La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas: Monte Ávila, 1990
Si, como alguien notara, la mujer es la última colonia del hombre, gracias a la Santa Iglesia todavía es posible mantener vigente el estatuto colonial. Fiel a sus orígenes, la Iglesia y sus representantes han sabido colocar a la mujer en su sitio, que es siempre el de servir a Dios y al hombre, durante casi dos mil años. Y ahora, de pronto, cediendo a las engañosas voces de una pretendida renovación, parece que nada menos que los obispos reunidos en Roma comienzan a flaquear y a dar señales de ceder ante el poder femenino. ¡Qué desgracia para la Iglesia, qué pérdida de carácter para el cristianismo! Más les valdría tener presentes las sabias enseñanzas de aquellos santos varones de los primeros siglos, con justa razón considerados Padres de la Iglesia: «La mujer es una mula traidora, es una tenia clavada en el corazón del hombre», sentenció San Juan Damasceno, muchos siglos antes de que Nietzsche y Schopenhauer se dieran cuenta de ello. Y sabido es el celo con que San Cirilo, aquel doctísimo disputador, que supo enfrentarse a la herejía nestoriana, trató a la descarada Hipatia, que en el colmo de la desvergüenza más pagana había osado enseñar matemáticas y astronomía. El pueblo cristiano, arrebatado por la palabra sagrada del santo, atacó a la infame mujer en la calle, arrancándole la carne a tiras con ayuda de las puntiagudas conchas que abundan en la bahía de Alejandría. Así que: la mujer en su sitio, que no es otro que el del silencio y recogimiento en el templo, y como Cervantes expresara en magnífica fórmula, cuando casada, la pierna quebrada y en casa.
De lejos le viene a la Iglesia tanta sabiduría. Cuando el Apóstol pide en Corintios I que la mujer se limite a guardar silencio en la iglesia, no hace sino refrescar su reciente judaísmo, pues cumple notar que el buen judío reza siempre en la mañana una oración en la que da gracias al Señor, alabado sea su santo Nombre, por no haberle hecho mujer. ¿A qué venir ahora con novelerías de diaconesas y otras pecaminosas audacias? Que midan bien sus actos los altos dignatarios, pues por ceder a la vitanda tentación de la modernidad, bien pudieran estar abriendo la puerta a la destrucción de los valores religiosos. En efecto: si las religiones suelen tener la mala costumbre de ser eternas, débese en buena medida al sostenido esfuerzo pedagógico de las mujeres. ¿Quién inculca a los hijos las doctrinas transmitidas de generación en generación? ¿Quién vigila porque no se descarríen los tiernos retoños y sucumban a la atracción de lo desconocido? ¿Quién exige que se mantengan los valores tradicionales en los que se funda y sostiene su misma condición de sumisión, sino la mujer en el hogar? Dése poder sagrado a las mujeres, sáqueselas de las casas para que entren a mandar en el templo, entrégueseles voz y voto en los asuntos trascendentes y presto se verá que no ha de transcurrir mucho tiempo antes de que comiencen a derrumbarse los sólidos cimientos de las religiones machistas que nos presiden y protegen.
Tuvo inevitablemente que ser mujer quien dijera aquello de que la virtud femenina había sido el mayor de los inventos del hombre. Gracias al cual, puede añadirse, se sostiene la religión y buena parte de la sociedad. Si un sacerdote se desvía de la recta senda es apenas un pobre pecador al que Dios aún le dará otra oportunidad de retornar al redil, pero si una monja tan sólo tiene un mal pensamiento y comienza a agitarse más de lo conveniente, se la declara al punto poseída por Satanás y será debidamente exorcizada. Como que la virtud de la mujer es la piedra sillar de esta probada civilización machista. Es tanto como tentar a la desgracia introducir a la mujer en el papel más elevado y reservado del hombre: el augusto sacerdocio. Sería algo así como rehabilitar a la serpiente, tal y como creyeron los infames ofitas, y retroceder al momento del primer pecado que, no estará de más recordarlo, fue cometido a instigación maligna de la mujer. Quédense las cosas como hasta ahora si se quiere que el negocio ese de la religión dure otro tanto.