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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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La desintegración del imperio soviético


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
Hitler soñó con un «nuevo orden» en Europa, pero a veces, en lugar del predominio alemán o la superioridad de la raza aria, hablaba de la «vocación europea» en el mundo. Tras su derrota, los aliados occidentales lo siguieron pensando por él, forma suave de decir que el nazismo no murió del todo. Porque de ahí salió un «nuevo orden» que ahora también se derrumba. Y porque gracias a Hitler pudo Stalin levantar el Gran Imperio Soviético que habría de durar medio siglo largo.

Lo primero que se derrumba es la reorganización de Europa, comenzando por la división de Alemania. Es muy fácil hacerse lenguas del «milagro alemán» y compararlo, despectivamente, con la pobreza y menor desarrollo de la parte de Alemania hasta hace poco marxista. Pero se olvida que mientras los rusos se llevaron hasta el último tornillo para resarcirse de sus pérdidas, los occidentales dejaron intacta la industria alemana, la misma que, por lo demás, aun en pleno nazismo, no había dejado de estar asociada al gran capital anglosajón: la IG Farben, a la vez que fabricaba hornos crematorios y Zyklon B, era una filial de la Standard Oil neoyorquina y de la Imperial Chemical de Su Graciosa Majestad Británica. Pese a todo, los alemanes orientales se alzaron hasta el décimo puesto en la industria mundial. Justo el que tenía Checoeslovaquia al principio de la guerra; por su parte, los pobres checos bajaron, gracias a un peculiar socialismo anti-primavera, al nivel del Perú, que ya es bajar.

El año 1989, el que viera el principio de la desintegración imperial soviética, sirvió para que una Comisión oficial de historiadores de la URSS denunciara los pactos secretos que en 1939 firmaron Hitler y Stalin para repartirse la Europa oriental. Corso e ricorso de la historia: al final de la Primera Guerra Mundial, se rompió el Imperio zarista, del que salieron Finlandia, las repúblicas bálticas y parte de Polonia. Veinte años después, gracias al pacto germano~ soviético, los pedazos volvieron a juntarse otra vez en forma de Imperio. Salvo Finlandia, todo volvió al seno de la Santa Rusia, convertida en Unión Soviética. En 1945, en Yalta y Potsdam, se consagró la reconquista. Y por si fuera poco, del 45 al 48, los soviéticos extendieron su zona de influencia con un cinturón protector de estados-títeres, desde Polonia a Bulgaria. Dentro y fuera, el Imperio volvía a cobrar forma. Lo que Lenin llamara «cárcel de los pueblos», en la época zarista, volvió a convertirse en prisión stalinista de las nacionalidades. Desde la ucraniana a la tártara. Por otra parte, vieja vocación expansionista pan-rusa.

Dícese que las cúpulas acebolladas de San Basilio, en Moscú, son ocho para rememorar otras tantas cabezas cortadas de caudillos musulmanes, derrotados por Iván el Terrible, primer zar expansionista. Pero los mahometanos, en sus diversas sectas, son tan sólo una de las etnias vasalladas por el imperialismo soviético. Ahora, con el inicio de la desintegración, levantan cabeza: ya han comenzado en el Cáucaso a reclamar la independencia y su ruptura total con la Unión.

Hace doce años, en 1978, la historiadora francesa, Hélène Carrière d'Enclause, comenzó a hablar de l'Empire écIaté: su explosión ya se ha iniciado. Y lo más grave es que los nacionalismos en la URSS no sólo son centrífugos o externos: también existe, y quizá sea el más peligroso, el nacionalismo central o gran-ruso, agrupado en torno al partido Pamiat (Memoria), chovinista, racista, antisemita y ultra-religioso. La desintegración es también interior.

Son tan diversas las corrientes desintegradoras de la federación soviética que algunos teóricos, como Guseinov, pronostican a mediano plazo tres modelos o focos nacionalistas en el territorio de la URSS: el modelo libanés, en el Cáucaso, con divisiones y querellas religiosas y raciales; el modelo centroeuropeo, en el Báltico, con países probablemente asociados a la Comunidad Europea, y el más atrasado, el modelo latinoamericano, en Siberia, con una independencia apenas nominal, pero aun sometido económicamente al gobierno central.

La Europa vigente hasta 1989, artificialmente diseñada en Yalta, era una Europa dividida y subdividida. Lo que está desapareciendo son las divisiones. Ante todo, la gran división entre Este y Oeste, entre socialismo y capitalismo, entre Pacto de Varsovia y Nato. Pero también Europa estaba dividida en su corazón: dos Alemanias y, a su vez, dentro de esa división, otra más: dos ciudades en un Berlín cortado por la fea cicatriz del muro. Todo eso se desvanece. Los alemanes se abrazan y no piden ni salchichas ni socialismo ni betamax: piden reunificación, una einig Deutschland, que terminarán por tener, quizá en forma de una Confederación, según el viejo modelo bismarckiano. Los polacos, qué remedio, bajan la cabeza y aceptan, otra vez, la bota germana: Kohl no los visitó para descargar retórica, sino para comprar voluntades: tres mil millones de dólares y otro tanto en créditos compran muchas. Recordándoles, de paso, que Alemania tiene que cumplir un «destino histórico». Léase: unas fronteras que rectificar y quizá unas tierras (Silesia, Pomerania) que reclamar. Los polacos se estremecen, pero tienen que comer. Los húngaros no se han andado por las ramas: ya han pedido su incorporación al Consejo de Europa y solicitan lo que les supuso la invasión soviética en 1956: dejar el Pacto de Varsovia. Los rumanos enjuician a todo el Partido Comunista previamente declarado ilegal. El «telón de acero» que Churchill inventara en Fulton, en 1948, se está derritiendo a ojos vista.

Pasado el asombro, la primera reacción ha sido de alegría: Europa se ha reencontrado a sí misma y Gorbachov, con eso del «hogar europeo», recuerda a De Gaulle, cuando prometía una Europa del Atlántico a los Urales. Deja de hablarse de la Europa del Este y vuelve a usarse la vieja denominación de Europa Central, Mitteleuropa. Desde los noruegos a los griegos, todos se emocionan ante la reconciliación de los hermanos alemanes. Ahora que la pesadilla parece haber llegado a su fin, se calibra la enormidad de aquel hecho monstruoso. Piense alguien por un instante que su propia ciudad (Maracaibo, Caracas) quedase cortada en dos por un muro infranqueable so pena de muerte: total aberración. Sólo que, una vez pasada la alegría inicial, comienza la hora de reflexionar sobre las consecuencias. Ante todo, el temor ancestral a una Alemania unida y poderosa. De hecho, aun en forma inconsciente todavía el 9 de Noviembre comenzó otra pesadilla en reemplazo de aquélla. No por recurrente, menos obsesiva: la pesadilla de un nuevo Reich alemán.

Lo más triste del mentado artículo de Francis Fukuyama, oscuro funcionario del Departamento de Estado, es que tiene razón aplicado a sí mismo. Su nada original tesis del «fin de la historia», además de repetir mal a Hegel, juega con el equívoco del término: sólo ha querido decir «fin de las ideologías», esto es, lo que ya dijeron antes muchos otros, entre los cuales, Aron, mucho mejor expresado que el pobre Fukuyama. Pero tiene plena razón si se entiende que en esta época no hay ninguna gran teoría histórica digna de compararse con el marxismo. El artículo del propio Fukuyama es la mejor prueba de la pobreza ideológica en que ha caído el mundo al final del siglo y el hecho de que tan ramplón trabajo haya tenido tal resonancia sólo confirma la penuria de pensamiento.

Sin embargo, malgré Fukuyama, más de uno se ha atrevido a teorizar cómo serán las cosas en la década de los noventa. En el británico Sunday Times, alguien ha sostenido que el fin de siglo estará dominado por dos acontecimientos mayúsculos: el derrumbe definitivo de la URSS y el surgimiento del Cuarto Reich como superpotencia europea. Dentro de la propia Alemania Federal, la división es notoria entre «atlantistas», partidarios de seguir uncidos a la cada vez más debilitada economía americana, y «europeístas», donde se sitúan los socialdemócratas, con Willy Brandt al frente, decididos a crear un «nuevo orden», esto es, dispuestos a explicitar las contradicciones crecientes de la Nato y a profundizar la guerra económica ya comenzada con USA. En tal caso, toda la Europa llamada hasta hace poco del Este girarla en torno al polo de atracción germano, que pasarla a dirigir volente notente la política de una Comunidad Europea ampliada, mientras que Japón y los tigres asiáticos menores (Corea, Taiwán, Singapur) dominarían la escena desde Siberia a Hawai quedándole a Estados Unidos el eterno patio trasero, es decir, Latinoamérica.

Dentro del Continente americano, en esa misma década no es difícil profetizar el fin del bastión stalinista cubano. No hay sino que leer los últimos discursos de Castro para percatarse del pánico que domina a los comunistas en la isla. Tras confesar que está asombrado por los recientes acontecimientos, incurre en la pregunta retórica: «¿Dónde vamos a parar por estas vías?». Para terminar amenazando abiertamente con un final apocalíptico: «Quién sabe en qué momento las dificultades objetivas del mundo nos obliguen a un máximo de heroísmo. A lo mejor un día tenemos que aplicar la guerra a todo el pueblo para la supervivencia de la revolución». Lo mismo pensó Ceaucescu. Y antes que ambos, Hitler. Coincidirían principio y final, en la vertiginosa caída del Arturo Ui tropical. Porque conviene recordar que el primero en lanzar aquello tan operático de «la historia me absolverá» fue Hitler, en el juicio que le siguieron por el fallido Putsch de Munich. Con o sin Fidel, el mundo del nuevo siglo retornará un aspecto ligeramente orwelliano: tres grandes bloques enfrentados económicamente.

De momento, todo son fiestas y celebraciones, como esa locura colectiva que les entró a los alemanes la noche última del año, junto al muro y encima de él. Hasta Marlene Dietrich, la gran e inolvidable Lola-Lola («Ich bin von Kopf zu Fuß zu Liebe eingestellt») ha anunciado en París que va a regresar a buscar la maleta que, como dice en una de sus más conmovedoras tonadas, un día dejó olvidada en el viejo Berlín. Todos regresan: Rostropovich y Nureyev, a la URSS, y Ionesco y Cioran, a Rumania.

Pero tras la fiesta vendrá el despertar: ratón, cruda, resaca. Porque los problemas subsisten incluso agudizados y los personajes depuestos sólo están agazapados, en la sombra, esperando también su retorno burocrático. Recuérdese lo que contó London: los «referentes» o torturadores policíacos que lo interrogaban en el régimen comunista eran los mismos que hablan servido lealmente a la Gestapo durante la ocupación alemana.

Pasada la alegría, muchos ciudadanos del Este de Europa descubrirán otro muro, mucho más alto e impasable, el de la sociedad del dinero, en donde sólo vale tenerlo y en abundancia. Entonces vendrán nuevos lamentos, otras reflexiones y probablemente, otra vez algún gran pensamiento utópico, en forma de propuesta, que vuelva a poner en marcha esa historia que el señor Fukuyama ha pretendido detener con dieciséis ridículas páginas desde una oficina de Washington.


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