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Presentación de Ícaro o el futuro de la ciencia, de Bertrand Russell Mayo de 1986
Parece como si apenas existiera límite alguno a lo que pudiera hacerse para producir un mundo mejor, sólo si el hombre utilizara prudentemente la ciencia. En otro lugar he expresado [se refiere precisamente a Ícaro...] mis temores acerca de que no hagan los hombres un uso prudente del poder que se deriva de la ciencia ... Si así lo decide, podría la ciencia hacer que nuestros nietos tuvieran una vida mejor, al suministrarles conocimientos, control de los mismos y una nueva personalidad, dedicada a producir armonía en vez de lucha. Pero, de momento, lo que hace la ciencia es enseñar a nuestros hijos a matarse entre ellos, ya que son muchos los científicos dispuestos a sacrificar el futuro de la humanidad en aras de su prosperidad personal. Aunque ésta es una fase que ha de pasar tan pronto los hombres adquieran sobre sus pasiones el mismo tipo de dominio que ya poseen sobre las fuerzas físicas del mundo externo. Tal es el centro del problema: la ciencia no es ni buena ni mala en sí misma; son los hombres y su conducta irracional quienes la toman un amenazante peligro. De nada sirven los grandes descubrimientos si no van acompañados del control de las humanas pasiones. Para Russell, como, tres siglos antes, para Descartes, la razón se ve limitada por las emociones. La diferencia es que ahora (comienzo del siglo XX) el hombre tiene en sus manos los poderosos medios que le proporcionan los descubrimientos científicos.
¿Por qué escribir ese libro y por qué en ese momento? Bien está que la obra de Haldane, que pintaba color de rosa el futuro de la humanidad, poseedora de los grandes secretos científicos del universo, le sirviera de acicate para salir al ruedo de la polémica. Nunca necesitó de mucho Russell para oponerse a lo que considerara una posición falaz o peligrosa. Sin embargo, es evidente que su obrita le sirve para cargar la mano: las tintas tienden al negro y, en general, el tono es sombrío y asaz negativo. Llega a terminar deseando el fin de la civilización si es que, acaso, el precio para salvarla es el de formar un segundo imperio romano, con toda su decadencia. Entran ganas de pensar que los años veinte fueron lúgubres en la vida de Russell. ¿Acaso lo fueron? Su mejor biógrafo, Bernard Clark, resume así su situa ción emocional al comienzo de la década de los veinte: «Estaba próximo a los cincuenta años, apasionadamente enamorado de una mujer a la que le duplicaba la edad, todavía emocionalmente dependiente de Ottoline y aún casado con la mujer de la que se había separado hacía diez años. . . « Quien vive tan intensa vida sentimental no debe ría sentirse particularmente abatido; sobre todo, si está «apasionadamente enamorado». La dama objeto de tan ardiente amor era Colette ONiel, de unos veinticinco años, más conocida como Lady Constance Malleson. Colette era su nombre teatral, pues era actriz. Hija del Conde Annesley, estaba casada con el actor Miles Malleson, a quien Bertrand Russell había conocido en 1916, puesto que ambos militaban en los mismos grupos pacifistas. Menos de dos semanas después de conocerla, ya eran amantes y, en algún modo, lo siguieron siendo siempre, por más que hubo una primera ruptura en 1912, seguida de apasionada reconciliación, y una segunda, diez años después. Hasta su muerte, Cole tte no dejó de enviar rosas rojas en cada cumpleaños de Bertie. La Ottoline mencionada por Clark no es otra que Lady Ottoline Morrefi, hermanastra del Duque de Portland, casada con Philip Morrell, compañero de Russell, cuando estudiante, en el Balliol College. Parece que era una mujer de una belleza tan notable como su inteligencia. Su affaire con Russell comenzó en 1911 y siguió por muchos años bajo la forma apaciguada de una relación «más de acólito y madre confesora que de amantes» (siempre Clark). Era, por así decir, la gran confidente de Bertrand Russell, a la que éste llegó a escribir dos millares de cartas (por su parte, ella respondió unas mil seiscientas). Es cierto, por último, que Russell seguía sin divorciarse de su primera mujer, Alys Pearsall Smith, la cuáquera norteamericana con la que contrajera matrimonio en 1894, contra la tremenda oposición de la aristocrática familia Russell. El matrimonio funcionó, mal que bien, hasta 1904, y se arrastró convencionalmente, pero el divorcio no se celebró hasta 1921.
De donde es fácil deducir que en aquel momento Bertrand Russell, además de gozar de excelente salud física, no dejaba de disfrutar de los placeres básicos de la existencia.
Su inagotable capacidad de trabajo y su insaciable curiosidad lo llevaron en 1921 a China, en donde estuvo varios meses como profesor visitante, y de donde salió su obra The Problem of China, en la que trata con mucha simpatía y comprensión los tremendos problemas del gran país asiático. Luego escribió el libro en colaboración con su mujer y, en 1923, había comenzado a publicar una serie divulgativa, cuyo primer volumen fue El ABC de los átomos, al que habría de seguir dos años después El ABC de la relatividad. No puede ciertamente decirse que estuviera inactivo ni que se dejara dominar por desesperación alguna. No sólo las mujeres, también el mundo parecía sonreírle: en diciembre de 1919, el estirado Consejo de la Universidad de Cambridge lo invitó a reintegrarse al claustro, para dar clases de Lógica y Principios de Matemática; así le reponían en la cátedra de la que fuera alejado, por no decir expulsado, ocho años antes, por causa de escándalo, al hacerse pública su relación con una dama casada, Lady Ottoline Morrell. Por cierto, Russell no se apresuró a regresar a su Alma Mater. pidió un permiso a Trinity para viajar por China; fue el largo viaje, no menos escandaloso, casarse, que hiciera con Dora Black, y del que ésta habría de regresar en avanzado estado de gestación. Hacia 1922-23, ya casado con Dora, padre de un hijo y esperando otro (nacería poco después: Katherine), la situación de Russell no era particularmente brillante desde el punto de vista material y social. Sin empleo, con mala reputación, socialista y ateo para unos, renegado del bolchevismo y los ideales revolucionarios por su crítica a la URSS, para otros, podía sobrevivir gracias a su pluma y a sus colaboraciones periodísticas. Con constancia digna de mejor suerte, se presentaba año tras año a elecciones al Parlamento por la circunscripción de Chelsea, que invariablemente ganaban los conservadores, entre otros, Sir Samuel Hoare, que más tarde sería Secretario del Aire y, luego, embajador ante Franco. De esta época, hay un juicio sobre Russell, hecho por Beatrice Webb, la esposa de Sidney Webb, ambos socialistas ardientes y, luego, insufribles adoradores de la Unión Soviética. Beatrice era la misma que, antes de casarse con Sidney, siendo aún Beatrice Potter, solía clasificar a sus amistades en las «Aes» o en las «Bes», según fueran «aristocráticos, anarquistas y artísticos» o «burgueses, burócratas y benevolentes» (lo divertido es que a Russell lo clasificó, por supuesto, en la A, y al que sería su marido, en la B). El juicio de la Webb, para 1922, no puede ser más desastroso: «Russell es un ser cínico e ingenioso. Sus paradojas suelen ser más impacientemente perversas que las de Bernard Shaw. . . Está convencido de creer, con fe casi ferviente, en el pacifismo libertario... No le interesa el método científico y hasta llegaría a oponerse a que se aplicara la ciencia a la sociedad por creer que pudiera significar alguna forma de traba a la voluntad de quienes desean hacer todo lo que les place sin tomar para nada en cuenta la libertad de los demás.. -«. Pero, al mismo tiempo, es un diagnóstico revelador: tanto de Russell como de aquello a lo que Russell. comenzaba a oponerse, la planificación científica de la sociedad. Se entiende que, para una convencida comunista, como también lo era Haldane, cualquier crítica a una ciencia al servicio del Estado tenía que ser muy mal vista. Pero justamente eso es lo que Russell. acababa de descubrir en la realidad soviética recién visitada: los peligros de una tecnología masificada, la amenaza de una ciencia en expansión manejada por las manos inescrupulosas de los políticos totalitarios. No es de extrañar que, ante el libro laudatorio de Haldane, que echaba las campanas al vuelo para anunciar el maravilloso porvenir de una humanidad liberada de toda dificultad y miseria gracias a la combinación de ciencia y socialismo, Russell reaccionara de inmediato con la advertencia que significó su Ícaro o el futuro de la ciencia. Lo más impresionante de todo es que, en vez de quedarse atrapado en la anécdota de una época, la obra haya trascendido y venga, sesenta años después, a tener aún más vigencia que, entonces. No deja de ser interesante saber qué pensaba el propio Russell de sí mismo y de ese momento. En su autobiografía de 1943, se ve así: La primera guerra mundial había impreso una nueva dirección a mis intereses: me había absorbido la guerra y el problema de evitar guerras futuras, por lo que los libros que entonces escribiera sobre ese tema y otros afines me convirtieron en un escritor conocido por el gran público. Durante la guerra, confié en que la paz se encarnara en la determinación racional de evitar que sucedieran guerras futuras; semejante con fianza quedó destrozada por el Tratado de Versalles. Muchas de mis amistades depositaron su confianza en la Rusia Soviética, pero cuando la visité en 1920, no encontré allí nada que pudiera gustarme y menos aun admirar. Fui invitado posteriormente a China, en donde pasé casi un año.. China me enseñó a pensar en largos períodos de tiempo y a no dejar que ganara la desesperación por la maldad del tiempo presente... Durante la guerra de 1914-18, mi atención se concentró ante todo en problemas psicológicos y sociales... Luego, el mundo comenzó a moverse aceleradamente hacia otras guerras y hacia las dictaduras, por lo que no vi cosa alguna de utilidad que yo pudiera hacer desde un punto de vista práctico. Más que desesperado, realista; más que realista, lúcido. Russell vio lo que se venía encima. Por eso, Ícaro es, de algún modo, a la vez, advertencia y profecía. En vez de un juicio negativo sobre el porvenir comprometido por la intervención de la ciencia en los humanos asuntos, lo que hace Russell. es lanzar una serie de advertencias acerca de los peligros potenciales que ve cernirse en caso de seguir por el errado camino de la fragmentación política mundial y la irracionalidad de la conducta. Su Polémica con Haldane no alcanza visos antitéticos; no porque el geneticista se hubiera lanzado a pintar un futuro esplendoroso, vese obligado Russell. a tomar la posición contraria. Como en otros casos, su tesis es natural y prudente: la ciencia lo mismo puede ocasionar bien que mal; todo depende del modo como sea utilizada. Desde luego que tal y como están las cosas, va por mal camino. Pero sería erróneo deducir de ahí un pesimismo radical y un futuro negro y cerrado, tan inalterable como el radiante porvenir que el entusiasmo marxista de Haldane describiera. Ícaro es más un llamado a la reflexión que un anuncio terrorífico. La humanidad está a tiempo de salvarse; sólo que, para lograrlo, tiene que rectificar. Lo grave es que a los viejos errores del ser humano hayan venido a sumarse los tremendos poderes que la ciencia pone en sus manos. Por ello, las advertencias de Russell son de doble alcance. Por un lado, denuncia las antiguas fallas de las pasiones humanas y una política nacionalista, aldeana, estrecha y destructora; por otro, señala los posibles usos de los nuevos descubrimientos que, al emplearlos, pudieran terminar de hundir esta frágil civilización. La principal falla de las sociedades humanas es, para Russell, la carencia de una organización central y unitaria de alcances globales. Ni en éste ni en muchos otros de sus escritos, hasta el final de sus días, jamás ocultó Russell su ideal de un gobierno mundial para poder resolver los problemas cada vez más complejos que la civilización industrial y tecnológica le plantea al hombre. Casi treinta años después de haber escrito Ícaro, volvía a argumentar Russell en favor de un solo gobierno mundial: Puesto que la guerra parece presentarse como la más destructiva para la vida humana de las que por muchos siglos han librado los hombres, se hace cada vez más necesaria la unificación bajo un gobierno único, a menos que estemos dispuestos a retroceder a la barbarie o a enfrentarnos a la extinción de la raza humana. The Impact of Science on Society Es una obsesión russelliana: o se pasa a la fase superior de un solo gobierno o se termina en la más completa destrucción. A Russell no le importa el precio a pagar: acepta claramente en Ícaro que, en un primer momento, como quiera que ese gobierno mundial desgraciadamente sólo lograría imponerse a consecuencia de guerras y enfrentamientos, la situación habría de ser de brutal represión y supresión de las libertades individuales. Período necesario hasta que se consolidara el gobierno mundial; después podría pensarse en una mejora paulatina de las condiciones políticas. Aún más: acepta Russell que bien pudiera ser una de las superpotencias contemporáneas la que lograra establecer (desde luego, tras asentar su dominio general) el gobierno mundial sine qua non. Y apunta abiertamente a los Estados Unidos de Norteamérica. Eso sí: siempre que se alcanzaran los objetivos de racionalidad y ordenación de la vida social y económica. Porque si lo que nos espera con el imperio único es una repetición del romano, en su fase decadente, no vacila Russell en manifestar su preferencia por el fin de la civilización. Mientras eso no se alcance, la caótica situación de un pluralismo político, fomentador de los nacionalismos y azuzador de rivalidades, será caldo de cultivo para que los potenciales peligros inherentes al desarrollo científico hagan aún más insoportable la existencia. La mejor prueba de la irracionalidad que preside las humanas acciones viene dada por la finalidad bélica que posee el desarrollo industrial mundial. Todos los esfuerzos por aumentar la productividad en la industria están dirigidos a acelerar la carrera armamentista y, por consiguiente, a precipitar a la humanidad en la más pavorosa de las guerras. Si así pensaba Russell antes de la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo antes del descubrimiento de la energía nuclear, podrá entenderse mejor por qué en los años finales de su larga existencia dedicó todos sus esfuerzos a luchar contra las armas nucleares y a participar en cuanto movimiento pacifista se organizara. Porque había visto confirmados sus peores temores: el industrialismo lleva, a través del desarrollo tecnológico más refinado, a un incremento armamentista tan monstruoso que resulta, a la vez, incontrolable y definitivo. En donde mejor puede apreciarse la agudeza de visión, russelliana es en la elección de los aspectos científicos que, .para los años veinte, se presentaban como una posible línea de desarrollo social. Se concentraba Russell en el control de la natalidad y en lo que con posterioridad se denominaría ingeniería genética o capacidad de transformación de la especie por manipulación biológica basal. De los beneficios del control de natalidad en los países industrializados no tiene Russefl la menor duda; el problema se presenta con los países más atrasados, lo que ahora llamamos con suficiente oscuridad conceptual «Tercer Mundo» y que Russell no vacilaba en denominar, en lenguaje arcaico y algo chocante, a nuestros oídos, «las razas sin civilizar». Prueba Russell que el egoísmo industrial de las potencias dominantes las llevaría a reservarse los beneficios del control de población, mientras que en los países atrasados, mayormente África, no se divulgarían las prácticas dirigidas a controlar la natalidad. Por la sencilla razón de que de ahí proceden los trabajadores, la mano esclava, que sigue necesitando el mundo industrializado. Ello encerraba un peligro: a la larga, serían más los «inferiores» que los «civilizados», lo que pudiera traer, mediante la correspondiente rebelión, la destrucción de las formas superiores de cultura. Otra excelente razón, insiste Russell, para exigir la creación de ese salvador gobierno mundial. La verdad es que no parece haberse adelantado mucho en este terreno. Sesenta años después, el mundo sigue presentando una desproporción poblacional inmensa entre los países que controlan su natalidad prácticamente hasta el punto de crecimiento cero y aquellos otros que, como la India, México o Venezuela, han visto dispararse sus tasas de natalidad, con escaso o ningún control. Luego, por pasar, como apunta Russell, del orden cuantitativo al cualitativo, viene la cuestión más peliaguda del control genético. Ya para esa época, aborda Russelos problemas de empleo masivo de la eugenética, mediante, por ejemplo, la posible esterilización de aquellas personas cuya progenie no sea deseable (imbéciles, epilépticos, tuberculosos, dipsómanos, etc.). Lleva su razonamiento al límite, haciendo ver que, por tan peligrosa pendiente, pronto se Regaría a eliminar cualquier simple oposición a quienes detenten el poder de decidir las correspondientes esterilizaciones. Ni más ni menos que lo que hicieron los nazis unos veinte años más tarde. No sólo ahí reside el peligro del manejo caprichoso o político de la ingeniería genética; también en el caso de la selección mejorada de tipos humanos avizora Russell el peligro de que sean, como siempre, los que tienen poder de decisión quienes implanten el ideal de ser humano que las aplicaciones biológicas permitan desarrollar. Por ejemplo, políticos u obispos o, simplemente, vulgares funcionarios, una raza de hombres hecha para obedecer y servir. A lo que sin duda contribuirían y no en pequeña medida las para entonces nuevas técnicas de condicionamiento de conducta que ya comenzaban a aplicarse en una moderna psicología. Siguen siendo de un frescor y una vigencia impresionantes las críticas de Russell a los ahora desprestigiados tests de inteligencia, que entonces comenzaban. O la fina burla pre-huxIeyana de una humanidad manipulada a través de la administración de glándulas por medio de inyecciones. La lección que extrae Russell es una: por muy complejos y avanzados que sean los hallazgos y técnicas científicos, nada se habrá ganado mientras no haya resuelto el hombre el problema básico de su comportamiento. Es lo que denomina Russell el «viejo dilema»: estamos de acuerdo en salvar al mundo mediante cualquier medio, pero para tomar la decisión de hacerlo, menester es que antes el hombre esté convencido de que eso es lo correcto. Sólo los buenos pueden aplicar inyecciones de bondad; sólo los felices saben cómo injertar la felicidad. Pero si ya se es bueno o feliz, a qué buscar la propagación con recetas. O son inútiles, porque ya todos son igualmente buenos y felices, o son peligrosas, porque sólo un grupo selecto lo es, y decide en consecuencia lo que deben ser los demás, si deben serlo y cómo conseguirlo. Es el talón de Aquiles político de la ciencia como método al servicio del desarrollo social: siempre estará dirigida por intereses extracientíficos. El resumen de Russell es nítido: La ciencia no le ha proporcionado al hombre más autocontrol, más bondad o más dominio para abandonar sus posiciones a la hora de tener que tomar decisiones. Lo que ha hecho ha sido proporcionar a la sociedad más poder para complacerse en sus pasiones colectivas. Vuelta a empezar: sin una administración centralizada, orgánica y coherente de un gobierno mundial único, no sólo serán vanos los empeños de los hombres por mejorar su situación actual, sino que aumentarán los peligros por el mal uso que la ciencia puede acarrear. Sin una fuerte cohesión, las alas de Ícaro se desprenden y sobreviene la catástrofe: no es culpa de las alas (de la ciencia), sino del pegamento político que las mantiene unidas al cuerpo social. J.N. Caracas: mayo, 1986
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