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Dilemas de un gobierno sin oposición

Janet Kelly
jkelly@newton.iesa.edu.ve

El Nacional del jueves 11 de febrero de 1999

La idea que ronda constantemente en mi mente en estos días es que debería ser terrorífico enfrentar los problemas reales de gobernar en Venezuela. La emoción de los contactos con jefes de Estado, de recibir todos los buenos deseos de aliados y adulantes, de hacer discursos rimbombantes e inspiradores, de dormir en La Casona, es una inyección de adrenalina que inevitablemente tiene su reacción contraria cuando callan los músicos y cuando los ciudadanos regresan a sus casas, esperando "el cambio". ¿Cómo satisfacer todas las demandas que tiene la sociedad, cuando éstas entran en franca contradicción, por lo menos en el corto plazo? La tarea es delicada, porque requiere decidir sobre los objetivos que no se podrán lograr, por lo menos por ahora. El dilema central es, por una parte, asegurarse que las decepciones inevitables no generen una oposición que impida lograr un ambiente propicio para gobernar y, por otra parte, reconocer que, sin oposición, no hay legitimidad.

Otro dilema es económico. Según el diagnóstico del mismo Presidente, estamos en el sótano del desarrollo, con una depauperación de la sociedad entera cuyas causas no residen sólo en los desaciertos del puntofijismo, sino también en realidades crudas como un ingreso petrolero menguado y, por ende, un ingreso fiscal insuficiente, que exigen decisiones desagradables: recortar los servicios prestados por el Gobierno y extraer recursos de los contribuyentes como nunca antes. A la gente no le va a gustar lo uno ni lo otro, lo que presagia un desencanto inevitable. La promesa de que los sacrificios de hoy van a justificarse con los beneficios de mañana no tiene mucho asidero después de años de argumentos similares: habrá que dar algo a cambio, ya, y ese algo no puede limitarse a palabras grandilocuentes.

El Gobierno arrancó con un apoyo popular abrumador, expandido aún más por el discurso postelectoral de apertura. Es un capital valioso, pero también volátil. Si bien casi todo el mundo está dispuesto a darle la oportunidad al presidente Chávez de probar fórmulas nuevas para romper el espiral sociopolítico declinante, no pocos han expresado su temor de que los mecanismos no sean pluralistas. Múltiples han sido las alusiones al error excluyente y aplanador del trienio, que no debe repetirse. Al venezolano le gusta su derecho de opinar, de burlarse de las pifias de los demás, de cantar los peligros de una política u otra, sintiéndose escuchado, aunque no le paren al final. Aquí hay oportunidades explotables. La oposición juega un rol benéfico, si se interpreta bien. Ya le ha favorecido mucho al Gobierno que otros hayan difundido la idea de que, con la Constituyente no se come, lo que ayuda a limitar las expectativas. El problema de Chávez es abrir espacio a la oposición sin verse en componendas al estilo viejo. Se han expresado, por ejemplo, dudas respecto al referéndum. Esto crea una oportunidad para establecer un diálogo con el Congreso y con organizaciones de la sociedad civil en cuanto al sistema electoral. Si antes del referéndum se compromete el Presidente a un sistema ya debatido y aceptado ampliamente, evitará el peligro de ser tachado de autoritario.

No es menos problemática la tarea de construir un Estado a la vez eficaz y coherente. Flota una nube de dudas sobre el futuro de la descentralización, en particular, con referencia al papel de los gobernadores. Si lo que busca el Gobierno es inyectar frescura y esperanzas en la gente, debería aprovechar lo positivo que se ha ido construyendo, en lugar de despreciarlo. La raíz del fracaso del Estado reside en su macrocefalia y sobreconfianza en su capacidad de llevar a cabo grandes proyectos uniformes en toda la Nación. Para que florezca la innovación, se requiere variedad, competencia, iniciativas cercanas a las necesidades de la gente. Las alcaldías son, quizás, las unidades más idóneas para esta tarea, pero el gobierno central no estará en capacidad de impulsarlas directamente, por el simple hecho del número de municipios existentes.

En fin, para gobernar, se requiere la tensión de las diferencias y el Gobierno tendrá que aprender a negociar. Esto es doblemente el caso cuando la clave del éxito económico está en el exterior. Toda posibilidad de resolver el dilema económico depende del apoyo externo y de la confianza en la gestión gubernamental. La buena actitud de los mercados financieros internacionales hasta la fecha resulta de la apreciación de que, en Venezuela, hay armonía de propósito en crear un nuevo balance económico, social y político en democracia. Un solo polo no es suficiente para mantener las fuerzas en equilibrio.


Janet Kelly en La BitBlioteca



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