas moverse como si el viento las tocara, pero cuando se fija bien lo único que observa es una sombra, una figura que se retira de las ventanas. No, no tenemos. Mejor dicho, no teníamos pero ahora sí somos una familia completa. Sí, Carmina, mi mujer, y la perrita Bonianclai. Ustedes saben, por lo de la película. Sí, éramos los tres solos hasta ese sábado a las cinco de la mañana cuando la perrita ladró para que la sacara al jardín. Ella siempre avisa, ustedes saben... Le dije a Carmina que trajera una linterna. Carmina se sentó en esa silla y empezó a mirarlos... Ellos trataban de venirse hacia la casa, pero después se quedaban sentaditos, junticos. No medían más de cinco centímetros. Se veían tan solos, tan indefensos, tan desprotegidos. Carmina gritó. Uno estaba estirando las paticas, abría el hociquito y se enroscaba hasta quedar convertido en una inmóvil. Entre lágrimas llegó a la conclusión de que eran unos huérfanos a quienes les habían asesinado a la madre. ¡Carmina siempre quiso ser madre! Nunca pudimos tener hijos por culpa de esa enfermedad que transmiten los gatos. Usted tiene razón, toxoplasmosis. Ella les daba leche con un algodoncito y después los colocaba en las horquetas de los papagayos, las malangas y los ficus. Dormían todo el día. En la noche comenzaban a llamar con sus chichic hasta que se venían a nuestra cama. La perra se había acostumbrado y no les hacía nada... Es muy noble, Dios me la bendiga. ¡Claro que continúo trabajando en el Registro! Yo paso el día entre timbres fiscales, protocolos, sellos, ventas e hipotecas. Sí, fue una noche cuando regresé del Registro y, en lugar de conseguir a la Carmina que desde hace veinte años es mi mujer, me encontré en la cama a alguien que se le parecía... Un vello negro le cubría todo el cuerpo. Las orejas eran como de raso y las tenía echadas hacia la cara, donde le sobresalían un largo hocico y los ojos redondos y saltones. Le había crecido una cola como un hilo, rosado, brillante y liso. Estiró sus manos anchas con ventosas en los dedos e hizo un gesto como para llamarme y mostrarme los cachorros que guardaba en una cueva que le había surgido en el lugar donde antes tenía el ombligo. La perra la miraba sin ladrar. «¡Carmina, Carmina!, ¿eres tú?». Abrió la boca y me mostró todos sus dientes en una sonrisa diferente, pero... era su misma sonrisa. «¡Carmina, al fin eres madre como siempre fue tu deseo!». ¿Qué no me creen? ¡Carmina, Carmina. Ven, los señores quieren hacerte unas preguntas!
Y fue cuando apareciste con nuestros cuatrocientos hijos a cuestas. Con tu cola te colgaste de mi brazo, les diste tu mano de dedos con ventosas, les sonreíste con tu boca abierta y todos tus dientes, y los miraste fijamente... Les dijiste chifichÚc, pero ellos que parecían tan educados, tan bien plantados, se levantaron sin más ni más y echaron a correr. Allá están tratando de encender las motos... ¡Ay Carmina, pero ni siquiera nos dieron las gracias por los refrescos! Chichic ChichicChichic chichic Chichi, chichic.