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Sección: Bitblioteca
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Fetichismo de la ley
Lo malo de las leyes no son ellas ni los abusos que permitan ni siquiera la fragilidad de su condición histórica en tanto productos sociales, pasajeros y reemplazables; lo malo de las leyes son los sacerdotes que viven a su sombra y medran del lucrativo oficio de hacerlas respetar. Fariseos de un inmenso templo civil, revisten la antigua majestad de los chamanes para descargar sobre las aterrorizadas cabezas de los ciudadanos lo que, sin metáfora alguna, llaman el peso de la ley. Sin leyes, el Imperio Romano no hubiera existido, pero por lo mismo es absurdo exaltarlas sin tomar en cuenta que el propósito fue ante todo político. Ojalá fuera ésa su sola limitación y estrecho relativismo. Más razón que un santo tuvo Bacon cuando se inventó que los siete sabios de Grecia comparaban las leyes con telas de araña, que sólo sirven para atrapar insectos chicos, ya que los gordos bien que escapan de ellas. Forma elegante y clásica de hablar de la conocida figura del embudo. Aun así, cumplen las leyes momentánea función; lo malo es que precisan de intérpretes, descifradores y guardianes, que son los que complican innecesariamente las relaciones sociales. Habría aquí también que extender la verdad de Clemenceau, el primer Tigre: las leyes son algo serio como para dejarlas en manos de abogados. Palabra aterradora ésta, que por algo la peor de las maldiciones gitanas es la que promete verse enredado en sus pecadoras manos. Si al menos los rábulas se limitaran a su oficio, que es apenas el de medrar en el bosque de los Códigos y vivir de los infelices que tienen que atravesarlo; lo malo es que, a fuerza de repetir sonsonetes de leguleyos, les da a algunos por creer que también piensan. Y en lugar de razonar, declaman; en vez de usar la lógica, agotan la más barata de las retóricas. Sirven el foro y los decanatos a la demagogia, no a la inteligencia. Recuérdese que ante la Ley está el poderoso portero que guarda la entrada y ante cada una de sus innúmeras puertas hay un portero cada vez más poderoso. El pobre hombre que acude a la Ley creía, en su ingenuidad, que «a la ley tenían todos acceso en todo momento». Lo de menos es que muera sin acceder a la Ley. Lo revelador, lo vigente, lo melancólico, como subraya Kafka, es que no haya que aceptar esas cosas en tanto verdaderas, sino en tanto necesarias.
Ver La desintegración del imperio soviético
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