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Mitos de ayer y mañana

Juan Nuño


La veneración de las astucias.
Ensayos polémicos,

Caracas:
Monte Ávila, 1990.
Preguntar si seguiremos con los mismos mitos o inventaremos otros, de recambio, es tanto como inquirir por la universalidad del mito. Creer que la humanidad es una y que, por tanto, con variantes formales, disfruta básicamente de los mismos y persistentes mitos es un mito y no pequeño. El mito de la identidad cultural, mito del trasfondo, del tesoro escondido. Si ello es así, el hombre sigue acumulando mitos.

Hace miles de años se levantó, si no hasta el cielo, al menos hasta nuestros días, el mito de la torre de Babel. Que escondía otro mito: el de una sola lengua para todos los pueblos. Que la torre sea destruida, que los hombres fracasen en su locura, que la diversidad de lenguas se imponga finalmente, no significa que el mito de la unidad lingüística muriera para siempre entre los escombros de Babel. En este siglo, lo ha retomado Chomsky, con su teoría generativotransformacional que predica la unidad estructural de todas las lenguas humanas. Aun más: postula la identidad mental de todos los hombres, únicos animales dotados de lenguaje. Al mito de una sola lengua súmase el del innatismo, que quiere que el idioma esté en las almas en forma de semillas que sólo esperan ser fecundadas para dar el fruto del lenguaje. Consecuencia: los mitos se transforman, lo cual también es un mito, y, sin embargo, permanecen, lo que viene a ser otro mito más. Zeus tenía el poder de cambiar, de transmutarse: toro, cisne, y seguir siendo Zeus. Si algo cambia pero persiste, si los mitos se van para volver, se estará aceptando el mito del retorno, quizá del eterno regreso. Hablar de mitos es de alguna forma caer en el juego mitopoyético.

Adán y Eva

Porque mito es decir, hablar, contar, desde Platón: relatar algo, echar un cuento, inventar una leyenda. Por algo «mito» se relaciona con «memoria» y con «mantra»: a la vez el lenguaje que se recuerda y la palabra mágica. Va a ser muy difícil escapar de los mitos mientras poseamos el lenguaje y éste sirva para distinguirnos, para separarnos. Eso ya fue otro mito: que Adán diera nombre a cuanto le rodeaba, que lo mitificara. Porque el mito es mucho más fuerte que la historia. Tal y como desde Herodoto y Tucídides la entendemos, historia es sólo una especie de mito: aquel relato ordenado en el tiempo, sujeto a cronología. Pero el mito es más grande que una secuencia temporal a la que siempre trasciende. Por eso persiste, aun cambiando.

Hay en el centro de Brasil una tribu, los sherantes, a la cual esto que llamamos míticamente «civilización» le ha llevado sus propios mitos. Si a un indio sherante se le cuenta el mito de Adán y Eva, lo entiende perfectamente con tal de introducir en él un cambio: tienen que ser hermanos. Para su visión del mundo, la desnudez no es pecado, que sí lo es el incesto. De ahí la fuerza del mito: es un relato que no necesita respetar lo relatado para seguir impresionando a quien lo recibe.

Para qué sirven los mitos

Hay mitos más recurrentes que otros o lo son más en una forma de civilización que en otra. En todas las conocidas, existe, bajo cualquier ropaje, el mito del robo del fuego, el mito del diluvio, el mito de la resurrección y el mito del nacimiento a partir de una virgen. No importa cuáles ni cómo sean: los mitos sirven para desplazar la responsabilidad humana, para desculpabilizar al hombre. El famoso mito de la caverna en el inicio del séptimo libro de República, por el cual somos prisioneros de una cueva y no podemos ver la luz del sol, que es la verdad, sirve para traspasar nuestra responsabilidad intelectual: no somos culpables de no conocer lo verdadero. El aplastante mito del pecado original nos libera moralmente de la responsabilidad de aquella culpa, aunque paradójicamente nos la vuelva a echar sobre los hombros generacionales. O el mito de Pandora, que abrió la caja de todos los males: si acaso, la culpable es la mujer, otro mito no menos recurrente. Por el mito de Prometeo traspasamos nuestra responsabilidad en el tremendo pecado de transformar lo natural e introducir la técnica en el mundo, mientras que el mito de Perséfone, cíclicamente raptada y liberada en la vegetación y los frutos, sirvió para eludir la responsabilidad de ser cultivadores, esto es, agresores periódicos de la Madre Tierra.

Porque tranquilizan al desculpabilizar, también cumplen los mitos la función condicionante de toda ideología: controlan, educan, someten. Tras todo mito, hay una cosmología y una moral. Un gran dibujante español de los años setenta, del que ahora apenas se habla, Ops, denunció más de un mito y su obsecuente función. Uno de sus dibujos representa a una apacible y tradicional familia, padre de pie, madre sentada con bebé en los brazos, y niñito al lado agitando una banderita; están asomados al balcón de lo que se supone su casa y por las banderas y la actitud quizá ven pasar un desfile patriótico. Del balcón, del barandal del balcón, en vez de una gran bandera, como se acostumbra, cuelgan ristras de intestinos humanos, las tripas honorables de la honorable, plácida y ordenada familia. Sus sueños son su patriotismo o a la inversa, que es lo mismo. El mito de la Patria.

El titán en la roca

Los mitos van y vienen, quizá no cambien tanto. Ahora Hércules o Gilgamés se llaman Superman o Rambo, y Afrodita pudo ser Marilyn Monroe o la última «diosa» del cine, a las que de manera descaradamente mitológica se les llama «símbolos sexuales». Prometeo ha tomado la cara de Einstein, de Fermi o de Oppenheimer. O de todos juntos: tuvieron la audacia de robarle el fuego al átomo, a la intimidad de la materia. Y lo pagaremos tan caro como el titán encadenado en la roca para siempre. Otros mitos desaparecen por el momento, esperando el de su renacer. En este siglo han sufrido un total eclipse los mitos de la utopía (sociedad sin clases, paraíso en la tierra) y del buen salvaje, variante racionalista del mito del Edén: no parece vender bien la bondad humana ni en estado natural ni, mucho menos, refinado. Ciertos mitos en boga pueden sonar a nuevos, si no se mira bien. Gracias a los avances técnicos, en el dominio biomédico, parece poderoso el mito de la perfectibilidad humana (transplantes, injertos, artificios, ingeniería genética, longevidad). ¿Nuevo? Los griegos creían que algunos hombres, por sus acciones o por elegidos de los dioses, podían ganar la inmortalidad, recibir como quien dice una promoción y ascender a semidioses. Por su parte, la cibernética nos acerca cada vez más al hombre artificial, al cerebro electrónico: mitos de Pigmalión y del Golem.

El mito del milenio

Predecir los mitos del mañana es caer también en otro mito: el del don de la profecía, Apolo y Casandra. Pero imaginar que sólo porque sea un nuevo siglo, el XXI, tiene que haber nuevos mitos, es abrazar uno viejísimo: el del milenio. Que en realidad es un sub-mito, perteneciente al gran mito del orden del universo o de las repeticiones periódicas. Quisiera el hombre, y así lo sueña en el mito, que la marcha del tiempo y la suya propia se ajustaran a cifras y obedecieran leyes: por ejemplo, cada mil años. Fin del mundo o por lo menos de un mundo y principio de otro, distinto y, a ser posible, novísimo. No hay que seguir cursos de escepticismo para saber que 2001 será esencialmente igual a 1994 y que entre 2087 y 1987, si hay diferencias, será para peor. Más habitantes, más problemas. Eso, si hay suerte y todavía seguimos, en tanto especie, aquí.

Sin embargo, algo puede aventurarse. De seguir las tendencias igualatorias en las relaciones de los sexos y el mayor control de la mujer sobre las actividades sexuales, puede reanimarse el mito del andrógino. Los sexos tienden a confundirse, las funciones se alternan, las iniciativas se comparten. Platón inventó un mito que hablaba de un tiempo primero, en que los sexos no estaban diferenciados, sino que existían seres compuestos: hombre pegado a mujer, en uno; hombre con hombre o mujer con mujer. Después nos separaron y pasa lo que pasa. Mito cómodo, como todos: además de explicar la homosexualidad, traspasa la responsabilidad a otra época: somos como somos porque, separados, buscamos nuestra mitad perdida. Recientemente, se está predicando las excelencias de la vida en pareja, como débil recurso contra la amenazadora peste de fin del milenio. De acercarse demasiado, las parejas pueden volver a generar el mito de la androginia.

El mito de Sísifo era más completo de lo que suele contarse: no subía y bajaba aquella cuesta por inocente. Sísifo fue un taimado que, tras espiar a Zeus en alguno de sus devaneos amorosos, se permitió el lujo de burlar no una sino dos veces al terrible mensajero que aquél le enviara para castigarlo, Thánatos, la muerte. Logró amarrarla una vez tan fuerte que pudo escapar a ella y, luego, una segunda, la engañó con el truco de tener que asistir a su propio funeral. El mito de la muerte derrotada también nos acecha. Ya una primera vez ha querido el hombre tecnológico atar a la muerte mediante el recurso de la criogenia. Muerte en suspenso, atada, sostenida, sin cumplirse, aplazada, en espera del tiempo en que pueda el hombre derrotarla del todo. Aún le queda echar mano del otro recurso: engañarla, pidiéndole que le deje asistir a su funeral. Bastará para ello que avancen las técnicas de injerto y trasplante para que un día un hombre muera en otro, sin morir él. Muere el que cede los órganos para seguir viviendo en el donado. Mito de la inmortalidad o, cuando menos, del aplazamiento de la Pálida.

Siglo XXI

Pero no sería improbable que los dos mitos más poderosos del próximo siglo sean el mito de la Libertad y el de la Felicidad. Así corno habló Don Quijote a los cabreros acerca de aquella dichosa edad y siglos dichosos en que «los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío», pudieran los hombres del siglo XXI, mucho menos dichoso y dorado, referirse a la época en que la libertad existía sobre la tierra, así fuera en forma tan precaria como apenas ,si queda. Del viejo mito de la Felicidad, no habrá que hacer mayor esfuerzo para seguirlo situando en el corazón de los humanos, pues conforme parecen, éstos acercarse a tan elusiva mariposa, cada vez vuela más lejos, desdeñando habitar entre nosotros. Ni siquiera entre dos de nosotros.

Además de supuestamente racional, el hombre es mitopoyético: si no cree, no vive. Sólo los animales, enseña Borges, son inmortales porque ignoran la muerte. De ahí todos los males: de saber. «Avive el seso y despierte»: para huir de su destino, cada vez más aciago, recurre el hombre a otros que ni siquiera tuvo. El mito es el recuerdo de lo imposible, sin el cual no es posible seguir. Tranquilícense: habrá mitos. ¿Cuáles? En el fondo, los mismos, vestidos de ropaje tecnológico: regresarán para cambiar, cambiarán para regresar.


Juan Nuño en La BitBlioteca

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