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De Colón al colonialismo: el paraíso perdido de Gustavo Pereira Esta conversación con el investigador y poeta de Margarita recorre las atrocidades de una empresa saqueadora, tanática y fundacional disfrazada de «civilizadora». La ceniza y el eco del grito es lo que queda de aquel paraíso perdido para siempre. Índice En busca de una vieja ofensa Todavía lo veo, recién venido de su vasto viaje, como quien ha alcanzado al fin la tierra firme de un reto, después de adentrarse en el gran afuera de la memoria o como quien porque estoy frente a un marino o a un hombre de mar ha sofrenado en la orilla de la inmensidad una embarcación imaginaria más próxima al remedo de los galeones que adornan los altos de su biblioteca que al peñero que lo espera cada vez en la costa de Lecherías para su acostumbrada errancia por las bahías de Barcelona y Puerto La Cruz o por la tierra toda de Venezuela a la que transfigura en la mar que es el vivir. Desde hacía cinco, ocho años, su poesía se había silenciado y nosotros nos habíamos quedado sin la lectura de los somaris; pero mientras se prolongaba esa mudez pudo regalarnos Escrito de salvaje, en el que ya se columbraba la enorme travesía que estaba por emprender. «Era una deuda que tenía pendiente conmigo mismo desde el cuarto grado, cuando leía en el Hermano Nectario María la historia de la navegación de Colón y su encuentro con los habitantes de este Continente», me dice mientras descansa sobre la mesa ese escrito de trashumancia a un edén pronto convertido en factoría y al que ha llamado Historias del paraíso (Fondo Editorial del Estado Nueva Esparta. Colección Gustavo Pereira, Margarita, 1998), casi mil páginas acomodadas en la sentina de tres tomos, apretados de voces, gritos, loas e insultos, documentos y grimorios, bulas, gracias y condenas, cobros de casa real y de congrua apostólica, pedazos de cartas y de diarios, prosa de contrarreforma y santo oficio, verbo de infundios y de acusaciones, a más del trajín las casas nadantes de los negreros y los filibusteros, a más de los países de papel que así llamaba a los mapas Juan de la Cosa, habitados por la fauna animal y humana de De Bry, esa exageración ilustrada de lo apocalíptico, la culpa judeo cristiana y el fascinante embuste de Raleigh, adornado con la risueña utopía de Moro. En busca de una vieja ofensa¿Por qué deuda? Porque durante toda mi vida quise averiguar en hondura lo que se decía tan ligeramente acerca de la historia de América y acerca de sus aborígenes. Averiguar en hondura las raíces del colonialismo... No sólo el del colonialismo español sino el del mundo de antes y de ahora. Quise escribir un libro sobre nuestra degradación como pueblo desde una posición anticolonialista que tiene hoy gran actualidad. Cualquier lectura de Historias del paraíso, sea la que refiere la «Develación y el saqueo del Nuevo Mundo»; la que frecuenta a «los seres inferiores», a quienes la Iglesia les mezquinara el alma y hasta la apariencia humana; o la que presencia «El acoso de los insurrectos», corrige el contagioso vicio de tanto autor en inmiscuirse en el testimonio o la palabra del otro. Quise que fueran las voces de las víctimas y los victimarios de la conquista y la colonización de América las que «escribieran» el libro, sin pretender de mi parte defender ninguna tesis, ni posiciones preestablecidas respecto a esos hechos o cualesquiera otros de nuestra conformación histórica. Aunque se observa, de continuo, ¿no?, una posición ideológica marxista. En todo caso la posición ideológica asumida y vivida en los años 60. Mientras desandamos la tupida fronda del libro dejamos atrás la leyenda dorada (defensa e ilustración de la presencia del Renacimiento en un continente salvaje) y nos ahondamos en la leyenda negra. Yo sólo quise que hablaran los oprimidos y los opresores y más aún aquellas víctimas que no fueron oídas. Pero he de advertir que soy un defensor acérrimo de España, que admiro la cultura española, el pueblo español, que no es contra esa España y contra ese pueblo que he escrito Historias del paraíso sino contra el colonialismo del siglo xv y el de siempre. No soy yo quien habla, quien acusa: son los testimonios mismos los que ponen en evidencia la historia de esa degradación; por eso tuve mucho cuidado en despojar su escritura de adjetivos. Su lectura, sin embargo, muestra con frecuencia el lado subjetivo, pasional, que Baudelaire exigía a toda crítica. No se puede escribir un libro como éste sin pasión. Aquella conducta del español hacia el indígena no se ha perdido del todo en estos días. En Margarita, por ejemplo, cuando un muchacho se hallaba descuidado o sucio o era rebelde se le llamaba guaiquerí. «Te pareces a un guaiquerí». Ahora se le llama caribe. Caribear es un verbo que expresa bandolerismo. Ello explica que ese largo proceso de desespiritualización, iniciado desde 1492, tenía que caer en nuestra actual circunstancia: en la tv vemos que el ideal de la madre es tener un chico gerber y en la política observamos que el ideal del político es «blanquearse». El esclavista, el negrero, el racista, entre nosotros, tienen hoy un discurso travestido, anda diciendo el libro entre líneas, en su lectura emblemática, más allá de la temática propia que lo sustenta. Y aquella sempiterna controversia que enfrenta al expoliador de los indios y los negros con el acusador de esa ignominia no ha concluido. En las muchas historias de la América colombina y poscolombina esta presencia controversial del español se halla personificada en la actuación de Gonzalo Guerrero y de Gerónimo Aguilar. Aquel encabezó en Yucatán la guerra de los ejércitos mayas contra Hernán Cortés. «Guerrero señala Gustavo Pereira se había casado con una india y tenía con ella varios hijos. Aguilar debe su vida a los mayas y sin embargo se enrola en los ejércitos de Cortés para destruir indios». El padre Las Casas encarnó más que ningún otro esa controversia... Primero fue encomendero. Vino a América con tal título, pero, como él mismo cuenta, gracias a un sermón de Fray Antón de Montesinos se despertó, se dio cuenta del horror que de alguna manera cometía. Y comenzó una cruzada a favor del indio y del esclavo que duró 90 años. ¿Quién es Las Casas en la España de estos días? No hay siquiera un callejón que lleve su nombre, en cambio la memoria de los conquistadores está viva en los lugares públicos, como Cortés, por ejemplo. Esa España controversial publicó bajo el franquismo, por orden de Fraga Iribarne, aquel enfrentamiento tan incómodo por decirlo de alguna manera de Sepúlveda y Las Casas. El almirante esclavista y usureroDesde los inicios de Historias del paraíso Cristóbal Colón descubre su afición usurera, su fervor esclavista y su vicio de minero. Le robó a Rodrigo de Triana los maravedíes prometidos. Éste le hizo un juicio. Esclavista, Colón fue el que envió el primer contingente de esclavos a España. Vivió ávido de oro, de perlas. Era un gran almirante y un gran mercader. En algunos caminos del libro lo descubrimos levantando un cadalso en La Española para colgar a unos indios acusados de robarle la ropa a Alonso de Ojeda. Le endilgó a los lucayos el gusto por la carne humana. Cuando llega a las costas de Macuro, en 1498 esa tierra de gracia, ese paraíso con que quiso obnubilar al Rey su principal interés era el de saber en qué lugar los kariña que habitaban Paria habían hallado el oro y las perlas de sus adornos corporales. Es copiosa la insistencia del español capitán o misionero, veedor o cronista en señalar al indio como antropófago, como caníbal, librando de tal apetito al cristiano por más que confesara haberse almorzado a su prójimo. Caníbal proviene de kariña o caribe. Acusar a los indios de caníbales convino largamente a los españoles pues era el mejor argumento para violentarlos. Esa acusación se oyó hasta la víspera de la Independencia. Tarde se dieron cuenta de que esa argucia se volvía contra ellos mismos (ya habían desolado las islas) y que el mejor negocio era usar a los indios como mano de obra. El Continente, la tierra firme, permitió a los indios sobrevivir a la cacería. Prueba de que las islas del Caribe fueron asoladas por los españoles es la ausencia en ellas del mestizaje indígena: sólo se distingue la huella del blanco y del negro. En La Española no quedó un lucayo vivo después de la matanza ordenada o consentida por Colón a raíz de la rebelión de Fuerte Navidad. Fue la primera rebelión indígena de América... La de las islas del Caribe, porque la primera del Continente fue la que protagonizaron los guaiqueríes en el oriente de Venezuela. Y, además, la primera triunfante: liberaron a los esclavos indios que hacían de buzos en Cubagua. Las Casas describe el aspecto que ofrecían estos humillados del rescate de las perlas: «se zambullen y tornan jamás a salir (...); mueren comúnmente de echar sangre por la boca y de cámaras de sangre por el apretamiento del pecho, por causa de estar cuasi la mitad de la vida sin resuello [y] conviérteseles los cabellos, siendo ellos de naturaleza negros, quemados como pelos de lobos marinos y sáleles por las espaldas salitre, que parecen otra especie de hombres o monstruos». El negocio del oro y de la perla se escondía malamente tras la «misión civilizadora» de la conquista y la colonia. En las postrimerías del primer tomo Gustavo Pereira cita entre la selva de autores que le ayudan a sustentar el argumento de su libro a Konretze, porque no quiere que olvidemos que España «procuró mantener a las colonias americanas en el aislamiento y el atraso culturales para poder dominarlas mejor». De Ciguayo al Che GuevaraEn muchas de las rebeliones de los arawacos y caribes participaron africanos. Y también bucaneros y piratas. Una de ellas fue la que unió a los indios y negros en Panamá y en Colombia que conoció triunfos importantes. Los pueblos que sobreviven allí son producto de esas rebeliones. La rebelión de Andresote, en el estado Miranda, fue un entendimiento de negros y de indios. Para darle mayor consistencia a la insurgencia anticolonial los indios y los negros se alían a los libertarios hugonotes, los bucaneros y piratas que habían fundado un territorio libre de las potencias imperiales, en la Isla de la Tortuga. La primera gran revolución triunfante contra el Colonialismo fue la haitiana. En ella participaron africanos y descendientes de africanos. No hay que olvidar que las rebeliones del indio y el negro venezolanos fueron determinantes para la gran insurgencia anticolonial americana. El endocolonialismo, el etnocidio, la imposición de otra cultura o la inculturación actuales es una prueba de que este libro es un libro inconcluso. En cierto momento muestras el continuum histórico que va de rebelión indígeno-africana de la América ante colonialismo español y europeo y al guevarismo. Para los mayas, el tiempo era un proceso cíclico: la historia se repetía cada cierto número de catunes (ciclo de 20 años) y así la historia recomenzaba. Y así recomenzó la historia con dos héroes americanos: el indio Ciguayo en La Española, que fue abatido en una quebrada, perseguido por rebelde. Tres siglos después, el Che Guevara es abatido en una quebrada de Bolivia encabezando otra rebelión. El ciclo maya recomenzaba...El discurso colonialista de España fue masivamente degradador... Al lado de los grandes cronistas como López de Gómara o Fernández de Oviedo, que defendieron esa acción degradadora, hubo hombres como el padre Sahagún o Antón de Montesinos que prueban que la lucha de Las Casas no fue solitaria. Historias del Paraíso ha quedado a medio decir en este diálogo. Le requiero a Gustavo Pereira que detenga la glosa de su lectura en algún hecho que le signifique la síntesis de la muerte física y la muerte moral sobre la que descansa la motivación de su obra y viaja con el pensamiento a Yucatán, donde los españoles destruyeron a los hombres y a su escritura, la de los códices maya. »Esa quema del lenguaje tuvo el mismo alcance desolador que la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, abrasada por el fuego porque los fanáticos de Mahoma encontraron que si allí no estaba El Corán los demás libros no servían». La muerte de los códices mayaAntes de que su memoria regrese de la península mexicana hace un alto, una vez más, en el recuerdo de Maní, donde fueron incinerados incontables códices, leyendas, mitos, cantos, narraciones del origen del tiempo y del infinito. «La gran plaza existe aún. Sentí en ese espacio mudo y duro una enorme desolación. Me imaginaba a Fray Diego de Landa arrojando a la pira centenares de libros, por cuya acción lo hicieron obispo. Lo más cercano a esto es el fascismo nazi». Un brillo en los ojos acompañaba al viajero que volvía, después de quinientos años, de un paraíso perdido.
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