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El polo patriárquico El Nacional del jueves 19 de noviembre de 1998 En las discusiones bizantinas acerca de quién ganó las elecciones, no se ha mencionado uno de los ganadores: las mujeres. Las mujeres ocuparán el 12 por ciento de las curules en el Congreso: el doble de lo que tenían en el Congreso saliente. La victoria ha sido modesta, sin embargo, si se considera el peso de la mujer en la fuerza laboral en comparación con el nivel bajísimo que significa el 12 por ciento en términos absolutos. Más modesto aún es el resultado cuando recordamos la innovación implantada por la Ley del Sufragio y Participación Política en su Artículo 144, el cual exige que los partidos políticos y grupos de electores postulen a mujeres en por lo menos un 30 por ciento de sus listas. En efecto, el cambio no tuvo consecuencias, porque las mujeres sacaron casi el mismo porcentaje de votos por el sistema uninominal. La pobre participación de la mujer en el Congreso no es una característica exclusiva de Venezuela. En América Latina, los únicos países que superan a Venezuela son Argentina, Costa Rica, Cuba y Nicaragua (Naciones Unidas, The World's Women, 1995). Entre los países desarrollados, casi siempre se logran porcentajes mayores, pero no mucho. Estados Unidos, vergonzosamente, se parece a Venezuela y Francia se parece a Ecuador (5 por ciento). Los únicos países que se aproximan a cifras aceptables son los escandinavos (33-39 por ciento). No es accidental que estos países tienen las democracias más equilibradas, los servicios sociales más extendidos y satisfactorios, y una calidad de vida envidiable. Los resultados electorales globales revelan mucho, pero oscurecen ciertas realidades. Ya sabíamos por las encuestas previas al 6 de noviembre que las mujeres y los hombres tienen preferencias políticas marcadamente diferentes. Las mujeres expresan mucho menos apoyo a Hugo Chávez que los hombres, y mucho más apoyo a Henrique Salas Römer (y a Irene, en su auge). Igualmente, las mujeres rechazan a Chávez con mayor frecuencia que los hombres y rechazan menos a Salas Römer. Tan crítica es la diferencia para Chávez, que ha orientado casi toda su propaganda a los asuntos considerados de interés femenino, llegando a sacar a su nueva mujer como carta de la manga, con un «look» de Irene y, supuestamente, con una admiración por Hillary. Claro, no tiene el título de abogado, las publicaciones académicas sobre los derechos de los niños, ni la carrera profesional de Hillary, aunque sí es buena locutora. Pero los hechos hablan más claro que Gonzalo, porque no todos los partidos actúan con la misma autenticidad con respecto al papel de la mujer en sus filas. Alrededor de ese promedio nacional de 12 por ciento de participación femenina en el Congreso hay grandes divergencias. Sumando los puestos en el Senado y la Cámara de Diputados, podemos hacer un ranqueo de partidos por grado de participación de la mujer: En el Polo Patriótico, que de aquí en adelante puede denominarse el Polo Patriárquico, hay un promedio de 7,8 por ciento de mujeres. Dentro de él, el MAS no tiene mujer alguna entre sus representantes, por lo que deberían llamarse «machistas» para que no nos equivoquemos con ellos en el futuro. El MVR queda en el promedio nacional. Copei también está en el promedio, con 12 por ciento, aunque merece algunos puntos de gracia por apoyar a Irene. Acción Democrática, cuyo nombre todavía vale algo, tiene 16 por ciento. Sin duda, la confianza de las mujeres en Salas se premia con la confianza de él en ellas: 26 por ciento de sus congresantes son mujeres. Mis lectores masculinos (y muchas mujeres también, seguramente) ya están fastidiados con esta muestra de feminismo culturalmente incorrecto. No son capaces de pensar en cómo se sentirían si los números se revirtieran. Las cuotas de la Ley del Sufragio que no me gustan en principio, por cierto permitieron a los partidos políticos colocar mujeres en los puestos bajos de sus listas para acatar, sin cumplir, el espíritu de la legislación. La causa de la subrepresentación de la mujer se encuentra en la desestimación sistemática de las mujeres, tanto por ellas como por sus compañeros de partido. Más que buscar la solución en la ley, debemos insistir en la apertura real de los partidos a las mujeres. También está en nuestras manos apoyar a quienes nos apoyan. La mujer es el cambio. |
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