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A Dios rogando

Juan Nuño


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
Qué mundo este: hasta la religión se ha contagiado de la política. También organizan reuniones en la «cumbre» los gurús de las varias sectas de que disfruta, para su solaz y consuelo, la afligida humanidad. Sólo que tienen mejor gusto que los cabecillas de los dos Imperios que nos rigen. En vez de ir a la inhóspita y despoblada Islandia, los múltiples hierofantes, iluminados sin duda por tantas y poderosas divinidades, eligen la ciudad de piedra rosa, el Asís de silencio y pájaros, cuajado de balcones floridos, al pie del monte Subasio. Así, cualquiera reza.

Siempre, por supuesto, hay un pretexto para reunirse. Estos dicen que van a rezar juntos por la paz. Entiéndase: juntos, aunque no revueltos. Cada uno reza con su librito. Menos mal. Porque no hay nada más ridículo y fastidioso que esos libros de rezo común que han ideado comercialmente los gringos para usar en sus hospitales y quedar bien con todos (casi todos) sus pacientes. Es como sacar factor común de las religiones: se quedan en media docena de vaguedades. En el fondo, quién quita que ese sea el verdadero libro religioso.

Aunque hay sus buenos kilómetros entre ambas ciudades, esta reunión de plegarias en la cumbre de Asís huele a algo de viaje a Canosa. ¿Por qué no se fueron a rezar al Tíbet o a la Meca o a Jerusalén, aprovechando la tranquilidad y seguridad que reina en esta última sacratisima ciudad? Que «los otros» hayan aceptado ir a Italia no deja de ser un triunfo político del Papa polaco. No importa lo que recen: con sólo el viaje ya Roma sale ganando.

¿Van a rezar por la paz? Extraño, muy extraño en algunas religiones. «Vine a traer guerra, no paz ... » dice el Cristo por alguna parte. Y a fe que su Santa Iglesia lo ha seguido al pie de la letra en sus dos mil años de existencia. Tampoco los mahometanos son unos fervorosos pacifistas. Se supone que, para el verdadero creyente en Alá, la guerra es algo santo, que sirve de llave para ganar el Paraíso. No hablemos de los budistas, a quienes lo mismo les da ocho que ochenta: guerra o paz son sólo vueltas de la inmensa rueda del destino y, en definitiva, todo apunta a la Nada. De modo que, si se analiza un poco, ese rezo por la paz es otra prueba del carácter eminentemente político de esa reunión de ensalmadores. Lo de la paz es un pretexto.

No será la primera vez que los magos vienen de Oriente. Que ahora vengan a rezar y antes lo hicieran para adorar sólo prueba la devaluación de las creencias junto con la persistencia de las costumbres. Eso sí: que una vez más vengan de lejanas tierras, en son de paz, pudiera tornarse como señal de tolerancia democrática entre religiones. El detalle a tener en cuenta es que la tolerancia en materia religiosa se limita a respetar la religión del prójimo al modo como suele respetarse en el vecino su creencia de que su mujer es bella y sus hijos unos genios. Cortésmente. Que todos tengan en común el ritual de la plegaria sólo demuestra la fuerza de la imaginación en los humanos. Ya decía Turguenev que todos al rezar piden el mismo milagro: «Dios mío, haz que dos más dos no sean cuatro». Lástima. Va para cuarenta años que Orwell mostró lo que sucede cuando se cumple en la tierra ese milagro.

Confiemos en que los rezos por la paz por parte de tantos santiguadores reunidos sean un poco más fervientes y sinceros que los de Mr. Reagan y el camarada Gorbachov. Sin embargo, hay muchas probabilidades de que, al día siguiente de tanta plegaria babélica, la temperatura del mundo siga siendo la misma. Eso sí: se habrá visto un hermoso circo, con un habilísimo maestro de ceremonias y resultados, en el fondo, tan magros como los de siempre.

Por algo, los de la vieja cepa hispánica preferimos hacer caso al buenazo de Sancho: «Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos».


Ver La desintegración del imperio soviético
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