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Metafísica, hoy
Metafísica era ayer un anhelo, y antes de ayer, una disciplina. Quizás por lo mismo sospeche alguien que hoy tiene que ser apenas una sombra, un mal recuerdo. En tanto disciplina, fue sólida materia de disputación, de modo y manera que, como sentenciara una de los mayores metafísicos de todos los tiempos, el andaluz Suárez, «doctor eximio», sin ella no hay acceso a Dios. Comenzábase por hablar del mundo y sus divisiones; procedíase a distinguir entre el ser y los entes; se acotaban las diferencias entre sustancia y accidentes; marcábanse luego los niveles categoriales, como trazando un mapa de finas carreteras ontológicas, para terminar en la terrible y vana empresa de probar lo imposible: la existencia de un Ser por encima de todos los otros, incluyendo a la realidad. Es innegable que el barroco de la metafísica tenía un sentido, es decir, una interna coherencia, y una belleza, esto es, su augusta inutilidad. La ruptura fragmentaria del gran juguete, la compartimentación del inmenso palacio, redujo la metafísica a un escondido anhelo. O al menos, tal fue la interesada versión positivista del por qué se pasó de la riqueza del Ser a los harapos de las variables matemáticas. El fondo es menos poético. Desde Aristóteles, metafísica ha sido más deseo que plenitud. Aquel «ser en tanto ser» al que se apuntaba no pasó de ser término entrevisto, sin llegar a piedra en que apoyarse. Si ya entonces conocer era conocer a pedazos, integrar el conocer en un solo abrazo tórnase sueño amoroso de grandiosa monstruosidad. Erótica del deseo metafísico: poseer al amado con único gesto. La metafísica se acercó por pasos naturales a la mística. Desde el «más allá de la esencia» de Platón, mal puede extrañar que Hegel sea una mezcla de religión y sistema; allí, la trágica ruptura, la escisión sostenida, la radical separación entre sujeto y objeto aluden por igual a la pérdida de la unidad paradisíaca que a la dialéctica de todo conocimiento. El Ser se fragmenta en el mundo, en lo cotidiano, en la caída, de la manera como se hunde el hombre en el pecado o el proletario en su miseria. El sueño unitario de toda metafísica apunta a la recuperación prístina del primer instante: Espíritu Absoluto, Idea, Sociedad sin Clases, qué más da: the day before que todo comenzara, hombre, historia, mundo, ciencia, metafísica, nostalgia. También advino el día del desencanto en que metafísica era tenida por pesadilla o trastorno del habla, como quien diagnostica: un lapsus mentis. Fueron los días áridos y terribles del empirismo lógico, presididos por una policía represiva, dedicada a la busca y captura de las criminales expresiones metafísicas, los vergonzosos sinsentidos, prohibidos en la zona de seguridad del lenguaje. Metafísica arrojada a las tinieblas inefables. Ser metafísico era ser precito, sin percatarse de que quien firma el decreto de persecución conviértese por ello en el peor de los metafísicos, el que se ignora a sí mismo a través de un nuevo y subterráneo orden de metafísicas ideas. No suelen faltar insufribles optimistas que comienzan por declarar extinta la metafísica y terminan por soportarla transmutada en biología o en marxismo. La verdad es más prosaica y llevadera: con apenas un discreto cambio semántico, la carga metafísica es constante y se conserva de una a otra época filosófica. Cierto que no se habla ni de espíritu objetivo ni de teoría de las ideas, pero síguese disputando acerca de la fuerza de la dialéctica en la naturaleza y se argumenta sobre el status ontológico de la noción de conjunto. Más que de una eternidad temática, debería hablarse de una persistencia cultural, de un hábito arraigado, quizás de una afición occidental a repetir ciertos esquemas, a trajinar senderos repetidos. Ni los más descaradamente anti-metafísicos se libran. Las reivindicaciones de la existencia humana fueron en todo momento un pretexto para retomar el hilo metafísico desde más lejos. Kierkegaard para llegar a Dios, Sartre para dolerse de la pasión inútil del para-sí obsesionado con la imposible plétora del en-sí, y Heidegger ni se diga: para replantear mejor la diferencia entre ser y ente y prepararse a atender el extraño silencio de la voz del primero. Cualquiera de los incansables comentaristas de las relaciones mind-body, tan en boga en la filosofía de la pasada década, no se hubiera sentido incómodo ni incomprendido frente a Descartes y su dual explicación de la sustancia. El levantamiento de lógicas modales, tensionales, paraconsistentes e intuicionistas ha desembocado en la muy leibniziana revaloración de una ontología de los mundos posibles, mientras que la tendencia a psicologizar la acción lingüística, con la teoría de los speech acts, conduce a la metafísica de los procesos temporales, digna de cualquier neo-hegeliano. Bunge está escribiendo un largo tratado de «filosofía básica» que se diferenciará en los términos (y en las fórmulas), pero no en las pretensiones, de cualquiera de aquellas majestuosas Summae de la noble escolástica: desde el lenguaje, es decir, desde el sujeto del conocimiento, yérguese allí el esfuerzo teórico integral hasta construir una arquitectura del mundo. Como ciertos virus de elevado poder de mutación, la metafísica aparece y reaparece, siempre otra y siempre la misma. Benditos los pobres de espíritu (crítico) que nunca la reconocen, pues de ellos será el reino de la filosofía perenne.
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