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Migajas de Venezuela El Nacional del jueves 24 de agosto de 2000 Las vacaciones sirven para alejarnos del quehacer diario y del cúmulo de preocupaciones que presionan nuestros días. Los 12 meses que culminan han sido emocionantes y enervantes para quienes vivimos, como si fuera nuestro propio ritmo, el tun-tun del pulso nacional, tan acelerado y tan apasionado que, agotados, el cuerpo y el alma piden descanso. Pero la curiosidad por el país casi enfermiza no permite un escape total, ni siquiera en este pueblo perdido del sur de New Jersey: las migajas de información sobre Venezuela que penetran los medios de comunicación se recogen como conchas en la arena. Un día, se mencionan las telenovelas venezolanas. Otro día, Moisés Naím figura como innovador con la revista Foreign Policy dirigida por él desde Washington. Edelca publica una licitación por el tendido eléctrico a Brasil. Sin relación alguna con este aviso, se editorializa sobre la ecología del bosque amazónico y el efecto de las carreteras y los tendidos eléctricos. GTE, fusionada con Bell Atlantic, se llama ahora «Verizon» (suena como horizon) y negocia una solución a una huelga larga y extendida. En internet, se pueden seguir directamente las noticias tales como las leen en Caracas pero, aun cuando estas sean auténticas, parecen algo irreales a través del filtro de la distancia. Quizás las noticias adquieren su significado sólo cuando se comparten con alguien. Aquí al borde del océano Atlántico, no se consigue a nadie a quien le interesa lo que dice Miquilena, o que el Banco Central de Venezuela entregue sus ganancias cambiarias, o que AD tenga o no una comisión parlamentaria bajo su control. Las vacaciones ponen las cosas en otra perspectiva. El periplo de Chávez por los países de la OPEP sí despertó cierto asombro entre los moradores de las playas norteamericanas, preocupados más que todo por el costo de operar sus vehículos deportivos altamente ineficientes y por la sostenibilidad del ciclo de crecimiento prolongado, pero inevitablemente finito, que han disfrutado durante el gobierno de Clinton. ¿Quién, en su sano juicio, buscaría asociarse con los líderes mundiales más rechazados en la tierra? Saddam Hussein es un asesino. Algo raro estará ocurriendo en Venezuela, concluyen, y es algo que no promete resultados buenos. Pero no se dan cuenta ellos mismos de las contracorrientes presentes en su propio entorno. En las páginas económicas del periódico un artículo señala la importancia creciente de Irak como suplidor de petróleo a Estados Unidos, de sus cuantiosas reservas y de las ganas que tienen las empresas norteamericanas de participar libremente en el desarrollo de los campos petroleros en aquel país, donde todavía caen bombas por las violaciones de las reglas impuestas por las Naciones Unidas. Seguro que los estrategas de la guerra sobre Irak se cuidaron de no poner en peligro la caravana de Chávez cuando ésta avanzaba sobre Bagdad. Entre las generalidades de las convenciones de los grandes partidos políticos norteamericanos, casi no se mencionaron los problemas internacionales. De alguna manera y simultáneamente, los políticos tratan de enamorar a los latinos, los hebreos y las grandes multinacionales, entre otros. Las contradicciones implícitas en la política doméstica norteamericana permiten mayor libertad para la política exterior de terceros de lo que pareciera, independientemente de quien sea presidente o quien sea embajador. Los lectores del New York Times han recibido unos reportajes del periodista Larry Rohter al estilo light de verano sobre los dos temas clásicos de Venezuela: la obsesión por la belleza y el «problema» del petróleo. Ya se había reportado en la prensa que los venezolanos figuran como los más preocupados en el mundo en cuanto a las apariencias. Rohter confirma el fenómeno mediante una conversación con una peluquera que reportó una larga jornada de trabajo el 29 de julio, cuando la clientela se preparaba para lucir bien en las colas para votar. Rohter adscribe el fenómeno a una huida de la crisis económica y social, sin explicar, sin embargo, por qué este mismo efecto no se da en otros países que padecen problemas de mayor envergadura. El periodista descubre anomalías en Venezuela contadas por los mismos venezolanos: la paradoja de la riqueza petrolera y la pobreza generalizada; la contradicción entre un gobierno revolucionario y unas políticas populistas que señalan una continuidad peligrosa con el pasado. Rohter no ve con simpatía el optimismo eterno del venezolano, no celebra el espíritu alegre de un pueblo que valora la pinta y no comparte la actitud tolerante del país frente a las tremenduras de Chávez: pero su visión es la que más se lee y tiene mucho impacto. ¡Qué placer estar lejos del bululú! ¡Qué ganas de volver! Me hace falta saber lo que dicen de las declaraciones de Miquilena, del destino del Banco Central, de los intríngulis de los partidos y demás episodios de nuestro drama nacional.
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