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El lenguaraz

Ortología, ortoepía... y ortopedia

Sevilla, Diario de Andalucía, 11 de marzo de 2000

Si hay algo desconcertante en el mundo de la ciencia, es un lingüista que sufra del «mal de la perspectiva». Es este un desarreglo muy común en el gremio. Un síndrome que provoca en el paciente —con frecuencia un lingüista de reconocido prestigio— un impulso irrefrenable que le lleva a anteponer sus gustos personales a los hechos, la opinión a la descripción. A menudo la capacidad intelectual del sujeto afectado no se resiente en absoluto, y los síntomas de su mal se manifiestan en una especie de amnesia que le lleva a olvidar que su labor de científico consiste en describir cómo habla la gente y no en establecer la manera en que la gente debería hablar.

De este mal debía de padecer Tomás Navarro Tomás (uno de los mejores estudiosos de los sonidos que utilizamos en español), cuando en 1932 sentenció que la pronunciación correcta de nuestro idioma era «la que se usa corrientemente en Castilla en la conversación de las personas ilustradas». Habría mucho que discutir sobre eso de que son los más cultos los que mejor pronuncian, pero creo aún más alucinante la explicación que dio el eminente lingüista para justificar su opinión: «La pronunciación castellana es la correcta porque es la que más se asemeja a la escritura». Si, en vez de estar afectado por el mal de la perspectiva, Navarro Tomás hubiese padecido una gripe, es seguro que en los momentos en que escribió esta frase habría tenido más de cuarenta de fiebre. Sobre todo porque cualquiera sabe que la escritura es una simple representación gráfica de los sonidos que pronunciamos, y no al contrario. Si actualmente escribimos las letras c, s y z, es porque en su día se decidió escoger la pronunciación castellana como modelo para la ortografía. Si se hubiese escogido el modelo andaluz seseante, por poner un ejemplo, no existirían ahora en español las letras c y z. O se pronunciarían como si de eses se tratara. Cosa que, por ejemplo, ocurre en el francés, donde el sonido ce no existe.

Esta falta de perspectiva a la hora de describir los sonidos de la lengua —y, sobre todo, a la hora de evaluarlos— es particularmente negativa para la mayoría de los hablantes de español. Al considerar la pronunciación castellana como la «correcta», implícitamente establecemos que las demás —entre ellas las andaluzas y todas las americanas— son «incorrectas»: simples desviaciones o excepciones a la regla. Y este es un grave error de apreciación, una clara falta de objetividad científica. Afortunadamente, la ortología y la ortoepía (artes de pronunciar correctamente) han ido cediendo su lugar en los estudios lingüísticos a la fonética y a la fonología, ciencias que describen el conjunto de los sonidos de un idioma. Esto ha significado un gran avance, y ya está aceptado que los sonidos del español se estructuran, grosso modo, en dos sistemas y no en uno, aunque también aquí habría mucho que discutir. Vamos, que, por lo menos, hay dos maneras «normales» de pronunciar el español. En la primera, que es la que se suele dar en Hispanoamérica y gran parte de Andalucía, existen 17 sonidos consonánticos, mientras que en la segunda, la del centro norte peninsular, hay 19. Esto se produce porque tanto en Andalucía como en América los hablantes suelen emplear un único sonido sibilante: ese o ce. A los primeros se les ha venido llamando seseantes, y a los segundos ceceantes. Por otra parte, en casi la totalidad del mundo hispano, el sonido que representa la grafía ll es el mismo que el que representa la grafía y, y hablamos entonces de los yeístas. Como vemos, existen incluso adjetivos para calificar las excepciones. Sin embargo, estas descripciones consideran excepcional o anómalo lo que es mayoritario. Los términos están invertidos. Y esto no es muy científico que digamos, al menos en lingüística.

La misma Academia, que en su diccionario recoge la palabra seseo, establece que consiste en pronunciar las letras c y z como si fuesen s. Vamos, que parece que lo normal es pronunciar el sonido ce. Puestos así, todos somos «bebeantes», porque todos sin excepción pronunciamos las uves como si de bes se tratara. Más bien parece que lo normal, lo correcto, lo científico, sería decir que el sonido ese se representa en español por medio de tres grafías, la c, la z y la s. Y que la excepción no son los seseantes-ceceantes, sino los distinguidores, esto es, los que emplean ambos sonidos: ese y ce (poco más de un diez por ciento de los hispanohablantes). De la misma manera, los yeístas tampoco son excepción, sino mayoría, y lo apropiado sería disponer de un adjetivo para los que distinguen entre el sonido elle y ye.

Para justificarse por lo que no es sino crear problemas donde no existen, los lingüistas han insistido con frecuencia en que los seseantes-ceceantes confunden entre caza y casa o entre sueco y zueco, puesto que las pronuncian igual. ¡Como si lo normal fuese otra cosa! Son ejemplos verdaderamente absurdos que demuestran una preocupante falta de sentido crítico. Es cierto que al desaparecer un sonido —ce o ese— existen más palabras que suenan igual, más homófonos. Pero no hay que olvidar que las palabras nunca se pronuncian solas, sino que van dentro de un contexto que es el que se encarga de aclarar las cosas. Si pronunciar un único sonido sibilante fuese un problema para la comprensión, es seguro que no habría ni seseantes ni ceceantes en nuestro idioma.

Como les digo, el «mal de la perspectiva» nos provoca a los lingüistas graves problemas que nos llevan a describir mal o a hacerlo con la terminología inadecuada. Y esto, a su vez, causa confusión entre la gente. Por eso, todavía hoy, hay quienes creen que la ortología y la ortoepía (recuerden que en griego orto significa «correcto») son aplicables únicamente a la pronunciación castellana. Y por eso, durante mucho tiempo, estos términos se utilizaron como una clase de ortopedia: la ortopedia fonética, un malévolo arte encaminado la mayoría de las veces a que los andaluces corrigiésemos nuestras supuestas deformidades de dicción. Y si no que se lo pregunten a muchos periodistas y actores de nuestra tierra, que se vieron —o se ven todavía— obligados a pronunciar delante del micrófono de una manera bien distinta a la que utilizan normalmente.

Ya va siendo hora de que los lingüistas dejemos claro que, a la hora de hablar en público sólo hay una «orto» realmente importante: la ortofonía, que consiste en corregir los defectos de la voz. Hablar con buena dicción es una cuestión de vocalización y entonación, y poco tiene que ver que usemos acento andaluz o castellano. Buena prueba de lo que les digo es que hay más de un periodista que no es que no pronuncie bien, sino que simplemente no se hace entender. Resumiendo: no confunda usted la ortoepía con la ortopedia, y hable según la norma fonética que más le guste o le convenga. Pero, por amor del cielo y del idioma, hable claro.


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