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Usted es mujer como yo
Publicado el 6 de mayo de 2000 Desdémona: Le quiero tanto, ¡El maletín! Se encuentra dentro del escaparate, en medio del rostro desvaído y sangrante de Cristo y de un ángel que escolta a una niña por una ribera. Su piel de cocodrilo ha perdido color pero ha ganado polvo. La mano se acerca, lo toma y, poco a poco, le va abriendo el cierre... Aparecen los lomos rojos y las letras, aún doradas, de los rótulos. La mano los saca, los acaricia todos, los hojea... Una tarjeta de presentación: Dra. María Edelmira González Mi mano. La Urdaneta. El Karam. La doctora González... Todavía estudiaba Derecho cuando Ed, mi hermano mayor, abrió el «Almudena Jazz Bar». Se llama Eduardo, pero como en casa todos teníamos una historia (papá cantó en La Scala, mamá fue modista de Sarita, la Montiel claro, y yo me transformaba en El Ángel Jurídico), la de él era que «aunque naZí en MadrIS, fui barman en el Waldorf, amigo de James Dean y extra en West side story», y de eso daban fe las chaquetas de cuero, las botas con remaches, la navaja de resorte y, sobre todo, la Harley-Davidson que se trajo de Nueva York. En el caserón de La Candelaria, entre música y obligaciones, transcurría nuestra vida familiar: papá, las clases de canto, el tango y la opera; mamá, la costura, las rancheras y el cuplé; Ed el bar y yo la universidad. Y los dos el jazz. Nos repartíamos el picó por turnos, salvo papá que cantaba E lucevan le stelle a toda hora. Ese viernes, a las tres de la tarde, Ed me invitó: «Te espero hoy en el Almudena, tengo maravillas en la Wurlitzer: Brown, black and beige de Ellington, Frank Sinatra cantando con la Orquesta de Tommy Dorsey, Billie Holiday, Bessie Smith y también a Peggy Lee». Me fui caminando por la Urdaneta. Sus aceras de mosaicos con dibujos geométricos, anchas, limpias, y plenas de peatones. Iba sin prisa, deteniéndome frente a las vitrinas: ¡Qué falda tan bonita!, ¿cuánto costará? «¡Mira esos zapatos!». «Me gustaría comprarte un pantalón como ese». Y así hasta llegar al Karam. Me fascinó su arquitectura: portón labrado en bronce, pisos de mármol, y la escalera, una línea que se iba enroscando y enroscando hasta quedar convertida, allá, muy lejos, en un punto blanco y dorado. A su derecha estaba el Almudena... Entré. El color del cuero de las sillas hacía juego con el de la alfombra y el de las llamas que se encendían y apagaban en la punta de los cigarrillos; el bar, en madera pulida, estaba lleno de botellas que se alineaban y multiplicaban gracias al milagro eternamente realizado por el espejo de fondo; las lágrimas de la araña permitían la aparición, en el techo, de miles de arco iris que se dejaban atrapar dependiendo del ángulo de la mirada. «¡Dios mío, la rockola!», casi grité. Resplandecía a un extremo de la barra. Ed le introdujo unas monedas, marcó A5, H22 y, automáticamente, el brazo de madera seleccionó los discos; la aguja, larga y filosa, recorrió los surcos. ¡Casi me muero cuando Billie Holiday comenzó con Lady sings the blues, y siguió con Strange fruit! Le pregunté el motivo. «Es que no podría ser de otra manera, maJa», me dijo con la jota raspándole la garganta, «el Almudena es una fortaleZa que alberga a caballeros, damas, dueñas y donZellas que se reúnen alrededor de las tablas cuadradas, chocan las copas y rinden tributo a las andantes notas del jazz. Yo soy como Artús y respeto las leyes de la hospitalidAS». Ed me tomó del brazo y me condujo hasta la mesa situada debajo de un luminoso: ENJOY COCA-COLA. «Aquí estarás bien, guapa». Todas las mesas se fueron llenando al igual que los taburetes de la barra. Los cigarrillos ahumaban, los vasos y las copas se vaciaban para volverse a llenar, pero las voces nunca se elevaban a un volumen mayor que el de la música. Abrí la cartera y coloqué sobre la mesa Los Moradores de Alfredo Silva Estrada, título y autor en letras verdes que resaltaban sobre el ocre de una puerta a la que las polillas y el tiempo habían hendido, pero cuyas aldabas continuaban unidas por un candado que se les aferraba inmisericorde. Lo hojeé: «Bella embriaguez la copa ordena no temer...» Una voz me obligó a levantar la cabeza. «Disculpe, ¿podría sentarme con usted? No hay ninguna silla desocupada salvo en su mesa». Levantó los hombros y me hizo un gesto de ¿qué hago? con los ojos y la boca. «Soy la doctora González, tengo mi bufete aquí mismo en la 718. ¿Trabaja en el bufete de algún colega?» La Dra. González... Su demostración del síndrome de La Gata Loca lanzaría por un despeñadero a mi Ángel Jurídico. ¡Transformaría mi vida! Era alta y catira, vestía toda de blanco, y el maletín en la mano derecha. Su reloj, sus anillos, su perfume... Sentí que la sangre se me agolpó en la cara «¡Claro, no me importa!». Me levanté y le di la mano: «Mucho gusto, soy María Elena Salgatti, pero todavía no soy su colega». «Puede continuar leyendo», dijo, «yo voy a revisar este escrito porque mañana tengo un acto en un juicio de divorcio. ¿Le importaría si invito esta ronda para las dos?». «Caramba, no se moleste», dije nerviosa, «pero si es su gusto». Uno de los mesoneros se le acercó, «¡Hola doctora!, ¿lo de siempre y cómo siempre?». «Sí, gracias, pero esta vez para las dos». Leí: «No es nada es casi nada apenas nada equidistante...» Perdí concentración, y pensé: «Debe ser una abogada famosa, cuando yo me gradúe seré como ella. Me vestiré con trajes de lino o seda, tacones y maletín, y no con este bluyín ni estos Keds. El alguacil, todos los escribientes y el juez se matarán por saludarme. Todos dirán: «Ha entrado la doctora Salgatti, ¿qué importante caso tendrá en este tribunal? Es la Robinjú del derecho...». Yo me acercaría al archivo, solicitaría un abultado expediente (entre más abultado mayor será su cuantía), me sentaría a estampar una diligencia y...», en eso estaba cuando el mesonero colocó nuestras bebidas sobre la mesa. Ella dijo «santé» y yo, «chinchín». «¡Qué bobada!», me recriminé, «definitivamente debo ser boba, bobísima, bobota; tuve que decir chinchín en lugar de salud, por el encuentro, o no decir nada y chocar el vaso, y ahora, ¿qué irá a pensar de mí?». No debió pensar nada, porque siguió leyendo el documento y después lo firmó. «Soy abogada civilista», dijo, «y trabajo para el Kaplan, Merck y Zabrinsky, un bufete cuya oficina principal está en Nueva York. Asesoramos empresas transnacionales...» Tomó un trago. «Me gradué en la Central», continuó, «y después hice un postgrado en Harvard». Un trago ella y otro yo. Sentí que una llamarada me iba descendiendo desde la garganta hasta el estómago, tosí. «¿Tú estudias derecho, no?». Apenas pude sugerirle el sí con la cabeza porque la tos... Bebí otro trago. «El ejercicio del derecho no es como vestirse para ir a un cóctel, a una cena o a la universidad. Es algo más...» ¿Será que me leyó la mente? Aunque no lo creo porque tomó un nuevo trago, se limpió con la servilleta, la colocó al lado del vaso y me sonrió. «Es como un juego o como la guerra. Hay que conocer a la contraparte, el terreno y las armas. Descubrir ventajas y puntos débiles. Estudiar mucho y planificar la estrategia a seguir dentro del juicio y, sobre todo», me miró fijamente, «hay que ser flexible para maniobrar cualquier cambio». Tomó un trago y su voz se animó. «¡Ah, pero me gustaría saber cómo está la Facultad, y un poco más sobre ti!». Nuevamente sentí que la sangre se me agolpó en la cara. Mi lengua tropezaba con las palabras como si fueran piedras. «Sólo tengo que caletrearme los manuales de los profesores y meterme un puñal para los exámenes. Claro, hay excepciones como la doctora Zambrano o el doctor Salvador Benaím». Tomé un trago. «A ellos les gusta que los alumnos duden, participen, y resuelvan problemas aplicando las normas y la jurisprudencia». Mi cara regresó a su temperatura normal. «Sí, conozco al doctor Benaím», dijo, «es un excelente litigante. A la doctora no, quizás no ejerce». Levantó la mano, llamó a Ed, y ordenó otra ronda. Yo no sabía si contiuar o no. Quise decirle: «Ed es mi hermano, y es la primera vez que me invita al Almudena... Él me enseñó a bailar, a escuchar jazz y a cantar en inglés. No estoy acostumbrada a echarme palos, sólo tomo agua mineral con gas o refrescos. Le voy a confesar que estudio derecho porque soy El Ángel Jurídico, me basta concentrarme y ¡ZAS! me crecen unas alas largas, grandes, enormes, refulgentes y», de pronto, me escuche diciendo, «pero quiero ser abogada para defender inocentes, pobres y desamparados...» A medida que iba pronunciando las palabras, El Ángel Jurídico, espada en mano, abría rejas, celdas, mazmorras, y sacaba muchedumbres a la calle. Me miró fijamente, se pasó una mano por el pelo y se rió. «¿Quieres saber algo? No hay Caperucita sin Lobo ni Lobo sin Caperucita...» Tomamos un trago, buscó en el maletín y me entregó un sobre. Saqué y desplegué las hojas: «Dra. González: Estoy aquí porque he tomado una de las decisiones más difíciles de mi vida: terminar mi matrimonio con Freddy. No sé cuál será el modo más indicado y correcto de hacerlo. Se preguntará el por qué de esta decisión, pero yo quisiera enumerarle una serie de circunstancias que a lo largo de todos estos años me han dolido y me han dejado huellas difíciles de borrar, sanar... Siempre tuve la sensación, la impresión de que yo no era ni soy una esposa para Freddy, sino una compañera, una hermana. Lo confirmé desde que me dijo, hace meses, que se había casado conmigo sin amor. Yo era la acompañante de dos hombres; vivíamos los tres juntos para no herir los sentimientos de su amigo Igor. Cuando estábamos lejos de él, como cuando viajamos a Sudáfrica, Freddy se dedicaba todas las noches a escribirle postales o a anotar en un diario lo que había hecho durante el día. Su indiferencia me llevó a sentirme en este trío como un cero a la izquierda, me sentía sola, abandonada y sin ningún interés por mi persona. No sé hasta que punto fue mi culpa. Después de ese viaje nació nuestro único hijo, tiene ocho años y no comprendería nada. Por él no había querido buscar a un abogado, pero ahora la situación es alarmante: sacó de la cuenta todo cuanto teníamos. Yo no puedo hablarle porque me grita, me humilla, me manda a callar o me dice que me vaya. No tengo profesión, nunca he trabajado... Usted es mujer como yo...» No quise continuar. Doblé las hojas, las metí en el sobre y se lo devolví. «Demandé», dijo mientras lo guardaba, «y ella después se reconcilió. ¿Puedes creer algo semejante?». Me parecía que los estaba viendo en la televisión: ¡CRASHHH!, el ratón, enano y flacucho, lanza un enorme ladrillo, que rompe el vidrio de una ventana y cae sobre la cabeza de La Gata Loca que, recostada en un sofá, se deshace en corazones y exclama con voz chillona: «Ignacio, amor mío ¡cuánto me amas!», mientras le crece un chichón. Se levantó. «Discúlpame un momento, voy al baño». Ed me envió una botella de agua fría y llena de burbujas. Subían redondas, transparentes, una detrás de otra y otra y otra... Llegaban hasta el pico de la botella, y parecía que se iban a escapar. Me recordaron a las del azogue: quería agarrarlas y ellas siempre se escabullían, se dividían, y nunca se dejaban atrapar. «Dalia y Hernán», dijo cuando regresó. «No he olvidado sus nombres porque protagonizaron mi primer caso. Tenían dos niños, pero de ella eran todos los bienes. Él era maestro de escuela, una profesión que no le permitía ganar mucho para mantener a la familia, pero sí para beber... Ese no era el problema, sino que cuando empinaba el codo le sobrevenía, según Dalia, «una agresividad etílica» que lo llevaba a golpearla cada vez que se le metía en la cabeza que ella lo podría abandonar a causa de su pobreza. Era delgada y blanca, casi traslúcida; hablaba bajito como si no quisiera despertar a nadie. Usaba cola de caballo y unos vestiditos muy recatados de cuello alto y mangas largas. Demandé y gané el juicio. Sólo que ella me había ocultado que continuaban viviendo juntos, «para no traumatizar a los niños que sufren mucho cuando los padres se separan», así me dijo, y cuando le entregué la copia certificada de la sentencia, ¿sabes que hizo?». «¡No!», respondí. Tomó un trago y elevó la voz. «¡Se volvió a casar con su Hernán!». El Ángel jurídico vuela, espada en mano, y atrapa al ratón enano y flacucho, ¡PAF!, un enorme ladrillo le cae en la cabeza. ¡CRASHHH!, las alas se hacen pequeñas, cortas, opacas y caen despedazadas por los arañazos de La Gata Loca que, abrazando al ratón, se deshace en corazones, y exclama con voz chillona: «Ignacio, amor mío ¡cuánto te amo!». «Mañana no vendré al bufete ni iré a los tribunales». Se tomó lo que le quedaba en el vaso. «No quiero oírlas: «Doctora, usted es mujer como yo, sabe lo que es ser mujer y defenderá todos mis derechos...». ¿Nos tomamos el del estribo o pedimos la cuenta?». Mi lengua se volvió poco a poco más pesada. «Yo-pre-fie-ro-que-dar-me-tran-qui-li-ta-só-lo-me-que-da-es-te-po-qui-ti-co». Ed y ella cruzaron unas cuantas palabras en inglés, pero sólo capté coffee y taxi. La doctora colocó unos billetes sobre el plato y se despidió con un beso. «No te preocupes», dijo sonriendo, «eso pasa a veces cuando no se tiene costumbre. Ed te dará un café bien cargado y luego te llevará en taxi». Quise levantarme pero mis pies parecían de goma, se me escapaba el piso. Vi el maletín sobre la silla. «El-ma-le-tín-doc-to-ra», pero no me oyó. Traté de alcanzarla. Ed intentó detenerme. Salí a la avenida. Vi pasar el convertible blanco: devoraba árboles, postes, luces, una cuadra; más árboles, más postes, más luces... ¡CRASHHHH! «O-tra-vezIg-nacio-lan-zó-une-nor-me-la-dri-llo», grité. La Urdaneta: hollín, ruido, huecos y basura acumulados sobre sus aceras en eterna refacción. El Karam: un nombre de neón inscrito sobre las láminas negras de la fachada, ahora presidida por una oscura puerta de hierro. El Almudena..., la fortaleza cayó gracias a la liberalidad de su huésped, quien hace tiempo se despidió con un «te espero en Nueva York». Y yo, desde esa noche jamás pude rescatar a El Ángel Jurídico de la sima donde lo precipitaron la Dra. González y La Gata Loca. ¡Ah, pero eso sí, continúo escuchando a Billie, a Bessie y a Duke! Mis dedos se humedecen cada vez que me los paso por debajo de los ojos. Cierro el maletín, lo limpio con el trapo, y lo regreso al lado de las cosas que se siguen guardando sin saber por qué...
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