La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas: Monte Ávila, 1990,
p. 43-46.
Alemanes del Este y alemanes del Oeste se reúnen, se entienden, se ponen de acuerdo: descubren que son todos alemanes. Descubrimiento peligrosísimo vez, como se descuiden, entre reunión y cerveza, de pronto, una sola Alemania. La pesadilla que comienza. Con toda razón. Si ya Alemania partida y no precisamente por gala, en dos, es en cada mitad una impresionante potencia mundíal en todos los órdenes, una Alemania unificada sería el súper Japón de Europa.
Por algo los rusos han perdido el sueño y tratan desesperadamente de recortarle las bridas a sus vasallos de Alemania comunista. Puede que esta vez contengan la amenaza de reunificación y quizás también la próxima, pero el hecho ya han comenzado a hablarse. Con esa torpe inteligencia (menos mal) y con su teutona obstinación, no cejarán hasta poner otra vez en pie al gran Leviatán. Ha despertado el monstruo. Frankenstein vuelve a latir. El destino viene preñado de un Cuarto Reich.
Es el fin de todo. Adiós a esa inmensa trampa del póker mundial que jugaron en Yalta hace cuarenta años. Todo el equilibrio de Europa, todo el cínico reparto de áreas de influencia, todo el sentido del terror nuclear, toda la clave de la bipolaridad mundial se derrumbaría cual castillo de arena el día en que de sus cenizas, del Reichstag levantare vuelo el águila alemana. Sigfrido surgiendo del sagrado Rin con la brillante espada vengadora en el puño. A correr se ha dicho. Puestos a temblar, bastará con imaginar un inicio del siglo XXI con un nuevo Pacto del Eje con Alemania (una) y el Japón dueño de los computadores de cuarta generación. Esta vez no necesitarían a Italia (la otra tampoco). Por supuesto que siempre hay un contundente remedio a tanta amenaza: las armas nucleares en auxilio de la amenazada civilización cristiano-marxista. Todo se andará. De modo que las perspectivas no pueden ser más risueñas. O catástrofe nuclear o, a la tercera, la vencida: el triunfo milenario del IV Reich.
Hace unos veinte años, Mauriac escribió algo sobre Alemania que a un tudesco le sonó a antigermanismo y así se lo reclamó al francés. La respuesta de Mauriac protestando de su inocencia no ha perdido ni gota de actulidad: «¿No querer yo a Alemania? Si de tanto quererla, quiero que haya siempre dos Alemanias, para así quererla más».