Roberto Hernández Montoya, Director
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Fetichismo de la ley

La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas: Monte Ávila, 1990
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Que las leyes son pasajeras y el crimen eterno, pruébalo la religión que cobija a los pueblos de Occidente: primero Caín y, mucho más tarde, aparece Moisés armado de las leyes. Quizá por eso la sabiduría hispana se ha defendido de los legalismos y sus adoradores: hecha la ley, hecha la trampa, advierte la mala conciencia de una tradición harto frecuente. Y aún mejor: acátese la ley, sin cumplirla, que es la forma inteligente, suareciana, de defender la soberanía popular contra el poder y la relatividad de las leyes. Allí deberían inspirarse los buenos cristianos, pues no fue cualquiera, sino Saúl, más conocido como Pablo de Tarso, quien comprobara que «donde no hay ley, no hay transgresión» (Romanos, 4:15). Mejor son las proféticas palabras del poeta Blake: «Con las piedras de la ley se construyen las prisiones y con los ladrillos de la religión, los burdeles».
Lo malo de las leyes no son ellas ni los abusos que permitan ni siquiera la fragilidad de su condición histórica en tanto productos sociales, pasajeros y reemplazables; lo malo de las leyes son los sacerdotes que viven a su sombra y medran del lucrativo oficio de hacerlas respetar. Fariseos de un inmenso templo civil, revisten la antigua majestad de los chamanes para descargar sobre las aterrorizadas cabezas de los ciudadanos lo que, sin metáfora alguna, llaman el peso de la ley. Sin leyes, el Imperio Romano no hubiera existido, pero por lo mismo es absurdo exaltarlas sin tomar en cuenta que el propósito fue ante todo político. Ojalá fuera ésa su sola limitación y estrecho relativismo. Más razón que un santo tuvo Bacon cuando se inventó que los siete sabios de Grecia comparaban las leyes con telas de araña, que sólo sirven para atrapar insectos chicos, ya que los gordos bien que escapan de ellas. Forma elegante y clásica de hablar de la conocida figura del embudo.
Aun así, cumplen las leyes momentánea función; lo malo es que precisan de intérpretes, descifradores y guardianes, que son los que complican innecesariamente las relaciones sociales. Habría aquí también que extender la verdad de Clemenceau, el primer Tigre: las leyes son algo serio como para dejarlas en manos de abogados. Palabra aterradora ésta, que por algo la peor de las maldiciones gitanas es la que promete verse enredado en sus pecadoras manos. Si al menos los rábulas se limitaran a su oficio, que es apenas el de medrar en el bosque de los Códigos y vivir de los infelices que tienen que atravesarlo; lo malo es que, a fuerza de repetir sonsonetes de leguleyos, les da a algunos por creer que también piensan. Y en lugar de razonar, declaman; en vez de usar la lógica, agotan la más barata de las retóricas. Sirven el foro y los decanatos a la demagogia, no a la inteligencia.
Recuérdese que ante la Ley está el poderoso portero que guarda la entrada y ante cada una de sus innúmeras puertas hay un portero cada vez más poderoso. El pobre hombre que acude a la Ley creía, en su ingenuidad, que «a la ley tenían todos acceso en todo momento». Lo de menos es que muera sin acceder a la Ley. Lo revelador, lo vigente, lo melancólico, como subraya Kafka, es que no haya que aceptar esas cosas en tanto verdaderas, sino en tanto necesarias.
Ver La desintegración del imperio soviético
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Coedición con

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