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Sección: Bitblioteca
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Viernes a eso de las nueve Karl Krispin Una mujer me espera, Walt Whitman La angustia del amor te aprieta la garganta Guillaume Apollinaire El amor es un hecho poco frecuente y sentimiento que sólo ciertas almas pueden llegar a sentir; en rigor un talento específico que algunos seres poseen, el cual se da de ordinario unido a los otros talentos, pero puede ocurrir aislado y sin ellos José Ortega y Gasset 1 No sé por donde empezar. Los acontecimientos recientemente ocurridos en mi vida presentan un origen extraño. Puede tratarse de mecanismos de extrospección involuntarios a nivel de la psique. Me da igual. Nunca he tratado de dármelas de psicoanalista; por el contrario, he sospechado de ellos tanto individualmente como colegiados. Por obra de una inaplazable fortuidad he tenido un inasible encuentro con una mujer hecha para los misterios, los jeroglíficos, los secretos códices; igualmente indescifrable, vital. Desconozco el alfa y el omega; creo tener una moneda en la palma de mi mano pero no soy capaz de reconocer su reverso y anverso. Camino por entre esta biblioteca que ha resistido toda suerte de conjeturas. Al fin y al cabo no es la primera vez que me enfrento a este tipo de conjeturas en torno al eterno femenino (Kein Doktor Faust). Mas no se trata de una persona anodina: es ella, mi gacela misteriosa. A modo de ensayo teatral me sumerjo bajo la irredenta ficción de mis sueños, esperanzas y angustias. Sin embargo, es primavera en mi conciencia. Trato de escrutar ciertos sucesos, todos los sucesos. Tal vez deba escribirlos, como garantía idónea de tenerlos frente a mí, sin más testigo que una máquina de escribir, a la que no sé hasta cuando la robotización auspiciada por la falange de baratijas japonesas, no le haya conferido personalidad jurídica. He de creer, entonces, como Huidobro, que podemos pasar de ser pequeños seres a pequeños dioses. A medida que me deslizo en la desmesura de sus actos, todo se vuelve confuso, caótico, agradablemente evasivo. Todo comenzó, no en una noche de tormenta, sino con el trino de pájaro tropical del gran comunicador social: mi teléfono. Me encontraba yo en lo que he definido como un ocioso atardecer frente a un montón de libros acumulados; ya se sabe, Eliot, Borges, Valery, todas esas muletillas de intelectual frustrado de las que me he valido para impresionar en las aperturas de Sotavento o en las aburridas comidas de Dolores Elizondo. El intrépido ring, una y otra vez, hasta que atendí la llamada (solemnemente, con ese rasgo de ejecutivismo patológico que siempre me ha caracterizado). Me sorprendí al escuchar la voz de una mujer desconocida al otro lado del hemisferio telefónico: Buenas tardes, ¿está Salustio por favor? ¿Sa queeh?, ¿Salustio? respondí extrañado, medio asqueado por ese nombre (¿Cómo alguien puede llamarse Salustio?) Si, Salustio. ¿Salustio? volví. Si, Salustio por favor (esta vez lo decía de modo enérgico). No, teléfono equivocado, aquí no vive ningún Salustio. Este es el 9782249. Que raro me dijo ese es el número que tengo. Y eso que me lo repitieron como tres veces. No, que va. A lo mejor lo puedes conseguir en la biblioteca dije. ¿Cómo? No entiendo. ¿Ahí vive o no vive Salustio? (Circunspección Wagneriana. Wotan increpando a Alberico). Salustio González Rincones (típica respuesta mía). La verdad sigo sin entender dijo. Mira, tu amigo Salustio salió pero te dejó dicho que se iba donde Catilina a tomarse unos tragos y que de allí se iban hasta casa de Plauto a ver un video clip de las guerras gálicas, tu sabes, lo del performance de Julio César. Qué es esto? dijo después de una risa tímida. Por supuesto contesté que aquí no vive ningún Salustio pero como me pareces tan simpática he querido seguir hablando contigo (la verdad sea dicha: su erótica voz había puesto en alerta todas mis freudianas neuronas de combate), además pocas veces se renace en una voz de contralto. ¿Qué es esto? repitió. Bueno, yo me llamo Álvaro Nogales. Y ¿entonces? Que sería interesante saber tu nombre. Mercedes. ¿Mercedes? Si, Mercedes Teresa Chávarri repuso aterrizando melódicamente en mi talón de Aquiles. Con la curiosidad virulenta de estos casos decidí poner a prueba toas mis imaginarias dotes de Phillip Marlowe. ¿Y tú? ¿Cómo eres o qué haces? Tú y yo ni nos conocemos, ¿no te parece? Pero podríamos conocernos, ¿verdad? Repuse. Estudio arte contestó. Y ¿quién es ese Salustio? Es un conocido. Lo llamaba para ver si me conseguía unas entradas para Serrat. Como no iba a optar por una retirada, como en los Dardanelos, decidí dar el zarpazo. Oye Mercedes, a lo mejor esto es absurdo o temerario pero, ¿qué te parecería una invitación a comer? ¿Qué mejor excusa para conocernos? La verdad, esto me sorprende. Insisto, así de paso te conozco. Tal vez sea interesante dijo. ¿Sólo tal vez? contesté herido en mi condición de macho latinoamericano. Bueno, es que no sé volvió. Te aseguro que no te arrepentirás. Suenas como muy convincente ¿no? me dijo. La decisión es tuya Mercedes. Entonces déjame arriesgarme. Me arriesgo, temerario. De acuerdo contesté. En Le Coq D´or el viernes por la noche a eso de las nueve. Y ¿cómo nos reconoceremos? (Al decir esto bajó el volumen). Tú dirás (preferí dejar la karmática decisión en ella). Tengo el pelo rubio castaño y los ojos verdes. Verde rama, verde viento. Perdón, no te entiendo respondió. Nada, no tiene importancia. Mira, yo tengo el pelo negro, tengo el color pálido de los poetas y por mi mirada de iconoclasta no tardarás en saber que soy yo. Así que bueno, nos vemos el viernes, ¿de acuerdo? Okey temerario, hasta el viernes pues. Adiós (golpes armoniosos de teléfono). Pero ¿qué diablos había hecho? ¿Qué tal si me encontraba con una de esas horribles mujeres que estudian arte y visten desteñidos falsos sarís hechos en Taiwán? Si, esas mismas de mirada desviada e iluminada, que pululan por los pasillos de la Central, transportando en el bolso de paja las papitas fritas de la autopista que comerán en los conciertos del Aula Magna. A lo mejor esta fulana se aparecería con las sandalias hippies de rigor o con algún posmoacicalate de tormentoso origen. No, definitivamente, mi raciocinio equilibrado de pequeño burgués delirante se había alterado por una llamada a un tal Salustio, quien para rematar le conseguiría entradas para ir a ver a Serrat. ¡Serrat! Ese abominable ser a quien el padre de Dolores le recomendó un shampoo anticaspa en una de sus primeras presentaciones en Caracas, cuando por ventura nadie lo conocía. Contado por el propio doctor Elizondo. Bueno, al diablo con el Salustio ese. Pero podría equivocarme. Es posible que Mercedes fuese la Beatrice tropical a quien siempre había esperado. Si, me encontraría con mi hada madrina dadivosa y espléndida, mezcla anárquica de Lilian Hellman y Paulina Porizkova. ¡Claro! Ella sería quien me tomaría de su mano para conducirme a nuestro privado paraíso de arena limpia, pulida con playas de alba y cocoteros de aurora. Así, de su mano llevado, (sin el estorbo de Virgilio) surcaría autopistas sembradas de espigas, bebería sus huellas de piegacela simétrico. Tendría oportunidad como Whitman de titular un poema: Una mujer me espera. Mercedes me espera Voy por la vereda tropical la noche plena de quietud con su perfume de humedad Con ella fui noche tras noche hasta el mar . ¡No! Ni hablar. Hasta cuándo no iba a caer en cuenta de mi falta de talento para la poesía. Aunque eso no significaba nada a la hora de decidir entre ir o no ir. No iría. Claro que iría. Definitivamente iría. Total si me llevaba un chasco yo ya sabía que era rubia y me podía largar sin temor alguno a que me reconociera. Pero no ir o resolver defección en el lugar de los acontecimientos traería funestas consecuencias: se vengaría de mí, satanizándome por teléfono, preguntando por Salustio, Hibernio o cualquier personaje de ciencia ficción de funesta nomenclatura. ¿Qué sabía yo que ardides podía utilizar a la hora de castigar mi felonía? ¿Felonía? ¿Es que acaso no era sano remitirse al sano juicio sin necesidad de caer bajo las garras del terrorismo telefónico? Y me preguntaba, ¿a qué se debía esa obsesión mía de pensar en naderías? Era obvio que iría. Si no ¿para qué tanta alharaca? No pude pensar en otra cosa durante lo que quedaba del día y de la noche. Su metálica voz me perseguía, me acorralaban mis lentos y pausados actos. Mercedes me repetía, Mercedes Teresa. Mercedes Teresa Chávarri. Mercedes Chávarri, estudiante de arte. Mi imaginación superaba ya los límites de la estratosfera. Gaviota mañanera. F-16. Mirage. Barón Rojo. De modo inexplicable estaba comenzando a caer en ese orteguiano estado de imbecilidad transitoria. Ya estaba fraguando una idílica biyección de Abelardos y Eloísas, cuando la sola sospecha de que fuera una gorda antiestética pudo poner en orden mis presunciones, permitiendo que me fuera a dormir en paz, tranquilo como un ciudadano solvente con el impuesto sobre la renta. Aún así, presagiaba un sueño hipotecado por sus decibeles. El reloj marcaba las ocho de la noche. A sólo una hora del encuentro no hallaba el sosiego deseado para darle a mi pensamiento la seguridad requerida para sortear las dificultades. Trataba de desviar el curso de mis tormentas: imaginar la ciudad preparada para el alboroto nocturno; pensaba en parejas que salían del metro, ese gusano cósmico, para perderse en la marejada de neones y vallas colgando de la materna avenida con ritmos solitarios de bolero. Disfrazaba con ahínco mis ideas pero detrás de todo el sacrificio mental descubría a Mercedes con su rostro desconocido de gran sacerdotisa, dispuesta a inmolarme en un altar bañado por calurosos y reflectores y semáforos de terco rojo. Desde allí, mi cabeza rodaría entre neumáticos viejos y graves chatarras con puertas inmóviles. Pero qué imaginación tan poco condescendiente. De ser sacrificado tendría que serlo en medio de un campo, mecido por el adagio de Marcello, a lo Woyczek, y acompañado por las salvas de honorables culebrinas. A la porra con este carnaval mortuorio. Mercedes no tenía porqué ser mi espada de Damocles ni nada por el estilo. Tan sólo sentía un poco del miedo típico en estas ocasiones de expansión natural de adrenalina. Mi directa telepatía con mister Cronos me señalaba que era el momento para irnos con nuestra música a otro lado. Me zambullí en mi closet al que sin éxito llamaba armadón, en la búsqueda de un atuendo acorde. Pensé en primer lugar ponerme un hábito de monje pero los problemas de identidad con esa célibe institución me hicieron desistir de tan medieval recurso. Ya sabía: Iría de reportero de los cuarenta. Tenía una chaqueta de tweed, sombrero de Clark Kent y corbata de pajarita. No. Todo resultaba desdichadamente subversivo. Tendría que cargar con mi verdadera identidad. Pero sí resolví usar unos lentes oscuros que de noche me darían el temido aspecto de tahúr de los bajos fondos. Ya de camino al restaurant no me quedó otro remedio que quitármelos. Para ser franco, no sólo eran incómodos para el manejo, sino que ciertas miradas acusadoras de policías apostados en la calle agotaron mi sed de originalidad. Es de suponer que verían en mí una pieza importante del gang delictuoso y, como individuo decente, no toleraba las comparaciones. Sonreí imbécilmente, me quité los anteojos y los ahogué sin compasión en el fondo de la guantera. Eran las nueve y quince minutos cuando llegué al Coq D´or. Por supuesto que quince minutos no son un descrédito para nadie (me consolaba pensar que estaba en Sabana Grande y no en Knightsbridge). Estacioné el carro tan torpemente como pude y salí de él enérgico, seguro del paso que iba a dar una vez que atravesara el umbral de la puerta de vidrio, que esa noche dividía y acercaba dos mundos desconocidos entre sí. Amparado en un coraje raras discernible en mi fuero interno oprimí mis falanges, mis yemas y por último toda mi mano en forma de puño para que mis actos fueran tan irrevocables como lo que deseaba. Entraba tan convencido al sitio como un accionista de una multinacional. No, la imagen no era feliz. Más bien me hacía paso por entre el mínimo pasillo como McArthur en el Missouri, aunque su pipa de maíz no me convenciera. Yo en su lugar hubiera fumado con pipas de espuma de mar. Pero eso de las pipas correspondería esclarecerse en uno de esos tratados escritos por graduados de Oxford, hasta de Yale podría ser incluso. ¿En qué estábamos? Ah sí, había venido a conocer a mi divina confidente telefónica. Había en el restaurant tanta gente como de costumbre; individuos respetables que hacían su cola e individuos no tan respetables a juzgar por uno al que una corbata de lengua de vaca bacteriana le apretaba el pescuezo, (no podía hablarse de cuello en este caso) retorciéndole toda posibilidad de evolución. No esperaba encontrar este jolgorio. Pero ¿dónde estaba esa mujer? Me fijé en una rubia pero inmediatamente me di cuenta de que tenía acompañante, por cierto un conocido, Santiago Dupont. Éste se había graduado en ciencias políticas en la Universidad y no hacía sino pontificar sobre su postgrado en Harvard y de lo que su padre había logrado a lo largo de su vida. Eso para demostrar, según él, lo que significaba la brecha generacional y la flojera de la gente de ahora (una de las tantas aberraciones mentales de los Dupont, padre e hijo). El Santiaguito, además, se empeñaba, para fastidio de todo el mundo, en hablar de la Primera Guerra Mundial, «la Gran Guerra mi tópico favorito» como él mismo decía. Tenía una desagradable voz de chicharra y se le estaba cayendo el pelo, lo que lo hacía una especie de viejito prematuro, aparte de que en sus levitaciones discursivas pretendía emular a un tribuno romano. Todos lo conocíamos por Nano, haciendo honor al poco espacio que ocupaba en el mundo. Las mujeres le sacaban el cuerpo para salir, por ello me sorprendí verlo tan bien acompañado. Pero como era adinerado y tenía fama de manirroto, algunas salían con él, no para disfrutar de sus tonos hamletianos, sino por el Mouton Rotschild y la langosta en todas las formas que siempre ordenaba. Al verme me saludó efusivamente. Hola Álvaro ¿cómo estás? Nano, qué sorpresa, ¿qué tal? Todo bien, sabrás que me va estupendamente en Harvard. En estos momentos estoy cursando una materia interesantísima: derecho constitucional comparado. Imagínate que es tan buena que hasta papá está entusiasmadísimo. Él mismo comparó los diseños curriculares de varios postgrados del mismo género en otras universidades; claro las highly competitives, y sin pensarlo se queda con Harvard. Qué bien. Estoy aprovechando el springbreak aquí de vacaciones. También, te imaginarás, saliendo, revisando un tanto las obras de papá sobre fundamentos económicos en América Latina. Empapándome un poquito. Tú sabes que ésa no es mi especialidad. Tú conoces las obras de papá que te digo, ¿no? La verdad no, Nano. Sí, vale, las que publicó la OEA. A ver si te las hago llegar antes de que me vaya. Regreso al norte en dos semanas. Me parece excelente, Nano (me parecía excelente que se fuera para no encontrármelo en un buen tiempo). Por cierto, Álvaro, perdóname, no te he presentado a Mariana. No sé si se conocían ya. No, la verdad, no le contesté. La tal Mariana me extendió la mano y se limitó a sonreír de modo insípido. Sabía que de un momento a otro Nano aprovecharía la oportunidad para hablarme del Marne o del mariscal Joffre, así que le dije que me disculpara ya que buscaba a alguien. Nos estamos viendo, Álvaro contestó Dupont. ¿Dónde estaba Mercedes? Había perdido como cinco minutos hablando con Nano y me parecía una eternidad. ¿Se habría ido? No, nadie puede ser tan intempestivo, además de que la habría visto salir. El bar. De seguro estaba en el bar. Me dirigí hasta allá haciéndome el loco para no saludar a una antigua compañera de colegio y de repente pude divisar que al fondo, en la ultima silla de la barra, de espaldas y de frente a la colección de gallos en todas las formas que tiene el restaurant, estaba una rubia con sus graciosos, brillantes, ojos verdes sumergidos en un bloody mary que tímidamente sorbía, haciendo caso omiso a toda fenomenología exterior. Allí estaba, tenía que ser ella. Me acerqué hasta donde el temor me lo permitía como descendiendo al reino de las vestales. Temblando, encendí apresuradamente un cigarrillo para romper el manojo de nervios reprimentes. Los mesoneros apuraban las comandas y dos o tres personas se interponían entre ella y yo. La angustia del amor me oprimía la garganta. Sí, ya sé, no es mía la frase. Es de Apollinaire. Me llevé una mano a la cabeza. Descubrí, gracias a Dios, que había una silla vacía a su lado. Ella continuaba absorta, pensativa; ni siquiera había reparado en mi presencia. No me había mirado, no había mirado a nadie. Seguía jugueteando con su copa solitaria entre las blancas, infinitas manos con sus uñas pintadas de carmín. Rojo de hoguera, rosa granada, rosa encarnada, rosa mística, rosa de los mares. Su pelo le rozaba los hombros. Trigo de oro, trigo de campo, trigo dorado, oro esplendor, campo de trigo dorado sembrado en tu mirada. Yo aún estaba de pie. No me atrevía a intruir sus instantes. Me recogí en un pánico de goce al ver como encendía un cigarrillo y el fuegolumbre le iluminaba su rostro, el rostro más hermoso que había contemplado. Tenía que acercarme. Buscaba el hilo de Mercedes para escapar de mis propios laberintos. Por fin reuní toda mi disgregada capacidad de amor y logré sentarme a su lado sin decir más que las palabras del silencio. Cuando ya no creí tener voz, le dije: Eres tú, ¿verdad? Así parece contestó sin mirarme. Mercedes seguía paseando sus dedos sobre la bruñida madera de la barra que parecía insuficiente para cobijar nuestras miradas. Yo seguía sin reaccionar; era para mí difícil aparejarme a esta magia que flotaba y me suspendía en una deriva al encuentro de sus formas, de su cuello, poético como los andenes ferroviarios donde toda espera queda atrapada en el hechizo. Estaba signado por sus piernas, por sus altos tacones, coquetos como el incienso que serpea. Necesitaba astrolabios para conducirme en este periplo nocturno a través de sus brazos, su torso, su espalda, ligeramente descubierta por el escote obligado del vestido de blanca, bulliciosa seda. La seguía, la seguía para aterrizar mi mirada en sus pechos elegantes y quietos en donde estaba seguro hallaría refugio en las noches de ciudadana soledad. No sabía qué decir; no sabía qué hacer pero me quedaría allí para seguirla observando y quererla desde los primeros segundos y minutos de este mi reloj vital que ya encontraría palabras para abordarla. Deme un whisky con aguakina le dije al barman, tratando de contener mi terremoto de ocho puntos en la escala de Richter. Qué bebida más rara me dijo. Nunca había conocido a nadie que tomara eso. Por fin me miró y lo hizo de forma tan natural como si nos conociéramos de siempre. Yo me estaba acostumbrando a la sensación de que así era. A medida que me sinceraba en el diálogo estridente de miradas, recordaba las múltiples ocasiones que la había llamado y soñado. La veía frente al mar cuando hundía mi mano en los granos de arena que dibujaban su rostro con el reflejo de la espuma y los alcatraces. La recordaba en aquella tarde de paraguas, bajo la nieve europea, cuando la vi perderse entre el gentío de los cafés madrileños. La conocía de siempre y la había intuido en la risa, en el dolor, en los lienzos de Mondrian. La conocía porque encarnaba el amor que hoy me llegaba vestido de blanco. Los compases del Summertime de Geshwin capitaneaban toda prueba de fetichismo. El espacio era exiguo, pero estaba claro que la presencia de Mercedes imanaba un baile de cara a los espejos. Por entre las botellas y las copas, describíamos círculos matemáticos con nuestro cheek to cheek , tanteando el cuadro rotativo y geométrico del universo. Me seducían sus dientes, en militar formación que suponían persuasivas visitas. El barman, impecable y solitario, me hizo volver a tierra al servirme mi trago. Era el turno para las palabras sueltas. Alcé mi vaso y me vi atropellado por sus arrebolados labios que atravesaban el débil amarillo opalinado del líquido. Brindo por ti le dije. Brindo por este encuentro que penetra los principios y los fines desde la ubicuidad menos pensada. Debo admitir que me guía un pálpito arriesgado. Creo que ya comenzaremos a ensamblar nuestra mutua disposición de crecer. Qué optimista eres y con ese palabrerío contestó para luego hacer mofa de mis nervios, de mi forma de acomodarme en la silla. La divertían mis torpes tonos. Me desmontaba y me volvía a armar, jugando a un rompecabezas en el que lideraba todas las piezas. Por mi parte, en el reparto de los papeles había quedado soslayado. Con resignación podía optar a un tercer lugar entre los tramoyistas. Mercedes, en contrapunto, era protagonista principal, heroína, actriz de reparto, actriz dramática, directora, productora, escenógrafa. Las cortinas se habían descorrido y me tocaba entrar en escena con un libreto en mano sin palabras, en blanco, como Tristram Shandy. Cuando el barman le renovó el trago a Mercedes advertí, con regocijada vanidad, que ella permanecía allí inyectándome su mirada horizontal de gacela. Qué suerte la mía le dije. Que suerte el haberme atrevido a citarte en este sitio. Estamos aquí, estamos conversando y nuestro coloquio es una de las series infinitas que pulsan el devenir. Lo que no me explico es por qué trato de hacer acopio de frases inteligentes. Bueno, es que debo impresionarte, ¿no es cierto? Ella tomó su cigarrillo, lo aspiró con la tranquilidad propia de la pausa y lanzó bocanadas de humo cerca de mi hombro. Tú la verdad es que eres medio complicado ¿no? dijo. Para mí esto no es sino un encuentro, a lo mejor un encuentro curioso, pero no te dispares, temerario. Tú no sabes quién soy yo, cómo soy yo. ¿Acaso te dejas arrastrar tanto por las primeras impresiones? Las primeras impresiones le dije pautan el comienzo de toda saga. Ya estoy iniciado en tu forma de ser y no podría interrumpir el proceso; eso sería como empezar los bosquejos de una tela y dejarla inconclusa. No puedo desterrarme de tus horarios. ¿Desterrarte? ¿Horarios? ¿Pero qué dices? Sí, y mantengo y remantengo lo dicho. Yo aspiro a conocerte bien. Poder cederte mi brazo y saber perdernos por donde los aljibes y espejos de agua esculpen todos los sigilos. Tú como que ves mucha novela, temerario, y como que lo tuyo es la poesía. A mí me encanta la poesía, por cierto contestó Mercedes. ¿Y0? ¿Novela?, qué va. Y lo de poesía me queda grande. Casi todo lo que he escrito lo he destruido. Es que es difícil. Yo asumo la realidad, trato de desbordarla, conjugarla con mis propios verbos, ceñirme a una declinación íntima pero los resultados son, la mayoría de las veces, catastróficos. Todo termina en el cesto de la basura. ¿Y cómo ha sido tu relación con las mujeres? ¿También han terminado en el cesto de la basura? Volvió Mercedes. Eso es diferente. Yo he sido algo enamoradizo. A algunas las he querido desde la sinpalabra, tapiando la cercanía porque no me ha quedado otro remedio, ardiendo en la desesperación. Con otras a lo mejor me aproximé a algún tipo de verdad, a los iconos y códigos que comandan el deseo. Tengo mucho tiempo solo. Pero sigo día a día, continúo la espera, atisbo la llegada de la justificación vital, de la letra que faltaba para enderezar el rumbo. Para poder descifrar el cosmos. Es como vivir sintiéndose vivido. Yo no te he preguntado qué es lo que haces señaló Mercedes. Qué poca consideración detener sin previo aviso ni indemnización alguna este ascenso lícito a mi delirium vitae. Así de fácil. Me bajaba de mis elucubraciones para llevarme a la respuesta obligada, a su respuesta; me haría dirigirme al cadalso. Ni pensarlo. Apenas la conocía y no aprobaría, bajo ningún respecto, intromisiones deliberadas e inescrupulosas a mi círculo de verdades. Difamaría, mentiría, pero dejarme manipular no. ¿Yo?, pero que importancia pueden tener esas referencias? Lo importante es que nos conocemos. Eso crees tú. ¿Cómo puedes pretender que te conozca si no sé nada de ti? ¿Qué haces? Si es que haces algo Repentinamente el bar oscureció por completo. Cesó el Summertime al tiempo que comencé a hurgar en mis recodos. Iba directamente a la hoguera con un Dies Irae, que sonaba desde un repentino frontispicio coronado por la mirada torva de Mercedes que anunciaba mi auto de fe con la complicidad y el regocijo del padre Echeverri. Te hice una pregunta. Ahora, si no me la quieres contestar, están en tu derecho. Perdón Mercedes, me distraje de repente, nuevamente se encendieron las luces y con ellas la música que ahora era un jazz desconocido para mí. Soy un desertor. ¿Desertor? ¿Desertor de qué? De la universidad. Me fui de la escuela de letras después de abofetear a un claretiano. Claro dijo Mercedes. Ya me habían echado el cuento. Por cierto me lo contó un amigo mío, Santiago Dupont, no sé si lo conoces; por supuesto que tienes que conocerlo. Fíjate. Qué coincidencia. Él está aquí, lo vi a la entrada. Si ese cuento es famosísimo. Ese enano pesticida otra vez pensé para mis adentros. La cuestión fue así. Ese día estaba yo muy cargado, ni siquiera me acuerdo por qué. Resulta que el cura estaba dando su clase, fastidiosísima, por cierto, y yo, lógico, qué le iba a estar parando. El cura, Echeverri, así se llama, bueno se llamaba porque ya pasó a mejor vida, me preguntó algo, sí, me preguntó mi opinión sobre las consecuencias que la revolución industrial tuvo a la larga en el crack del 29. Yo le respondí; me acuerdo perfectamente que me levanté del pupitre y, todo circunspecto, le dije que el crack del 29 se había originado o había sido una consecuencia de las pugnas que existían entre los capitalistas mundiales, quienes no llegaban a un acuerdo para la fabricación de los condones de Superman. El cura, con toda la razón del mundo, me insultó hasta más no poder y se abalanzó contra mí y, como yo creí que me iba a golpear, lo abofeteé y desaparecí de clase. Al día siguiente fui a pedirle perdón y luego me retiré de la universidad. Tengo entendido que el pobre cura me perdonó. No sé, es posible que vuelva a clases, con otra actitud, claro. Ya veo contestó ella. Y entre tanto ¿qué? Escribo para revistas. ¿Por qué no pasamos a la mesa? Preguntó Mercedes. La cena transcurrió sin mayores complicaciones. Me dejé de tanta verborrea inútil y estuve hablándole de cuanta cosa se me ocurría y a ella le parecía interesante. Constantemente se reía mientras manejaba con sumo orden cubiertos y servilletas. Se paseaba por comentarios misteriosos sobre su persona. Me habló de su carrera, de su afición por la pintura. Me contó de una amiga suya que también pintaba, pero que lo hacía sólo en las semanas de cuarto menguante. Lo de Mercedes y, casi la cito textualmente, era Malevitch, Magritte y hasta Velásquez. De ellos hacía una rara mezcla: una especie de intertextualidad pero haciendo homenaje a la contemporaneidad. Era lo que llamaba el sentido del gesto romántico de su pintura. No quería ser retórica, creía en una pintura abierta. Decía jugar con ironía con sus colores. Yo seguía sus palabras a la vez fascinado y convencido, como lo estaba, de que me había sacado la lotería citándome con esta desconocida. Al terminar nos levantamos de la mesa y ya en la calle, de espaldas a un pasado reciente de caja de sorpresas, le dije: Es evidente que me ha resultado demasiado gratificante el haberte conocido. Quiero volver a verte. ¿Cómo hacemos? Es evidente que no será posible me dijo y despidiéndose alejó su cuerpo de coqueta gacela hacia la muchedumbre de carros equidistantemente alineados, al tiempo que un dúo atonal de cláxones se abría paso por entre los hormigones y concretos armados que cataban la calle. Perplejo, sin entender nada, me dirigí a mi carro, lo miré con más odio del acostumbrado, lo encendí y oprimí el acelerador hasta perderme en las gargantas atávicas de la noche. 2 A la mañana siguiente desperté urdiendo el santo y seña necesario para olvidarlo todo pero lo que hice, en medio de un carrusel de horas desteñidas, fue pensar y pensar sobre los sucesos de la víspera. Me alarmaba concluir en vacuidades. Pero si yo había dado muestras de simpatía. Tal vez allí estaría la clave: fui demasiado amable. La próxima vez tendría que hacer caso a los musculosos consejos de los amigos del gimnasio, para quienes el éxito con las mujeres residía en el hecho de tratarlas malo, de imponerse sobre ellas y no demostrarles nada hasta estar seguros de que el yugo había funcionado. Claro que esto era una idea suicida. Mis relaciones con los japoneses se limitaban a dos hechos: el primero, una compañera de estudios oriunda habitante de Osaka, con la que compartí clases de inglés en Inglaterra. Lo que me irritaba de ella era que constantemente movía la cabeza afirmativamente, cada vez que le decían algo. El segundo era una cámara fotográfica nipona que Vogelfrei había enterrado en su escondrijo de huesos. Todo ello me llevaba a descartar el kamikaze. También habría que examinar con qué clase de mojigatas tratan estos goliates. Son una red de desmentalizadas, con cerebros trepanados e inteligencias parecidas a la de Carlos II, el Hechizado. Pero eso sí, participan de una estética vigorosa, aunque este hecho comparado con la estupidez que arrastran, como colgajos por las espaciosas avenidas sauditas de los centros comerciales, defraudan cualquier intento de cercanía. Debido a eso, los goliates, sin problema, las podían poner de hinojos a que arrancaran la hierba con sus dientes. Siguiendo un mínimo catálogo teórico, Mercedes no podía pertenecer a aquel egregio grupúsculo de mosquitas muertas. Por lo demás, todo lo que brota de ella es versatilidad pura al cien por cien. Los gorilones se equivocaban de nuevo. Si Mercedes es como una fotografía de CartierBresson. ¿Qué vinculo puede unir a una fotografía de CartierBresson con algunos de esos goliates a los que gigantescas pesas, como ruedas de gandola, han lobotomizado? Aunque lo más certero era que no la volviera a ver, y considerando su actitud grosera al despedirse sin mayores consideraciones, lo sensato era no desperdiciar mi valiosa energía vital. En lo que debía ocuparme era en el artículo para la revista Eidos. Qué artículo ni qué artículo. De momento no estaba para concentrarme en nada. Sus cánones, su forma ininterrumpida de ser, hacían jadear mi conciencia en forma de flash back insistente. ¿Para qué ocultarlo?: Dionisio había vencido a Apolo. Cuando me fijé en el reloj eran casi las dos de la tarde. Me llamó mi abuela para el almuerzo. Bajé tan rápido, como pude, para hacerme un sitio entre la gerontocracia comensal. Éramos cuatro personas en la mesa: abuelo, abuela, una gerente amiga de la abuela y yo. Abuelo, quien estaba de un excelente humor, dio inicio al almuerzo desenfundando la servilleta, al tiempo que su Imperial de Guerlain desparramaba olores confundiéndose con los de los de la sopa. Yo había vivido con ellos desde los cinco años luego de la muerte de mis padres en un accidente aéreo. Mi abuelo, el embajador Lope Nogales, era un hombre lleno de vida; estaba rozando los setenta años y era ordenado, escrupuloso, tenía la elegancia y bonhomía de un caballero y la pulcritud de un boticario. Ya estaba retirado y ocupaba su tiempo libare en asesorar a algunos bufetes de la ciudad y escribir sobare heráldica. Era lo que se conocía como hombre de mundo, condecorado por varias naciones, con amigos en todas partes, obras publicadas y respeto y admiración por todos. En casa teníamos varios perros, tres pointers para ser exacto, cuyos nombres se los había puesto yo y al abuelo le divertían mucho: Vogelfrei, Roboflecto y Juancho Gómez. El abuelo se había empeñado en educarlos, pero resultaron tan brutazos que nunca aprendieron nada. Abuelo fue quien me inició en la literatura. También intentó inculcarme su fanático ateísmo no con muchos resultados obteniendo, eso sí, mi abstinencia de ir a misa y a oficios semejantes. Entre nosotros existía una verdadera amistad; pasábamos largas horas en la biblioteca resguardados por cuadros con escenas de caza, hablando de cuanta cosa se nos ocurriese e inventando bromas pesadas para la abuela. La última que le preparamos nos quedó genial la abuela tenía un té para uno de estos comités de damas pías e inútiles venidas del interior. El abuelo se vistió de obispo y yo de monaguillo asistente. Abandonamos la casa antes de que las tragahostias llegaran. Calculamos la hora y el abuelo tocó el timbre presentándose como el cardenal Angelo Gozzolio del Vaticano y de visita en Venezuela. Las señoras, como no lo conocían, se tragaron la coba y al final repartimos bendiciones, estampitas y hasta hostias que yo le había pedido al cura de la iglesia en nombre de una lisiada. Cuando las damas se fueron, la abuela agarró una furia tal, que estuvo sin hablarle al abuelo durante casi dos meses. Por poco se muere de la rabia. Al día siguiente muchas de las damas llamaron agradeciéndole a la abuela todas las atenciones y preguntando por el simpático de monsignore. Mi abuela les dijo que ya se había ido. Como sucede en estos casos, nadie preguntó por el monaguillo asistente. La abuela desesperaba a todos con sus frivolidades y su cuchicheo social. Yo ni caso le hacía. Por ejemplo, cada vez que alguien llegaba a la casa, la abuela lo examinaba con verdadera curiosidad a ver si se trataba de gente decente. Las veces que no aprobaba a alguien, venía con su incalable cuento de los orígenes familiares. Acuérdate Alvarito que nosotros somos nobles y de los buenos. Por el lado Nogales desciendes de una de las familias más rancias y viejas del país donde ha habido escritores, próceres, presidentes y ministros. Y ministros de aquella época, no como ahora, mijito, que cualquier pataenelsuelo puede ser ministro y se cree del grandaje. Y, por mi lado, desciendes de la grandeza de España. El primer Hurtado de Mendoza que llegó a América fue don García, quien luego de abarre sido virrey del Perú, volvió a España donde murió en 1609. Su hijo, don Pelayo, aunque segundón, quien es del que descendemos, se vino para Venezuela y casó con noble criolla. Además su abuelo, don Andrés, quien también fue virrey del Perú y primer marqués de Cañete, estaba emparentado por el lado materno con el ducado de MedinaSidonia que, no sé si lo sabes Alvarito, es un título nobiliario con grandeza de España de primera clase. Y por el lado Gedler, descendemos de nobles alemanes llegados a América. El propio Libertador tenía el apellido Gedler. El cuento lo repetía, una y otra vez, siempre con un aderezo distinto y con otro noble o prócer de turno. Yo nunca me acostumbraba al fastidio de vivir entre Pelayos y Cañetes. A pesar de que el abuelo escribía sobre heráldica no le interesaban, en lo más mínimo, las explicaciones de la abuela. Consideraba provisto de cierto interés el tema de los orígenes familiares, pero su teoría era que sangre vieja debía renovarse; por ello le agradó tanto que mi padre se casara con mi madre, quien no tenía muertos famosos ni blasones oxidados en su haber. A su edad, mi abuela ocupaba todo su tiempo en la chismografía social y en los juegos de cartas. Los sábados y los domingos, luego de ir sola a misa, organizaba almuerzos familiares ampliados. Cuando terminamos de almorzar y el abuelo y yo nos dirigíamos a conversar, la abuela, jugueteando con sus perlas, me dijo: Casi se me olvidaba Alvarito. Hoy llamó Dolores, la pobre está apenadísima por llamar a última hora pero estuvo intentando durante toda la semana y no se pudo comunicar. Es que tú hablas mucho por teléfono. Me dijo que esta noche había una comida en su casa y que fueras, ya que celebra no sé que asunto, ah sí, su cumpleaños Alvarito. Me imagino que irás ¿no? No voy a ir. Tú sabes muy bien que esa gorda me aburre. Haz el intento Alvarito. No me mortifiques. Bueno, como hoy no tengo nada que hacer, iré. Así de paso aprovecho para conversar con el doctor Elizondo. Aunque si me llama Mercedes, no voy. ¿Mercedes? ¿Mercedes qué Alvarito? Nadie, abuela, nadie. Le relaté a mi abuelo lo de la noche anterior. Cuando finalicé me dijo: No te preocupes. Ya te llamará, estoy seguro. Todas vuelven. De una manera u otra. 3 A las ocho en punto, después de avanzar el adoquinado zaguán del caserón colonial, que ocupaba casi una manzana completa, llegué a la casa de Dolores sin más perspectivas que la de una noche nublada sin estrellas ni cometas Halley. Me encontré con una gran algarabía: tragos, trapos y música. Dolores presentaba el rostro fastidioso de siempre. La saludé y me escabullí hasta el bar, único reservorio de respuestas por el momento. De allí me fui directamente al estudio de Alfredo Elizondo, donde se exiliaba durante las fiestas y comidas de Dolores. Al tocar la puerta recibí el ronco adelante de rigor. El estudio se encontraba dominado por el retrato del general y doctor don Feliciano Elizondo y Pumar, abuelo de Elizondo, ministro de Crespo y luego de Andrade. Alfredo Elizondo se había graduado de abogado ejerciendo la profesión en medio de un éxito desahogado. Pero no era precisamente el derecho lo que hacía de él un ser excepcional. Como exegeta acucioso de la condición humana, hurgaba en la historia, en la literatura y en cuanto panfleto impreso hubiera para encontrar respuesta a cualquier tipo de fenómeno, por más raro que fuera. Diletaba en torno a diversos temas que invariablemente agarraba por moda. Hace unos años su preocupación se centró en el tema de la reforma educativa. Pidió información hasta de Brunei. Tenía formulariostipo de los exámenes de admisión universitarios de una veintena de países, de las leyes de educación de todo un continente e hizo una suerte de ley universal para el mejoramiento de la enseñanza, proyecto que redactó, desesperando a cuantos le rodeaban, y lo envió a la UNESCO, no sin antes abarre dado conferencias y haberse vitoreado a sí mismo por salir en los programas de entrevistas de la televisión. El gobierno avaló su proposición, comisionando a un grupo de notables la preparación de una nueva ley de educación que iría al Congreso, parcialmente inspirada en los postulados de Elizondo. Por aquellos días se hablaba insistentemente del proyecto Elizondo, pero la comisión de notables no llegó a reunirse nunca ni la UNESCO contestó tampoco. Al poco tiempo hasta el mismo Elizondo le había echado tierra al asunto. Recientemente le había dado por el estudio de la obra de Blanco Bombona. Recogió todo cuanto Rufino (así lo llamaba en aquel momento) había publicado y todo lo que sobre él se había escrito. Escribió una monumental obra, Introducción al estudio y comprensión de las obras completas de don Rufino Blanco Bombona. La edición corrió por cuenta de una célebre fundación. Sus obsesiones eran variadas y, según lo que me contara su sobrino últimamente, Elizondo se había centrado en el análisis de yo no sé que tela de algodón. Se suscribió a todas las revistas textiles de Norteamérica, para nada porque después se las regaló a su sastre quién, a su vez, se las mandó al aseo urbano ya que ese revistero lo que iba a traer sería una cucarachamentazón. Como buen gourmet, Elizondo, al enterarse de que alguien se iba de viaje le organizaba toures gastronómicos detallados. Para París, arreglaba lo que denominaba el itinerario Troyat, donde mandaba a la gente a comer en los sitios que aparecían en las novelas del escritor. Por supuesto que nadie, salvo él, llegó nunca a ultimar el calórico paseo. Lo paradójico es que se enteraba y juraba que más nunca recomendaría nada a nadie. El advenimiento del próximo viajero le recordaba las comilonas y reincidía en su logística. Elizondo era amigo de mi abuelo y se pavoneaba frente a mi insoportable abuela diciéndole que él también tenía su marquesado. Íntimamente creo que la detestaba y, con razón, supongo. Pensaba retirarse dentro de poco para dedicarse a ciertos temas que mantenía secretamente ocultos y jerarquizados. Para este propósito, había adquirido una propiedad, un pequeño fundo en los Andes del Táchira al que ningún impertinente iría a importunarlo. Su Bunker estaría listo dentro de poco y ya tenía resuelta la importación de unas vacas holstein para la fabricación de queso de hierbas. Lo encontré echado sobre una mullida poltrona de cuero, con su guayabera sabatina leyendo un libro sobre sociedades teosóficas con atril y todo. Estaba fumando un largo Davidoff y tomando un licor de su propia fabricación. Frente a sí tenía un extraño aparato giratorio, al que distinguía como energeion y servía, según Elizondo, para absorber las cargas energéticas negativas del ambiente que impedían el flujo normal de las ideas. Para mí era simplemente otro de esos armatostes para sorprender incautos. El artefacto estaba medio malo y lo que hacía era pegar corriente si se lo tocaba. Hola doctor Elizondo, ¿cómo le va? le dije al entrar. ¿Qué hay viejo, cómo anda todo? contestó. Vine a saludarlo y a desaparecer de tanto fastidio allá afuera. Estoy de acuerdo contigo. Dolores lo que invita es a una cuerda de vivianes pegostosos. ¿Qué es eso que está leyendo? pregunté. Blavatzky, una vieja bien inaguantable pero hay algo por acá que me interesa ver. Además con esa música de frenéticos no es mucho lo que se puede dormir. Por cierto y ¿Lope cómo está? Bien, bastante bien. le mandó muchos saludos. (Mentira, no me había dicho nada. Lo único que me había recomendado era tener cuidado con un corrientazo del energeion). Elizondo insistió en guardar el Isis sin velo y se emocionó porque me tenía que leer un artículo de la National Geographic sobre las diferencias entre masais y kikuyos en Kenya. Qué pelmazo la verdad. Aunque en justicia reconozco que salí sabiendo algo nuevo. Pero sí me pregunté, sobre la utilidad y el provecho que le podía sacar a las diferencias entre masais y kikuyos en medio de una tranca de la autopista del este. Después de mucho leer y comentar, los corifeos del sarao comenzaron a ensayar las delicadas notas del cumpleaños feliz. Al salir del estudio volví a toparme con el retrato de don Feliciano. Súbitamente caí en cuenta de quien había heredado Elizondo su especial carácter. Don Feliciano Elizondo y Pumar, además de político y políglota, había inventado una máquina para la producción de arepas al por mayor y realizó, de igual forma, una copiosa investigación y experimentación para blanquear negros. De vuelta a la arena del circo (debo confesar agradecido que durante los importantes momentos del soplo de las velitas, no hubo la humillante introducción del Ay qué noche tan preciosa, comí, hablé un rato con varias personas, departí, me despedí y enrumbe mis ánimos hacia casa no sin antes rescatar la imagen insustituible y angustiosa de Mercedes Chávarri. 4 La noche que Mercedes Chávarri enfiló su andante gracioso por entre los estuarios de la gran avenida vislumbró, tan lejos de su acostumbrada bizarría, el haber permitido el usufructo de sus maneras, a medida que erraba a un ritmo más acelerado que el pausado de la normalidad. Mercedes, en un rapto de desconcierto, creyó haber perdido y ganado a la vez (tiempo más tarde iba a recordar esto con verdadera seriedad). No estaba segura (aunque interiormente lo supiera) de lo que había acontecido. Por una parte temía asistir al desmoronamiento de castillo de naipes de su fidedigna reciedumbre. El encuentro con Álvaro la había hechizado, pero no podía admitirlo de modo tan analgésico. No podía jugar a una lotería sin premios. ¿Por qué ponerse a riesgo de abandonarlo todo ante un golpe de dados? Ella había sido siempre una persona estable, sin problemas de confrontación aparente ante la realidad. Tenía su novio (hecho notorio por cierto). Estaba a punto de comprometerse, alianza que suponía el excelente acoplamiento a una espiral ininterrumpida en la cual se había venido desenvolviendo. Demolerlo todo, echarlo todo a la basura por un personaje recién hospedado en su vida. ¿Valía acaso la pena el cambio? Un pálpito de puro morbo le descorchaba el equilibrio. Y todo por un acontecimiento de poca monta. Toda palabrería era inútil para tapiar su desenfado. Reía de alegría y no sabía (¿o sí?) por qué lo hacía. ¿Es que a estas alturas podía permitirse esos lujos? Su novio era tan diferente a lo que Álvaro representaba. Economista de futuro, con todos los diplomas suficientes para justipreciarlo, a poco de convertirse en directivo de un banco, afable, afectuoso, cumplido, de su casa, con bienes materiales suficientes, capaces de garantizar una vida sin contratiempos, promisoria para tener hijos felices y robustos. Ella, sí ella y nadie más que ella, la futura esposa de Julio Mármol Urdaneta, envidiado soltero de treinta años y ex campeón de tenis, no podía jugárselas con un advenedizo Álvaro Nogales a quien había conocido esa noche. Pero las ganas la carcomían de aventura. Mercedes volvió a apurar el paso cuando estaba a pocos metros de su carro, el imperioso deportivo que papi le había obsequiado el año pasado y que Julito le enseñó a manejar. Y, mientras conducía hacia su casa, hizo memoria de cómo había llegado sola al restaurant y cómo se aburría solemnemente hasta que apareció Álvaro para echarle la gran broma de su vida. Al llegar, la madre le dijo que Julio la había llamado como cuatro veces y que, además estaba molesto, porque Mercedes había desaparecido sin dar explicaciones. Mercedes, sencillamente, no le rendía cuentas a nadie porque no jugaba a las subalternas y si de algo celaba era de su libertad, por lo que no hizo el menor caso al comentario. La madre se quitó los lentes y se acomodó de modo vertical en la silla para darle a sus palabras el adecuado sentido matriarcal. Pero niña, ¿dónde estuviste metida? Salí a comer con unas amigas de la universidad. Pero cielo, ¿es que acaso no te acordaste que hoy era el cumpleaños de la mamá de Julito? Tu papá y yo no supimos dónde meternos. Hasta la propia Isabel Cristina llamó para saber si ibas a ir a su casa. En casa de los Mármol no hicieron sino preguntar por ti y el propio Julito, claro, tuvo que inventarte una excusa para quedar bien. Él está hecho una mapanare y con razón, Mercedes Teresa, porque esas cosas no se le hacen a un novio y, menos, en el día del cumpleaños de la mamá. Fíjate que nosotros, que íbamos a ir, ni fuimos de la vergüenza que nos dio. ¿Qué te está pasando Mercedita? Además, traes una cara de susto. Bueno mamá se me olvidó y asunto terminado. No te tengo que repetir lo que tú mejor que nadie sabes, ya que te lo he dicho varias veces: esa señora no es precisamente lo que se diga santa de mi devoción. Siempre con su bendita insistencia de que me case lo más pronto posible porque ella muere por un nieto y esas cosas no van conmigo. ¿Qué voy a saber yo si me caso o no con Julio? ¡Mercedes Chávarri! Pero, ¿qué clase de tonterías estás diciendo? Yo tengo entendido que Julito va a venir a hablar con tu papá para lo del casamiento. No me vengas con locuras de último momento. Tú como que no estabas con ningunas amigas. Mamá, estoy cansada y lo último que me provoca es ponerme a discutir contigo, así que hasta mañana. Mercedes se despidió de su madre y se fue directamente a su cuarto sin pasar siquiera a saludar a su padre a quien vio ocupado en la lectura de unos informes económicos del Banco Central. Qué clase de viernes pensó Mercedes. Llegó a su cuarto deseosa de dormirse rápido, esperanzada de cerrar al día siguiente ese paréntesis extraño que una jugarreta del destino le había propuesto. Claro que nada de esto ocurrió. Ya de cara al espejo, se encontró con que no sólo no tenía sueño, no sólo no le daba la gana de cerrar su paréntesis (¿acaso podía?) sino que la presencia tenaz de aquel temerario hacía recrudecer su rechazo a las convenciones de mujer comprometida. Mercedes examinaba su vida: estudiante aventajada, había sido distinguida con la medalla de oro del colegio de las ursulinas. Incluso aquella foto que tomaron para el anuario del colegio, el día de la graduación, apareció en dimensiones mucho mayores que las de sus compañeras, trayendo la envidia y los comentarios de la nena Mendizábal, a pesar de lo amiga de toda la vida que se decía de Mercedes. Lo único a que se negó en aquella oportunidad, fue a retratarse con la ayuda del ventilador, que hacía aparecer a las graduandas como llegadas a un cast cinematográfico (a pesar de que algunas lo llegaron a pensar). Hablaba correctamente y sin acento, inglés y francés, éste último producto de su estada en el Sacre Coeur de Lausanne. Había tenido una educación esmerada: perfecta damita, conocía los insondables secretos del savoirfaire: cómo servir una mesa, cómo sonreír, como ser discreta, cómo responder, cómo vestirse adecuadamente y para cada ocasión: en fin, todo lo necesario para hacer ver que ella era una auténtica representante de la familia Chavarri que, no en balde, tenía sus blasones y su prosapia muy bien ganada. Pero todo eso le fastidiaba horrores. Si bien seguía la línea principal, amaba los vericuetos de las diagonales. Es decir, desmatematificado, hacer lo que le provocara. Había ingresado a la Escuela de Arte de la Universidad Central ante el desconcierto y la preocupación de sus familiares, quienes veían en esas salvajadas de bohemios, el torbellino de la apostasía y la corrupción social. La verdad es que Mercedes nunca tomó en cuenta los comentarios de su familia: más aún, su difícil carácter impedía a cualquiera soltar opiniones en lo que para ella eran sus cosas privadas. Ante la indiferencia de todos, Mercedes reconocía al arte como su propia vida pero ni siquiera Julio le prestaba la debida atención. Por otra parte, Julio Mármol creía fervientemente que cuando se casaran, Mercedes se olvidaría de todas esas supercherías de mujer liberada y se consagraría de cuerpo y alma a su hogar. Julio la había conocido en un baile de su hermana menor con quien Mercedes se había graduado. A Mercedes, Julio le pareció buenmozo, simpático y ayudado por los cumplidos de perfecto caballero que había puesto en práctica, fue paulatinamente interesándose en él, hasta que aquel día (hacía casi tres años de eso), cuando salieron a bailar (se habían dado ya cuatro salida al cine, dos salidas a comer, tres almuerzos en la piscina del Country, cinco visitas de calientasofá, tres meriendas y quince llamadas interdiarias en el plazo de un mes y medio) ella decidió aceptarlo, beneficiándole a él la idea que tuvo de enviarle el aparatoso e inmenso ramo de rosas rojas y el perfume importado de Bill Blass. Esa noche Julito decidió celebrar con champaña y le prometió a Mercedes un porvenir de película, esperando tener dos vigorosos varones, que serían ingenieros como su abuelo y tres graciosas, delicadas niñitas, que estudiarían naturalmente, con las ursulinas. Pero los gustos y actitudes de ambos no resistían un careo. A Julio, las versatilidades de Mercedes le parecían producto de la generalizada ociosidad femenina. Lo peor era que ella se daba cuenta y presumía que, tarde o temprano, habría que desenmascarar la comedia. Mercedes no se atrevía. Mercedes seguía recapitulando: Mercedes con Julio en la fiesta de graduación, Mercedes con Julio en Le Club el día de la declaración, Mercedes viendo los partidos de tenis de Julito, Mercedes con Julio en Los Roques, Mercedes con Julito en el matrimonio de una de las morochitas Peralta (horribles por cierto), Mercedes besando a Julito en el aeropuerto. Y, súbitamente, como depurado de un filtro mágico, el recuerdo reciente de un par de horas del flaco y paliducho Nogales desbancándola e instruyendo con perspicacia. Por cierto que Mercedes disfrutaba, gozaba un mundo en el más puritano epater le bourgeois, llevando a su casa a una serie de estrafalarios compañeros de universidad, teniecitas contestatarios, con algunos de los cuales Mercedes había colaborado en una revista de corte obreristamaoístaluxemburguista, hasta que fue expulsada de la misma por sorprendérsela comprando un vestido de Húngaro. Eran los tiempos primerizos de la universidad cuando le había dado por la nota social. No obstante la expulsión, Mercedes continuó tratándolos y los invitaba a su casa para que disfrutaran opulentamente de la gorronería. A la célula, como cariñosamente los llamaba Mercedes, el ingeniero Chavarri apenas si dispensaba algo parecido a un saludo. Julito ni siquiera llegaba a eso. Para el ingeniero Chavarri eran marginales bajo todo punto de vista y ansiaba que llegara el día en que Mercedes se casara para verla librada de tanto esperpento. Con respecto a la pintura de su hija, en silencio opinaba que aquello no era sino una burla a todo tipo de inteligencia. Pero no se atrevía a decirlo frente a Mercedes, cuya forma de ser no cabe duda que temía. Mercedes insistía en su alquimia aunque su piedra filosofal no se hallara entre su pasado allanado. Esa noche había intuido lo cobarde que venía siendo: su peculiar certeza de la medianoche le indicaba que no estaba enamorada de Julio y no quería sepultarse en esa inercia lúdica. Pero, ¿qué hacer? Ponerle el cascabel al gato, volcar todo de un solo tironabretesésamo, hacer caso al aviso de la temeridad (Temeridad: Fem. Acción temeraria/Juicio temerario/. Temerario: Adj. Inconsiderado, imprudente, arrojado en demasía/Infundado). No, debía tener mesura o algún tipo de cordura. Aguardaría a ver el panorama con una mayor certeza. No vería a Julio de momento. Que pensara lo que le diera la gana. Allá él. En cuanto al caso Nogales, había tomado la previsión de guardar el papelito con el número telefónico. Para mayor seguridad lo había memorizado y era paradójico pensaba que una sumatoria de números pudiera abrir el cerrojo de lo inimaginable. Lo había doblado con esmero, depositándolo en la cajita de nácar donde reposaban cuestiones de seriedad. Mercedes se sumergió entre las amerengadas sábanas de la cama de bronce. Enfrente suyo colgaba el Portinari que la tía Gertrudis le había regalado cuando Mercedes llegó de Suiza. En él se extraviaba para olvidarse de todo y esa noche se sorprendió de no poder hacerlo. Debajo del cuadro y, sobre la mesa que había sido de su abuela, había un ramo de gardenias que Julito le había mandado la mañana anterior con una inscripción que ahora le parecía ridícula: «Para la novia más linda del mundo». Lo que definitivamente la irritó fue que la dedicatoria de las flores la hubiese escrito Julio con su impresora Apple. La Mac querida era otra. Mercedes tomó una determinación: iría a conversar tan pronto como pudiera con la tía Gertrudis. Sólo la tía Gertrudis sería capaz de escucharla tal y como ella lo sabía hacer. Iría a socorrerse con la tía para desanudar ese singular lazo que la deportaba de sus cánones de Policleto. Antes de apagar la apocada luz de la lámpara, Mercedes retomó la divertida figura de Álvaro cuando le preguntaba si era ella. Mercedes se sonrojó. Hacía mucho tiempo que nadie la descubría con estrepitosa ansiedad melancólica. 5 Una semana y seguía diagramando el cálculo numérico del universo con la secreta dicha de estar volcando toda suerte de empresa con este dejo de manía persecutoria inmisericorde. Me estaba convirtiendo en un ciclotímico, amparado en todas las visiones de idiota que hasta las cosas más elementales me deparaban. Una semana y había bajado al Hades sin ni siquiera toparme con mi EuridiceMercedes y, para colmo de males, ni demiurgos o demonios imaginarios vinieron a molestarme. Euridice dov´e, Mercedes dov´e, Giunge Euridice, Sparisce Mercedes. Y el Hades era simplemente este reducto de oficina vieja, con escritorio incoloro, gris incoloro donde en las noches de viva perspicacia desprendía a patadas e insultos, ambicionando luces de reflector triangular, la verdad soterrada de mi mente insípida, con rasgos ciudadanos como una fila de electores. Aquí estoy, referencia definitiva, sin más perspectiva que la de un avión de papel que circula vanamente por entre un aire vencido y yo con el recuerdo vacilante (como estampa de almanaque), de una aparición repentina que amenaza aparición repentina que amenaza con evaporarse. La tarde sin atuendos ni oropeles, jardines sin gritos y el teléfono inmóvil como sustraído de todo tiempo. Abro las gavetas y trato de acomodar objetos diseminados como si ese ejercicio de orden me fuese a llevar a la militarización de mis mesnadas emocionales. Aquí están las tijeras de Lautremont, papel en resma, fotos viejas y curiosas barajas que se han colado en este presente automático, sin más explicación que un azar instantáneo como el del viernes. Qué curiosa fotografía. Estamos todos: abuelo, abuela, padre, madre e hijo. Recuerdo vagamente ese día (los detalles posteriores han sido agregados por el abuelo). Abuelo me contó que ese día habíamos ido al aeropuerto y nos sentamos en el restaurant y ellos habían brindado por el viaje y mi madre me había dicho que me portara bien con los abuelos. Y mi madre hablaba de lo estupendo que resultaría el viaje. Todos reían, todos hablaban, yo escuchaba, yo reía, yo no entendía nada. Pues bien, imagen perfecta, congelada, grupo familiar contento. Yo, entre mi padre y mi madre, haciendo más caso al carrito japonés recién comprado. Abuelo gentil, abuela con mirada seca. Todo iba bien cuando me abrazaron y me dijeron que papi te traería un avión grandote y te lo señalaba en la ventana y mamá estaba triste porque te dejaba y tú la mirabas sin comprender y abuelo te cargaba y tú le decías adiós a mamá, mami te quiero, papi mi avión. Todo iba bien, la mañana era azul y París era esa ciudad de azúcar donde papi y mami te comprarían el avión. Todo era una golosina gigante, las tiendas estaban repletas de caramelos, el mundo era una gran torta de mantecado. Tú mirabas los libros que te habían regalado, donde aparecían bosques enormes con turrones y tartas que se desprendían de los árboles, con bancos, sillas y casas de chocolate donde los pájaros silbaban entre ríos de pepsicola y el mundo era una gran película de dibujos animados donde la gente entraba a un autobús y el tráfico se detenía. Todos bailaban acomodándose a la perfecta coreografía de heroínas y héroes. Oh sweet mystery of life at last I found thee. Ah I know al last the secrets of her heart. Todo iba bien, yo cantaba, bailaba, piloteaba el avión gigante con aires de París y parque de galletas, Alvarito, tenemos que decirte algo. Recuerdo a la abuela con los ojos hinchados y rojos. Y el abuelo te tomó de la mano y te abrazó sin decirte nada. Y tu creías, mejor dicho tú no sabías que decir. Y la abuela te lo dijo. Y tu no hablabas y la abuela no te soltaba, te besaba, te abrazaba. Alvarito, papi y mami no volverán. Se fueron lejos. Y tú empezaste. Tú sabías que se habían muerto porque la muerte la conocen los niños. Y te llevaron ese día con ese chaparrón, con todos vestidos de negro, con todos encarados de liturgia y largas agonías. Y la gente lloraba y tú los mirabas, mirabas sus caras de luto cargado, de incienso y de mirra, de salmo y de polvo, de letanía y de púrpura, de cruz y de rosa. Tú los mirabas y mirabas como hundían esas dos cajas de caoba en la tierra (tú sabías que había adentro), y el cura levantaba su voz de imprecación y de báculo y te señalaba. Todo el mundo te había señalado y de repente comenzaste a llorar, porque te diste cuenta que los árboles no tenían helados, que las carreteras no eran de mazapán, que tu avión no llegaría nunca, que no había sino hojas secas y manzanas huérfanas a tu alrededor y la aparente brisa de la tarde huía por los sauces, con tus ecos disparatados, con tus fotos, con tus hieráticos papeles arremolinados por el viento a tu Concorde improvisado de papel. La tarde huía con tu ocio, con tu hastío, con tus viejas barajas españolas, con el andar tránsfuga del rostro de Mercedes. 6 Mercedes distinguió el alba bañándole las pestañas y emprendió el asalto a la mañana, como si ese prólogo de tempranera audacia resultara la cuota inicial de un impensado periplo de azares. Mercedes concluyó que debía acicalarse del modo digno de estas clarividencias. Bebió el lápiz labial, se sumergió en los coloretes, se retrató en las sombras, se embarcó en los delineadores, naufragó entre los afeites, flotó entre las fragancias, reposó entre los talcos y alcanzó a entrever que su sonrisa era de almizcle cuando, por penúltima vez antes de salir, se transfiguró en el rincón oriental del espejo que no solía mentirle y que, como en los sueños, le usurpaba y le devolvía a la imagen. Mercedes tomó un lápiz y estampo con grafito seguro el mensaje a su madre: Me voy donde Gertrudis. Estaré todo el día fuera Cariños, Mercedes Mercedes conocía la efectividad de ese papel solitario. No sólo no tendría respuesta sino que nadie iría a incomodarla allá. Por lo demás, la distancia familiar con la tía Gertrudis excluía cualquier tentativa de llamada. Así, Mercedes, con su sosegado aspecto de las nueve de la mañana, empolvada en su plantío de organizas y con el vestido de rosas meridionales, enrumbó nuevamente su andante gracioso sin hacer caso del viento empeñado en despeinarla. Gertrudis presagió la importancia de la visita al fisgar de reojo que Mercedes abría las lentas verjas de hierro que enseñoreaban la entrada de la casa. Las visitas importantes nunca se anuncian y, en el caso de su sobrina, había siempre una indeleble señal de improvisación cada vez que se trataba de problemas reales. La tía Gertrudis se había mantenido semiapartada de su familia. Ella pertenecía a ese primerizo grupo de mujeres signado por los rasgos de la vocación por el arte. Artista de siempre, decidió marcharse a Paris a escudriñar en los largos bulevares y estrechos cafés, sensaciones que no se hallaban en los bailes caraqueños de los cincuenta, donde toda audacia del porvenir residía en los definidos espacios de un carnet de baile. Y, mientras sus compañeras del San José de Tarbes habían organizado sus inquietudes con la repetición de alguno de los nombres de los engominados copetones en el carnet, Gertrudis renunció a ese orden de cosas y fue a encontrarse con la vida que le gritaba a altas voces desde ultramar. A toda la familia aquello le pareció una locura, con excepción de su padre, único acompañante de Gertrudis en el viaje hasta Maiquetía donde las generosas alas del Super Constellation la asomaron al albur. Gertrudis vivió por más de quince años en París, recibiendo las anuales visitas de su padre con quien solía caminar por St. Germain des Prés y el Trocadero, resucitando las nostalgias de un tiempo suramericano aparentemente lejano pero realmente prolijo. Gertrudis regresó a Caracas ante la muerte del padre y resolvió quedarse a vivir en las afueras de la ciudad, entre montañas de neblina, donde con el tiempo despejado se podía ver el mar y Gertrudis rememoró la mañana cuando su padre (qué cercano se le hacía el traje de dril blanco con sombrero de Panamá), la llevó cerca del mar a que emprendiera la aventura del vivir. La tía había regresado con un acompañante, Maurice Giresse, lingüista y filólogo quien veía los derredores más por Franz Bopp o Bally que por la cotidianeidad. Era obvio que Gertrudis no se había casado por aquello de que lo de Napoleón y su código, sus timbres fiscales y sus papeles oficiales no le iba bien. Este hecho contribuyó, aún más, a alejar a Gertrudis de su familia para quienes el licencioso concubinato (expresión de ellos), nunca se había visto en la familia. La madre de Mercedes era su hermana y es posible que no se hubiesen hablado en dos años cuando ambas se toparon frente a frente en una fiesta y no tuvieron más remedio que prometerse que la una llamaría a la otra, aunque saltaba a la vista que la usa sabría que no llamaría a la otra y la otra que no llamaría a la una. Pero esos modos de ser familiares no habían ensombrecido a Gertrudis quien por sus ojos de océano (en cada uno de los cuales había un mundo tras otro y así hasta la eternidad o algo parecido), definía los recodos, las rinconadas, los cubos y miraba a su pintura, a Maurice, se miraba a sí misma, miraba a Mercedes quien le estaba poniendo su mano sobre el hombro. Mercedita qué sorpresa. Cómo no llamaste supongo que será algo medio serio ¿no? Sí, ¿cómo estás? Me hacía falta verte porque necesito hablarte de cosas importantes Suena como grave, seriesote Merce. Pero ven, dame otro beso y vamos para que saludes a Maurice. La marmota estudiosa está, para variar, en la biblioteca. Pero ¿qué tienes allí? Mercedes había recogido del buzón un sobre con el membrete del Instituto Curtius de Ginebra dirigido a Maurice. Ven, entrégaselo tú misma. La biblioteca era de dos pisos y no sería exagerado afirmar que tenía por lo menos diez mil volúmenes jerárquicamente ubicados por la mente de un geómetra, lo que vale decir un lingüista. Había de todo allí y para un novel visitante el presenciar eso equivaldría a estar en la biblioteca de Cluny o en la mismísima de Alejandría. Estaban los títulos más recónditos y evidentes: desde Beda el Venerable hasta Robert Frost. Maurice estaba sentado en su escritorio del piso superior con su inmutable parecer de anticuario que examina una pieza importante. Sedentario, con su honesta calva y sus lentes, más bien espejuelos por donde el mundo se deslizaba, acaso debido, como él mismo gustaba decir a la manera de Averroes, emanado de Dios. Seguía allí delante de un biombo que no servía ni para adorno, con sus luengas barbas, haciendo círculos perfectos con el humo de la pipa que serpenteaba entre los incunables. Maurice reaccionó al oír los claros de garganta melodiosos que Gertrudis hizo para sacarlo de su aislamiento. A Maurice se le alegró la cara cuando cayó en cuenta de que se trataba de Mercedes. Rápidamente renunció a cualquier actividad y apresurado bajó las escaleras que marcaban las fronteras de dos grados de la actividad humana: la contemplativa y la especulativa. Mercedes jolie, qué bueno que viniste a visitarnos. ¿Qué me cuentas ma petite? Hace tiempo que nadie viene, ni el courrier. Hola marmota. Tu correo sí vino. Esto lo recogí al entrar. Maurice se engastó los espejuelos y, como a un niño al que le han mostrado el juguete favorito, desfiguró sin contemplaciones el sobre, reduciéndolo a restos de papel sobre el piso. Tomando el libro que venía en el paquete, miró a Gertrudis con regocijo. Lo estaba esperando hace un par de meses. Es el libro póstumo de Jakobson. Pero, allez, vamos a hablar un rato con Mercedes. Mercedes, quien quería hablar directamente con la tía Gertrudis, sintió que se estaba interrumpiendo la perfecta sucesión de hechos necesarios, pero en medio de su rapto de egoísmo supo también deducir que pronto Maurice las dejaría solas para ir a vérselas con aquella golosina transoceánica. Así sucedió: media hora después de haberse sentado a conversar (tiempo en el cual Mercedes estuvo evadiendo todas las preguntas que la marmota le hizo sobre «Jules»), Maurice se levantó arguyendo que vendría enseguida, hecho que no se consumó sino hasta pasadas tres horas, cuando los olores inaplazables del almuerzo lo regresaron a la mesa. Gertrudis la tomó de la mano y tatuó de miradas azules el iris verdemar de los ojos de Mercedes. A ver, ¿de qué se trata? le dijo y acomodó los canapés y la botella de vino blanco de Alsacia para que la conversión fluyera libremente y sin atropellos. Con las dos primeras copas el diálogo no tardó en ser íntimo. Mercedes sonrió, mezclando sensaciones de alegría y de nostalgia. Comenzó a hablar. Pausadamente, con su elegancia tan propia. Sabes, es que estoy harta de lo que me rodea, de lo que he venido fingiendo. He estado engañada y a conciencia. Yo no creo que deba seguir llevando las cosas como un puentecito de hadas donde la princesa encantada es rescatada por su príncipe azul para casarse con un festín de perdices. Eso está bueno para las que crean en las revistas del corazón. Pero no para mí. Tú te has fijado que nadie habla nunca de lo que pasa después de las comilonas de perdices. Lo cumbre de todo es que estoy en un ,mundo sin contradicciones, en una especie de cajita de cristal donde pretenden que la única llave la cargue Julio. Y no aguanto más, renuncio. Este Julio. ¿Qué quieres que te diga? No soporto vida programada con libreto ajeno. Yo no nací para ser la perfecta esposa del esposo perfecto. Y no, definitivamente chao con Julio y con todas sus almidonadas convenciones. Tú te puedes imaginar que a Julio le ha importado un pepino la exposición que estoy tratando de hacer. También hay otro asunto: es que he conocido a alguien y ha despertado algo, no sé qué es lo que es, pero hay algo. Y lo peor es la forma como lo conocí. Ni te lo figuras, fue por teléfono la cosa y después me citó en el. Qué emoción. Como en las películas. Pero volviendo: no es que haya estado viviendo en la mentira; ¡uf! Además eso suena tan a frase de telenovela. Pero sí ha sido más o menos una tarjeta Hello Kitty o una postal de Navidad. Y creo que está bueno. Lo primero es salir de Julio. No me importa quedar mal con él. Y mi papá y mi mamá que empiecen a inventar excusas. No me importa. Yo siempre he reído en ti. En parte porque es inevitable que me vea reflejada en ti. Tú y yo nos parecemos, tenemos formas de ser parecidas. Claro que hemos vivido tiempos diferentes. Yo tuve que luchar para convencer, para hacerme un sitio. Y no fue fácil. Empezando por mi familia que nunca entendió lo que yo hacía. Tú, sin embargo, has tenido la suerte de haber nacido ya con otra época, o más bien creciste con otra época. Que si estás descontenta con lo que te rodea, bueno, tú eres lo suficientemente inteligente como para escoger lo que te conviene. Pero no tomes decisiones que no hayas pensado lo suficiente. Tú crees que yo me voy a dejar llevar por la pura irracionalidad. No, no es eso, lo que trato de decirte es que reflexiones más y sin irte de bruces. Bueno tía, te cuento en detalle lo del otro día. Resulta que la semana pasada estaba llamando a un fulano que mi iba a conseguir unas entradas y parece que el teléfono que me anotaron era otro, o sea, no era el de la persona de las entradas. Marco yo el teléfono y me sale alguien (que es con quien salí), tal vez un poco rebuscado, eso sí, y así, como si nada me busca conversación y me invita a salir ese viernes. A mi me pareció medio raro aquello y te lo juro que no sé cómo fui. Pero tú conoces lo salida que soy para esos misterios. Me aparecí en el Coq D´Or, por cierto ¿sabes quien estaba? Santiaguito, el hermano de Carmen Rosa, que te mandó muchos saludos, sigo, me aparezco y me fui para la barra. El niño este llegó tarde, como quince minutos o veinte, no me acuerdo. En medio de todo yo estaba contenta. Julio es insoportablemente puntual. Pues este que te conté se llama Álvaro, Álvaro Nogales. Es de verdad diferente, se le ve por encima. A mí me tiene entusiasmada. Al final creo que metí la pata porque le hice una antipatía: me pidió el teléfono y yo le dije que no y me fui. Bueno, tal vez hice lo mejor. Él no tiene mi número pero yo sí tengo el suyo. ¿Qué te parece todo esto? A mí, Julito me ha caído siempre bien, pero no lo veo para ti. Es buena gente, pero mija, le falta salero. Yo nunca te comenté que ustedes no pegaran porque uno no se debe meter en esas cosas. Sí, yo lo sé. Pero es que uno se pasa la vida pensando que las cosas van a cambiar, que todo dará un vuelco y, mentira, cuando uno se empeña en ser de una manera no hay forma de que sea diferente. Para mí ha llegado un momento decisivo. Sobre tu amigo, el nuevo, Américo, Alfredo, Álvaro, sí Álvaro, lo único que se me ocurre es que le des rienda suelta a tu imaginación. Enjaula a Descartes y no esperes grandes milagros. Sí, pero qué demencia: le dije que no nos veríamos más. Ya me las arreglaré. Gertrudis sonrió, realmente se rió. Es que no me imagino a tu papá y a tu mamá. Se van a quedar infartados con lo de Julito. Vas a tener que decírselo con anestesia. Tu mamá me preocupa más, porque tu papá va a estar malhumorado unos días y después se le va a pasar todo. No le vayas a contar nada a Maurice todavía. Mira que él le tiene mucho cariño a Julito. Si te cuento que la semana pasada le vino a traer unas botellas de cognac. Es que además se va a poner a hacer paralelismos con alguna historia oxidada de lingüísticas y la verdad sería fastidiosísimo almorzar con los despechos de los Saussures del mundo. Y, ahora, vamos acompáñame a la cocina. La tarde comenzó a caer con las vivencias arremolinadas del almuerzo. La tarde comenzó a caer con las risotadas de Maurice, con el mantel de cuadros rojos, con las manos de Gertrudis. La tarde comenzó a caer con las vituallas, con la sobremesa cómplice de la marmota. La tarde se transfiguró en los abrazos de despedida, de bienvenida. Y se cumplió el rito de un día más, de una mañana y una tarde más que se alejaban, que permanecían. Llamaré a Álvaro. No sé si hoy. No sé si mañana, no sé cuando se dijo Mercedes al tiempo que sus labios rescataban la canción de Serrat: De vez en cuando la vida nos besa en la boca. De vez en cuando la vida nos besa en la boca volvió a repetirse mientras bajaba cuesta abajo por el decorado crepuscular de la carretera, por la sinfonía de pinos de la montaña madre. Mercedes aceleró briosa el deportivo para trasegar sus tiempos en los tiempos de la noche anunciada. Para esparcir sus cadencias, sus cantos de luna metálica. 7 La tarde era incierta. Uno de estos apócrifos atardeceres de los que no se sospecha con claridad si son grises o acolorados. Había llovido sin cesar y, detrás de aquellas formas lluvianas, pendía la sensación del vacío. Mercedes se expandía en la presencia del chaparrón de la tarde, que la hizo encapotar el deportivo para esquivar las grandes gotas de lluvia que llegaron a formar pequeños lagos, improvisados golfos y acústicas olas, porque aquí las alcantarillas y los sistemas de drenaje han ofrecido a los ingenieros del asfalto la posibilidad de conjurar tormentas tropicales, torbellinos y remolinos de líquido por entre los viandantes y los coches. Sorteando peatones que jugaban a deslizarse entre las cataratas y las cascadas (aquí nunca se lleva paraguas), escuchando palabras inertes y señales de locutores, Mercedes pensó que era hora de comunicarse con Álvaro. Entre la presagiada vida feliz con gaseosas transnacionales y qué suave es el mundo de Belmont; entre la dulce esperanza verdelorquiana del semáforo y París al alcance de su mano con Air France, Mercedes se dispuso a jugar con los albures. Hacía algún tiempo que había escampado cuando llegó a su casa, pero en Mercedes seguía lloviendo y a cántaros. Cerró la pesada puerta colonial de su casa y, con prisa, subió hasta su cuarto para toparse irremediablemente con la cajita que aguardaba su decisión. No se sabe para qué tomó el papelito con el número. De hecho, se lo sabía de memoria y constantemente se lo vivía recordando. Pero con ello, quién sabe, seguiría un fidedigno ritual, ensayado o imaginado paso por paso, minuto a minuto. Acendrada y quieta sus deseos la colmaban, la rodeaban, la regocijaban. Vio el nueve, el siete, el ocho, el dos, el cuatro y cualquier otra cifra, otra de sus obsesivas numerologías que, por prodigio cabalístico, se le hubiese ocurrido enumerar. Mercedes reparó en el agudo estatismo sonoro con el que comenzaba su ofrenda. Discó y pulsó el trote brioso de sus ventrículos y arterias, de sus venas, que se perdían entre el aliento mentolado, con su siempre alborotado cabello de finales de la tarde. Nueve, siete, ocho, dos, cuatro, nueve. Siete números, siete el número mágico; Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó, siete notas musicales, siete plagas de Egipto, siete las maravillas del mundo; perdonarás setenta veces siete. Siete de la noche casi. No, no se trata de esas cartas humorísticas donde la imaginación corre al paso del desenfado. Soy yo, soy Álvaro quien te escribe desde este rincón iluminado con recuerdo y ausencia desmedida. Soy yo, y en un arranque de respiración inhabitada te sigo y te busco más allá del mar, más allá de las avenidas, de las líneas aéreas; más allá de los aeródromos y los recursos postales. Suena Bernstein con su ritmo de ghetto latino donde Montescos y Capuletos de los barrios neoyorquinos blanden cuchillos y danzas de la muerte. Soy yo, soy Álvaro, desmantelado de sueños porque tú me los secuestraste en aquel instante de la despedida. No sé qué decirte porque el recuerdo me asfixia como el ansia de verte, de estrecharte por vez primera. Estoy aquí, sonámbulo en esta biblioteca en la que he recapitulado como siempre, en medio de estos libros que no resisten seguir atendiendo mi caminar nervioso, mi pugilato con las sombras, ni andar imitando tus maneras, tus sudores de Chanel y Balenciaga. Tus ecos memorables, tus pasos perdidos en la calle que se hizo inhóspita; no sé que decirte porque no te conozco sino de miradas, de búsquedas camuflajeadas, de diálogos inconclusos que pudieron ser y que ignoro si serán. Hola Mercedes, Mercedes Teresa, Mercedes Chávarri. Tal vez le dé esta carta a algún desconocido para que la empeñe a una honesta esquina de la ciudad, en cualquier recodo de un parque o bajo el tronco generoso de los árboles. De tus árboles y tú la descubras y las leas y sepas que soy yo quien te notifica desde la sinrazón, el destiempo, el desamor. No sé donde están, como si ese detalle, fortuito episodio, reuniera los guijarros despedazados, las huellas de ti, tus partes congestionadas, tu voz del viernes, tu sonido nutriente. Estoy solo, flotando como en Cubagua. Iban casi sin gobierno al amor del agua. Sigo solo, escuchando un desteñido repiqueteo de campanas imaginarias. Ven, ven Mercedes. Seremos dueños de la noche y te coronaré entre autopistas de sauces y bailaremos hasta la fatiga y hurgaré por entre tus labios. Me silenciaré con tu saliva ácida o dulce mientras roce tus rodillas. En ese momento podré deducir la simetría de tus pies y la inclinación rectilínea de tus uñas. Ven, que tengo los ojos cansados de imaginarte. La noche está reventando con tus actos inocentes. No me dejes aquí entre fluorescencias huecas. No sé qué hago, no sé que escribo. El teléfono sonó una vez, dos veces, tres. Álvaro se dio cuenta que volvía a sonar (¿será esta vez?). ¿Qué es esto de escribir cartas sin respuestas? Álvaro tomó la carta. La arrugó, la despedazó, la desvencijó. ¿Qué estoy haciendo? Me parezco a estos subnormales que escriben para sí. Generación de poetas de probeta. Talleres literarios. Talleres mecánicos. El carburador me falla. El teléfono vuelve a sonar: quinto ring. ¿Es que nadie en esta casa piensa atender? Seis veces, seis el número de la bestia. Siete. Aló. Hola Álvaro. ¿Quién es? Es Mercedes. Mercedes. Mercedes. Mercedes Teresa. ¿No me vas a saludar Álvaro? Sí claro. Hola qué hay cómo estás cómo te va cómo te ha ido buenas tardes buenas noches qué tal. Te llamaba para que no pensaras que, por mi forma de irme el otro día, lo habías pasado mal o me habías caído mal. Nada de eso. Lo del otro día fue un impulso. Sí, la verdad es que ni chance me diste para nada aquel día, aquella noche. De la noche venimos y hacia la noche vamos. Bueno, para que veas. A veces soy maleducada pero siempre supe que no perderíamos el contacto. Contacto cercano del tercer tipo. Sigo sorprendido Mercedes. ¡Fuera de aquí Juancho Gómez y Vogelfrei! ¿Pero qué estás diciendo? Nada, son los perros de aquí. ¿Cómo has estado? El otro día estuve en una comida y escuché que estaban hablando de ti. ¿Tú vas a hacer una exposición de verdad? Sí, pero ni siquiera sé cuando. ¿Estás resentido conmigo Álvaro? Qué va. Claro que sí; no, no, lo importante es que ahora estamos hablando. Además te llamaba para que nos viéramos mañana. Si es que puedes, claro. Donde tú quieras. Perfecto. Es a una reunión en casa de unas amigas, las Mendizábal. Si te provoca, porque si no, hacemos cualquier otra cosa. Y mi deseo crecerá como crecen las... Sí, sí voy, ¿cómo hacemos? Ven a buscarme. Anota por favor la dirección. Es facilísimo: es en la principal de la Castellana, cerca del semáforo. Álvaro tomó con precisión exacta toda nota, toda referencia, toda línea, todo círculo o triángulo que lo llevaría a la casa de Mercedes. A la casa de Mercedes. Ya sabes Álvaro. Mañana a las ocho. Yo estaré en la puerta. Pero, ¿me invitarás a entrar? No, eso puede ser otro día más bien. Bueno Álvaro te espero mañana. Me gustó mucho hablar contigo. Adiós Mercedes. Mercedes Teresa. Mercedes Chavarri, estudiante de arte. 8 Ya poseo todas las horas de los tiempos de Mercedes. Sé, por su llamada, que tramonto el azar (quizás también cabalgo por los montes y lechos de Mercedes enjaezado a su respiración) y he de fundirme, he de acoplarme sin hacer caso a oráculos, a sombras o a endriagos que me niegan la risa a sus rítmicas caderas de gacela y sus acolchados labios de terrón de azúcar. La he pensado, la he seguido tardo y taciturnamente por las impenetrables avenidas al quedar secuestrado por algún rostro generoso. ¿Cuántas veces me pude topar con ella? ¿Cuántas veces pude encontrármela en cualquier banco, en cualquier silla de los interminables bulevares donde he paseado, como a un pesado fardo, esta sinrazón de traspiés ciudadanos. ¿Cuántas veces en innumerables fiestas miré con castigada envidia a algún conocido que recorría con su mano impúdica la espalda abierta de la mujer que lo acompañaba? Y yo seguía su trazado por lunares, por pecas, por todas las tangibles laderas y vertientes de la gran cumbre opulenta de piel que me estaba vedada. Y de vuelta al cristal, through the lookingglass, con la excusa del sanitario, chocaba con mi rostro despoblado, con mis manos de humo y cigarrillo. Cuántas veces no regresé a mi casa repitiéndome mis discursos aprendidos, mi carromato de frases analíticas mientras adhería a mis bolsillos el número telefónico, anotado en una caja de fósforos, en una servilleta, en mis ostentosas tarjetas de presentación con barroca cursiva. Cuántas veces no permanecí embalsamado en mi carroza de ideas con mi verbena de comentarios: No hay tensión vital en Unamuno. El gran barroco está en América. Claudel es un poeta olvidado. ¿La flauta mágica? Prefiero a Ginastera. Picón Salas llama a Maricastaña la diosa femenina del tiempo. Don Juan de Austria ha debido ser rey. La posmodernidad es un concepto endeble. Me quedo con las gypnopedias de Satie. cuántas veces no habré cargado con mi maleta de vendedor de frases en las fiestas de Caracas Caracas es la ciudad de las mil fiestas con mis eventuales números de teléfono aherrojados luego al voluminoso libreto de guarismos: Llámame, te voy a presentar a mi papá le que le encantará hablar contigo (A mí que diablos me interesaba su papá) Sí, claro que me gusta el cine pero tú sabes, para divertirme no para enrollarme (¿Qué tiene que ver Visconti con Ghostbusters?) La música, ¿clásica? bueno sí pero depende del momento y de la canción (Canción, momento. Cómo si Brahms o Stravinsky hubiesen compuesto para el hit parade) Ese día fuimos un grupo bastante nota, éramos como cuatro parejas pero nada que ver (Nada que ver ==fórmula mágica para inexpresarse) Sí, estoy tan interesada en aprender, me encanta una galería, una película rara (Repetición a petición de Pygmalion) Yo escribo para mí pero cuando estoy medio depre (Deprimente) El Mercedes de mi papá se lo pidieron para una propaganda (La chatarra mía me la pidieron para una chivera) ¿Has leído a Bachelard Álvaro? (Acuariana típica, psicópata ocasional) Gracias por las flores Álvaro, perdona que no te haya contestado la llamada (Flor era ella, flor se llamaba) Me encantó tu poema, tiene mensaje (Publicitario? ¿Subliminal?) Por supuesto que quiero salir contigo pero se me presentó un complicado problema personal que no te puedo explicar (¿Y la cantante calva? Se peina siempre del mismo lado) Yo sé que me hablaste claro pero es que tú eres muy apresurado y yo te veo nada más como un buen amigo (Gran accidente de aviación, único pasajero Álvaro Nogales milagrosamente salvado. Seguiremos informando) Amigo Álvaro: te dejo esta nota. Yo sé que no es muy agradable que lo embarquen a uno pero se me presentó un concierto extraordinario al cual tuve que ir a cantar con la Cantoría (Y todo ese rollo para matar un tigre; opongo la exceptio non adimpleti contractu) me fascinó el libro de Eluard que me prestaste. Yo sé que me lo regalaste y no sé si te arrepentirás más tarde de habérmelo regalado (En efecto, arrepentimiento consumado) El problema es que transitamos por vías distintas; a lo mejor quién sabe, la vida, el mundo que da vueltas (El mundo gira, gira, gira. El mundo está loco, loco, loco). ¿Cuántas veces escuché y si lo mismo? Como Teseo ha atravesado idénticos pasadizos pero sin atisbar la salida ni vencer al minotauro. Pero hoy no hay minotauros, no hay gorgonas, no hay diálogos viejos para desempolvar. Hoy tramonto el azar. Puedo sentir que Mercedes está cerca. Puedo saber que casi la escucho y cuido con mi llamado. A las siete y media Álvaro salió de su cuarto para acudir a su cita. Esta mañana se había sentado con esmero ante su escritorio para escribirle un poema a Mercedes. Ya lo tenía plasmado en rigurosa mecanografía. Antes de meterlo en el sobre acartonado de blanco, Álvaro lo volvió a leer para tener la seguridad de poder depositarlo en las manos de Mercedes. Doce en punto El mediodía está pariendo con tus amagos de risa con tus junturas de mujer y niña con tu siluetametáfora que se escurre por entre las veredas y los espejos de agua Hay algo antiguo de siempre que flota sobre tus ecos Hay algo que repite tu nombre para ungirlo a mi rostro de ti A mis manos que te saludarán que te recogerán en la estación onírica de los trenes para estrenar la proximidad Para llevarte a transitar sin miedo de vértigos las ventanas de la ciudad y en la trastienda den cuentos y muñecos de trapo prometerte un sauce y una mirada A las siete y media Álvaro se despidió de su casa con su poema a cuestas y la posibilidad de una rosa roja que secuestraría del jardín mariano. Esta vez no pensó en disfrazarse en armadones o en terrible estampas. Esta vez bajó seguro, a lo mejor alegre, sin necesidad de gritarle a los perros. Esta vez lo hacía calmo, deseándole un buen fin de semana a los abuelos. Hoy rescataba viejos boleros. No habría excusas y las flores entrarían con dignidad en los floreros. Mercedes lo aguardaba, lo esperaba y él, Álvaro Nogales, lo había entendido quizás con estupor. 9 A las ocho bajaste. A las ocho te diste cuenta que era él quien se había estacionado frente a tu casa y, cerca de los quicios de tus ventanas, pudiste contemplar cómo se debatía en la consulta de la hora y trataba (sin hacerlo) de tocar el timbre. A las ocho admitiste la risa y descendiste por entre las inmodestas escaleras de mármol blanco haciendo serpentinas con la noche tendida sobre tus hombros. A las ocho bajaste, no sin antes descorrer las cortinas, para ver su turbada estatura amparada en un cigarrillo que tal vez lo escudaría cuando tú te le presentaras de frente, con tu cara de siempre o de hoy, con tu faz liberadora y malediciente que sabías que lo perseguía. A las ocho bajaste para enfrentarlo y, sin que él te lo pidiera, te le acercaste para sellarle en los labios un beso que quizás ansiabas y con el cual él se sintió rociado por la más espumante de las salivas, por el más terso de los saludos, que palmariamente tú imaginabas dibujado en el viento. A las ocho sentiste el jubileo de tus respiros cuando correspondiste a su risa tímida al llegar hasta el automóvil. A las ocho te abrió la puerta de su carro y te dijo que hacia donde iban, pero tu no le respondiste, porque ni tú misma lo sabías. Y entonces él te propuso lo que tú sin duda, Mercedes Teresa, suponías. Y tú aceptaste. Sin pensarlo mucho, como todas tus cosas. Atrás botabas todas tus dudas. Tu minúscula gota de sudor que te recorría la nuca cuando te ponías nerviosa. Atrás dejabas tus temblores de flor, tus amagos de deseo que esquivaste después de la noche del restaurant. Guardabas tus recuerdos, tu reciente pelea con Julio cuando le dijiste, así sin ton ni son, que ya no lo querías y que desapareciera de tu vida. Atrás encubrías la risa que trepó a tu rostro cuando Julito te reclamó que, seguramente, lo dejabas por uno de la célula. Fuera de este momento extirpabas el enfado que agarraron en tu casa y la llamada insultante de la mamá de Julito. Ahora ¿qué lugar podían tener las referencias? En esta cita ni de tu Portinari te acordabas, ni de las cartas lloronas que mandó Julito y que tú ni te molestaste en leer. Detrás de ti, Mercedes Chávarri, se dispersaban a todos tus tiempos. Estabas amnésica de gusto mirándolo y todo lo demás, todo lo que no tuviera que ver con lo actual, era una diáspora que no te alteraba: tu foto de exposición que el junior Mendizábal te había tomado para la muestra del Ateneo, contigo en diagonal, con tus piernas impecablemente cruzadas, con tu vestido color azafrán. Arriba se ocultaban tus lienzos, tus brochas, tus pinceles espigados; tus tubos de color; tus quietos amarillos, tus azules laguna, tu púrpura teológico, tu lila efluvio, tus rosados mediodía, tu marrón lontananza, tus grises de la lluvia, tu blanco resurrección. Todo lo relegabas porque, mientras Álvaro conducía, tú te dejabas llevar por esa sensación de que la vida, aunque suene cursi, estaba oliendo a lavanda y la noche tenía destellos imaginarios de lapislázuli. A ti, Mercedes, lo único que te importaba en este tour de presentes, era la voz de Álvaro que te sugería lo que tú también deseabas. Y te convencieron sus gazmoñas imprecaciones de amor. Sus escrupulosas y casi discretos ofrecimientos de principios de la noche; sus temblorosos parlamentos donde se le quebraba la voz hasta que tú le acercaste tu mano y tus dedos a su rostro para refrendar todas sus églogas de mancebía. Y te reías por dentro mientras él insistía en hablar de cualquier cosa para refrenar ese salpullido que le castigaba la piel por tocarte y transitarte. Y tú pregonabas tu zarabanda de sigilos al seguir rondando tus manos por sus cabellos, para podar su nerviosismo y su obsesión por no mirarte. Tú avanzaste con él sin hacer ruido por la casa oscura, su casa, cuando te comunicó que no había nadie, que sus abuelos estaban fuera por el fin de semana. Él se te adelantó a tu romería de himeneos cuando por poco se lleva por delante un porrón. Y tú seguiste sin hacer estrépito cuando él te rodeó la cintura, e hiciste mutis alborozada y llegaron hasta su cuarto después de sortear unos perros que insistían en saludarte como si te conocieran. Tú te encaramaste por las escaleras que crujían luego de pasar por las miradas enigmáticas del cuadro del comendador Ramírez de Arellano, gloria pictórica, gloria del patrimonio de la abuela de Álvaro, quien con su estampa de gentilhombre de gorguera, severamente y, casi con gracia, te indicó que al cruzar estaba el cuarto de Álvaro, donde habías resuelto despojarte de tus miedos y reciclarte con este ayuntamiento nocturno, en esta jerga de coyundas, en esta complicidad de ligamientos donde le obsequiarías a Álvaro todas tus rosas, toda tu amplia y ancha geografía donde él bebería tus ríos interiores y escalaría por tus montes de primavera. Tú soñaste en aquel instante, como nunca, cuando él cerró con respeto y silencio el pórtico (así lo llamaba él) y te dijo que pondría algo de una música de un clarinetista (Eddie Daniels, por supuesto que ese detalle no lo olvidarás) y se dispuso a hurgar en ti mientras el ritmo te depositaba sus síncopas y te regaba sus minuciosos valses del afterhours. No mencionaste frase cuando él te dibujó e hizo himno de tus pies y, poco a poco, te fuiste quedando sin tu vestido de generosas hombreras. No dijiste nada al irse el escarlata de tus labios y te encontraste original ante él sin más vestiduras que la de su mano que desesperadamente te fue vistiendo de piel todos tus rincones. No mentirías si dijeras que pulsaste todos sus poros, que lo ungiste con el bálsamo de tus rezumos. Tú te fuiste, te lanzaste como una ola silenciosa por entre sus orillas y dejaste que el acompasado glisando de las violas te escoltara cuando llamaron a la última puerta secreta de tu cuerpo y avizoraste e ritmo ascendiente del clarinete cuando sentiste que un manantial te invadió con fuerza. Cuando notaste que una cascada festejó tus secretos y te repetiste en los ansiosos llamados de Álvaro a tu nombre. Y eras tú misma, Mercedes, la que solicitó su cabeza entre tu cuello para sincerarte bajo la calma. Recuerdas cuando le dijiste, ya de camino a tu casa: Sube la música y no digamos nada. Y él te acompañó hasta la puerta y fue él quien, esta vez, exploró tu pelo bermejo y te celebró los labios. Y tú lo extrañaste aún estando presente. Y te aferraste a los bolsillos de su saco para despedirlo, para ceñirte a sus ojos que te buscaron con desfogue. Y tú le hablaste de él y de ti. Y ya en tu casa lo fuiste despidiendo y volviste a descorrer loas cortinas para mirar cómo se iba perdiendo más allá de la luz verde del semáforo. Y tú te recordaste haciendo serpentinas cuando bajabas a las ocho con la noche tendida sobre tus hombros. 10 Sí, sin más preámbulos, sin los prolegómenos de rigor, fueron difuminándose y permaneciendo las presencias de Mercedes. Ahora yo aquí, como siempre yo mismo, a tres horas de haberla dejado cerca del cobertizo de los automóviles. Y fuimos entrando en la sinpalabra, en un tabernáculo de gestos, en el edificio de sus cíclicas apariciones para exprimir el zumo de los intercambios. Y voy inquiriendo, voy preguntándome torpemente por las razones, por esas últimas razones que solemos esgrimir para darle a todo un marco de concienzudas explicaciones. Pero no hay silogismo, conclusión obvia que repare mis acertijos. Voy hacia ella, ella viene hacia mí y, domeñado a Eros, tramo, tejo un capullo con su saliva. Sí, estoy llegando a eso (querer, desear, amar, permanecer, trascender) o a cuanta salvajada semántica exista para catalogar eso, ese comercio donde los dineros o talentos, las rupias o piastras renuncian, para que ese trueque de tú a tú, ÁlvaroMercedes, MercedesÁlvaro sea expresado en milongas, en danzones de amor. Sí, eso que no sé qué es y me corroe los verbos, me alquila su sinfonietta de equilibrios emocionales, que me atemoriza de aquí y para siempre, e ignoro si yo soy quien soy, o soy Mercedes o quién soy. Ahora, contagiado con su llovizna de sudores he extraviado toda noción de mí. Habiendo tenido su pelo francamente desmayado sobre mis brazos no alcanzo a llamarme Álvaro, porque puedo llamarme Mercedes. Qué importa lo que materialmente me ronda. Qué puede costar mi esqueleto con vísceras, con tripas elásticas de músculos, de corazón y pulmón, de páncreas y estómago, de hígado foiegras, si no puedo donarme su nombre y concederle a mis dedos un recorrido a través de sus buenos y malos humores, por sus vértebras ocultas tras la piel de asombro. En cualquier jerga, en la más recóndita galimatía y atropellado vocingleo, los términos necesarios disminuyen ante una mirada. El hábitat, la atmósfera, el viento y sus rastros, mis orteguianas, inútiles circunstancias del posible vivir no son nada, sin el calco de su vientre. Es casi un hecho que mientras murmuro este elegía de tiempo pasado fue mejor ¿Qué se fizieron? ¿Qué fue de tanto galán, que fue de tanta invención como trajeron? Las justas y los torneos, paramentos, bordaduras y cimeras, ¿fueron sino devaneos? ¿Qué fueron sino verduras de las eras? sea de veras un huérfano, un solitario que va esparciendo migajas por el piso para no perder el rastro, el susurro incólume de Mercedes. Vago y naufrago trastornado con ella y su generosa espalda con llanto de luna, haciéndome un sitio para sus muslos. Excursiono y acampo en su nervioso y pudoroso sexo, donde he aprendido el alfabeto del espejo. Y me voy apercibiendo de sus embarazados plexos henchidos, de sus silueta vuelta a pronunciar. Vale la pena quererla sin esperar nada a cambio. Darle oxigeno a toda la historia y encontrarla en el zaguán prefijado para mostrarle mis manos envejecidas por los segundos de espera, y que ella te revise tus venas sin color y que te bese ya sin tiempo, sin mencionar lugares comunes. Vale la pena sentarse sin prisas para sorprender sus euforias, para cotejar sus tristes silencios por los que huye con escrúpulos. Han pasado tres horas; he transitado con el canto mudo de la noche, con su sístolediástole de negruras y estrellas deseadas. Quizás parezca huérfano de ella escalando con fruición imaginaria sus rodillas, sus pestañas y sus axilas. Estoy trasnochado en la lección convexa de sus pechos. La infinita nostalgia me ha ido fecundando con su esfinge salediza, con esta larga madrugada que no sé si ella misma, insistentemente, como los sueños. 11 Quince días habían pasado desde aquello y todo venía transcurriendo dentro del plan logístico con que Álvaro seguía inventando con entusiasmo toda clase de salidas e ideas para todos lados. En esas dos semanas Mercedes sepultó, verdaderamente, si de franqueza se trata, todo recuerdo sentimental del pasado y estaba dada a pensar que había sido inmiscuida en lo que parecía la verdadera vida o por lo menos algo parecido. Para ese domingo de quincena emocional, Álvaro le había venido con día de visitas integrales no sólo para tenerla el mayor tiempo disponible y a la vista sino, también, como queriéndole demostrar lo que podía ser la imaginación para desdecir el ocio. Por supuesto no aristotélico, sino urbano. El recorrido fue variado: desayuno con lectura de periódico en El Hatillo, concierto de las once con la Sinfónica en el Teresa Carreño, almuerzocaminata por La Candelaria, exposición en el Contemporáneo y hasta función de cinco en la Margot Benacerraf con el correspondiente tour por la librería a la salida. A Mercedes le pareció tan entretenido todo aquello que sólo comenzó a disimular su cansancio estando en la casa de Álvaro y, frente a su abuela, quien esta vez pergeñaba habilidades en una conversación sobare unos nuevos ricos recién mudados frente a su hermana. Son gente de una sola ventana, como se decía en mi tiempo, que pretende abarre dejado de serlo y ahora te imaginarás, con unas ínfulas de grandaje, como si uno no supiera aquí quién es quién. Válgame Dios. Eso ya no se decía en tu tiempo. Eso lo diría tu mamá por vivir en Altagracia. Pregúntale a cualquiera y ya vente a dormir dijo desde arriba Lope Nogales. Este hombre cada día está peor. Yo creo que son los domingos que, últimamente, sí se me hacen largos. Álvaro te lo puede decir. Lo que pasa que yo íngrima y sola en este caserón, porque hasta Leonidas se va desde el sábado. Esto es ahora mijita, la vida moderna, que hay que simplificarse y con esas leyes de trabajo que tú sabes muy bien por quién fueron hechas. Yo te digo que antes, cuando esto era una ciudad de gente decente, en casa jamás ni nunca, yo recuerdo que mamá se hubiese quedado sin nadie que la ayudara los domingos. Incluso, yo ya estando casada, siempre tenía gente aquí, hasta fuera, porque, no sé si tú sabes, que mi marido fue embajador muchos años. Como tú comprenderás, antes si se trabajaba, no como ahora que la gente se la pasa sinvergüenzeando por allí. Aquí antes la gente se trataba con distancia, con respeto, como debe ser, no como yo veo hoy en día, que como somos y que una democracia, todo el mundo te quiere tratar de tú a tú, no señor. Como en días pasados me dice la del abasto: «¿Y tú que quieres?». Yo me indigné tanto con tamaña frescura que le dije: «Mire señorita, que tú ni que nada, soy la señora Nogales». Es que se ha perdido todo. Esto se lo llevó quien lo trajo. ¿Cómo me dijiste que te llamabas? Mercedes le largó un «Mercedes» nada más, pero la abuela, con el cansancio que tenía, no se preocupó en inquirir por el apellido, teniendo en cuenta, además, que Lope Nogales ya iba por la tercera vez que la llamaba. Esto de la vida moderna subió mascullando. Y me apagas las luces, Alvarito, por favor. Mira que a ti se te olvida y tengo yo que bajar a medianoche a hacerlo. Álvaro se quedó con Mercedes en la biblioteca hablando desmedidamente del loco ese que vieron en la silla de ruedas remolcado a una moto y subiendo por la avenida La Salle. Los ojos de Mercedes denotaban fatiga, a pesar de lo encantada que se decía viendo todos esos perros pintados olfateando los campos que por aquí no ve ven. Álvaro comenzó entonces a hablarle de angustias y de cómo se había sentido siempre antes de conocerla. Es como cuando escribes y debes utilizar las comas o los puntos o los puntos y comas. Es como el pánico. Vas queriendo avanzar y debes pararte, detenerte y estás desesperado por seguir pero hay algo que te hace disminuir la marcha. No puedes andar con soltura. Algo te aprehende y te castiga. Uno se pregunta o uno se preguntaba: ¿dónde está mi libertad? Y la respuesta me la respondo frente a ti. Está en ti, en quererte, en saberme querido. Es la única vía, el único modo de ser con el podemos sobrevivir. Mercedes apenas dijo frase porque de allí Álvaro cambió para las cosas que quería hacer esa semana. Mercedes no se apuró sino en comentarle lo cansada que estaba. Álvaro la llevó hasta su casa y se devolvió hasta su carro como creyendo haber descubierto ese domingo lo que tantas veces había invocado en su torpe escritura de enjutas soledades. 12 Siguieron siendo muchos los encuentros. De manera que Álvaro no tenía que retornar silente a sus escondrijos, a sus altas paredes, a sus intramuros. Álvaro, por fin, poseía algo en común con sus derredores. Volvió a escribir artículos y uno que otro poema que se le escabullía en aquellos ratos en que no se dedicaba a Mercedes. Pensaba regresar a clases y para ello había adelantado los trámites para reinscribirse. Redentio ab feminae se dijo cuando le relató toda esa panacea al abuelo, quien insistió ese mediodía en mirarlo fijamente y sin alteraciones. Había saltado un tiempo con la debida oportunidad para Álvaro de familiarizarse en las atmósferas de Mercedes pero, lo que lo estaba inquietando, era esa mirada como de arrepentimiento, de duda, con que ella le estaba correspondiendo. «Cosas raras de ella» llegó a decirse en un armisticio consigo mismo. Con esto cesaba de golpe su optimismo y se empecinaban en afluir los fantasmas, las piezas incógnitas del rompecabezas. En la casa de Mercedes, pudo conocer a las momias los padres de ella, quienes le alargaban la mano con higiene y desconfianza. La momia mayor no había llegado a cruzar más que sucesivos «cómo le va» y «adiós», por lo que todo acercamiento a la fenomenología del ingeniero Chavarri era como un crucigrama sin verticales ni horizontales. A la otra momia pudo llegar a profesarle un odio más querido por sus inveteradas referencias sobare un amigo de Mercedes (era él, el tal Julito) Tan buen muchacho, tan trabajador, tan fundamentoso, tan gente. Los sobrinitos de Mercedes, sin duda reencarnaciones semidiabólicas, eran un par de gorditos macabros que alucinaban cada vez que podían atropellar a Álvaro con el triciclo. Al más detestable de todos, un golfillo que se las daba de coleóptero arrastrándose por el piso para puyar a Álvaro con una tijera, tuvo que propinarle un coscorrón que casi le sacó un chichón en la cabeza y se abstuvo de seguir dando lata cuando Álvaro le juró que lo amordazaría y lo encerraría para siempre en un armario. A la señora Chavarri le atormentaba esa mirada de Groucho Marx con que Álvaro atendía sus comentarios en la mesa al filosofar en torno al problema de las mujeres de servicio hoy en día o la inseguridad ciudadana. Álvaro se tomó muy en serio la posibilidad de un complot de mujeres de servicio, pero el par de adiposas que trabajaban donde Mercedes apenas si lo trataban y aprovechaban cualquier momento para burlarse de él. Peor aún, el par de gordas estaba en franca comunicación con Julio Mármol, quien las llamaba para preguntarles si Mercedes Teresa aún permanecía con el usurpador ese. Una de las tantas noches en que se disponía a salir de casa de Mercedes, Álvaro se percató de que en la acera de enfrente estaba el oligofrénico de Julio con tres amigotes que vociferaban consignas no de camaradería precisamente. Ante el eventual atentado, Mercedes le prestó un sobretodo que una de la tías viejas de Mercedes había dejado en casa de los Chavarri y una peluca de las gordas para que Álvaro saliera por la puerta trasera con una identidad de embuste, lo que en cualquier filme policial lo hubiese configurado como el lombrosiano modelo. «De menuda me libré» se dijo cuando, vía a su casa, concluyó que el Alvaricidio frustrado no tenía otra explicación que un embrujo postmortem del fallecido padre Echeverri. Al día siguiente Mercedes le contó que había bajado a hablar con Julito y le reclamó que hasta cuándo, que dejara ya el fastidio y se buscara una noviecita para halagar a Isabel Cristina con suficientes nietos y almuerzos. Julio no le contestó palabra; agarró su carro y se largó arrancando con furia jamesdeanrebeldesincausa sus super radiales que lustraron el asfalto, para alejarse con sus buscapleitos violentados y gritar toda una suite de improperios dentro de la metalizada camioneta con nombre de guerrero japonés. «Pero Mercedes está rara» siguió pensando Álvaro. Si me pongo a hacerle caso a esos detalles neurasténicos terminaré en el psiquiátrico del Peñón. ¡Pisia! No voy a dejar que ésos me midan en su estúpido diván, contando cuánto falta para que se venza la hora, curioseando en torno a mis inquietudes sexuales o a mi modo de escribir la palabra violencia. Así que Mercedes debe seguir siendo la misma, se reafirmó Álvaro. Álvaro se dedicó a leer el periódico: 30 millones tendrá la zona metropolitana en el año 2000. el titular del Ministerio de Desarrollo Urbano anunció que para la gran Caracas del futuro que albergará más de 30 millones se albergará un gabinete de infraestructura que estudie la estrategia y planificación que tal realidad impone. ( Más bien deberían realizar proyecciones a gran escala del Gabinete del doctor Calligari para que los hipotéticos millones salgan espantados a albergarse en otro lado). El Concejo Municipal del Municipio Los Salias invita a la sesión solemne y al desfile cívico militar con motivo de celebrarse 180 años del hecho histórico del 19 de abril. (Repartirán ediciones facsimilares del libro de oro del buen ciudadano y pepas de zamuro). Siga nuestro ejemplo y únase usted también a la guerra contra la inflación. (Distribuirán cachiporras, cascos y, si les rinde el presupuesto mini chuzos para la ofensiva final). Con gran éxito y brillo social se realizó una comida en casa de doña Nicanora Fortique Casanova de Ponte Anduela en honor de los novios Ignacio Luis Zarizaleta Ponte hijo de Ignacio Zarizaleta Villafañe y María Nicanora Ponte Fortique de Zarizaleta y de María Corina Medina Gil, hija de Juancho Medina Ramos y Helena Gil de Medina, quienes contraerán matrimonio el próximo viernes 31 en la iglesia de Campo Alegre. Los salones de la quinta La Altamira en el Country Club se abrieron para destacar las virtudes de la anfitriona y el savoirfaire de doña Nicanora, abuela de Ignacio Luis. Se brindó un obsequio finísimo que congratuló a los asistentes. El ágape se prolongó hasta la medianoche y complacidos y entusiasmados los comensales se retiraron a sus hogares. Felicidades a los contrayentes. (¿Qué sería ese obsequio finísimo que congratuló a los asistentes? ¿Moneditas de plata o subscripciones a la revista Penthouse?). En el Club de Suboficiales de las Fuerzas Armadas se llevó a cabo el debut social de la señorita Mileidy Zosbella García Guanipa, quien es hija del teniente coronel Wilfredo García Pérez y de su dilecta esposa Altagracia Josefina Guanipa de García. Los quince años contaron con la presencia de «Los Guaracheros», banda que animó el sarao hasta el amanecer. La debutante formó cuadrilla con sus compañeritas del Colegio Nuestra Señora de las Consolaciones y con los cadetes de la Escuela del Ejército. La quinceañera, vestida a lo Scarlet O´Hara, sopló visiblemente emocionada, las velitas de la gran torta de cumpleaños con motivos de «Lo que el viento se llevó» al lado de sus hermanos Wilfred Antonio y Giancarlo Alexander. (Álvaro se imaginó uniformado de cadete bailando un minué y haciendo genuflexiones con esos morrocoyes vestidos de tul y muselina. Angustiado corrió las páginas del periódico por temor a que esto se convirtiera en realidad). Se alquila habitación a chica bailarina o que trabaje nocturno, única huésped, televisión a color y todas las comodidades. Frente ministerio educación. (Es de suponer que a ésta la quieren hacer bailar el tango del viudo). Soribel y sus devoradoras de hombres le invitan a pasar un rato agradable con sus masajes XL. Jovencita veintidós años empezando a trabajar ofrece sus servicios como masajista a caballeros cultos, exclusivamente hotel, domicilio, diurno, nocturno, lunes a domingo, exigimos seriedad. (Está claro que las devoradoras de hombre son un componente oculto de la sociedad orwelliana donde podrían solicitarse sin reparo masajes del tipo XL. KPT o alfa omega épsilon. Una computarización del sexo era esperada. En cuanto a la segunda proposición: jovencita empezando a trabajar, salta a la vista su pertenencia al sector romántico del sexo; aquellas enconadas que luchan a brazo torcido contra la sociedad orwelliana y en particular contra los tecnocráticos masajes de tipo XL, al fomentar la lujuria con la cultura. Es evidente que las felaciones van acompañadas por canciones de Hugo Wolf o poemas de Ungaretti). Álvaro continuó pasando las hojas hasta toparse con la única e importante noticia del día. Padre y hermanos propinan golpiza a joven serenatero. Maturín: un padre y dos de sus hijos propinaron una tunda al joven de veinticuatro años Elpidio González quien había ido a llevarle una serenata a su novia con la canción «Mamá no quiere que yo colee». Al padre le resultó indecorosa y ofensiva la canción para con su hija por lo que resolvió, acompañado por dos de sus hijos, dirimir el asunto a puño limpio. El novio agredido se encuentra en el Hospital General de Maturín donde es atendido por las contusiones recibidas. A última hora se supo que los agresores fueron detenidos y el caso ha sido pasado a los tribunales de justicia. Estupenda noticia pensó Álvaro aunque su lectura habría sido más grata de la siguiente forma: Don Rodrigo de Vivar, Mío Cid de Maturín, ante su honor mancillado, ante su decoro expuesto, decidió, ayudado por dos de sus infanzones, blandir espada contra un juglar, que por infante de Carrión mofaba y que a su hija le trovaba: Mamá no quiere que yo holgué. El prometido fue escarmentado y tomó ejemplo a no repetir afrenta contra don Rodrigo por las efectivas liazones de puño inmaculado a que fue sometido hasta dar con su cuerpo en el hospicio. Álvaro se aburrió de leer la prensa y arrumbó el rotativo hacia el pipote de basura de su cuarto. En cuanto se quedó sin las noticias, volvió a recapitular en torno a las ausencias de Mercedes. Sí, esa sombra de desconcierto que había en ella y que él figuraba como un mal presagio. Álvaro se detuvo en esto. Era imperioso descubrir qué extrañeza la estaba visitando. Tenía que averiguarlo. Tenía que apresurarse. El crepúsculo comenzaba a despuntar y ante la noche futura se apercibía la inminencia de la visita a su casa. Hoy como de costumbre, ella lo esperaría para rebullirle los oídos y entregarle su mano firme cerca de las sienes. Así se revelaba el ¿optimismo? de Álvaro cuando se dio cuenta de que el abuelo lo saludaba desde el jardín y le preguntaba que cuándo le iba a traer a Mercedes. 13 Dolores nunca terminó de tragar a Álvaro. Si lo invitaba a cuanta reunión hacía era porque se conocían de toda la vida, pero Dolores había comenzado a verlo como un chiflado cuando, en uno de los juegos de la infancia, Álvaro cremó en una pira a la muñeca de Dolores bajo la acusación de prácticas de hechicería. Del mismo modo, no podía olvidar cuando veían televisión y Álvaro comenzaba a gritarle que lo más genial como personaje de TV era el doctor Smith de Perdidos en el espacio. Por aquella época, Dolores se hallaba en el más sincero estado de enamoramiento del héroe de la serie por lo que interpretó aquel hecho como un pacto secreto de Álvaro con las fuerzas del mal. Pero lo que nunca le iba a perdonar, fue aquello que había inventado del novio de Dolores: regó entre los conocidos que el catire Herrera no tenía pipí y que además iba, secretamente, al baño de las mujeres durante los partidos de fútbol en el San Ignacio. Esto hizo que no se hablaran durante un tiempo y que el propio catire le hubiese puesto precio al pellejo de Álvaro. Los ánimos se enderezaron gracias aun entente cordiale que el doctor Elizondo propició. De esto hacía como dos años y, aunque Álvaro la estaba tratando bien, nunca descartaba que se le pudiese ocurrir otra de sus esquizofrenias. Dolores era lo más chismoso del mundo y, habiéndose enterado de que Álvaro salía con Mercedes Chavarri, (a quien conocía sin que hubiese amistad) decidió poner al corriente de los acontecimientos a una de las primas de Mercedes que estudiaba en USA. Hola Gorda: Por fin apareces mijita! Tu carta de verdad me causó una emoción que no te imaginas ¡Horror! Y pensar que hacía tanto tiempo que nada, absolutamente nada sabía de ti. No puede ser, ¡qué freak! Bueno, ya por lo menos me contestaste. Es que yo te digo que no hay cosa que me dé más directamente en el orgullo, que volver a escribir una carta sin que me hayan contestado la anterior. Estoy super contenta de lo que me cuentas de tu novio en USA. ¡Lo de dormir me pareció ARRECHÍSIMO! Aunque te digo que lo que sí, sí de verdad no entiendo, gorda, es lo de la virginidad. Te digo, no sé, es mi opinión que ya tú estás lo suficientemente madura como para enfrentar eso. ¿Qué estás esperando loca? Para serte sincera yo ya eso lo hubiese hecho hace tiempo de vivir en USA, pero tú sabes que eso aquí es todo un rollo. Aunque espérate, no vayas a pensar que yo soy una mojigata pero nada que ver. Yo tengo todavía que esperar un tiempo aunque te digo que, a veces, lo que pienso es que el catire es medio quedado. Bueno, no eso, es más bien full respetuoso. Bueno, capítulo cerrado. Por cierto, el catire (¡tan bello él!) y yo estamos de lo mejor. Yo creo que si las cosas siguen así, mijita, terminaremos casándonos el año que viene. ¿Cómo la ves trus? Si te cuento que tuvimos una serie de peleas horrorosas pero te digo que, gracias a Dios, que se terminaron. Lo que pasa es que él es celoso y qué culpa tengo yo de que un viaje de gente me esté llamando y visitando. Tú dime ¿qué puedo hacer yo? ¿Botarlos de la casa? ¿Tirarles el teléfono? No, gorda, una tiene que ser educada. Por lo menos así me educaron a mí. Ya él como que ha entendido que las visitas son una nota de amistad. Claro que hay una cuerda de buitres que sí me llaman en un solo ataque echándome los perros, que si vamos a comer, que si vamos para el cine. Pero yo sí se los digo: yo soy una niña con novio y por supuesto que chao con esos tipos. Por cierto, cambiando el temita, acabo de terminar de hablar con tu hermano Quique. Tú («debes») saber que él está empatado con una niña que me cae super mal que se llama Chipy, bueno le dicen Chipy, no sé cómo se llama de verdad. Tú sabes, típica pavita fosforescente. ¡Uff! Que pesada es. Lo peor es que es una necia y se va para la universidad toda pintorreteada. Fíjate, es de estas típicas que se levantan tempranísimo para llegar perfectas a la universidad así como si fuesen para una fiesta. ¡PEDANTE! Bueno, total es que a mí se me ocurrió decirle a Quique que la Chips se me parecía a Miss Piggy, la del show de los Muppets y bueno la que se armó. Total, mija, que el muy gafo me acaba de decir que no me va a hablar más y, déjame decirte, que me ha tirado el teléfono. Eso sí no se lo perdono mi amor. Muérete que no sé en donde va a parar todo esto. ¡GORDA! ¿Sabes lo que me contó la loca de Andrea Mendizábal? Gorda agárrate, que esto es de espanto y brinco. Es que es una prima tuya la que están en el rollo. Muérete gorda, Mercedes, la que se las d de pintora está saliendo, yo no sé si tú te acuerdas de un tal Álvaro Nogales. Esto es de pavor. ¡Mercedes ha dejado a Julitoooo! Yo no sé cómo esa mujer ha podido dejar a ese hombre tan requetebuenazo. Bueno, Julito apenas si me saluda pero yo te digo que me lo comería vivo. ¡Ay si el catire me oye me mata! Que me garren confesada mijita pero ese hombre no tendría que pedírmelo dos veces, es que está como quiere. El rollo es que esa mujer (Mercedes) ha tenido las santas .. de ponerse a salir con ese loco que para mí no está nada bien de la cabeza. Y te lo digo yo que lo conozco de toda la vida mi amor. Tú te debes acordar de él: alto, así como medio extraño, que hablaba todo el tiempo con mi papá de cosas fastidiosísimas, bueno fastidiosísimas para mí. A lo mejor para otra persona son interesantes las cosas que habla pero mija, qué somnífero. Pues la niña Mercedes anda ahora con ese trastornado que, entre nos, me revuelve el Elizondo. Yo no sé cómo la Mercedes se lo puede calar. Bueno lo que pasa es que ella se las tira de rara también y me perdonarás, yo sé que es prima tuya. Ahora el Álvaro ese sí que está tostado. El catire no lo puede ver ni en pintura porque después de lo que inventó. ¡QUE BOLAS! Ah sí es verdad que yo no te he contado esa historia. Pero dejar esa niña a Julito por ese loco ¡ME ATERRA! Esas cosas me ponen de ataque. La universidad te digo está cada día más pesada. No soporto a nadie: dígame los profesores que me tocaron este año. ¡QUÉ FASTIDIO MIJA! Te tengo una buena noticia: para el verano que viene, tú sabes que siempre nos vamos para Europa. Bueno, mi papá invitó al catire. Muérete, qué nota ¡verdad! Niña contéstame la carta porque si no, no tiene gracia y además cuando pasa tanto tiempo sin saber de ti me da de todo. Además el orgullo no me deja escribirte sin que me hayas contestado la anterior. Qué ridículo peeero Te adora Dolores 14 Después de entrar, Álvaro pudo sorprenderse por la extraña actitud de Mercedes. Le preguntó qué la pasaba a lo que ella no respondió nada. Estaba como ausente, perdida, sin mayores explicaciones. Álvaro notó que las cosas habían cambiado. En días pasados cuando pensó en la actitud indiferente de ella, no le dio mayor importancia. Pero ahora, después de varios días de enfriamiento y desgano, no le quedó otro remedio sino enfrentarla y hablarle: Quise decirte un par de cosas, un dueto de ideas mal amontonadas porque ya basta de miradas en declive, de gestos que intentan haber sido. Sabes, estoy como en medio de una farsa recién comenzada, pero contigo enfrente me imagino, todavía, destinado a ti. Para suplicarte tu aliento, aún entre la noche más optimista, aunque me doy cuenta de que ésta no es una noche de esas. Porque esto no es una rueda de colores, un tíovivo para subirse y dejarse caer después de la risotada y el recuerdo de la foto que nos tomamos. Esto es todo y yo estoy aquí para rogarte tus miradas inconclusas. No sé qué pasa. Me extravío allende tus misterios como un trompo giratorio lanzado hacia donde no quiso. He llegado hasta acá exhumando tus últimas ambiguas respuestas y sigo pendiente de las cosas que haré cuando ya no me esperes detrás de la puerta; cuando ya no te aparezcas de sorpresa para guiñarme tus ojos verde mar y me digas que nos escondamos detrás de los rayos postreros del atardecer. ¿Qué haré sin la certeza de tus humores color malva? Y qué podré relatar en las calles cuando sea un viandante perdido. Y qué me contarán de ti mis sueños cuando tus sonidos se hayan desvanecidos como el eco. Sin ti la vida queda reducida a una calle ciega. A una calle ciega, taciturna y sin rumbo. ¿Quién es capaz de imaginar una calle taciturna? Sería esa calle de murmullos necesarios y ruidos justos. No quiero vivir en la justicia de un ritmo. Quiero sentir que puedo derrochar notas musicales, arpegios, ruidossonidos, imágenes, colores y poder ofrecértelos al tiempo que te corteje y muera en mí viviendo en ti. Porque esto es muerte, obituario de la dualidad. Resurrección de la unida. En estos momentos en que no pareces ser tú la misma, me aterra no vernos en el espejo. Si todo pudiese empezarse de nuevo. Si pudiera pensar que tu actitud responde a un juego de confusiones, de temores extralimitados pero estoy auscultando tu indiferencia. Que yo me presentar aquí sin nada definido y pudieras ofrecerme la perplejidad de tu nombre al tiempo que yo te sirviera un nombre sin tropiezos. Sin que cayéramos en frases hechas. Qué tú me dijeras que te llamas Mercedes y yo te largara: Soy Álvaro y nada más. Y Mercedes a secas, sin apellidos, sin referencias, sin andamios ni muletas. Tú y yo en una escena muda, insistir en ser bebedor forzoso de tus imágenes, labriego en tus surcos. Con una alegría impensada terminaríamos invitados por el viento del valle a bailar con la madrugada. Y en un aparte de nuestra gran fiesta de dos poder desbotonarte tu camisón de algodón y tu falda plisada para explorar tus siempre desconocidos rincones. ¿Por qué todo esto Mercedes? Di algo. Mercedes insistió en seguir observando un punto muerto del infinito. La noche pasaba por indiferente. No había luna visible y Mercedes tampoco vestía camisones de algodón y mucho menos faldas plisadas (siempre le habían caído mal las faldas plisadas). Llovía con cierta timidez y tan sólo ocasionales corneteos la hacían pensar que su casa estaba situada en una larga avenida y no en una calle ciega como llegó a suponer. Álvaro continuó: Hubo un tiempo en que tus mudeces constituían para mí la más estridente de las contestas, el más nítido y orquestado tono. No sé si recuerdas, claro que recuerdas, aquella noche, la primera verdaderamente de las noches, cuando te entregué aquel sobre blanco. Tú lo abriste con reposo, lentitud y leíste ese poema cuando íbamos hacia mi casa. Tú no me dijiste nada; tu volviste a cerrar el sobre y lo metiste con acomodo en tu cartera. Yo supe de ese silencio y de tu pequeña alegría al callar. Pero ahora es diferente. En medio de este defenestramiento de palabras, porque, sin duda siento que golpeo las palabras, no logro discernir el sentido de lo que nos pasa. Quisiera enmudecer y dejar resguardadas mis palabras para tiempos mejores. Hoy estoy venido a menos contigo. Lo sé. Lo adivino como adiviné que te volvería a ver después de lo del Coq D´Or, cuando me dejaste naufrago entre los postes de luz de la calle quebrada en L. Que mis intuiciones me volvieran a acompañar para descifrar esto, es una cosa poco probable. Por lo menos a esta hora. Mercedes levantó la vista y miró detenidamente a Álvaro. Sin decir nada. Ella no quería decir nada. Álvaro prosiguió: Hubo un tiempo en que creí haber desenmascarado lo utópico. Aquí estás, me dije. Te tengo, te poseo al tiempo deliciosa y egoístamente. Por fin una respuesta marcada, un refugio seguro sin dialécticas. No sé si ese tiempo pasó. No sé si llegó. Cuando te conocí supe que eras la protagonista de una visión que siempre me había acompañado. Es un día espléndido. Estoy en una estación de trenes de un pueblo remoto. Voy a tomar el tren pero soy el único que va hacerlo. Todo es rutina, aparentemente. Hay empleados, secretarias que teclean máquinas viejas y hasta un niño al que se le ha perdido su balón. Todas obran normalmente aunque sepan que el tren que se aproxima y cuyo silbato comienza a escucharse, pasará y se detendrá una sola vez en un solo tiempo, en una sola historia para nunca más volverlo a hacer. Cuando el vigía anuncia la llegada del tren, éste ya se ha detenido y, como es lógico suponer, entro yo en escena. Cargo una pequeña maleta de cuero cuyo contenido nunca sabré. Asciendo al vagón y el tren comienza a andar. No hay nadie cerca de mí; creo que no hay nadie en el tren. A lo lejos la estación ha comenzado a perderse con sus impasibles gentes. De pronto me doy cuenta de que alguien más viaja en el tren. Está de pie frente a mí tras una puerta de cristal opaco que nos separa. Cuando logro abrir la puerta, ignoro si te he visto o si aún aguardo impaciente el anuncio del vigía del tren que llega donde tú estás frente a mí sin yo saberte. Mercedes interrumpió a Álvaro: No dejes de hablar. Sólo quiero escuchar. Me gusta escuchar. Una, dos, tres, varios pasos iguales se suceden en el pasillo. En la adyacencia la madre pasa sin saludar. Él la ve y no le importa. La noche sigue murmurando sus abulias. Mercedes se ha descalzado. Sus pies son un temor para Álvaro. Firmes, sin error aparente. Tibios, las uñas bien cortadas, bien limadas. La piel detenida en el tiempo. Nunca envejecerán. Los pies de Mercedes con todas sus arterias y venas son la dermis del espejo, el río subterráneo. Son como la seda. La noche exuda adrenalina y el canto a destiempo de un gallo anuncia la primera o la tercera negación de Mercedes. Cuando dices querer escuchar me veo frente a un escenario vacío. Las sillas solas, desocupadas. Yo dirigiéndome a una platea de ausentes. Hablo. La luz que me ilumina es una glorieta de resplandor. Puedo recitar lo que sea. Puedo jugar a ser general sin ejército, gendarme de sombras congregadas. No me gustan esas cosas. No quiero ensayar la obra de nunca representar. Quiero quedarme a esperar a Godoy, pero contigo. Sólo deseo por ti ser mirado. Quiero vestirte y cuidarte hasta que mis músculos sean una pieza arqueológica. Para que sean desenterrados y se encuentren las señales aproximadas a ti. Quiero una huella de tus labios para guardarla entre las líneas que me muestren los años transitados. Quiero conjugarte encima de todos los instantes de la mañana, en los resabios sudorosos del mediodía y en las cargas extinguidas del atardecer. Quiero contigo la hilera de gaviotas en V, el trote de los lugareños de la ciudad y el café refugiado bajo los jabillos. Quiero barajar contigo el transcurso del almanaque. Quiero germinar en tu risa. Mercedes se levantó del sofá. Calzó los zapatos y cerrando la gruesa puerta de vidrio templado que incorporaba la noche a los soliloquios de Álvaro, le dispuso una mirada seca: «Es tarde Álvaro. Que pases buenas noches, esto se terminó». Y arrastró nuevamente su espigada, coqueta figura por la profundidad del pasillo hasta que un golpe duro de puerta dejó a Álvaro abandonado a la madrugada. «Es tarde» se dijo Álvaro a sí mismo cuando se encomendó a la salida u oyó por segunda vez el gallo entre un griterío de carros que disputaban el gobierno de la calle. «Es tarde», volvió a decirse una vez que renunció a la casa de Mercedes, a la noche inconsolada, a las gotas de lluvia empeñadas en alcanzar con rapidez un lugar antes de que apareciera la mañana. 15 En nombre de la República de Venezuela (y de efectos internacionales si se quiere) la Corte Superior Segunda en lo Ciudadano de la Circunscripción Anímica del Distrito Federal y el Estado Miranda. Vistos: sin informes. Siendo ponente: un cerebro enigmatizado. Por ante el juzgado quinto de primera insania y mediante libelo presentado, el ciudadano Álvaro Nogales, mayor de edad, titular de cédula de identidad, sin intermedio de apoderado judicial, demando por reconsideración a su divina confidente telefónica (y confidente y recipendiaria al parecer de otros menesteres), Mercedes Chávarri con fundamento en la causal de abandono. Al efecto alega lo siguiente: que contrajeron conocimiento por ante la primera autoridad del bar del Coq D´Or, que no establecieron domicilio pero que, posteriormente, se radicaron en mutuas conversaciones y prolongados encuentros. Allí nacieron proyectos comunes, ideas compartidas y un secreto eslabón que los ligaba al atardecer, que al principio (especialmente después de que ella lo llamara aquella tardenoche después de la lluvia) no tuvieron dificultades de ninguna especie y Mercedes, por su parte, atendía con la debida puntualidad a sus obligaciones tanto en lo social como en lo moral, al punto de que sus familiares, relacionados y amigos los consideraron siempre como una pareja feliz; que esta situación se mantuvo así hasta que Mercedes comenzó a dar demostraciones de desafecto hacia él; que el trato antes cordial, atento y respetuoso se tornó en hosco y frío sin que de su parte mediaran motivos justificados para ese cambio; que él trató de averiguar las razones del cambio de conducta y buscar solución razonable a cualquier problema desconocido, con el fin de limar asperezas y dar por terminada la discordia ya que ella pasaba largas temporadas encerrada en sí misma sin regresar, pero él pudo darse cuenta de que Mercedes no quería vivir más a su lado; que esta situación hizo crisis cuando Mercedes yuxtaponiendo su mutismo, su indiferencia y, quizá una cierta cara de circunstancia a las súplicas de Álvaro, se levantó para dirigirse a su habitación sin ni siquiera ofrendar una amable salida al asunto; que, ante esta situación conflictiva en que se encuentra Álvaro, desde que voluntariamente lo abandonara Mercedes, ha tratado (sin éxito, claro) de conservar a toda costa la calma encomendándose a llamadas telefónicas para hacerla comprender el error que cometía, pero ella se ha negado a contestar y, por medio de testaferro, (quien, al parecer, ha dado los mensajes con cierta antipatía) ha mandado a decir que eran inútiles las gestiones que hacía para tratar de convencerla porque había resuelto abandonar voluntaria y definitivamente a Álvaro. Que por tales razones el señor Álvaro Nogales demandó a Mercedes Chavarri por abandono y pretendiendo su reconsideración. Por las razones que antecede, esta corte administrando justicia en nombre de la República y por autoridad de la conciencia declara con lugar la presente demanda de reconsideración propuesta por el ciudadano Álvaro Nogales contra Mercedes Chavarri con base en la causal de abandono y emplaza al antes mencionado ciudadano, a seguir con los trámites ante Mercedes para lograr un pronto final feliz. De conformidad con lo sucedido se le confiere al señor Nogales la patria potestad sobre cualquier recurso que halle necesario para lograr su cometido, sin que por ello la demandada, Mercedes Chavarri, quede exonerada o, al margen de los derechos, que, con un pronto arreglo, se logren. 16 Después de todo no es la primera vez. Sí, ¿y qué? ¿Es acaso ésta una frase con verdadero sentido? Me la puedo decir y repetir y no sé, qué tranquilidades de conciencia he de adquirir. Las frases hechas tan sólo sirven para eso. Ya las cosas adquirieron un lugar. Ubicación como suele decirse: buscarle sitio a las cosas. Mi relación con Mercedes está ubicada. ¿Pero ubicada en dónde? Esto fue como una ola, como una cresta de espuma que se vino alzando desde lo lejos para terminar confundiéndose con las otras, para empezar y reempezar. Ya todo está dicho, contado, quizás escrito. Pero en ¿qué lugar puedo releer esta escritura del vivir? ¿En que lugar empiezan o terminan los actos? ¿Estaré condenado a seguir deambulando entre mí mismo? Los últimos acontecimientos, siempre los últimos acontecimientos, me llevan a preguntarme: ¿seré una isla entre las islas?, ¿cuándo oiré que las campanas doblen por mí?, ¿qué puede ser la existencia sin un pronombre de amor? La mañana será siempre insensible si no me levanto pensando que alguien me espera con el alba para caminar conmigo la larga jornada del día y de la noche. ¿Para qué y por qué todo? Cuando abuelo me dijo aquello de que todas volvían de una manera o de otra, empiezo a dudar de su aseveración. Sí, ella volvió, pero ¿por cuánto tiempo? Somos pasajeros de una pequeña travesía que no sabemos cuando acaba. ¿No será que nos condenamos a fugaces instantes cuya irrepetibilidad es el signo de la finitud? La vida es una historia de segundos entretejidos que felizmente poseemos sin darnos cuenta y, cuando ello ocurre, se nos va, se esfuma nuestro hedonismo de instantaneidad con la nostalgia del volver. Allí se replantean nuestras ansiedades: esta sentencia de no tener nunca llegamos a tener nada y querer. Querer sin miedos, transverberar por ti, para ti, desde ti nombrado y hacia ti prolongado y en mí y en ti entroncado con tu tatuaje de ser desde aquí y para siempre. Por más que me empeñe en no pensar en ella, sigo tras la obsesión de su siembra anímica. Vemos e imaginamos con mayor fuerza a una apersona desde la lejanía que en la presencia. Ha crecido tan firme toda ella y sin embargo la desposeo, pero la desposo día a día, noche a noche, en mis fantasiosos paseos hacia su destino. Si al menos pudiera tener una respuesta de ella. Tan sólo una. Me conformo con oírla decir uno de sus alborotados responsos. Quiero escuchar aunque sea lago triste. Porque el dolor también tiene sus alegrías. Alegría de oírla decir que se marcha, pero yo quedarme con ese obsequio de la despedida. Tener su energía brotada para mí, sólo para mí y el universo y las constelaciones armonizando para nosotros, con esa micronésima de ballet astral. Al menos si pudiera sentirla diciendo como el graffiti de la calle de Los Chorros: Voy soñando por tu alma de hierbabuena, déjame ir así de puntillas, silenciosa entre estrellas, tejiendo entregas Su no estar es la cara oculta de las cosas; es el contracanto de un pájaro y la mudez de una orquesta. El mundo sin Mercedes es un objeto inútil. Carnado como estoy en ella no sé cómo deshacerme de su prisión de cuero, de su celda de espíritu. Pero, ¿qué mejor liquidación que la de sus efemérides? ¿Podré retornar a sus agendas o, por el contrario, podré destinarme a otra mujer? ¿Habrá otra Mercedes? Pero es que en estos momentos estoy siendo de ella y si ella corresponde a ese fatum pues la amo a ella y con ella, a todas las mujeres, pero si me niega ella, me niegan todas. ¿Qué puedo hacer? Encontrarla. Sí, encontrarla. Aunque sea lo último que pueda pronunciar. Buscarla. Hablar y verla es leer un poema que se repite. Es el tiempo en ciclo, en calendarios volcados hacia lo permanente. Resurgirla. Resucitarla, resucitarme, Álvaro Nogales, Lázaro levántate. Recuerdo esa sinfonía concertante de Mozart donde la flauta dialoga con inteligencia con el violín. Mercedes es diálogo: esa sacra conversazione que te deja la sensación de reoírla. Sin ella, mis ojos se trocarán en dos cuencas vacías y me quedaré sin tacto, sin oído y mi lengua se quemará dentro de mi boca y el derredor será la eterna noche de la purga. Pero en medio de la negación hay un destello insistente que termina iluminando el oscuro fango del aquelarre. Sí, como esas escenas de Caravaggio donde una tímida vela puede más que todos los presidios de ébano. Ahora tengo conmigo ese libro que le presté. Aquí están sus glosas, sus transparencias de niñaaparición con las que mi sombría nocturnidad interior puede alumbrarse. Aquí quedaron para siempre sus metafísicas reflexiones más allá de los límites. Vuelvo sobre ellas y me sorprende su presencia de cuerpo entero, fotografiada tras el lápizgrafito. Me dice que el presente no existe; que no es más que la juntura de lo pasado y futuro. Entonces yo no estoy aquí. Estuve con ella y me propongo estar con ella. La muerte del presente es mi renovación. No pertenezco a este confuso momento, mezcla en el fondo de nada y de muchas cosas. Tanto más me desato de mis cadenas temporales, cuanto más me acerco a ella, soberbia, impecable en la puerta de entrada del futuro mostrándome una explanada limpia, llena de cipreses y seguir su andar, su cabalgar Lady Godiva benedicta qui venit in nomine domini. Allí estaré, dispuesto, ligero de equipaje, pero para vivir cantando a los cuatro vientos las pieles de Mercedes. Canto, Mercedes, la alegría de los tiempos de Mercedes. Que vengan tiempos esperados. ¡Azar! Dame la clave secreta de tus albures. Hoy ha perecido la negación. Que griten los cornos, la flauta y el clarín. Que se desaten todas las orquestas con todos los blues, cantes jondos y piezas del mediodía de la vida. Lets face the music and dance! ¡Soledad permanece yerta! Aunque no esté aquí Mercedes, la veo y la seguiré viendo en todas mis transmigraciones y karmas. I found your lips close to mine so I kiss you and you didnt mind it all. Que surjan las esencias, los perfumes, los chaneles diecinueve; que vengan los cuadriláteros multicolores de Mondrian. Seguiré la larga verde vereda en pos de ti misma, con toda esta compañía de flautistas hamelines, fuegos artificiales Haendel, circos, fanfarrias, papagayos, cometas, redoblantes, sonetos y arco iris. Seguiré. Buscaré. Después de todo siempre hay algo de eterno en la esperanza. 17 en el despacho de Alfredo Elizondo convivían los más variopintos objetos junto a los más inútiles. Él mismo se vanagloriaba de la variedad de enseres raros y estrafalarios que formaban la colección de su escritorio. Había un bastón que perteneciera al general Gómez así como una fotografía del doctor Caldera haciendo ejercicios. Sí, la misma que había aparecido en la prensa y que Elizondo se había tomado la molestia de recortar y mandar a enmarcar. Sobre las diferentes repisas, dispuestas para tal fin, coexistían latas y botellas de cerveza de la primera edición de la Cervecería Caracas, una gorra del equipo Vargas, la reproducción en miniatura del ataúd del Libertador, un pequeño reloj de pared de la joyería Gathmann & Hermanos, una colección de barajitas del cigarrillo Fama de Cuba, una clavija del coche de Isidoro, un chal de misia Jacinta Crespo, un máuser de la «Libertadora», una jarra de la cervecería Doncella, tres servilletas del hotel Majestic, una navaja cortesía del Almacén Americano, el primer almanaque que sacó la librería Historia, unos anteojos de Leoncio Martínez, dos cucharitas del mariscal Falcón, lo que quedaba de la máquina de fabricar arepas al por mayor de don Feliciano Elizondo y Pumar, un guante de Carrasquelito, unas alpargatas del indio Figueredo, una leontina del duque de Rocanegras, unas orejas cortadas por el diestro Girón, una máquina de coser Singer del novecientos, una miniatura de sir Robert Kerr Porter, la partitura original del Pájaro Guarandol, una dormilona de una muy piadosa señora caraqueña en cuya zona rubial había una pequeña cortinita móvil con la siguiente inscripción bordada: Señor acepta este suplicio que no hago por vicio ni fornicio sino por sacrificio; una bacinilla con los símbolos patrios, fotografías y daguerrotipos de la gente más variada y conocida de Caracas. Eso para contar los objetos visibles porque en otro espacio de la oficina había cuatro closets repletos de cuanto bicharraco histórico se pudiese imaginar. La colección formaría parte de lo que Elizondo urdía esta vez, junto con cinco o seis coleccionistas de la misma índole, para la creación del futuro museo venezolano del cachivache. Ese mediodía Elizondo dividía su tiempo en darle los toques finales a un libelo de demanda de la Sociedad de Ciegos contra la Asociación de Expendedores de Cerveza del Estadium Universitario y en examinar un mamotreto viejo que fue enviado por una de sus parientes del interior. El energeion de la oficina estaba prendido y Elizondo respiraba plácido, convencido como estaba de que el aparato estaba acabando con las ondas peligrosas del ambiente. Para el momento en que iba a hacer uso del dictáfono (porque Elizondo usaba dictáfono) recibió una llamada de Nicanor Barrera, conocido suyo y académico de la lengua, quien después de los saludos de rigor, de los cuestionarios familiares y las lógicas referencias al escándalo político de turno, le comunicó que quería proponer el nombre de Elizondo para ocupar el sillón del recién fallecido académico Fortique. La respuesta de Elizondo fue tajante y precisa: No se te ocurra hacer esa pistolada, Nicanor. Barrera insistió una y otra vez, hasta que Elizondo tuvo que hacerle saber con un énfasis definitivo que él no era hombre de academias ni nada por el estilo. Le dio las gracias por su atención y le explicó que, por más que quisiera, no podría cumplir con las exigencias de la academia por estar ocupando todo su tiempo en una serie de asuntos que, en ese momento, hubiese sido fastidioso enumerar. Al finalizar la conversación, Elizondo no tuvo más remedio sino indignarse y reírse a la vez, pensando en el ridículo que haría fungiendo de académico. «La academia pule, brilla, da esplendor y mete la pata» se dijo. Él, Alfredo Elizondo, sentado alrededor de una viejamentazón olorosa a Vick Vaporub y salmodiante de versos de Martín o José Luis Ramos. Ni de vaina. Él no estaba para esos afanes de reunirse en un concilio de rezongadores anacrónicos, defensores de la momificación del lenguaje. Si la academia es peor que mis cachivaches. Una abigarrada complicación de purismos y retruécanos afectados del habla. Jamás ni nunca formaría parte de ese club de diccionarios escrupulosos y prestidigitadores de arte mayor. No me interesa esa gente que intenta amainar a puro vergajazo teórico el mundo vivo de la lengua. Eso es así como creerse el sumo sacerdote en el templo de la sabiduría o ser el lagarto de la caricatura. Que si la V de Venezuela se pronuncia diferente a la B, a la otra. Que si quitarle la P a psicología o escribir quilo en lugar de kilo. Y, encima de todo, estar programando homenajes a Bello cada vez que se avecina su fecha de natalicio. Dígame aquello. Lo que me contó Barrera sobre la proposición de uno de los académicos para uno de los cumpleaños de Andy. ¡Sembrar en un parque aledaño a la avenida Andrés Bello una muestra de la vegetación mencionada en la Silva! Una vez concluida la solicitud, Nicanor le replicó al elemento que eso era lo más pavoso que había escuchado y que, en resguardo y exorcismo de la mavita desatada, solicitaba la venia de los presentes para tocar madera y jorungarse la bola izquierda. Él otro se sintió ofendido y estuvieron sin hablarse como tres meses. Pavoso con ganas pensó Elizondo. Él no estaba dispuesto a jugarle engañifas a su modus vivendi. Prefería, mil veces, mantenerse al margen que figurar. Es que él no creía en eso. Eso era hasta una jugarreta del destino. Su padre y su abuelo habían sido académicos. La fatalidad de sino; la línea generacional. Su padre creía en eso. Él no podía: con todo lo iconoclasta y cabezacaliente que había sido. Elizondo se puso a recordar aquella vez cuando acompañó a su padre a la sesión solemne por el centenario de don Feliciano. Todo el mundo presente, las fuerzas vivas, como es costumbre relatar. Y se han disparado un discursote todo cursi y fastidioso elogiando las virtudes cívicas del eximio poeta bolivariano don Feliciano Hipólito Elizondo y Pumar. ¿Qué sucedió? Pues que Elizondo se quedó dormido pero a pierna suelta, al punto que roncó y todo, hasta que un señorón de estos de la generación del 28 lo despertó a regaño puro, instándolo a que abandonara el recinto si no se sabía comportar. A todas éstas, su padre muerto de la vergüenza y él con la necesidad de permanecer en vilo como una lechuza. Así que ni de vaina, se volvió a repetir y decidió llamar a Lope Nogales para referirle lo sucedido. Lope se reventó de la risa y le sugirió a Elizondo que pasara por su casa esa noche: Vamos a celebrarlo Alfredo. Y de paso imitamos una sesión de la academia. Tráete a quien quieras. Yo le voy a avisar al lagarto Ortega y al flaco Paredes. Tú sabes que a ese par de borrachos groseros les encanta cualquier oportunidad para mearse de la risa. 18 «Estaba confundida». Esa fue la conclusión que pudo sacarle la Nena Mendizábal cuando Mercedes se acercó hasta su casa para contarle, con pelos y señales, en qué había parado su relación con Nogales. No estaba ni siquiera segura de qué era lo que había sucedido: muchas veces se preguntaba si aquello fue lo más adecuado. Pensaba que si lo había dejado era porque no sabía como detener esas ansias de estar planeando tantas cosas nuevas para el futuro. Se sentía como si hubiese estado trasquilando todo a su alrededor. La Nena le dijo que se definiera; que se dejara de tanto guabineo y habladora de tonterías. Porque si algo había que reconocerle a Mercedes, era que siempre había podido tomar decisiones sensatas y enfrentar cualquier contrariedad. La proclama que toda la vida se dio en hacer a los cuatro costados era su archiconocida reciedumbre y soberbio equilibrio. La Nena no podía entender aquello. Es que nunca antes había pasado. Ver a Mercedes preocupada, insegura. No, eso jamás se le habría pasado por la mente. Media Caracas estaba enterada de las volteretas emocionales que estaba dando Mercedes Teresa. La gente que no la trataba mayormente, porque éstas son las brigadas del chisme, entre gente que se ha conocido por generaciones, estaba dándole rienda suelta a la lengua viperina. La supuesta inmadurez de Mercedes Chávarri no era sino una especie que había dejado correr Julio Mármol, ante ese rolitranco de despecho. Extrañamente, porque Julito siempre se había caracterizado por ser discreto. A Mercedes le importaba un bledo esa sarta de comentarios que la hacían, en muchos casos, el centro de la atención. Eso sí que le encantaba. Cuando fue preciso que se enterara de las habladurías de Julio, fue a buscarlo hasta las canchas y menudo zaperoco que le armó. La ridiculización y el descrédito a que lo expuso fue tal, que Julio se largó corriendo del club convertido en el hazmerreír de todos. Mercedes estaba como desasosegada. Como entristecida o alicaída. Su decisión, lejos de haberle reportado claridad o fuerza, la había enredado en un sinfín de contradicciones, de las cuales no sabía cómo escapar. Era tan palpable el embrollo que se había creado, que la célula en pleno optó por aparecerse todas las tardes en casa de los Chavarri para darle a la pintora todo el apoyo organizativo, ideológico y camaraderístico no obstante las desviaciones de corte revisionista y burgués con que la artista Chavarri ha asumido su conducta social. Esto todo constaba en una cartamanifiesto que la célula le había redactado, apenas ella comenzó a dar muestras de intranquilidad y nerviosismo. Una vez en el taller de Mercedes, la Nena le preguntó si estaba arrepentida. Ella no supo qué responderle. Por el contrario, comenzó a hablarle sobre la puerta que se veía al fondo de un cañaveral en uno de sus cuadros. En Los trazos perdidos podía verse a una mujer que camina de espaldas a lo largo de un campo, intentando alcanzar una puerta entreabierta. La Nena como que no entendió mucho aquello y terminó de incomodarse cuando Lenin Figueroa, uno de la célula, se le acercó para preguntarle, con toda la ironía del mundo, si los Mendizábal tenían conciencia de clase. La Nena, indignadísima, completamente Merici ella, le dijo que qué fastidio mijito, déjame en paz envidioso y báñate porque estás medio hediondo. Mercedes le dijo a Lenin que estaba bueno de meterse con sus amigas. La Nena no podía entender cómo Mercedes podía reunirse con esos tipos. Asco, los comunistas esos, que son unos acomplejados, Merce. Después de eso, la Nena se fue rápido pero más por la cita que tenía con la costurera para lo del cortejo de Maricusa. La célula aprovechó para seguir viendo películas en el beta y ayudar a Mercedes a lo de enmarcar los cuadros para la exposición. Por más que la célula la interrogaba sobre su supuesta alteración biorrítmica, ella no soltaba prenda. Ella lo que hacía era oscilar como un péndulo entre el cuestionamiento interno a sus recientes actos y su alegría por la próxima exposición. Qué de gente la estaba llamando. Y ella salía. Para todos lados. Al cine, a comer, exposiciones, conciertos. Pero en cualquier salida siempre estaba atenta, vigilante por si acaso veía a ese alguien. Los quince días de viaje sólo sirvieron para hacer un poco de higiene mental, porque en lo que volvió a poner sus piecitos en Maiquetía, volvió a sentir la repetida mezcla de querencias olvidadas y nostalgias que la precisaban. En el matrimonio de Maricusa se agotó de tanto agobio. Esto se complicó después de saludar a Alfredo Elizondo. El papá de Dolores le contó de Álvaro, a quien él conocía tanto imagínate el nieto de Lope yo sé que tú eres muy amiga de él cómo me contenta. A Mercedes le pareció que el ambiente le empezaba a dar vueltas. «Por supuesto, claro, somos muy, muy buenos amigos». Y en lo que se fue Elizondo tuviste que irte porque no te sentías bien entre tanta confusión. La exposición era lo que te daba nuevos aires y te mantenía. Y no porque la ruptura con Álvaro te resultara tan grave. Al fin y al cabo tú siempre superabas esas cosas. ¿Siempre las superabas? Nadie interpretaba con claridad lo que le pasaba. Por lo pronto, todo el tiempo no le bastaba para explicarse por qué aquella puertita le estaba resultando tan enigmática y, a la vez, tan necesaria. 19 Cuando finalmente se fue de tu casa ese gentío, tú caíste en cuenta de que un rumor inexorable pendía inerte sobre tus procederes, sin que de modo cierto supieras de qué se trataba. En derredor, el canto de los grillos se hacía cada vez más palpable. Ya tu abuela había subido, no sin antes poner un poco de orden al, según ella, «desastre» que había causado ese humor tan tonto y jactancioso de estar imitando gentes. Es posible que las carcajadas se hubiesen sentido en todo el vecindario por lo estentóreas que resultaron las risas de Elizondo del lagarto Ortega. Al final tú te aburriste de tanta comedia, en especial cuando el flaco Paredes te pidió que hicieras de academiquito, a lo cual tú te negaste, causándole extrañeza al abuelo, quien siempre había contado contigo para todas sus burlas y bullangas. Pero es que tú no estabas para esos humores. Tú seguías empeñado en aquello. Bien seguías apostando a restregarte esa herida necrosada que te impedía saberte, con pulcra y excitante memoria, las cosas que te acompañaban. Aunque estabas a medio camino, sobre todo pretendiendo haber cubierto con un manto de demostraciones racionales, que su lugar había sido desplazado. Que tú te habías curado de esa llaga y había enmaletado sus presencias. Que su imagen yacía sepultada con sudario y epitafio. Tú te empecinabas en decirte que la vida continuaba, pese a sus negativas y a su supuesto miedo por quererte. Tú querías convencerte de que ella no estaba contigo, porque tú y que le habías desarmado su seguridad y le sugerías un temor y una distancia que ella no había podido sobrellevar. ¡Mentira! Tanta idiotez y necedad que empeñabas en construir absurdamente y la verdad era que estabas como el primer día. Pero aún, tu adivinaste y terminaste la charada cuando sólo silencio palpitaba en la biblioteca y ella seguía allí, con su imagen cenital que te abofeteaba tus juicios y acuchillaba tu noción de realidad. En paralelo, tu te desvivías por contarle a tus amigos que eras otro; que los tiempos del abobaliconamiento y la neurosis por ella habían desaparecido; que tú estabas saneado de esas argucias emocionales. Que habiendo vuelto a la universidad, habías comenzado a descubrir campos nuevos. Pero, ¿hasta dónde te engañabas, Álvaro Nogales? Tú llegaste al colmo de la mentira profesional cuando le mencionaste a la tía de Mercedes (¿te acuerda bien?) que, en adelante, podrías ver a Mercedes como a una amiga más. Pero, por favor Álvaro, si tú te pegaste aquel viaje hasta El Junko para ver qué averiguabas sobre Merce. Y ahora sí traes a colación la cara de yonotecreonidebroma que te puso Gertrudis. Y qué dices cuando Maurice (lo tienes fotografiado impecablemente en tu memoria) te preguntó, porque es despistado, si tú eras amigo de Jules. No señor le contestaste. Pero lo que te provocó responder era que no podías ser amigo de esa sabandija. En verdad, ¿qué pretendías tú sino el patrimonio de las querencias de Mercedes aunque en este momento no pasaras de ser teórico internacional del desamor? Esas excusas, ese chaleco antibalas que vestías, te servían de resguardo, de bastión para no despellejarte el alma más de lo que la tenías. Tú estabas tan hipnotizado por ella que tus amigos se desesperaban con el temita. Hasta alguien te ripostó que publicaras la historia de Mercedes, porque era totalmente mercadeable. No respondiste sino que lo miraste con agriada intemperancia como eructando vinagre del espíritu. Con el silencio estabas solo. Desfasado, despiadadamente solo. De nada podrían serte útiles los mil disfraces ontológicos y antifaces del nuevo yo con que pretendías hacerle un atajo a tus realidades. Una parcialidad tuya se la llevaba ella. Ella sí era quien te había despegado tu seguridad y, pese a todos tus consuelos de reciedumbre trasnochada, era obvio que tu debilidad no aguantaba explayarse por las grietas que ella había cincelado en ti. Todos sus gestos archivados, con sus respectivas ocasiones, permitían vislumbrar lo bien ejemplificado: tú no podías deshacerte de ella. Eso no sé si te anulaba, porque más bien te atormentaba. ¿Qué podías ganar tú con dejar de llamarla si ni siquiera contestaba al teléfono? Tú te dabas cuenta de que ella estaba cuando telefoneabas, porque hasta escuchaste una vez su murmullo casi imperceptible pidiendo decir que había salido. Y ¿qué podías hacer? Seguir estrellándote, Nikilaudabólidoálvaronogales contra sus defensas, contra sus barreras cimentadas y sus supremos muros. Como César tendrías que cruzar el Rubicón y tomar la fortaleza negada. Tú, bárbaro invasor, libertador andino, césar galo, Alejandro macedonio, Wellington Waterloo, Napoleón Austerlitz, Patton línea de Sigfrido, Sucre mariscal, Drake pirata, Ambrosio de Spínola vendedor, tú, estratega Nogales, tendrías que allanar con la bengala y el sable sus prohibidos territorios. ¿Con cual esperanza estabas ungido? Esperanza. Como expectar a un final de telenovela. Ella se dio cuenta de su error y dejó que él buceara su lengua entre sus labios. Y confundidos en un eterno abrazo comenzó a despuntar la mañana con los rayos rojos de la pasión. Y la palabra fin como un gorrioncillo que merodea. En orden de participantes: fulanos de tal. Nuestro agradecimiento a menganos de tal. ¿Es que tu vida, Álvaro Nogales, es el folletín de la Cartland o de la Delia Fiallo, con grandes anuncios alimentando tu nombre y el de ella? Esto eres tú, esto es Mercedes y, como no estás hediondo a opereta bufa o a vodevil Corín Tellado, nadie va a anunciar tu historia en marquesinas. Tú edificarás tu propio final. Nadie sino tú celebrará tus aciertos o tus desdichas. No muchas cosas restaban por imaginarse. Hoy, acostumbrado a la rotativa inercia, se te ofrece exclaustrar sus presencias y te gusta hacerlo. Como supremo hacedor de estos momentos has endosado cualquier mínima referencia de ella a tu mente y disfrutas encender tu psique proyectora de sus imágenes. Mercedes en súper ocho, Mercedes en 35 milímetros, Mercedes largometrada, Mercedes en video clip, Mercedes Kodak videorama. Platea repleta. Últimas butacas disponibles en balcón. Ella comienza a actuar. Siempre diferente, segura, irremediablemente ella. Una hora seguida de su monólogo. Soliloquio de Segismundo. Ascensor al cadalso. Noche silente. Mercedes domina el escenario. Tiene identificado al culpable de la trama. No te resistes, estás vencido y lo sabes bien. como en los guiones de Hammet pronto vendrán por ti. Se le acusa por los cargos de enamoramiento premeditado y seducción intencional. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra por ella. Tiene derecho a permanecer callado. Has callado porque sabes que aquí no se pierde. Después de todo, estás ganando. Serás dueñolegítimo , titular del momento en que Mercedes te llamaba sin estrépitos y te hacía ojitos en la comida de Mechita SilvaDíaz. Serás poseedor, erga omnes, del rodeo de cintura que le hiciste en aquella grosera exposición de los posmodernos. Serás eterno arrendatario de sus risas. Permanente acreedor por habértela encontrado en aquella barra. Señor de sus remembranzas, Álvaro Nogales, todo es ganancia, la eterna ganancia del recuerdo. 20 Mercedes estaba llegando de almorzar con la célula, a quienes había convencido de engullir bocado en el propio corazón de la oligarquía, en el mismísimo Country. La célula dudó, en un primer momento, por todo lo perestroika que se había puesto Mercedes, pero con el discurso proconocimiento in situ de las estructuras de dominación con el que Lenin Figueroa había defendido la iniciativa de Mercedes, se pudieron ganar para la idea a Elmer, a Jesús y hasta a Capulina, quien se fue con boina rojaestrellada franela del Ché. Para pasarse la comilona mirando mal al doctor Valdivieso quien, según Merece, era de todo menos simpático y buena gente. Éste tenía fama de haberse casado con la Toña Martínez Figueredo por la cadena de edificios que tenía el finado don Indalecio Martínez, suegro de postín y compañero de rumbas de Valdivieso en los tiempos del Pasapoga. Después de haber calculado con precisión el braguetazo, Valdi como le decían los allegados de Playa Azul se birló al viejo con un negocio de parcelamientos fantasmas. ¡Ni hablar de lo pelmazo que era cuando se vitoreaba por allí, autopontificando su famosa pose de gente decente! Por eso Mercedes azuzó a Capulina a que siguiese caricañoneando al rastacueros. A la célula le pareció medio decepcionante que todo transcurriese tan lleno de buen gusto. La verdad era que estaban como perdidos y hasta sorprendidos. Ellos se imaginaron llegando a un palacio versallesco con alfombras y ánforas rococó a lo Relaciones peligrosas. Y, en medio de todo, en el más lambucio estilo de novela mexicana de las dos de la tarde, con gente que mira con desdén y ordena a la servidumbre que puede retirarse. El detalle de que Julito se acercara a la mesa les pareció de simpática antología, porque en él lo normal era que ni les parara, pero ese mediodía se esmeró saludando de nombre y apellido a la célula. Aunque, en honor a la verdad, Julito había sido tan edulcorante para congraciarse con Merce quien, desde la vez de las canchas, no había sido sino insulínica con él. Mercedes, con el gesto, lo trató bien y llegó a invitarlo a que se sentara, pero Julio dijo que más bien conversarían otro día. Claro, lo que él no quería era que el grupete de tecnopavas del instituto de diseño, con quienes se la pasaba para arriba y para abajo, lo viera con semejante junta. Y, menos ahora, que ya estaba casi resuelto con una de ellas y con promesa de irse para Cuyagua ese fin (fin de semana), siempre y cuando le pusieran el winche a la Toyota, porque después de la pegada de Todasana ni de broma se aventuraba. A la salida del club, Mercedes les presentó al venerable Felipe Gonzaga, la leyenda de La Rotunda y con un olor a santidad de «generación del 28», ya que rozaba los noventa años pero, a pesar de su lucidez, se decía que estaba en sus últimas. Don Felipe tenía fama de loco porque vivía recitando por doquier. Todos los años juraban que se moría por lo achacoso e hipocondríaco que siempre había sido. En El Pingüino había tenido la osadía de organizar la llamada «necroquiniela», para apostar que no pasaría a mejor vida ese año, toda vez que quería demostrar que era la versión venezolana del ave fénix. Gonzaga halagó hasta el colmo a la célula porque, por encima de millonario, él se decía comunista. Y, demás está decir, que le encantaba Mercedes en un elan Goethe de los ochenta años. La célula llegó a casa de los Chávarri, ya ni siquiera para adoptar el plan betamax (eso había pasado a la historia), sino para caerse violentamente a moviechannel en la súper y recién inaugurada parabólica. Mercedes no entendía muy bien aquello porque el único que hablaba inglés era Capulina y los otros apenas si lo chapuceaban, pero la novelería podía con todo. «Es el discurso de la comunicación contemporánea que hay que manejar a sabiendas de la conspiración imperialista» le soltaba Lenin a Mercedes. Mercedes le contestó la llamada a Gertrudis, según el mensaje que le dio una de las gordas, y quedaron en verse al día siguiente para lo de Lawrence. Mercedes notó curiosidad en Gertrudis y receló de que fuese por lo de Nogales. Cuando volvió a la sala, la célula estaba por irse a lo del seminario ideológico (se les había olvidado) o a lo que Merce catalogaba como «los ñángaras se ponen serios». Despidiéndose y compitiendo contra los gritos de la otra gorda por un tal Manolo que llamaba a la niña Mercedes, Elmer notó que, por fin, le había vuelto el buen humor a la pintora. «Desde que saliste del prosecutor» le dijo. Mercedes sonrió, pero esta vez haciéndolo sin reparar en la cuantía del desconcierto que la visitaría una vez que se encontraba sola, sin más compañía que la del prófugo recuerdo de la última vez que lo vio de lejos y comenzó a añorarlo hasta con nostalgia. 21 Como un reloj precisamente rítmico, la luz del sol volvió a colarse entre las rendijas preparadas. Le desarmó a Mercedes su patrón de sueño. Mercedes se levantó en sobresalto sin querer explicarse mucho la razón de su madrugante desasosiego. Eran exactamente las nueve de la mañana y nada parecía indicar que viviera en una gran ciudad puesto que apenas si se escuchaban los ruidos de los automóviles y acaso uno que otro griterío de mujeres de servicio. En el cuarto de Mercedes la atmósfera era la misma: todo impecable, los mismos tonos pastel y blanco, la misma mesa de madera laqueada, los mismo portarretratos. Nada fuera de lugar. Nada fuera de ese orden preciso que ella confirmaba y no sabía hasta dónde debía llegar. un orden cotidiano, matemático. Un mismo orden cotidiano, matemático. El cepillo con mango de plata, sobre la estantería del baño que alcanzaba a divisar por reflejo en el gran espejo de su gran cuarto, la hacía presumir que lo había colocado ayer como lo había hecho anteayer y quién sabe desde hacía cuánto tiempo. Era este ciclo de normalidades aparentes lo que la despertaba angustiada. Sobre la poltrona yacía el vestido de la noche anterior. Moiré negro. De gata, como le habían dicho. Trepaba la izquierda esquina pero hubiese sido común pensar que yacía yerto, inmóvil y frío, acostumbrándose a esa abulia elemental que estaba signando su vida. Anoche había vuelto a salir con el yuppie, ese soberano fastidioso que la cortejaba tanto y que solía hablar en términos plurales. La había llevado a una de las comidas más aburridas de su vida por el tono financiero que perseguía cualquier conversación. Los hombres fungían de grandes inversionistas, de corredores de bolsa. Todos se juraban Comodoro Vanderbilt o algo por el estilo. Sus mujeres no reparaban en cifras para hablar del costo de sus vestidos y alhajas y hasta una elogió el hecho de que Mercedes fuera una pintora, porque sabes hoy en día invertir en arte es todo un negocio. Mercedes anoche le había dado la vuelta al mundo, pero dentro de una maleta, al oír a toda la sifrinada organizada hablar de Bloomingdales, de Avenue Foche, de Via Veneto, y hasta se sorprendió de que la gente tomara y dejara aviones, con tanta facilidad, visitando tiendas y apartando mercancías. El colmo fue cuando el yuppie Manolo, quien se había pasado toda la noche ensalzándola y tratando de agarrarle la mano (a lo que Mercedita correspondió con evasivas y engarrotamientos), la presentó, ante un conocido de él, como su novia. La cara de asco que puso Mercedes fue ejemplar e inmediatamente, sugirió violentamente que se fueran. Cuando iban de camino a su casa, Mercedes le dijo que se bajara de esa nube, que si se iba a creer que, por un par de revolcones apresurados ya se reconocía al borde de los himeneos, estaba equivocado. Le prohibió acompañarla hasta la puerta y le dijo que hasta allí llegaba todo y que no se atreviera a llamarla o buscarla. El yuppie Manolo simuló no entender y le juró a Mercedes que no lo volvería a hacer. Ella fue implacable: le dio como solución que se dedicara al onanismo, porque con ella ni a la esquina. Fue descortés, grosera, maleducada: lo mandó al demonio y le deseó que se atragantara con toda su glotonería de lear jets, de teléfonos celulares, de bonos de la deuda pública, certificados de inversión y apartamentos en las costas del mundo. Allí estaba, pues, en la víspera del desayuno con toda la certidumbre de estar haciendo todo lo contrario de lo que quería. Su madre, espía como siempre, se había asomado subrepticiamente anoche y había presenciado, como convidado de piedra, el lance que Mercedita se había pegado cuando la dejaron. Esperó a que su niña entrara y le reclamó que cómo podía tratar tan mal a tan buen partido. Mercedes no cabía en su rabia, no le respondió frase a su madre y, acto seguido, se internó en su cuarto. A las diez de la mañana, Mercedes estaba en su taller con la tía Gertrudis viendo cómo organizarían la exposición tan deseada, con que Mercedes, por fin, iba a tener la oportunidad de demostrar algo. En total, 30 cuadros, 30 modos de ser, 30 formas de vencer la finitud, 30 formas de decir algo, 30 espacios, 30 veces pensar lo mismo, y no decirlo igual, 30 verbos, 30 códigos, 30 personas, yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos, 30 cuadros. La tía Gertrudis estaba eufórica, contenta de veras; hasta había abandonado viejos prejuicios y se había acercado hasta la casa de Mercedes (en realidad ya venían quebrando el hielo desde hacía un mes). Su hermana la recibió con entusiasmo y hasta el ingeniero Chávarri (ese día no iba a la oficina) se acercó. Mercedes estaba sorprendida por tanta escena familiar. Al rato sonó una corneta y se escuchó un inepto llevarse por delante las cosas: era Maurice. La marmota se acercó con las manos metidas en los jeans para saludar a la concurrencia y quedarse absorto frente a uno de los cuadros que, según lo refirió a Mercedes, era la fiel copia del universo de abstracciones verbales, donde la palabra se confundía y se hacía incomprensible. Nadie lo entendió pero Merce, quien tenía ese lienzo sin título, decidió llamarlo Torre de Babel, aunque no hubiese torre alguna sino una suerte de anfiteatro con aire y todo. El ingeniero Chávarri decidió, él mismo, traer una botella de champaña y copas para festejar el encuentro. Cuando todo estuvieron servidos y Mercedes se encontraba con cara de incredulidad, decidió en el más paternal de los tonos dirigirse a ellos: Brindemos por la pintora. Todos lo hicieron sin dejar de agregar cada quien su comentario elogioso. Mercedes, a quien la emoción estaba sitiando, intentó decir algo así como: «Me gusta tenerlos hoy aquí, así como están». Después de terminados los cumplidos, con sus respectivas viandas emocionales, Mercedes le recordó a la tía Gertrudis y a la marmota que tenían que llevar los cuadros a la galería. La exposición sería un jueves dentro de dos semanas. Los tres cargaron con los cuadros y supieron acomodarlos cuidadosamente en la camioneta. Maurice insistió que manejaría, pese a los ruegos de Gertrudis de hacerlo ella. Nada, la marmota consiguió su objetivo. Retrocediendo, casi atropella a una de las gordas de casa de Mercedes y emprendieron ruta hacia «Cartelera». Maurice usaba gorra para conducir y hasta unos guantes que no se sabe en qué momento los había adquirido. A Gertrudis le parecía ridiculísima esa estampa y a Maurice le encantaban los ridículos. En el camino se le atravesó a todo el mundo. Irrespetó cuatro semáforos, se comió dos flechas e hizo caso omiso del llamado de un fiscal de tránsito a quien le gritó ¡farsante! Desde lejos. Los insultos de Maurice durante sus recorridos por la vía pública eran de lo más variados y peculiares: farsante para los fiscales sin moto. A las señoras entradas en edad: tortuga maquillada. Para los taxistas: latas mercenarias. A las gordas: arepa deforme. A los autobuseros: invenciones diabólicas. A los pavitos de carros con todos los accesorios: pavitos full equipo y a los motorizados: centauros de la megalópolis. Con suerte, al llegar a «Cartelera», sólo tuvieron problemas con un farsante, dos arepas deformes y un centauro de la megalópolis. Así y todo, Gertrudis dio gracias a que no hubiese habido mayores inconvenientes. En alguna oportunidad, tres centauros de la megalópolis estuvieron a punto de linchar a la marmota, pero la habilidad de Maurice le permitió evitar el incidente y hasta invitar a los centauros a echarse palos en un bar. Para todos Maurice era simplemente la amenaza del asfalto. Maurice estacionó mal la camioneta (a la salida la encontraría con una calcomanía de infracción) y Mercedes se bajó, primero que todos, para pedir que abrieran. Los recibió Lawrence el galerista, un inglés como de sesenta años que permanentemente se hacía acompañar por Ricky, su asistente en todos los quehaceres, quien iba siempre de negro con unas patillas a lo Elvis. Lawrence sentía debilidad por Gertrudis y gritaba de emoción cada vez que la veía. Usaba unos lentes que colgaban de su cuello y, constantemente, estiraba los brazos o le guiñaba el ojo a Ricky, quien rara vez hablaba. Cuando vio a Gertrudis gritó: ¡Geertruuud! ¡No lo puedo creer, hoooolaaa! Y con un tonito de militar reprimido le ordenó a Ricky que saludara a la diva (así se refería a ella), después de lo cual volvió a abrazar a Gertrudis tan prolongadamente que la marmota creyó que se había quedado pegados. Pasaron a su oficina, no sin antes saludar (Lawrence y Ricky) con indiferencia a Maurice y a la propia Mercedes. La marmota y Merce los siguieron hasta dentro, no obstante nadie haberles dicho que lo hicieran. Allí discutieron los términos del contrato de exposición y todas esas minucias que, la verdad, fastidiaban a Mercedes . ella terminó por dejarlos allí para ir a recorrer los espacios que albergarían sus, por el momento, 30 preguntas y respuestas. El engominado Ricky de las patillas se le acercó para preguntarle si tenía alguna preferencia en relación al orden de los lienzos. Mercedes, ella, Mercedes misma, Mercedes Teresa, le repuso con un aire de solemnísima parsimonia: Ya vendré y me ocuparé. Yo misma, yo Mercedes. A Ricky no le gustaba ese tipo de respuestas que él llamaba enrolladas. Alzó la nariz y la cara y, como un cisne orgulloso, se fue directo a la oficina de Lawrence para decirle, delante de Gertrudis y la marmota: ¡Ay! No sé Lawrie, cómo vamos a hacer con esta niñita. ¡Qué mujer tan, pero tan esotérica, horror! Sin esperar respuesta se fue para la cocina para tomarse un vaso de agua tónica porque era mucho el vaporón que circulaba. Mercedes se quedó como sonámbula apoyada en una columna, imaginando todas sus telas colgadas sobre las expandidas paredes de blanco resurrección. Desde allí presentía ya cómo Torre de Babel tendría presencia propia. Así, uno por uno de sus lienzos: Amanecer tras la ladera de los sueños, El manantial rosado, Ciudad dormida, Ciudad despierta, Hipnosis IV, Cenital como el cine, Murmullo de querencia, Amor tras los 4 costados, Mi perro el inmigrante, Glaucoma ciudadano, Los trazos perdidos, La luna silenciosa de la floresta, El idioma de mi cocinera. Todos los nombres fueron apareciendo a medida que cada trozo de pared se acomodaba para cobijar, sin equívocos, cada una de sus telas. Eran casi las doce del mediodía. La marmota y la tía Gertrudis vinieron hacia Mercedes. Gertrudis le preguntó: En esta lista de invitados, ¿está toda la gente que quieres que venga? Mercedes sabía perfectamente qué le quería decir. No tenía que increparla directamente, sino en línea indirecta. Mercedes tardó en contestar: Que se entere por la prensa. Ya verás que viene. En ese instante, momento lógico para la reflexión, no supo por qué había dispuesto esa respuesta. ¿Vendría? ¿Cómo podía estar tan segura? Sí lo estaba: algo muy dentro de ella se lo aseguraba. Había también en ese algo una inquietud que la perseguía o la asustaba. Era inexplicable aunque se tratara de algo relacionado con la noche de la inauguración. Seguía sin saber lo que era. Apenas Lawrence mencionó que era mediodía, a Mercedes le dio por recordarlo e inconsciente o conscientemente se fue repitiendo para sí fragmentos del poema que él le había regalado: Doce en punto el mediodía está pariendo con tus amagos de risa con tus junturas de mujer y niña. Así continuó silenciosa, grávida de recogimiento, embarazada de mutismo hasta que la marmota y Gertrudis la dejaron en su casa, no sin antes la tía repetirle lo de los detalles pendientes. Cuando estaba abriendo la puerta, se sorprendió al recordar otro verso: para llevarte a transitar sin miedo de vértigos las ventanas de la ciudad. Se detuvo. En ese momento hubiese dado todo por saber qué clase de intuiciones la acorralaban. 22 El abuelo le había dejado una nota pegada con teipe sobre el picaporte. Era común en ellos utilizar ese recurso. Invariablemente, el picaporte resultaba para los Nogales el arma útil para que los mensajes nunca resultaran desapercibidos. De modo que cuando Álvaro se dio cuenta del mensaje, creyó que se trataría de un recordatorio que le hacía el abuelo sobre un cheque que debía cobrar en el banco. Pero efectivamente al leerlo todo cambió en él. La respiración se le hizo acelerada y hasta sintió que se ruborizaba. Bajó corriendo a buscar el periódico, repitiéndose el mensaje del abuelo: En el cuerpo C hay un aviso que te interesará. Es sobre tu amiga. Álvaro casi despedaza el periódico, una vez que se lo arrancara a Leonidas, el chofer del abuelo. Éste, quien estaba acostumbrado a tales actos, no le dio la menor importancia y se levantó con la lentitud de la pierna renca a encender uno de sus tabacos cumaneses en las afueras del jardín. Álvaro echó al piso los tres cuerpos que sobraban y se quedó entre sus manos con el único importante. Sintió la irritación nerviosa, el trote orgiástico de sus arterias. Gesticulaba signos que sólo él comprendía. Pensó que la tembladera no lo iba a dejar seguir pasando las páginas. Pero allí se lo encontró. Allí residía la fórmula como se enteraba de ella después de mucho tiempo: CARTELERA ARTE ACTUAL, 30 MUESTRAS, MERCEDES CHÁVARRI, BOULEVARD DE SABANA GRANDE, JUEVES 20 DE JULIO, 8:00 PM Álvaro miró con asombro cada palabra, revisó con incredulidad cada letra y llegó al colmo de leer más de diez veces el anuncio Y no me invitó se dijo. Y no se dignó, no tuvo el detalle insistió De modo que lo tantas veces comentado en un tiempo, súbitamente se hacía impersonal por la vía como él se enteraba. Semejante a un lector común que tropieza con el anuncio. Como si se tratara de una información más. Pero no. Esa era la noticia que le purgaba el equilibrio y sacaba a relucir la hiel de su intemperancia: que lo golpeaba de la forma más aséptica, higiénica, esterilizada, pasteurizada. Tendría que aparecerse en «Cartelera», pero con algo definitivo, con el último intento para poner punto final a esta absurda comedia de contradicciones. A este no poder vivir a su lado y pensar que era para siempre. Que todos los días al levantarse, descubriera con regocijo y vanidad su voz de contralto, sus piesgacela simétricos, sus coquetos pechos, su risa confitada y su plácida desnudez. Que todos los días fueran inabarcables para ir enhebrando en ella una alacena de recuerdos. Mañana jueves sería el día encrucijada, la alcabala entre el hoy y el futuro; decidiría mañana hasta dónde llegaría este ir y venir al carajo de los enredos. En suma, ya eran casi un par de meses de no verse ni hablarse: de asfixiarse en soledad al caminar por las calles. De luchar con denuedo por vencer esa corrosión, la lenta oxidación de lo cotidiano. Mil veces se juró decidirlo. Mañana. Se valdría de cualquier recurso para hacerla encarar lo que alguna vez Mercedes llamó una confusa pareja de azares. Álvaro creía que Merce tenía que abandonar el rol de mujer agenda, la mitomanía posmo de estar en muchos sitios, con mucha gente, con muchos compromisos. Tendría que tomar una decisión. Mañana. Sin duda alguna mañana. A descubrir el mundo con sus propios hallazgos, con sus únicos idiomas, calzando sus zapatos y pesando y respirando sus seguidoras huellas. Convertirse en arqueólogo de señas vitales, palpar el escondite de los esfuerzos. Valerse de sus manos para horadar la tierra prometida. Pero no sin ella. Nunca terminar, siempre empezar. Mañana él estaría allí. Dispuesto, firme, con la convicción de sentirse conquistador de la vida, bucanero del porvenir. 23 Una llega a arrepentirse de las cosas que hace, cuando se comprende, por esos pequeños resquicios de la consciencia, que nos vemos demasiado en nuestro espejo. Sólo quiero aprender a repetirme que jugué a quererme, olvidándome de que tu estabas allí susurrándome esas frasecitas que ahora aclaro cómo me gustaban. Soy, a lo mejor, prisionera de un extraño orgullo. Parezco estúpidamente condenada a hablarme sola y sé que no me gusta hacerlo. Porque fui criada para creer que siempre tenía la razón y que los alrededores no eran sino la confirmación de mis caprichos. Pero mi antojo de mujer se ha revertido como el fresbee que retorna en alzado vuelo. Que me esté diciendo estas cosas en la soledad de mí misma, es como abrir varias puertas y hallar el repetido lienzo de colores primarios. Se sabe siempre de las mismas respuestas en un universo de preguntas de toda la vida y de uno mismo. Me mata este miedo. Este lacónico aviso de azules petróleo. Mañana es mi día, me dicen. Tu triunfo, según repiten. Pero qué trofeos puedo alcanzar, sabiendo cuantos de mis días atraparon el trazo negroabismo con lo que hice aquella noche. Gertrudis me lo insinuó, pero yo estaba pendiente de mi libertad en demasía. ¡En demasía! ¿Cuándo me pude pensar con esta palabra tan sonora? Fueron las voces que me enseñaste. A ti si te quedaban bien esas seriedades pero, como uniquísimo, pasabas de golpe a lo irreverente, a lo más humorístico callejero. Y me asustó aquello. Verme además tan acorralada. Tan perseguida por tus actos de loco amor. No me dejen, que voy a tomar el tren de la vida como llegaste a gritar en la calle, en una calle que dijiste me regalarías para edificar el ranchito de nuestros cariños. Así eras tú. Yo creía ese día con esas oraciones que la cosa venía por lo solemne, pero con ese ranchito qué iba a hacer sino morirme de la risa. Pero con tus montajes y ese saberme hacia lo definitivo me vino el escalofrío. El no entender si sería capaz. ¿Será que no tengo el talento de que hablábamos? La cita esa que sacaste de no sé qué revista famosa, la editorial, y me la escribiste para que no se me fuera a olvidar, como queriéndome advertir que las escenas de amor, secretamente, anteponían ese preliminar. Yo podría pensar que mis reacciones fueron parecidas a un arranque de postadolescente prerealizada. Pero sea como sea, lo que me convencería sería llegar a estar contigo para lo que salga. Así de fácil, para borrar ya todo arrepentimiento. Esto dejó de ser la jaula de oro, como te burlabas. Sé que debería llamarte: invitarte a mi expo de mañana (ésa sí es de mi propia cosecha) y no apurarnos por conversar, como si nada, a despecho de todos los sucesos (ésa sí es tuya). Pero tiemblo, de pensar en hacerlo. Me muero otra vez, de miedo. Me propicié el temor con esta lejanía. Tú sí me sorprendías. Hasta con celos. Dígame aquella vez que se me acerca el del CONAC, el de Artes Visuales o no sé si era de la «Cristóbal Rojas». Te estoy viendo la cara, porque fue delante de ti. El fulano agarra y me invita a almorzar. Y yo, por supuesto, le dije que sí. Acepté, lógico. Le dije que nos encontráramos en el brasileño, en el de las caipiriñas. Tú estallaste en una cólera silenciosa, porque delante del garimpeiro, como le pusiste de entrada, no ibas a montar tu privado melodrama. Pero rabiaste hasta el colmo. Que, ¿quién era es gusano pegacuadros? Que, qué diablos artes visuales ni qué ocho cuartos con ese rastafari maloliente y comecandela. Lo rellenaste de insultos de gratis y para nada, porque sabías que era una invitación de buena nota. En resumidas cuentas, amistosa. Claro que yo fui. No iba a estar haciéndote caso y menos a tus falsas amenazas de acabar con esto para siempre. Fueron esas cosas. Y, al salir, lo más cómico, como si yo no me hubiera dado cuenta, tú siguiéndome, lo que me faltaba. Pero te pude ver, metidito como estabas en el automóvil, con unos gruesos anteojos oscuros que probablemente comprarías en un bazar de segunda o, si no, habrían sido de tu insufrible abuela en alguna época. Y creo que hasta llorando estabas, o con actitud de. Como cualquier Martín Romaña de verdad verdad. Como la novela que me prestaste. Yo la leí. La disfruté. Y hasta me acuerdo de lo que juraste hacer frente a la Nena quien se quedó en neutro porque no entendía nada. Que le ibas a escribir a Bryce Echenique para averiguar cómo se le había ocurrido lo del colchón con la hondonada. Si nosotros no necesitábamos hondonadas. Porque, en cualquier recoveco, hasta en aquel hotel de la playa al que me llevaste que pena tener que bajarme hasta la recepción. «Los esposos Gagarin» inventaste y que para echártelas de cosmonauta ruso en Macuto, pero el otro te pidió la cédula y obvio que el polvito quedó al descubierto supe que hasta en el más ínfimo pedazo de suelo del planeta nos podíamos querer. Sabes: lo que pasa es que no estoy segura de que hayas podido perdonar mis groserías, mis malintencionados comportamientos: eso de no querer saber de ti y llegar a mandarte a decir por teléfono que no me fastidiaras. Ahora sé cuán frágiles podemos ser cuando descubrimos haber mentido y no haber sido sinceros. Me estoy enfermando por quererte ver pero, egoísta como soy o ¿es el miedo?, he estado esperando que tomes la iniciativa. Siempre la tomaste. No nos caigamos a embustes. Ahora lo sé. Fueron esas cosas. Cómo me he acordado de ti en estos días: he vuelto a pasear por tantos sitios donde estuvimos. Me recuerdo una vez que en la Galería de Arte Nacional Bueno me recuerdo no, recuerdo. Recuerdo que estábamos en aquella exposición un domingo por la mañana. Tú y yo viendo esas magníficas muñecas y luego el retrato con el pumpá. Mientras tanto, tú me decías que pertenecíamos al 2% de la población mundial según un estudio noruego que establecía que las personas que asistían a más de diez espectáculos artísticos al año, (sin contar cine, eso lo recalcaste) eran algo así como la microfalange exquisita de la tierra. ¿A mi que me importaban Oslo y los fiordos? Yo estaba extasiada con Victoriano y toda la luz que iba y se regresaba. Pero así eras tú y fueron esas cosas las que después te hicieron entrar en el trance de hablar del placer prelógico que te producía arrancarte una roncha. Yo lo que hice fue abrazarte así de grandote y apretado y tú apenado porque con tanta gente enfrente, con el ministro inaugurando y yo amuñuñándote. Y nada más decirme aquello, yo seguí, yo sí. Con más deseos porque tú me encantabas hablando de esas cosas que la gente que ve televisión los días feriados nunca podrá decir. A ti te fascinaba todo aquello a pesar de que te acorralara sin piedad con besos hasta la esquinita del portero. Cómo seguiría frente a ti admirando tus barbaridades grandilocuentes. Copiarme tus palabras rarísimas. Buscarlas en el diccionario o hablarte de carboncillos o acrílicos. Pintarme mil veces. Estoy aterrada por mañana. Porque si no vienes, algo muy dentro de mí puede llegar a descalabrarse. Mañana esperaré junto a la puertita de Los trazos. Para no dejar de imaginarte y volverte a recordar nuestras viejas tardes de guiños, visitas a las plazas olvidadas y entradas de la Cinemateca en los bolsillos. 24 Una y otra vez lo habrías planeado. Sensaciones afirmadas por el tiempo, cariños que se amontonaban entrañablemente. Así era: la eterna querencia, el espacioso refugio de lo buscado; el siempre desasosiego por alcanzar la palabra última: la metáfora inicial, el giro del amor. La rueda Fortuna (¡Oh Fortuna!) que hoy se detenía para ti, contigo empecinadas en reforzarte de los ánimos de Mercedes.. Hoy era el día: la señal para abarcar lo inabarcable. La clave para descifrar los acertijos. Taciturno estabas, con tu silencio a medio invocar, pensando (siempre pensando) qué sería de ella en estos momentos. Examinabas tu casa, tu escandalosa cotidianeidad sacudida por el amor. Le dabas vuelta a tu cabeza para atreverte a cruzar los rosales y atravesar el umbral dejando atrás, quién sabe por cuánto tiempo, todas las fantasmagorías de tus ciclos. Tus perros yacían sobre la verde grama (verde rama, verde viento) ausentes, lejanos a toda tu sincronía de escrúpulos momentáneos. Los llamas, no se inmutan, emprendes tu camino, te olvidas de ellos. Ahí queda tu casa. Lo concluyes desde el garage. Recuerdas la explicación que le diste al abuelo. Mercedes te espera. Intentas encender tu automóvil (que nombre tan pomposo para ese carromato apenas útil) pero, como siempre, has olvidado alimentarlo con gasolina. La aguja del indicador no se resuelve a abandonar el foso del espacio rojo del vacío energético. Tendrás que ir a pie. Formarás parte de la infantería ciudadana. Soldado que marcha hacia la plaza prohibida, ¿enemiga? Son las siete pasadas. Te lo dice el reloj, te lo dicen las extinguidas luces de la tarde; te lo susurra la joven noche, la coqueta oscuridad de la cual has comenzado a ufanarte. En tu bolsillo izquierdo palpas el fajo de billetes que harán de ti y, ¿de ella?, seres despreocupados y alegres, quién sabe por cuanto tiempo. Caminas temeroso cerca de los muros viendo sucederse rostros que quizás has recordado. A un par de calles distantes de tu casa, saludas a quien llamas el juglar. Ese trovador, músico ambulante, que juega a congregar sonidos de saxo para la mujer que lo advierte con desdén desde el balcón del segundo piso. No comprendes, no entiendes cómo repite su ritual todos los días desde hace tres semanas. A la misma hora llega, para luego tocar apoyado en la maleta del carro. Desde arriba lo miran. No sabes de quién se trata, ni los motivos que tiene para hacerlo. Te detienes y lo escuchas con atención. Oyes el melódico engarce de las notas y te regodeas con la escena. El juglar ha notado tu presencia y alza la mano para corresponder a tu saludo. Como si tuvieran algo en común. Sigues andando, cada vez con mayor apuro. Con una nerviosa rapidez. La noche ha desempacado todas sus sombras. Tú sigues penetrando las calles. Vas violando las esquinas con el jadeo de tus ansias. Con cada paso que das, sientes la pesadez del cemento; tu propio peso que taladra las grandes baldosas, roza las aceras y golpea las piedras callejeras, te hace sentir el único habitante de la tierra. Siguen pasando las personas. Ya tú no ves a nadie. Tu mirada se limita a reducir el trecho que aún te falta por encontrarte cerca de la puerta Art Nouveau de «Cartelera». Trotas ansioso, aceleras el paso, lo reduces. Hay árboles a los que nadie presta atención. Ramas secas. Poética de la desnudez, como los neumáticos centrífugos de los autos. Apenas te detienen los semáforos. Insistes en temerle a cualquier diálogo casual. Que alguien te increpe por una calle o una dirección. Deseas preservar tus respuestas. Guardar incólumes todos tus actos, todos los actos para ella, evitando que cualquier tropiezoazar pueda alejarte de ese destino extraño, deseado, mil veces deseado. Vas nadando sobre los charcos de una lluvia tempranera que cesó hace un par de horas. Te zambulles con dolor en la envidia de mirar manos entrelazadas de amantes que hacen recorridos nocturnos. Alzas tus manos y las encuentras vacías, solitarias, solemnes, hambrientas de piel. No le prestas atención a las mil cornetas de la cercana avenida. El destemplado de un viandante de la esquina a otro quien no lo ha visto te sorprende. Alguien te pregunta la hora. Tú sigues. El miedo te asusta. El mundo te acorrala. No hay palabra posible. Te miran con incredulidad. No importa, nada ni nadie pueden detenerte. Hay un accidente en la calle que sigue. Fiscales de tránsito, policías, vidrios rotos, carrocerías destrozadas se unen en gritos, comentarios y lamentos. Gritos y susurros. Notas un cuerpo tendido. La otra muerte piensas. Recorres las caras largas, los rostros despoblados y tatuados de desgracia. La ciudad ha estrangulado a uno de sus hijos. La pena te embarga, te conmueve. Con mórbida curiosidad y una acelerada sensación de vacío, eliminas la distancia con aquello. Te acercas con terror. Él policía te ordena seguir. «Es un asunto que no le incumbe». Tú escrutas aquella amputación y oteas el resto de existencia acuchillada. «¿Es que no me escuchó, quiere que lo detenga?», grita con violencia el funcionario. Tú corres ante la amenaza. La ambulancia llega proclamando sus estridencias que de nada servirán. Déjenme seguir, que la vida se me escapa pareces decirte. No evitas voltear ya en la distancia de unos cuantos metros. Lot de la ciudad, no te conviertes en estatua, pero pudiste imaginar que hubieses podido ser tú el inerte, el yerto, el de la espalda volteada al mundo. Tu doble, el que se negó a la vida. Al que vendrán a recoger y envolverán entre las fauces de la ciudad. Estás cerca y te niegas a admitirlo. Te piensas en tu casa, a resguardo de los riesgos, embrionariamente protegido. Pero te ves en la galería, confirmando las ganas de vivir. El otro Álvaro, el pusilánime, el triste, el solitario, ha dejado de existir. Queda el deseoso, el aventurero al que el amor le está vociferando que lo encuentre. Éramos inseparables, te llegas a decir, pero uno de los dos tenía que desaparecer. Te contentas con la frase, aunque sólo te sirva para afirmar lo que te has propuesto. Independencia, coraje, confianza. Sigues recorriendo el bulevar con tu historia que se redice. No sé por donde empezar, no sé cómo acabar. Los acontecimientos recientemente ocurridos, siempre los acontecimientos recientemente ocurridos. Al voltear la calle, darás con la galería. Al doblar la esquina, estará ella, Álvaro. Por favor sigue. No suspendas la marcha. Es tu destino Álvaro. Lo que tanto has esperado. Después de tanto tiempo, de tanto aguardar. No desfallezcas. Confirma tu añoranza. Manda al diablo toda tu estúpida racionalidad. Deja a un lado tu miedo. Allí está el letrero: «Cartelera», Álvaro. Dentro se encuentra Mercedes. Tú y yo lo sabemos. Ahora todo depende de ti. Ce, a, ere, te, e, ele, e, ere, a. «Cartelera». Álvaro se ha detenido. No sabe qué hacer. ¿Entrar y encararla? Con toda esta lejanía de ausencias y silencios. El canto-jolgorio de grillos y sapos proveniente del baldío terreno aledaño era la sinfonía del Génesis. El concierto inorgánico de voces soterradas. La primera noche. La estridencia del caos. Ya la noción del tiempo no se manejaba. Luego el verbo. AdánÁlvaro detenido, agazapado, atormentado por arrancarse la costilla y contemplar estupefacto la aparición de Mercedes. Nacimiento de Venus. Pero Álvaro sigue a la retaguardia. Está en una espera calladamente histérica. Contempla cómo las gentes entran. ¿Sería capaz ella de intuir que estoy por aquí? se dice. Una pareja entra y le miran la cara de lunático enardecido por la abulia. Álvaro duda, cavila. Mejor dejar esto de este tamaño, no buscarla más, la comedia está finita insiste en decirse. ¡No! Hay algo en él que le ordena continuar. El otro Álvaro está agonizando. Ha muerto Álvaro, ¡viva Álvaro! Sigue transcurriendo el tiempo. Son casi las nueve. Álvaro ha permanecido por lo menos una hora con el rostro y el cuerpo tensos. Ha dado vueltas; se ha alejado una y otra vez para volver nuevamente. Sus pulsaciones son de ciento veinte por minuto. Su sistema circulatorio es un circuito de carreras. Basta ya decide. Comienza a caminar hacia donde ha venido. Tiene las manos sudorosas y cerradas en un puño. No sabe dónde ocultarlas. Álvaro controla su tembladera. Cree hacerlo. A las nueve y cinco, Álvaro ha entrado en «Cartelera» con su mudez, con su desesperante deseo por verla. A las nueve y cinco minutos, Álvaro ha caído en cuenta de que Mercedes está a escasos metros de él. A las nueve y cinco se ha ruborizado al constatar que Mercedes lo está viendo con sorpresa y candidez. A ella tampoco le sobran las palabras esta noche. Son unos pocos metros, yardas, pulgadas o centímetros pero los invitados asistentes los están convirtiendo en kilómetros. Ella le está inyectando con agrado sus ojos verdemar desde su negro vestido de satén, adherido con gracia a la piel, dejando sólo los hombros al descubierto. Él trata de llegar hasta la gacelaMercedes. Hay demasiada gente; mesoneros que circulan con indiferencia, ofreciendo variadas bebidas y generosos refrigerios. Él sigue intentando. Ella no dice palabra. Sus acolchados labios rojohoguera están discretos y estáticos. Hay un ruido intenso pero ambos están silentes y mirándose. Mercedes está pétrea observando cómo él trata de ganarse los espacios. Recibe empujones, él sigue. Hay personas que hacen esfuerzos por comentarle a Mercedes sobre la muestra. Ella no hace caso. Sólo lo mira. De testigos cuelgan sus lienzos. Él los va siguiendo pero es a ella a quien busca. La tía Gertrudis lo saluda. Apenas le sonríe. Ella comprende. Ella entiende. Qué gentío. Lawrence y Ricky ríen estrepitosamente. Las dos momias hablan en el otro extremo. Hay una vía libre. Cerca de la oficina conversan Elizondo y la marmota. La vía libre se ha congestionado de nuevo. Álvaro intenta hacer un atajo por el lado de los escalones de granito. Lo logra. La gente sigue apiñándose. Qué de comentarios logra escuchar. No les presta atención. Ella sigue mirándolo. Éxtasis. Álvaro está frente a Mercedes. No mencionan frase. Él la rodea con su brazo. Ella lo imita. Vuelven a mirarse. Él la toma de la mano y comienzan a caminar. Ella se aferra a su mano. Álvaro se dirige a abandonar la galería. Mercedes está con él. Ella sigue sin responderle a la gente que se le acerca. Ella continúa aferrada a su mano. Van hacia la puerta. No les importa si es Art Nouveau legítimo. Vienen sonriendo. Dejan la galería con sus gentes. Gertrudis los ha visto desaparecer. No se preocupa. Se alegra. Álvaro y Mercedes vuelven a mirarse. Lo hacen con euforia, con alegría, con ganas. La compartida mano es el timón de la noche. Cada uno de los dos está pensando en las cosas que los vinculan: el mar, las hojas del pavimento, la prisa de los automóviles, los lentos atardeceres, la risa tras haber visto la lluvia, sus pieles confundidas, los versos de amor, el vino, las gaviotas del puerto y el puro amor. Cada uno de los dos está repitiéndose a sí mismo las cosas que podrán contarse sin prisas, sin afán por terminar. Porque es inmenso todo e irreductible el tiempo que tienen. Siguieron siendo interminables los puntos comunes cuando finalmente se mezclaron entre el gentío que entraba y salía del Metro. Fueron tantas las miradas que permanecieron cuando ya no se les vio entre la muchedumbre y los vagones.
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