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La periferia es una ilusión El Nacional, jueves 20 de setiembre de 2001 Según datos del Banco Mundial, hay suficientes aparatos de televisión en Venezuela para llegar a casi todos los hogares del país. Quienes no disponen de uno pueden compartir con el vecino o visitar cualquier cafetería para echar un vistazo a los acontecimientos mundiales. Si bien el país entero, con pocas excepciones, vio el derrumbe de las torres del World Trade Center y las llamas sobre el Pentágono, es probable que muchos, al absorber el horror, estuvieron pensando que estar en la periferia tiene sus ventajas. La pelea está en otra parte y lo que hay que hacer es asegurarse de que no llegue a estos lares. Mejor no irnos para Miami y menos aún para Manhattan. Pero el alivio es sólo pasajero, porque Venezuela pertenece al mundo y comparte los dolores de la Tierra. El aporte de Venezuela debe corresponder a sus recursos modestos y a las necesidades reales. Las primeras ofertas de ayuda comunicaron un mensaje de utilidad simbólica similar a la sangre de Yasser Arafat, que no es irrelevante de ninguna manera cuando consideramos el componente psicológico del ataque. El verdadero peso de Venezuela en el mundo, sin embargo, reside principalmente en su liderazgo en la OPEP. Ya la organización hizo el anuncio de su intención de mantener la estabilidad representada por las bandas de precios; probablemente sería aún mejor comprometerse a un aumento de las cuotas de producción. Este aumento respondería al reconocimiento por parte de los socios de que la psicología de la paz requiere el concurso de todos y que la tranquilidad es el mejor ambiente para la toma de decisiones. Venezuela va a verse involucrada en la discusión de medidas mancomunadas en contra del terrorismo en el mundo. Sobre este problema, ningún país debería resistirse a colaborar en la confección de soluciones contra los focos de violencia, particularmente con respecto a sistemas internacionales para compartir información y para entregar a los culpables. Ha habido cuestionamiento de las simpatías del Gobierno en los últimos años y hay que confrontar las dudas con claridad. Independientemente de que sea cierto o no que existen acuerdos explícitos o implícitos por los cuales la guerrilla en Colombia puede encontrar refugio en Venezuela, habría que tomar nuevas acciones para mostrar que se entiende la inconveniencia de lo que se percibe, en el mejor de los casos, como una actitud pasiva frente a sujetos responsables del terrorismo local. Un mundo multipolar no excluye la unión contra el asesinato. Después de las reacciones iniciales de solidaridad, sabemos que los países buscan razones para echarse para atrás en su disposición a apoyar a los demás. El miedo tiende a vencer al coraje cuando se consideran las consecuencias de tomar posiciones. ¿Por qué meternos en los líos de los demás si no tenemos responsabilidad por los hechos ocurridos? También es común que se busquen las causas de un crimen en las «imprudencias» de la víctima, sea ella una bailarina de Georgia o un superpoder como Estados Unidos. No solo los enemigos declarados explican el odio contra Norteamérica con base en los actos del país, sino que sus propios ciudadanos cavan en sus almas para encontrar el pecado que puede haber generado una acción tan inconcebiblemente espantosa. Ya ha circulado ampliamente el planteamiento del intelectual Noam Chomsky como recordatorio de los errores del pasado. Pero un mundo regido por la venganza no encontrará la paz jamás y la tarea es cómo sembrar justicia hacia el futuro, alentando procesos de negociación para que no se repitan las equivocaciones. Venezuela tiene que abogar por el equilibrio justo sin caer en la tentación de aceptar como inevitable lo que no se puede tolerar. Hoy son las torres simbólicas de Nueva York, pero mañana pueden ser las de El Silencio. La inspiración detrás de la destrucción de un teléfono público o de las torres eléctricas de la Gran Sabana puede compararse con la ira de los muchachos palestinos que tiran piedras en la calle, con la diferencia de que la rabia de estos parece haber crecido hasta transformarse en desesperación suicida. Todas las sociedades tienen que encontrar sistemas de convivencia que se basen en el principio de que es el Estado que monopoliza el uso de la fuerza y que la administra con estricto respeto a los derechos según el contrato social. Al final, no son las armas las que nos protegen, sino la solidez de la comunidad a que pertenecemos y los valores que compartimos. Lo que es cierto en un vecindario o un pequeño país es igualmente válido para el globo entero. La tarea es construir esa comunidad, porque no somos ajenos a ella. |
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