|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
El lenguaraz Un casino llamado «Vetusta» Sevilla, Diario de Andalucía, 1º de abril de 2000 Dicen que el tiempo pone las cosas y a cada cual en su sitio. Y estoy seguro de que eso es lo que va a pasar con el novelista, ensayista y poeta gaditano Manuel Caballero Bonald, que acaba de recibir esta semana la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Este Caballero Bonald, ahora tan justamente galardonado, es el mismo Caballero Bonald que hace pocos meses fue rechazado por la Academia de la Lengua Española, en la que ha sido una de las decisiones más desafortunadas y aciagas en la historia de esta institución. Seguramente lo recuerden. Aquel «desgraciado accidente», como definió el hecho el director de la Real, Víctor García de la Concha, originó una corriente de simpatía y afecto por el veterano escritor, y motivó también una retahíla de descalificaciones contra la Academia: «La Cosa Nostra de la lengua española», la llamó nada menos el poeta gaditano Felipe Benítez Reyes. Y la verdad es que la imagen es realmente divertida: ¿se imaginan a los académicos apoltronados en sus sillones con nombre de letras y fumando puros estilo Vito Corleone? Tiene gracia, sí, pero quizás exageró un poco Felipe Benítez Reyes. Mejor parece que se lo tomó el propio Caballero Bonald, que haciendo honor a su apellido, declaró hace poco que no quiere «ni oír, ni volver a hablar» del tema. Y no me extraña. Pero, miren ustedes lo que son las cosas, justo cuando Caballero Bonald estaba siendo homenajeado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la Academia de la Lengua hacía públicos los nombres de los dos candidatos (un sociólogo y una historiadora) que optarán al sillón que dejó vacante Torrente Ballester. El mismo sillón que le denegaron en su día a Caballero Bonald. Casualidades de la vida. Así qu, permita que yo, don Manuel, amparándome en esta coincidencia, sí que hable de la Academia.
Pero volviendo a la Academia, es bueno recordar que esta institución tiene como objetivos fijar las normas sobre la semántica (Diccionario), la morfosintaxis (Gramática) y la escritura (Ortografía) del español. Es una tarea realmente importante, y hay que reconocer que, a lo largo de sus casi 300 años de historia, este organismo apenas ha contado con apoyo financiero para realizar sus actividades. No vendría mal que las autoridades políticas proveyeran a la Academia de los medios necesarios para que realizaran su labor. Sobre todo si tenemos en cuenta que el español puede convertirse en una importante fuente de ingresos para todos los países hispanoamericanos (vean, si no, el enorme auge que nuestro idioma está alcanzado en países como EE.UU. o Brasil). Pero también es cierto que durante años la Academia ha fijado las normas idiomáticas como el que establece dogmas religiosos. Y esto es muy grave. La Academia es una institución de ámbito científico conviene no olvidar esto, y por eso es incomprensible que se tache de arbitristas a todos los que osan pensar de manera diferente. Y, por cierto, ¿qué es lo que dicen a este respecto las academias americanas? Porque dice el refrán que quien calla, otorga... En fin, siguiendo con el símil religioso, ha pecado la Academia ¿las Academias? de soberbia. Porque creer que sólo los académicos entienden de asuntos lingüísticos es como pensar que sólo el Papa y sus cardenales pueden alcanzar el cielo. El otro problema de esta institución, por lo menos en el caso español, es que sus miembros van camino de convertirse en especie endémica. Como los académicos se eligen entre ellos, y a propuesta de ellos, sólo entran los que ellos quieren. Y por eso asistimos al caso excepcional de que un organismo de ámbito lingüístico tenga tan sólo a 14 filólogos entre sus 46 componentes. Que usted es almirante y escribe bien, pues académico. Que usted escribe bien y es un periodista influyente, pues académico. Que usted es un humorista gráfico bien conocido por la gente y además escribe bien, pues académico. Que usted es un excelente lingüista, aunque no es un hombre conocido: pues a la cola. Y así pasa lo que pasa, que la Academia más parece un escaparate de celebridades que una institución dedicada al riguroso estudio de la lengua. Una especie de galería de eméritos donde se dan la mano la tradición, el inmovilismo y los años. No obstante, hay que reconocer que en este particular casino de la lengua española (donde por cierto sólo hay una mujer) también los hay que trabajan en lo que hay que trabajar: en la investigación lingüística. Además de los 46 «académicos de número» existen los llamados «académicos correspondientes» que, afortunadamente, suelen ser lingüistas. Gracias a la oscura labor de estos «correspondientes» y a la de otras decenas de filólogos anónimos tenemos valiosos trabajos sobre el léxico, la sintaxis y la pronunciación del español. Son los curritos del casino, vaya, los que de verdad le dan lustre al escudo de la Academia. Desde aquí les mando mis respetos porque creo que se lo ganan, aunque casi nadie sepa que existen. Porque los que de verdad mandan y aparecen en la foto son los señoritos del casino; los que creen que los académicos saben más que nadie; los que firman sus artículos con el título de académico como si de un título de nobleza se tratara; los que no quieren contaminaciones; los que votaron en blanco el día en que Caballero Bonald fue rechazado; los que se llenan la boca con el nombre de Bello y luego se pasan por los forros lo que Bello proponía. En su novela La Regenta, Clarín llamó «Vetusta» a una imaginaria y anacrónica ciudad cerrada al mundo y encerrada en sí misma. Es un nombre que le cuadra a la Academia, y que me perdonen algunos de sus miembros, sobre todo los que aceptaron el sillón sin saber donde se metían (cosa nada extraña, por cierto). Fernando Fernán Gómez, por ponerles un ejemplo, declaró nada más saber que había sido admitido que no tenía «ni idea de cuál sería su labor como académico». Su inocencia le honra, pero deja bien claro que un sillón de la Academia viene a ser lo mismo que un Oscar honorífico. Una cuestión de politiqueo y pasillos. Por eso decía al principio que Caballero Bonald no se había perdido gran cosa por ser rechazado. En realidad la Academia no es su sitio. Un hombre comprometido como él, un escritor que todavía piensa que «la poesía sirve para desentumecer conciencias timoratas» no tiene nada que hacer en este casino llamado Vetusta. Un lugar de reunión para gente bien donde creo que lo primero que se hace en las sesiones plenarias de todos los jueves es rezar. Y además en latín.
El lenguaje en La BitBlioteca |
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|