Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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El legado de Cipriano Castro

El Nacional, 23 de mayo de 1999
En el centenario de la Revolución Liberal Restauradora

Cipriano Castro
Cipriano Castro

Cronología de Cipriano Castro a Juan Vicente Gómez

Con los «sesenta hombres» de Castro llegaron los andinos al poder, quedó sepultado el liberalismo amarillo, se abrió un estilo de halagos e intemperancias simultáneas, y un nacionalismo pugnaz se permitió incluso retar a las grandes potencias. Y aunque no todo fue tan heroico, ni nunca terminaron de aparecer los «nuevos ideales, nuevos procedimientos», el derrocado presidente Andrade pudo confirmar sus más funestas expectativas: «Todo, todo ha desaparecido»

Lo dijo Castro en su Mensaje a la Asamblea Nacional Constituyente de febrero de 1901: los 60 hombres que el 23 de mayo de 1899 invadieron desde la frontera colombiana, se habían lanzado al «movimiento revolucionario» para restaurar las instituciones, en una especie —se diría hoy— de refundación de la República.

¿Qué trajo consigo la Revolución Restauradora, digno de ser recogido un siglo después? Tal vez más que lo que los historiadores generalmente le conceden. Trajo, en primer lugar, a los andinos, desde entonces integrados plenamente al país y, por larguísimos períodos, al poder político (nada menos que seis presidentes) y al poder militar.

Trajo, después de montoneras y de la gran concentración de fuerzas de la Revolución Libertadora (1902-1903), el fin de las «guerras civiles» o de eso que el propio Castro denominó «el fiero caudillaje», así persistieran por años levantamientos prontamente dominados e invasiones fracasadas y montoneras sin futuro.

Trajo la sepultura del Partido Liberal Amarillo y, con él, el fin del procerato federalista, y puede decirse que «nuevos hombres»; lo único que sobrevivió de su celebérrima consigna de cambios: «Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos».

Trajo un singular estilo para enfrentar la crisis económica de fin de siglo, que combinaba el halago y la agresión en el tratamiento de las diferencias con los adversarios (Matos, por ejemplo), alternando los saraos conciliatorios con el fuego de artillería en los campos de batalla.

Trajo, aunque manejado con impericia, el proyecto de una Confederación Latinoamericana, tal vez desgajado de lecturas unionistas bolivarianas o del ideario liberal.

Trajo un nacionalismo de alta temperatura que se estrenó con el bloqueo de 1902, fundamentalmente anglo-alemán, y que le permitió unir por corto tiempo, en nombre de la soberanía, a quienes lo combatían políticamente.

Trajo una política exterior pugnaz, ingrata para las potencias imperialistas, y enfilada contra EE.UU. en el tramo de disputas con trusts y empresas como el New York and Bermudez Company, justo cuando Ted Roosevelt metía miedo en el Caribe y Centroamérica.

«Los de allá»

La incorporación de los Andes a la geografía política fue el primer y más visible cambio de la Venezuela finisecular. Más que Castro (el símbolo de la época), fue Gómez quien promovió a los andinos al poder político y militar. Mientras El Cabito se dejó arrastrar por el Círculo Valenciano, su compadre se empeñó en consolidar la fuerza de «los de allá». Y si la Academia Militar fue idea de Castro, «la formación del Ejército Nacional» (como lo han demostrado Ramón J. Velásquez, Ziems, Caballero y tantos otros), es obra gomecista, tanto como esa especie de «guardia especial» representada por La Sagrada.

El ciclo castrogomecista lo completaron, en esta línea andina, aunque con tendencias hacia la democratización, López y Medina, y más tarde lo recibieron en herencia Pérez Jiménez, salido de los cuarteles, y Carlos Andrés Pérez en el terreno civil y electoral. A finales del gomecismo se quiso identificar al «andinismo» con todos los males del país, en especial el de la tiranía, y eso fue lo que recogió la revista Venezuela Futura y lo que refutó el joven Betancourt en el exilio.

Puede discutirse que Castro-Gómez hayan acabado con las guerras civiles, pero no que éstas concluyeran sin éxito para los revolucionarios o que influyeran decisivamente en el rumbo de los gobiernos que intentaron derrocar. Si algo demostró «la generación del 28», fue la eficacia de la lucha ideológica sobre la lucha armada. No fueron los sucesos del 7 de abril del 28, ni las invasiones del Falke y por Falcón, las que prepararon los cambios a partir de 1936, sino la participación que en esas acciones tuvieron quienes constituirían las élites de AD, PCV y URD. La Venezuela del «fiero caudillaje» dio paso entonces a la de los caudillos civiles: los líderes políticos.

Cuando Crespo recibió el balazo en Mata Carmelera, se esfumó la última esperanza del liberalismo, entonces convertido en árbol de cinco o seis raíces. Ese liberalismo amarillo despedazado sería sustituido por el que se autodenominó restaurador y definitivamente iba a perecer, junto con los partidos forjados en el exilio, en la etapa rehabilitadora de Gómez Único. Curiosamente, los máximos ideólogos del antipartidismo, o del gendarme necesario, no eran de los Andes: Laureano Vallenilla Lanz, Gil Fortoul, Arcaya...

El cuadro económico que legó el corto gobierno de Andrade —y del cual no era del todo culpable, pues representaba herencia de sus antecesores— se reveló como caótico y, precisamente, al enlazarse con la agonía del liberalismo amarillo y del sistema político, facilitó el rápido avance de «los sesenta» hacia Valencia y Caracas. En 1897, bajo el mandato de Crespo, no se eligió a Andrade presidente, se eligió una crisis y se precipitó un cambio. El mismo Andrade diagnosticó el mal: «Todo, todo ha desaparecido, y tenemos que a las luchas cívicas, a la batalla de la prensa y de la tribuna, se las ha sustituido con la revuelta armada, y el derrocamiento del gobierno legal, y la anulación de todo poder legítimo».

América para los «americanos»

Los intentos de confederar a los países latinoamericanos, en Castro se filiaban a un ideal bolivariano en contexto liberal, con Uribe Uribe, Santos Zelaya y Eloy Alfaro como aliados, aunque más que nunca se extendía la sombra de EE.UU. Ya andaban en circulación las Conferencias Panamericanas (controladas por Washington), y asimismo ya el Destino Manifiesto, el neomonroísmo y la guerra hispano-cubana-norteamericana habían puesto en marcha otro plan, más vasto y estratégico. Se trataba no de la América unida o confederada, la imaginada por Bolívar, sino de «América para los americanos» en la etapa imperialista.

Al Castro que clamó por la unidad nacional ante el bloqueo de las potencias europeas, se le juzga como retórico, por aquello de la proclama contra «la planta insolente», pero lo cierto es que no disponía de otro medio de defensa que no fuera el verbal y nacionalista. Sabido es que Castro recurrió a Bowen, el representante de Washington, para que mediase, tomando así a EE UU de escudo protector, como en teoría Venezuela lo había tomado en el caso de la disputa por la Guayana Esequiba. Algo sacó Castro de esta diplomacia, además de las cargas de los Protocolos de Washington, y ese algo fue la Doctrina Drago contra el cobro compulsivo de las deudas.

Luego vino la confrontación con «la potencia protectora», que ya había hecho arrase en Centroamérica y el Caribe. Escribí cierta vez que 1905, cuando Venezuela estuvo amenazada de ser invadida (Plan Parker), resultó año muy difícil, «tanto por el lío asfaltero como por lo que desde entonces sería progresivo deterioro diplomático de Castro, aislado, enemistado con medio mundo imperial y peleado con la vecina Colombia». Para colmo, bombardeado por la desinformación, tal como lo mostraría Thurber en su libro, que iba desde el Cable Francés hasta la prensa de Estados Unidos, Inglaterra y Francia.

«Salvadores de la patria»

Pero, a más de todo lo que aquí he mencionado a vuelo de pájaro, Castro trajo algo en que sólo sería superado por su compadre y sucesor: la liquidación de la libertad de prensa y, a su lado, la manía continuista. En los primeros años toleró las discrepancias, valga el caso de aquéllas expresadas en los voceros nacionalistas, pero llegó un momento en que el periodismo se redujo a El Constitucional y las hojas restauradoras. Y en cuanto al continuismo, la Constituyente de 1901, controlada a todos los niveles, había establecido en la Constitución el período sexenal, pero el Congreso de 1904 interrumpió el que estaba en curso, confirmando el lapso de seis años, aunque con inicio en el 23 de mayo de 1905, reelección que buscaba prolongar la presidencia de Castro hasta la celebración del Centenario de la Independencia.

Lo que él no pudo, gobernar por lo menos hasta mayo de 1911, lo consiguió holgadamente su compadre y sucesor, que con la Constitución de 1909 en las manos —y sus reformas sucesivas e inteligentemente coyunturales— dirigió al país hasta que la muerte decidió lo contrario: 27 años de mando absoluto.

Esa es la enfermedad que aqueja a los salvadores de la patria, a los gendarmes necesarios, a los caudillos que forman yunta con «el ejército» y a los que, pretextando la ineficacia y corrupción de los partidos, rechazan su alternancia en el poder o exploran en los terrenos del bonapartismo. El último ejemplo de lo que ensayó Castro y consumó hábilmente Gómez, lo tenemos en Pérez Jiménez.

Cogobernó en las Juntas (la Militar y la de Gobierno), entre 1948 y 1952, se hizo elegir Presidente Provisional y Constitucional por una Constituyente ilegítima y, finalmente, convocó a un plebiscito (15 de diciembre de 1957), que lo reeligió por un quinquenio más.

Por fortuna, «pueblo y ejército unidos» lo derrocaron 39 días más tarde.

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