|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Distintas formas de despedirse
Quizá con motivo de la despedida china al marxismo, ha recobrado interés el viejo tema de los adioses a la gran doctrina. Más que viejo, reiterado: desde Schapper y Lassalle hasta Colletti y Lévi, pasando por Bernstein, Kautsky y Korsch, han sido tantos los adioses que más que movimiento social parece el marxismo huérfano abandonado en solitario andén de estación. En estos días, postrimeros del siglo, vuelven a estar de moda las despedidas. Lo de menos es tratar de averiguar por qué se despiden: desde desengaños históricos (Checoeslovaquia, Polonia, Afganistán) hasta oscuros movimientos del alma, cada quien tendrá una razón o, al menos, una excusa, para retirarse de la escena marxista. Más digno de curiosidad será saber de qué se despiden, pues pudiera darse el caso de que estén diciendo adiós a realidades muy diferentes y hasta enfrentadas. Manifiesto resulta que un escolástico frío y sistemático como Colletti no se despide de lo mismo que un aventurero trotacaminos como Koestler o un romántico lacrimógeno como Garaudy. Si el italiano se despide de una teoría, el húngaro lo hizo de un riesgo y el francés, de una creencia. De ahí la diversidad de sus destinos: Colletti sustituye una teoría con otra (la vuelta a Kant); Koestler se embarca en otro riesgo (el sionismo), y Garaudy da tumbos de creencia en creencia (primero, el cristianismo y, por ahora, el mahometanismo), quizá confirmando aquello de que los errores son perfectamente intercambiables. Autenticidad del marxismo Lo que sirve para percatarse de que hay una aparente diversidad de marxismos, pese a los esfuerzos centralizadores, absorbentes y eclesiásticos por unificar el dogma. Por ahí habría que empezar: por tratar de disipar parte al menos de la niebla que rodea el equivoco concepto de marxismo. Sin que necesariamente sean excluyentes, se oye mentar cuando menos tres capitales nombres, alusivos a la misma entidad: marxismo auténtico (o real), marxismo filosófico y marxismo ideológico. O, si se prefiere: el marxismo como práctica sociopolítica, como filosofía y como ideología. La importancia de las diferencias viene dada por la circunstancia pragmática de que no es ciertamente igual despedirse de una militancia política que de una investigación económica o sociológica o vagamente filosófica. La querella en tomo al titulo de autenticidad del marxismo es tan vana cuan enriquecedora. Vana, por esconder un falso problema; enriquecedora, a la vista de la selva escrituraria a que ha dado lugar. Disputar por el derecho a representar la pureza originaria y, por lo tanto, la autenticidad indiscutida del marxismo, es tan falso como luchar por la instauración del cristianismo primitivo. tenga algún sentido hablar de cristianismo primitivo, forzando documentos testimonios de la época (rollos del Mar Muerto, crónicas de Flavio Josefo) para imaginar algo así como una miserable secta judía perdida en el desierto, tipo esenios. La realidades que el cristianismo se reduce, se agota y se expresa a cabalidad en las diversas iglesias existentes que se reclaman de los Evangelios. Paralelamente, la realidad es que el marxismo se reduce, se limita y se manifiesta plenamente en la variedad de regímenes y movimientos políticos que se reclaman de unos textos tan clásicos (incluyendo a Lenin) que ya deberían ser considerados auténticos evangelios o textos sagrados. Quienes se pelean por imponer una lectura de los Manuscritos sobre la del Capital, o privilegiar tal sección de los míticos Grundrisse sobre la Ideología alemana, sólo logran probar su pertenencia alejandrina: escoliastas insomnes que fatigan los códices sacralizados para arrancarles algún reflejo inédito, la estéril sorpresa de una débil variante, la oscura posibilidad de propiciar un giro semántico imperceptible al término alienación. Menesterosos ratones de biblioteca que van royendo media docena de manoseados textos, en la altanera creencia de que, al igual que los cabalistas del Zohar, si persisten en su alucinado empeño, alguna remota madrugada podrán tropezar con la clave que les revele la prístina legitimación de la doctrina. Qué más dará que traduzcan de ésta de aquella manera, que lean antes un texto que otro, que partan de Hegel o de Ricardo, que «economicen» o «humanicen» a Marx: su marxismo, si acaso será enclenque producto de laboratorio para acotado consumo del cenáculo académico, casi sociedad secreta en vías de extinguirse, o de pasar al misterio de una estremecida clandestinidad. Porque la verdadera cara del marxismo, la única cara del marxismo, la realidad histórica, palpable y comprobable del marxismo, llámase Unión Soviética y países satelizados de Europa, China, Vietnam, Albania, Yugoslavia, Cuba, Laos, Etiopía, Angola, Jemer Rojo, Sendero Rojo, Brigadas Rojas et alia. No hay otro marxismo real y auténtico que el encarnado en los regímenes comunistas (Gulag comprendido) y en los movimientos revolucionarios (terrorismo incluido). No estará de más recordar ciertas palabra de Jacques Monod, Premio Nobel de Química, en su famoso y es de temer que ya algo olvidado El azar y la necesidad: Cierto que se puede estar en desacuerdo con esta reconstitución [refiérese a la que él mismo acaba de hacer del marxismo] y negar que corresponda al pensamiento auténtico de Marx y Engels. Pero sería absolutamente secundario. La influencia de una ideología depende de la significación que dicha ideología cobre entre sus adeptos, así como de la que le otorguen sus epígonos.. Los epígonos del marxismo son los regímenes y movimientos que han realizado o aspiran a realizar políticamente, prácticamente, los postulados de aquella vieja teoría marxista. El hecho siempre discutible de que, al realizarlos, hayan apartado tantos centímetros o miriámetros de la doctrina supuestamente original es, como señala Monod, perfectamente, secundario. Lo que cuenta es lo realizado o intentado realizar en la práctica política, no la oscura idea embrionaria en su supuesta pureza primigenia Al marxismo se le juzga y reconoce por la práctica política. «Por sus obras los conoceréis», dijo el otro judío. Y la variante de Engels es harto conocida: «la prueba del pudding está en comerlo». Las palabras de Kolakowski, otro tránsfuga del marxismo, en El hombre sin alternativas, poseen claridad suficiente: El marxismo ha pasado a ser una noción dotada de contenido institucional, no de contenido intelectual, cosa que, por lo demás, ocurre con toda doctrina propia de una Iglesia. Vigencia del marxismo Por otra parte, acéptese por un instante la tesis de los puristas, de los esforzados defensores de una mítica autenticidad textual del marxismo. Las consecuencias serían: a) la más drástica reducción de cualquier praxis a la sola teoría (siempre en el supuesto forzado de que exista una sola teoría digna de los apelativos de auténtica y original); b) la total reducción del marxismo a filosofía, una más de las muchas que ha producido el reiterativo afán del hombre por coordinar palabras. En el primer caso, al reducir el marxismo a sólo teoría, se le estaría, antimarxistamente, negando su condición de doctrina revolucionaria, de teoría ideada para realizarse en la práctica social, que es justamente lo que han logrado todos los regímenes que se reclaman del marxismo; pero sucede que, al considerarlo tan sólo una filosofía más, la supuesta vigencia del marxismo quedaría reducida a la de cualquier otra filosofía de su época. Con lo que el marxismo tendría tanta vigencia como pudiera tenerla el positivismo de Comte, el biologismo de Spencer o el pragmatismo de James. Sería, a no dudar, la mejor noticia que le podrían dar al Pentágono y al Departamento de Estado del Imperio EEUU que, en caso de seguir interesado en combatirlo, no tendría sino que gastar muy poco dinero en reforzar el staff de profesores liberales y neoconservadores en las Universidades norteamericanas. Alguien está equivocado en este punto. Y no da la impresión de que, desde 1918, lo estén los gobiernos del optimista «mundo libre». Para su práctica política, el marxismo sólo es la práctica política rival. No porque se apoye en la teoría del valor correcta o en la originaria desalienación del hombre, sino porque, al constituirse en práctica política, ha generado otro Imperio, no menos ambicioso que aquél y, desde luego, perfectamente competidor y excluyente. El resto son pamplinas de eruditos encasillados en media docena de páginas enmohecidas. El verdadero, real, auténtico marxismo tiene nombres y apellidos registrados: los de los países, regímenes y movimientos autodenominados «socialistas» o «comunistas». Sin embargo, no hay que ser cicateros y negarles toda «vigencia» a los cultores del marxismo escolástico, a los descifradores de textos y matices. Poseen la misma vigencia que tienen los estudiosos del cartesianismo o de los textos de Platón o de Malebranche. No más: una vigencia fantasmagórica, quimérica, de juego de sombras, de confrontación de ideas, de periódicos congresos eruditos. La vigencia arqueológica de lo muerto y desenterrado. Los sistemas filosóficos (si persisten en que el marxismo entre en esta categoría) no tienen otra vigencia que la que les pueda conferir la débil y mudable memoria de los hombres: piezas de un museo para ser contempladas y estudiadas. Pero, si por vigencia del marxismo se entiende la correspondiente a las realidades sociopolíticas de los regímenes oficialmente marxistas, mientras tales regímenes existan, el marxismo poseerá una muy precisa vigencia. Algo que debería de alegrar los corazones de los creyentes en la nueva fe: no cabe duda de que el marxismo (es decir, el imperio «socialista») avanza. Tal y como en su día avanzó el cristianismo hasta lograr apoderarse de la cabeza del Imperio de entonces y, desde ahí, decretar la vigencia de la religión única. De momento, mientras se enfrenten las dos fuerzas imperiales, cada una legitima a la otra. Así, la vigencia del marxismo se la confiere la política rival norteamericana, no los arduos estudiosos de las trajinadas páginas de Marx y Engels. Contraprueba de esta tesis la ofrece la propia soberana indiferencia de los regímenes marxistas para con su doctrina, tan notable que bien pudiera levantarse una suerte de ley: a mayor influencia material de la ideología marxista, menor desarrollo de la filosofía marxista. En efecto, ¿cuáles son los aportes filosóficos del mundo comunista al marxismo? En todo caso, ¿cuáles pueden compararse con los realizados in vitro en las capillas y escuelas de Occidente? ¿Qué nombres del mundo comunista pueden competir con cualquiera de los de la Escuela de Francfort o con los de Gramsci, Althusser o Colletti? De tan sencilla, la explicación es insultante: ¿para qué necesitarían los regímenes políticos marxistas, firmemente asentados en el poder, seguir perdiendo el tiempo con discusiones escolásticas sobre los textos sagrados o sobre la profundidad teórica de la doctrina? Adiós al marxismo Se entenderá, a la luz de todo lo anterior, que sólo tiene pleno sentido decir adiós al marxismo cuando se trate de una despedida práctica, de naturaleza política, militante y activa, mientras que apenas tendrá un sentido restringido, analógico, esa misma expresión aplicada a la parte muerta, no vigente, del marxismo, esto es, a la filosofía marxista primigenia. Así es: despedirse de una doctrina filosófica del pasado, de una teoría conceptual registrada históricamente, sólo puede querer decir que, por cualesquiera razones (personales, de agotamiento doctrinario, de carencia de recursos, etc.) déjase de estudiar esa doctrina. Entonces, el adiós al marxismo será únicamente un adiós académico: a los textos marxistas. Mientras que, aplicado al marxismo real, institucional, al marxismo vigente y activo, decirle adiós significa mucho más: quiere decir que se abandona una acción política (la famosa praxis), también por las razones que fuere, y que se deja de luchar por: a) la consolidación de ciertos regímenes marxistas; b) la propagación del marxismo en otros lugares y la constitución de nuevos regímenes marxistas. Por supuesto, son importantes los restringidos adioses filosóficos, puesto que, por lo general,. se justifican mediante un aporte teórico rectificativo del marxismo. La lista es larguísima y siempre interesante: Silone, Fast, Nizan, Lefebvre, Claudin, Djilas, Zinoviev, Semprún, Haya de la Torre, Roy y, recientemente, Colletti, apenas si son unos pocos nombres de una ilustre pléyade de «desengañados». Los otros, los que se despiden del marxismo real, no sólo de la filosofía marxista, suelen ser menos atractivos en lo teórico, por lo mismo que, habiendo sido la mayor parte de su vida activistas, o no sienten la necesidad de razonar su partida o ésta es tan violenta que vienen a dar en el otro extremo: en un desenfrenado anticomunismo, no menos activo que su anterior militancia marxista: conducta corriente en los conversos. La encrucijada del marxismo No la del marxismo real, el marxismo político, dominante en aquellos gobiernos o movimientos revolucionarios, sino la de la pálida filosofía marxista, la discutida en los salones de Occidente, cada vez más desgarrada en multitud de tendencias e interpretaciones de la doctrina-madre. A la sombra teórica del marxismo, a su filosofía, se le abren tres caminos a elegir, entre sí perfectamente excluyentes. O se afirma como mera filosofía o aspira al envidiado status de ciencia o se acepta como vulgar ideología. En cada caso, las consecuencias son diversas. Si el marxismo es una filosofía más, presentará todos los inconvenientes de los sistemas filosóficos registrados en cualquier historia de las ideas, pero ganará, por lo mismo, una cierta ventaja doctrinaria. Los inconvenientes son los de pertenecer al perenne estado de conjunto fluido de opiniones, reino de la doxa, juego infinito de interpretaciones: de ahí nace esa única y no despreciable propiedad que poseen los grandes sistemas filosóficos: su propia perennidad, su inmortalidad conceptual, asegurada por su misma incapacidad de ser refutables y, por lo tanto, perecederos. A la filosofía marxista se la podrá seguir estudiando, en tanto tal filosofía, mientras los seres humanos se dediquen a la faena de registrar sus pensamientos pasados. Lo que no deja de constituir una profunda ironía: la doctrina que en su día, ya lejano, se presentara, revolucionariamente, como el horizonte y cierre de toda filosofía, el mecanismo superador de toda tendencia metafísica, se incorpora, como una más, al monótono desfile de los imperecederos sistemas filosóficos. Si el marxismo pretende verdaderamente ser ciencia tropezará con un elevado número de dificultades. Sin entrar en el corazón del problema (si realmente puede serlo) el solo hecho de postularlo como ciencia sigue generando una fuerte oposición dentro de las propias filas marxistas (ése fue el empeño de Althusser, frente a la enconada resistencia de los marxistas «humanistas», es decir, los filósofos marxistas). Para no mencionar las criticas externas al marxismo, de las que Popper es la muestra más representativa en tanto confutador de las pretensiones a la cientificidad. Pero aún habría algo más inquietante. Supóngase, en un arrebato de generosa fiebre que en efecto lograra probarse el carácter científico del marxismo. Por lo mismo, st estaría decretando su extinción. Los sistemas científicos, además de provisionales y conjeturales, son eminentemente perecederos, extinguibles, llamados a ser reemplazados por otros sistemas científicos de mayor o distinto poder explicativo. Por último, si acaso se lo tiene por ideología, una de tres: o se entiende el término en el sentido peyorativo que le daba Marx, esto es, falsa representación del sistema de valores que sirve para ocultar una muy determinada praxis social de un grupo humano o se le comprende, en sentido lato, como un simple ideario político para movilizar la opinión pública, o se le convierte en el equivalente de un nuevo redencionismo, similar al de las clásicas religiones esotéricas. En cualquiera de los casos, se le hace al marxismo un flaco servicio: en el primero, se admitiría el papel represivo del marxismo sobre las propias sociedades que se declaran marxistas; en el segundo, se lo trataría como vulgar recurso táctico, de naturaleza pasajera, al nivel de cualquier puñado de slogans políticos; en el tercero, se confesaría su aproximación a las religiones de salvación (en particular, las del tronco judeocristiano). No es necesario agregar que ninguna de esas tres posibilidades no es excluyente con las otras dos. Aquel triple estado del marxismo (filosofía, ciencia, ideología) puede resumirse en un sencillo dilema: o bien aspira el marxismo a persistir ad aeternum, en cuyo caso ha de pagar el precio de la sacralización y la entronización religiosa, o bien busca (que lo pueda obtener es otra cosa) el status científico, al precio de caducar inevitablemente. Todos los indicios prácticos (esto es, los registrables en la zona del marxismo real) apuntan a la primera posibilidad: la persistencia ideológico-religiosa del marxismo. Seria necio negarle vigencia al marxismo político, a su poder expansivo, a su imperialismo territorial, a su capacidad de adoctrinamiento. Siendo el hombre un ser religioso, esa condición asegura más de la mitad del triunfo de una doctrina de salvación. En cuanto a los cada vez más escasos espíritus racionales o simplemente pensantes, siempre podrán hallar algún consuelo del fastidio que supone tener que perder todavía el tiempo hablando de marxismo, en aquel cínico verso del gran Lope de Vega: «Pues, como lo paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto».
|
||||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|