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¡Por ese sabor amargo!

Josefa Zambrano

Publicado el 31 de agosto de 2000

«Amor es mar alborotado de olas y de vientos,
en el que no hay puerto ni costa.»

Raimon Lluull
Libro de amigo y amado

La ronda de la noche se derrama en mis oídos: ¡Guau, guauuuu! ¡Bang-bang-bang! ¡Ay, ay, ay! La ronda de la noche cierra mis ojos y cubre mi cabeza de pena. Pena-delito-penapenita-pena. Ronda de pena que está en el aire, en las paredes y los árboles que separan a mi cuerpo yacente de la calle.

Lengüetazos, bigotes y narices frías recorren mi piel, mientras la voz de Lupe Victoria Yoli Raymond acompañada por Tito Puente entra y me envuelve: «¿Qué te pedí que no fuera leal comprensión?... y aunque quise robarme la luz para tí, no pudo ser.. Y pide lo que yo pueda darte, no me importa entregarme a tí sin condición ¡Ayay,ay! Pero, ¿qué te pedí...? Tú lo puedes al inundo decir, que supieras que no hay en la vida otro amor como mi amor .. »

La Lupe estaba en medio de timbales, trombones y congas; máscaras, serpentinas y papelillos; público revoloteante de voces aguardentosas: ¡Arriba, mamá! Jala-jala pa’ ti! Y La Lupe, aloquinada y desesperosa, se rascaba la cabeza, se levantaba la falda y les lanzaba los zapatos. Fue cuando tú, acercándote, te colocaste detrás de mí. «¿Tu nombre?». Te lo dije y repetiste: «Luisa Francesa, Louise French, Luisa Francés, Francesita, Franca». Tus ojos rieron. Mi lengua pasó suave y húmeda sobre los labios y entre los dientes... Convertidos en tu sombra estaban esos ojos que, al querer saltarse el límite de las pestañas, le abombaban los párpados al hombre con barba, y vasos en las manos que a tu lado propuso: «Un brindis por este extraordinario encuentro que sellará el resto de nuestras vidas». Sonrió y se presentó como tu novio, Erick. Yo, siguiendo el juego te dije: «Erick. Erío. Erigido. Erizado». Quizás la erizada fui yo ante un avance inesperado de tu mano sobre mi mejilla y un «¿Qué me dices de NAHOMP».

Siento el calor de tus dedos que resbalan suaves, y lentos se retiran. Nahomi, Nahomí, Nohami, Nohemí. ¡Mimí, tu mano no era gélida y aún sigue candente en mi mejilla ... !

La luna y las estrellas de neón crepitaban y los bailarines se acoplaban al ritmo de la orquesta y de La Lupe: «La noche que tú me miraste, que yo te miré... Las estrellas suspiraron de alegría y una alegre melodía a tu lado yo escuché. - Enloquecida se halaba los cabellos - A tu lado yo escuché ... » No pude apartar mis ojos de la sonrisa que, como una llaga horizontal y purulenta, brotaba del pelo que le escondía la cara al hombre que continuaba detrás de ti. Con disimulo busqué mis manos con los ojos y no vi más que mis dedos largos de uñas bien limadas y pintadas de rubí.

—¿Bailamos?

Tus palabras, esféricas y transparentes, estallaron contra mis oídos, mi cabeza, mi piel... Mis mejillas se encendieron y mi pecho: Tinti-tinté-tintí-tintá-ta-tá...

Retumbaron los cueros. Sonaron los trombones inimitables de la Sonora Matancera. Irrumpió el timbal e hizo su entrada la voz de Celia Cruz: «¡Ignorada marcianita! Yo que tanto te he soñado... En la tierra no he logrado que lo ya conquistado se quede conmigo nomás ... » Cayeron el coro y la descarga: «¡ignorada marcianita!». Y Celia, morenaza y con dientes separados que brillaban tanto como las lentejuelas que envolvían su majestad, gritó: «¡Aaazúcar!».

Tenías algo de vulgar en los dientes... En el esmeril para las uñas que sin pudor usabas en público, y... ¡mucho de infierno en los ojos! Tu amplia bata -soles heráldicos, amatistas, turquesas y azabaches —se extendía con la brisa de tus movimientos como la enorme ala de una mariposa. La hiciste volar sobre tu cabeza, quedándote ante mí sólo con tu cuerpo.

Sonaron los trombones, cayeron los timbales, entró el piano y Celia cantó: «Mi cocodrilo verde, en tu palmar se pierde la mágica leyenda de Yemayá y Changó... Mi cocodrilo verde, pedacito de azúcar, las gaviotas anidan en tu litoral ... »

Tomaste mis manos —encajes y sedas para cubrir tus senos suaves y endurecidos. Me eché hacia atrás.

Celia entró nuevamente: «¡Déjame! Búscate a otra, déjame. Si mi amor fue una desgracia, déjame. Ya te lo dije: ¡Déjame! ... »

—¿Nunca has hecho el amor?

—Soy serafín. Querubín. Ángel. Arcángel.

El fuego se apagó en tus ojos. Me acerqué, pero tu mano con un ademán hizo suyo mi rechazo.

—Marcianita. Cocodrilo verde.

La reminiscencia - sorprendente y ondulante- de tus palabras me hace vibrar tanto como la música de la Sonora Matancera.

Irrumpieron los trombones y el coro descargó: «Si tú no vienes te voy a buscar». Cayeron los trombones y el coro. Entró Celia: «Ven o te voy a buscar.. Si sé que soy tu destino ... » La noche se volvió oscura. Negra. Negrita. Negrísima. Era la que habías elegido... Por todas partes me siguieron la seda y la canela de tu piel; tus soles heráldicos en el ala enorme de una mariposa. Un ¡achís!, veinte ¡achís!, cien ¡achís!... Preparaste tus pócimas, secaste mi frente y me remediaste en tu pecho. Te tendiste a mi lado. Tomaste mi mano... Tu mano se separó de la mía y comenzó a subir, a bajar a lo largo de la tela que envolvía mi muslo derecho. Se detuvo. La tomó nuevamente y la colocó sobre uno de tus muslos desnudos. Se movió: arriba, seda; abajo, raso, hasta quedar atrapada ahí... Como luciérnagas se encendieron tus soles heráldicos y me anunciaron la presencia de una anguila que, sacudiéndose, me recorría desde el vientre hasta el centro mismo donde se unen mis senos. Tu lengua te igualaba a los dragones y a las serpientes. Mi boca estaba en tus ojos, en tu nariz y en tus mejillas cuando no era continuación de la tuya. jurábamos con Toña La Negra: «Yo te sabré besar. Yo te sabré querer. Yo haré palpitar todo tu ser y haré mío tu exquisito abandono de mujer .. » Su aliento nos impregnó de tabaco, ron y amaneceres sin alba... «Erick está feliz con nuestra unión y viene a celebrar ... » Me volví serafín, querubín, ángel y arcángel vengadores cuando te vi tendida bajo aquella masa blanca y velluda. Fui mar embravecido y sentí que aquellos ojos, burlando el cerco de pestañas, se desbordaron de sus párpados para hundirse en el agua y la espuma de nuestros cuerpos que, en olas iban y venían.

Cayeron los trombones y en medio del piano y el coro, entró Celia: «... Tú eres mi vida, tú eres mi querer .. »

No pude comer. No pude dormir. Quise seguir a la caza de tu piel, de tus senos, de tus soles... Perpetuarme aroma, semillas y pulpa en la guayaba de tu vientre. Enmudecieron los timbales. Entraron el piano y La Lupe: «Con el llanto de tus ojos y las manos sin destino, te vi partir.. Destino cruel que así mató todo el amor que nos unió... ¡Aay! ¡Adiós!` qué triste fue el adiós que nos dejó al partir ya sin voz para llorar.. ¡Adiós! ... » Un hormigueo ácido me recorrió desde la garganta hasta el ombligo. Me llevé las manos al estómago. Cayó la tumbadora y entró La Lupe nuevamente: «Partir fue regresar a mí al escuchar tu voz sin tenerte aquí.. ¡Adiós!, qué triste fue el adiós, amor. ¿Quién fue que así mató nuestro destino sin razón? ¿Por qué vivir así? ¿Por qué tanto dolor? íAay! ¡Qué enorme soledad me quedó sin ti!... » Me dejaste al lado de las glosinias de pétalos y hojas llenos de tu piel; en compañía de mis lentes, mis plumas, mis relojes; mis libros y mis discos. Me quedé con mis pesadillas: el deambular extraviada por esa casa de cuartos desiertos, pisos de mármol a cuadros blanquinegros, escaleras en caracol, balaustradas de madera y pasillos que desembocan en altares donde Nazarenos y Dolorosas —al resplandor de las velas— transforman sus caras gimientes en amenazadoras bocas y ojos que se abren, abren, abren hasta casi...

Te seguí en el retumbar de los cueros, en la entrada de los trombones; en las caídas de los coros y las descargas; en las voces de Celia con la Sonora -mano a mano - y de La Lupe con Tito Puente. En el ondular de tu enorme ala de mariposa con soles heráldicos y en el quebrarse de tus caderas ante infinitos tatata-tá-taca tacatacataa ¡Olelolelolá!

Mis piernas, mis brazos y mis manos se contorsionan, contorsionan, contorsionan... Siento que los días son noches y las noches días. Las horas son segundos y minutos y meses y años. Mis pensamientos naufragan: tu imagen se aleja y mi espejo se queda sin luna. Mamá me mira en blanco y negro. Con sus manos cierra mis ojos de musgo y peina mis cabellos castaños. Implora a San José, a la Virgen y al Niño: «¡Ayúdenmela a encontrar a alguien que me la quiera y me la comprenda de verdad!». Está más nítida, más cercana -me aferro a sus senos con boca glotona de cuatro años y dientes separados - y me acuna: ¡Noche de ronda! ¡Qué triste pasas! ¡Qué triste cruzas por mi balcón! Noche de ronda, ¡cómo me hieres, cómo lastimas mi corazón! ... » Mamá se esfuma en el cigarrillo, la cicatriz y el piano de Agustín Lara; canta con voz de Toña La Negra: «Dime si esta noche, tú te vas de ronda cómo ella se fue... Que las rondas no son buenas, que hacen daño, que dan pena, que se acaba por llorar .. » La ronda de la noche cierra mis ojos y cubre mi cabeza de pena. Pena-delito-pena-penita-pena. Ronda de pena que está en el aire, en las paredes y los árboles que separan a mi cuerpo yacente de la calle y de ti que, « ... puedes al inundo decir.. que supieras que izo hay en la vida otro antor, como mi amor .. » Cae la voz de La Lupe. Entran los metales. Se silencian los timbales, las congas y los cueros.


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