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Por viejo o por diablo

Janet Kelly

El Nacional del jueves 1º de mayo de 2000

Escribo estas palabras desde el interior de mi corazón y con tristeza. La muerte de mi padre en agosto me llevó a reflexionar mucho sobre la vida y la muerte y sobre las decisiones clave que determinan el juicio de la historia sobre nosotros. Mi meditación se mezcla con datos de la experiencia colectiva, los comportamientos de nuestros líderes y nuestras respuestas como miembros de organizaciones, directivos y empleados de empresas, y también como ciudadanos. No se trata de un análisis Woody Allen de obsesión hiperkinética con la muerte, sino de una consideración pausada sobre las etapas de la vida y sobre las exigencias morales del individuo. La ética requiere la acción por sobre la pasividad. Los pecados de omisión, sumisión y silencio tienen consecuencias tan nefastas como cualquier violación de los mandamientos o las leyes. Más daño ha hecho a Venezuela la desidia y la aceptación cobarde que la corrupción. Veamos el caso de los viejos en la política.

Mi padre fue y siempre será el héroe de mi vida. Sus virtudes y sus talentos fueron ampliamente reconocidos en todos los sentidos por quienes tuvieron la suerte de conocerlo. Defectos también tuvo, como todo el mundo. Desde arriba, seguramente compartiría conmigo ahora el hecho de que su gran error de juicio lo cometió en la tercera edad: no retirarse a tiempo, no delegar en gente más joven, no permitir el desarrollo pleno de su hijo y no querer entender los defectos crecientes de sus también viejos colaboradores. Asistió diariamente al trabajo hasta cumplir los 85 años, siempre alerta, pero cada vez más limitado en cuanto a entender cosas nuevas o a concentrarse por largo tiempo en las complejidades diarias. Si se hubiese retirado diez años antes, su carrera hubiera sido perfecta y sus logros asombrosos; lamentablemente, no fue así. Ahora, con el beneficio de la distancia, reconozco que su culpa era compartida. ¡Qué desenlace tan diferente si los jóvenes hubiésemos tenido el coraje de jubilarlo!

Este pequeño drama personal, sin importancia más allá de lo familiar, se ha amplificado en la caja de resonancia del país. Los coetáneos de mi papá en Venezuela comparten con él su buena salud ochentona, su picardía, experiencia y sabiduría. También comparten la formación tradicional de un mundo machista, patriarcal, autoritario, personalista y no digital (Negroponte). Son incapaces de entender las modas organizacionales modernas: la participación, horizontalidad e insistencia en la democracia en las jerarquías. No manejan el Internet ni, en muchos casos, el control remoto del equipo de sonido. Estos defectos se miden contra el inmenso valor de sus conocimientos, precisamente lo que le falta a la gente de menor edad. Pero la experiencia también implica una programación dura de su flashcard personal, en que las soluciones se buscan en las rutinas aprendidas, respuestas que responden a viejos líos, enemigos antiguos, situaciones caducas. Los viejos son excelentes eméritos, asesores, echadores de cuentos y de moralejas, pero no deben tener a su cargo el manejo de las organizaciones. Cuando no quieren irse, los jóvenes tenemos el deber desagradable de jubilarlos.

jvGomezHace unos años, la revista The Economist hizo un estudio de los viejos en el poder, desde Churchill hasta Adenauer, Mao Zedong, Reagan, Castro, Balaguer y muchos otros. La conclusión era que, a pesar de sus vastos méritos, todos, sin excepción, llegaron a fallar en su juicio en sus años de decadencia, especialmente después de los 70 años. No sólo eso, sino que bloquearon el ascenso de gente capaz, cuyos talentos pueden haberse perdido para sus países. Para mi decepción, la revista no hizo referencia a Caldera, pero la conclusión hubiera sido igual. Tampoco se refiere a Alfaro, Gonzalo Barrios, Luis Herrera, Jóvito y los demás venezolanos cuyas vidas comenzaron cuando Gómez, menos conocidos para la audiencia internacional.

Es fácil contemplar el pasado, pero más difícil y doloroso enfrentar el presente. ¿Estaríamos incurriendo en una falta de respeto o más bien cumpliendo con nuestro deber generacional al sugerir que Luis Miquilena, cuya energía física es digna de Ripley, también repite el patrón del viejo encerrado en su laberinto, aplicando viejas soluciones y viviendo antiguas batallas en un campo ajeno a su realidad? ¿No era Betancourt grandioso en su retiro? ¿El CNE de nuestras pesadillas no fue producto de la vieja política de esa generación? ¿José Vicente no está un poco pasado de años para ser canciller en la edad de la diplomacia aérea? ¿Tenemos que seguir viviendo sus amarguras y resentimientos del pasado ya lejano? ¿La culpa es de ellos o de nosotros? ¿Cómo manejan estas cosas en la Fuerza Armada, señor Presidente?


Janet Kelly en La BitBlioteca



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