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La pesadilla nuclear

Juan Nuño


La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos
,
Caracas:
Monte Ávila, 1990
La mayoría de los actuales moradores del planeta han nacido en plena era nuclear. La minoría, o lo que es igual, los viejos, ya éramos adultos antes del 6 de Agosto de 1945, cuando el Enola Gay lanzó sobre Hiroshima una bomba, de tres metros de largo y medio de ancho, llamada Little Boy, y pasó lo que pasó.

Pero, en realidad, la era nuclear comenzó mucho antes. Comenzó el día en que un hombre llamado Einstein escribió sobre un pizarrón de Berlín la fórmula famosa: E= mc2. Si la energía no es otra cosa sino materia vertiginosamente acelerada, sólo faltaba eso: acelerarla físicamente para transmutarla en energía. Es lo que hicieron, primero Rutherford, en Cambridge, y luego Fermi, en Chicago, con aquel rudimentario ciclotrón que pone a danzar los átomos hasta romperlos y convertirlos en energía liberada.

Desde el momento en que semejante hazaña fue posible, el hombre sintió miedo. No en 1945, cuando la destrucción de Hiroshima y la de trescientos mil seres humanos en pocos minutos, sino algo más tarde, cuando dándose cuenta de lo que había desencadenado, comenzaron los experimentos para seguir adelante con el monstruo nuclear. El primero de tales experimentos se llevó a cabo en un atolón perdido de las islas Marshall, en la Micronesia, con nombre que luego se extendería a ropa femenina: Bikini. Entonces, cuando iban a explosionar la bomba de prueba, hacia la mitad de 1946, corrió un rumor por el mundo centrado en tres palabras: «reacción en cadena». Ya que se temía que, de producirse el experimento, seria incontrolable la energía desatada, que iba a seguir produciendo más energía al contacto con el resto de la materia del universo. El hecho de que nada de semejante patraña fuera verdad no sirvió para que desapareciera el miedo. Y la prueba de que, en el fondo, algo habla es que, en efecto, eso es lo que sucede cuando se desencadena la radioactividad de ciertas sustancias inestables, como por ejemplo el uranio-235: no cesan de producir radiactividad, en ocasiones hasta por miles de años. Y la radiactividad, a la larga o a la corta, por destrucción del sistema nervioso, por quemaduras de tercer grado o por cánceres de toda suerte, mata. Así, desde que el hombre ha dominado el átomo, vive con la sombra de otra muerte, esta vez masiva e incontenible.

Pero no se libera la energía atómica sólo para matar. Así como la dinamita lo mismo sirve para cometer un atentado o magnicidio que para volar rocas que abran nuevas vías, la energía nuclear puede ser causa de muerte (casos de Hiroshima y Nagasaki, hasta ahora) que de vida: aplicaciones de la medicina nuclear. En forma de energía se la tiene por una fuente más confiable que las tradicionales, las fósiles, carbón y petróleo, ya que existe en cantidades ingentes, dura más y puede ser inducida por el hombre, dueño y señor de tan terrible fuerza. De ahí que surgieran hacia los años cincuenta las centrales atómicas, de las cuales ya hay más de cuatrocientas en el mundo: 93 en los Estados Unidos, 51 en la URSS, 43 en Francia, los países con mayor desarrollo de este tipo de energía. En teoría, el proceso es sencillo: al desintegrarse el uranio radiactivo, por ejemplo, produce energía, que se traduce en calor, por lo cual el agua empleada para enfriar el proceso se calienta a su vez hasta llegar a convertirse en vapor, el cual, conducido a una turbina, producirá electricidad. En vez de emplear la energía potencial del agua almacenada en una represa, en su caída hacia las turbinas, se utiliza el vapor producido por el calor que genera la desintegración de materias radiactivas. Entonces, todo el problema técnico derivado consistirá en lograr controlar la energía así liberada. Ahí empiezan las dificultades.

En 1979, se estrenó una película norteamericana, El síndrome de China, con Jane Fonda y Jack Lemmon en los papeles principales. Presentaba la posibilidad de explosión de una central nuclear y el peligro consiguiente, ya que, de fundirse la masa critica radiactiva y penetrar en la corteza terrestre, podría en teoría seguir su marcha hacia las antípodas, hasta la misma China, y por eso el titulo. No era una gran película, demasiado didáctica y simplista. Lo que la hizo célebre es que apenas unas semanas después de su estreno, sucedió una catástrofe importante en una de las centrales nucleares norteamericanas, la de Three Mile Island, en Harrisburg, Pennsylvania. Una vez más, la ficción se adelantaba a la realidad. No ha sido el único accidente acaecido en centrales nucleares. Pero aquel fue lo suficientemente grave y espectacular como para que se emitieran tranquilizadoras declaraciones: nunca más volvería a suceder. Hasta que volvió a pasar.

Pasó en Chernobyl, mejor dicho, en Pripyat, aldea ucraniana en la ribera del río de igual nombre. Hace unos años, un 26 de abril de 1986, no se sabe muy bien por qué, si por error humano o exceso de radiactividad acumulada, pero el caso es que se declaró un feroz incendio que hizo explotar el reactor número 4 de la central de Chernoby1. Tardaron casi un mes en controlarlo y murieron miles de personas más el número indeterminado de los que, en los próximos cuarenta años, morirán a consecuencia de la radiactividad dispersada por el accidente, no sólo en la URSS, sino en buena parte de Europa.

Porque se formó una gigantesca nube, de cerca de un kilómetro de altura, que fue llevada por los vientos, primero hacia el Norte, Finlandia y Suecia, y luego hacia el Sur, Alemania, Francia y aun Italia. Esa nube estaba cargada de sustancias radiactivas letales. Ha sido, hasta ahora, el peor de los accidentes nucleares ocurridos. Y eso que, como aseguran los expertos, se corrió con mucha suerte. En efecto: en primer lugar, por ocurrir de noche, a la una y pico, lo que trajo como consecuencia que en la central sólo trabajaran los técnicos y obreros de guardia y no los miles que de día allí laboran, así como que, en el pueblo vecino, la gente estuviera en sus casas, con lo que sólo recibieron la décima parte de radiactividad que, de haber estado al descubierto, habrían recibido. La misma terrible potencia del incendio hizo que se elevara esa columna gigantesca de entre 500 y 1000 metros, impidiendo que las sustancias radiactivas cayeran directamente en las áreas inmediatamente vecinas. Luego, el viento dominante, del Sur, arrastró esa columna hacia regiones boscosas, muy poco pobladas. Y por último, se corrió con la inmensa suerte de que, no sólo en ese momento, sino en los días y semanas subsiguientes, el tiempo se mantuviera predominantemente seco, que de haber llovido o habido humedad, la radiactividad se hubiera condensado y habría caído pronto a tierra. Aun así, fue un accidente terrible: por el número de víctimas y por las consecuencias futuras. Hay un dato que, además de probarlo, permite extrapolar hacia otras situaciones. Además de emplear el gobierno soviético todos sus grandes recursos técnicos y humanos para ayudar a las víctimas, recibieron una importante ayuda del mundo occidental. Expertos norteamericanos e israelíes, especializados en transplantes de médula ósea, fueron a Moscú a colaborar con sus colegas soviéticos. Aun así, pese a los enormes recursos empleados, de hecho todos fueron impotentes para tratar a más de trescientos heridos graves que, en su mayoría, perecieron. No es exagerado pensar qué sucedería en el caso de una conflagración nuclear a escala mundial, cuando estallaría el equivalente de miles de reactores de Chernobyl. Hay que tener en cuenta que sólo para controlar el incendio y someter el reactor al descubierto, escupiendo al espacio toneladas de materia radiactiva, necesitaron los soviéticos casi un mes. Para evitar el peligro de fusión del núcleo radiactivo y su penetración en el globo terráqueo («síndrome de China»), tuvieron que inyectar nitrógeno líquido en el suelo bajo el reactor a fin de endurecer la superficie, protegiéndola de la posible penetración. Y finalmente, encerrar al monstruo desencadenado en un inmenso y grosísimo sarcófago de cemento y plomo, que lo mantendrá allí teóricamente por muchos siglos, tantos como dure su poder de desintegración radiactiva.

El sueño nuclear, con el que buena parte de la humanidad ha creído solucionar sus ingentes problemas de energía, nace del empleo pacífico de la potencia contenida en el seno de la materia, una vez que se logra desintegrarla atómicamente. Así, en vez de depender de la energía fósil, acumulada por milenios en el subsuelo, el hombre comenzaría a sustituirla con energía nuclear que, además de ser supuestamente más barata, es prácticamente ¡limitada. Pero son muchos los que, tras el accidente de 1986, piensan que la catástrofe de Chernobyl marca el fin del sueño nuclear. O más bien: el sueño trocado en pesadilla.


Ver La desintegración del imperio soviético
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