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Miseria del feminismo
Las ideologías suelen caracterizarse por desarrollar un cierto gusto hacia el culto a santones, patriarcas (matriarcas, en este caso) y padres o madres fundadores(as) del avasallador movimiento. En el caso del feminismo, no parece haber muchas dudas: la madre-fundadora fue, es y seguirá siendo la eterna y plúmbea Simone de Beauvoir, también conocida por las malas lenguas francesas como «la Grande Sartreuse». El acta de fundación o primera piedra quedó expuesta con aquella frasecita con la que se inicia la inevitable Biblia: «No se nace mujer; se deviene mujer...». Pero lo que seguía aún era peor: «ningún destino biológico, psíquico, económico define a la figura que, en el seno de la sociedad, caracteriza a la hembra humana...». Es decir, un enfrentamiento bien parisino (luego, falso y superficial) entre biología y cultura. Que conste que fue Beauvoir la que introdujo esa referencia al «destino biológico». Porque da la casualidad de que si algo está establecido y bien establecido en la biología es: primero, la perfecta e inexorable distribución de la especie en géneros con una muy específica función; segundo, que si acaso hay que hablar de un sexo básico, primigenio, del que se deriva el otro, tal papel le corresponde al sexo femenino, pues el masculino es la consecuencia de agregar un cromosoma (Y) a la original femineidad genética. Es decir: que la mujer es mujer de suyo, mientras que el macho sólo es tal por represión endocrina del otro sexo. De modo que basta de seguir hablando de «segundo sexo», puesto que más bien sería el primerísimo, así como basta de seguir hablando las necedades freudianas aquellas de «envidia del pene» y otras privaciones y deseos. Los que en verdad se hacen o devienen (para emplear el vocabulario de Madame de Beauvoir) son los machos. La mujer nace mujer, mal que le pese a la suma sacerdotisa del primer feminismo. Además, ¿qué diablos quiso decir con eso de «hacerse (devenir) mujer»? Lo de «ser mujer» es definitivo; lo otro («hacerse», «devenir, «convertirse en») sería modificable. Esto es, destino frente a vocación, pues es obvio que no todos son curas ni todos los curas lo son siempre. Ahora bien, sucede que aún no se ha llegado al punto de abandonar la femenina condición como se abandona la de plomero o violinista. Imaginemos el siguiente diálogo ¿femenino?: «¿Qué vas a hacer este año?» «¿No sé muy bien, a lo mejor me hago mujer...» Pero no todo es culpa de la Beauvoir y su simplista y metafísica (y sartriana, todo hay que decirlo) visión anticientífica del ser humano. Ella se limitó a poner en marcha un movimiento y a dotarlo de un libro sagrado; que no es poco, aunque tampoco sobrepasa los límites de lo habitual en estos casos. Lo que ha salido de ahí merece que se le eche una mirada. A ver si es posible entender algo. Eso del «feminismo» sólo podrá ser o una doctrina, con visos de verdad intrínseca, o una ideología, esto es, propaganda de agitación para algo. Sólo que sucede que si «feminismo» y «machismo» (se supone que el opuesto) fueran doctrinas, la segunda, el «machismo», es la única que podría fundamentarse en la ciencia y reclamarse de ella; no así la primera, el «feminismo». Puede haber un «machismo científico», es decir, aquella doctrina que parte del hecho diferenciador y establecido de dos sexos dedicados a cumplir la función biológica de la reproducción mediante el mecanismo de la selección sexual, que supone, entre otras cosas, la consagración de tendencias poligámicas en el macho para un mejor cumplimiento de aquella función. O dicho de otro modo: atendiendo a la ciencia, la visión de las relaciones entre los sexos es una visión decididamente machista. Parece que no le queda al feminismo sino proclamarse «ideología», lo que muy sabia o instintivamente no dejó de hacer desde sus comienzos, huyendo de la referencia científica (vuélvase a la Beauvoir) como del diablo. Por ser tal ideología se sitúa con toda propiedad en esa zona turbulenta de actitudes poco o nada racionales, cargadas de sentimientos, creencias, deseos y voliciones. Pese a todo, puede hacerse el esfuerzo racional de tratar de averiguar qué hay detrás de las posiciones gesticulantes de la ideología feminista. Pudiera abrirse una doble posibilidad, a la hora de atribuirse argumentos. O bien las relaciones hombre/mujer llegan a ser idealmente neutras, sin necesidad de predominio alguno que justifique la respectiva ideología para mantener la dominación (por ejemplo, hasta ahora la machista); o bien se dan tales relaciones bajo la forma de abuso de uno por el otro sexo. Y a su vez, si lo segundo, o bien ese predominio es producto de alguna conspiración (o cualquier otro recurso político-social), o bien es consecuencia natural de alguna desigualdad biológica. En resumen que, mírese como se mire, el feminismo se enfrenta a estas tres excluyentes opciones: 1) o propone una utopía: la indiferencia sexual, sin predominio de ninguno de los sexos, algo así como las relaciones que al parecer hay entre las ocas; 2) o propone una revolución (otra utopía): derrocar un sistema de opresión para sustituirlo por probablemente otro, pero de signo opuesto; y 3) o reconoce un hecho biológico: la diferenciación sexual y la competitividad reproductiva. Ahora bien, en ninguna de las dos primeras opciones tiene cabida para nada la ciencia. Y justamente allí en donde la ciencia puede decir algo, sólo queda la tercera opción, a la que inevitablemente habría que calificar de «machista». Con lo que no es difícil ver que, en efecto, han imitado al hombre, como pedía el bueno de Svevo, y lo han imitado a la perfección, pues «feminismo» es equivalente a vulgar movimiento político, condenado como tal a vivir entre la denuncia de un orden aborrecido (en este caso, el orden biológico) y la gritería de las promesas revolucionarias. ¿Quién sabe? A lo mejor, ellas también algún día toman el poder para que, como en La Gattaparda, todo siga igual.
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