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Sección: Bitblioteca
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La última jugada El Nacional del jueves 18 de mayo de 2000 A menos de dos semanas de las megaelecciones, cualquier analista consideraría que las cartas ya están echadas y no queda sino prepararnos para el juego. Todos los participantes están mirando sus barajas y ninguno puede pensar que lo tiene ganado sin complicaciones. Cada cual administra su cara de póker, pero eso no impide que interpretemos los rostros para anticipar el desenlace y prevenir desgracias. Todavía no sabemos si alguien tiene una carta escondida en la manga o si ocurrirá algún evento imprevisto que impida el desarrollo del partido. Chávez no tiene que disimular mucho. Su situación es obviamente la más deseada: no hay encuestador que le dé la menor posibilidad a Arias a no ser que ocurra algo inesperado, como un terremoto (que lo convertiría en pavoso sin remedio), un escándalo que lo comprometa personalmente (que converse con Clinton o Giuliani) o (Dios nos guarde, pero la analista tiene el deber de pensar lo no pensable) un asesinato. Unas cuantas gobernaciones estarán en manos de la «oposición», pero Chávez sabe que muchos gobernadores están dispuestos a trabajar con el Gobierno porque necesitan el dinero y él controla el dinero. Por algo no los ataca, sino a los pepetistas que sí tirarían piedras. Nuestra próxima etapa será dominada por la agenda legislativa, no la regional. El silencio que caracteriza la elección a la Asamblea Nacional señala otra cosa importante: Chávez piensa que la tiene ganada y por eso no presta mucha atención a la contienda. La falta de ruido es la evidencia más contundente de que la mayor parte de los candidatos entienden que los chavistas se apoderarán de casi la totalidad de las curules uninominales (60 por ciento). El MVR cuenta con su tercio de votos duros y pocos candidatos de oposición se aproximan a controlar un porcentaje similar, salvo en muy contados casos como en Zulia o Miranda. La pelea está en los votos proporcionales para el 40 por ciento que queda, donde sí hay posibilidades para la oposición, pero no muy buenas, debido a su atomización y falta de coordinación. En teoría, si los chavistas votan por el MAS en las listas, el Polo Patriótico (o lo que queda de él), podría acapararse de una porción significativa de ese 40 por ciento, dándole a Chávez su mayoría calificada. Es interesante que no hemos visto todavía señales de esta estrategia imbatible, pero no dudo que Omar Mezza, William Lara y los otros apparatchiki estén en eso. Mientras tanto, la oposición permanece ciega e inmóvil frente a la realidad. Arias pone cara de ganador, se niega a hablar de lo que haría en caso de perder, intenta desesperadamente distintos argumentos en la medida en que cada uno va fracasando (eso de Chávez cobarde rebota como decir que CAP es cobarde), tiene una campaña de micrófonos mientras que Chávez tiene una de megáfonos, y apela a posibles aliados como la sufrida clase media, los militares renuentes, la maltratada Iglesia y hasta los por ahora pacientes norteamericanos. Yo hubiera hecho otra campaña si fuera Arias, orientada a consolidar un bloque en la Asamblea que deba su supervivencia al apoyo mío. Según mi plan de campaña no solicitado, Arias también sería candidato a la Asamblea, porque no es una pena sino una obligación que el mariscal cuide la vía de retiro para proteger las tropas hasta la próxima batalla. ¿No enseñan eso en la Academia Militar, mi comandante? (Lección de la materia «Clausewitz I»). De otro modo, no es claro cómo Arias intervendría en la política postelectoral, que sería su meta racional de largo plazo, para estar allí disponible si la economía no se levanta. De hecho, su estrategia es tan fallida que me entran sospechas de que el objetivo puede ser otro, indecible y descalificador de los resultados. Claudio aceptó su fajo de cartas malas, a sabiendas de lo inevitable de su derrota. Lo que quiere es simplemente quedar en el juego y tiene suficientes fichas como para durar un buen rato a la espera de mejores oportunidades en el futuro. Lo suyo no es tanto el manual de Clausewitz sobre las grandes batallas clásicas, sino una hoja del librito rojo de Mao o, más ortodoxamente para nuestro guerrillero neoliberal con alma, de Fabio el Delator: atacar y fastidiar desde la periferia hasta que se debilite el centro por sí solo. Vistas las cosas, entonces, el final del juego luce bastante predecible y, quizás, este es precisamente el problema. La certeza de la derrota conduce a actos de desesperación. ¿Cómo será que la derecha que apoya a Arias ofrezca su abrazo a los pobres pepetistas, gente tan nice, tan responsable y moderada, cuando su posición ha estado casi siempre a la izquierda de Chávez? ¿No se acuerdan de la privatización de la CANTV, la deuda externa ilegal o las disposiciones transitorias del laboratorio de Pablo Medina? ¿No hay gente apostando al desastre en el CNE lo que va a ser problemático en el mejor de los casos? ¿No hay otros pescando en el estamento militar para buscar los próximos golpistas? ¿Nadie se acuerda de la historia de Colombia, donde la violencia solo cosecha violencia y odios? El país reclama a todos un comportamiento cónsono con el juego democrático, donde el que tenga las cartas ganadoras gane. Pronto viene otra ronda y cada cual debería tener la posibilidad de jugar de nuevo.
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