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Y hasta el viento se negó a soplar
Publicado el 11 de julio de 2000 ...y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se Ie ¿Quién me envió a habitar en este matapalo? A decir verdad de eso hace ya tanto tiempo que ni siquiera me acuerdo. Tengo la vaga creencia de que sucedió a esa hora en que el día cambia de color y en el cielo comienzan a asomarse las estrellas... Estrellas, sí... me guiaron cuando se me ocurrió sembrar la jícara al pie del árbol, pero de eso ya no me queda nada en la memoria. Llevo días, meses, años viendo siempre lo mismo; esta tierra ocre y plana donde el más allá, el más acá y el más nunca son una misma línea en el horizonte. Esta tierra llena de zanjas y grietas que se abren a las profundidades, que también olvidaron cómo fueron las últimas gotas que derramó la lluvia antes de dejarla morir de sed. Aquí no se oye ni un pájaro, ni un grito, ni un ladrido, y hasta el viento se negó a soplar. A veces se mueve una serpiente arrastrando sus frías curvas sobre el cuerpo caliente de la tierra apelmazada donde ha brotado este matapalo. Sus raíces le brotan del tronco. Se abrazan, se apartan, se ahorcan unas a otras, enmarañándose bajo este calor como las enormes manos de muchos esqueletos secándose al aire; como se secó esta tierra, piel vieja que aunque quisiera sudar no podría, porque la última y única gota de sudor la absorbió la garganta de estas raíces que quieren ser tallos, brazos, manos, huesos que se elevan clamando lluvia, saliva, agua... Aquí nada pasa ni nadie viene. Hace treinta, cien, miles de años pasó un animal y más atrás lo seguía un hombre de cuyas facciones no me acuerdo, pero tenía los pies descalzos. Se quedó mirando mi árbol y luego echó a correr despavorido. Todavía retumba en el tronco un eco y no podría distinguir si es un grito o un berrido... Aquí he de continuar como eterno guardián de mi avaricia, asomado en esta ventana de espejismos que brotan en el tronco de mi árbol, esperando la llegada de otro hombre a quien no se le quemen las palabras en la boca, ni el calor le seque el ¡Creo en Díos Padre! en la garganta y, al fin, deje mi alma de vagar. Ya no quiero más esta sensación de inmóvil soledad. Quiero estar allá... Allá donde termina el límite con eI infinito y el viento levanta remolinos ec1 tolvaneras que envuelven el bahareque y las palmas de las casas. Allá donde se sienten los ladridos de los perros y los gritos de las mujeres: Corra, comadrita. ¡Su hombre regresó loco o borracho! ¿Cómo? Dice que estaba buscando el chivo en el medanal y al llegar al matapalo vio que en el tronco se le abrió una ventana con tanta luz que hasta se reflejaba en la tierra. Dice que parecía de azogue y se reflejaba como si fuera un espejo. ¡Ave María Purísima, comadres! Debió ser la resolana... Hay que ponerle un pañito mojado y una cruz de palma bendita en la frente... Allá... el coro de mujeres deja oír: ¡Creo en Dios Padre todopoderoso...! ¡Dios te salve, reina y madre...! ¡Animas santas, almas pacientes; rogad a Dios por nosotras...! ??Y allá... al hombre sin facciones y pies descalzos, los cabellos del árbol solitario se le enredan a su alucinación. En la boca erosionada como la tierra inagotable del medanal se le queman las palabras: « ¡Lo juro, es verdad!»
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