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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Bitblioteca

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Sobre la gobernabilidad democrática

Intervención en las Jornadas Programáticas de Acción Democrática, julio de 1998

En primer lugar, yo quisiera hacer unas reflexiones sobre lo que yo llamé una concepción normativa de la gobernabilidad democrática. Y para esto, como tengo una desviación profesional y desgraciadamente no he hecho sino dar clases toda mi vida, necesito estructurar lo que voy a hacer en cierto orden, de forma tal que procederé primero a una mínima introducción; en esa introducción voy a resaltar tres puntos que me parecen importantes para recapitular la reflexión que se ha hecho en criollo, por politólogos venezolanos, en las universidades venezolanas, acerca del sistema político venezolano y acerca de la responsabilidad que tiene entre otros, este partido Acción Democrática, por la estabilidad y desestabilidad, y al mismo tiempo defensa del sistema democrático. Porque estoy hablando en casa de uno de los principales responsables de la conquista democrática y de la defensa democrática y de la debilidad democrática, en tanto, quiero hablar con absoluta sinceridad desde esa perspectiva.

En segundo lugar, una advertencia. Yo no he ejercido ni aspiro a ejercer jamás responsabilidades de gobierno, no quiero ser senador, diputado, ministro, embajador y lo único que me interesa es reflexionar acerca de la actividad política y asumir mi responsabilidad ante lo político en funciones que me parecen altamente difíciles, la de ser simples ciudadanos. Y como he visto a esta República descalabrarse en 1989 y como ustedes, algunos fueron actores de ese descalabro y quizás lo vieron más cerca que yo, yo lo padecí y quiero que no se repita jamás. Y tampoco quiero que se repita la inestabilidad ni las asonadas porque después de 26 constituciones y 104 pronunciamientos constitucionales, creo que hablar de política... Por tanto, excúsenme esa, es que pienso que la política es algo dramáticamente serio, que está ligado intrínsecamente a las posibilidades de la moral y que en esta coyuntura que estamos viviendo, en este gobierno en particular que ha hecho todo lo posible y diría yo, lo indecible por de algún modo tratar de recomponer la estabilidad que gozamos durante mucho tiempo, me parece que es un tributo que ahora que se abren las perspectivas electorales lo pensemos con mucha más seriedad de lo que creo yo que pudiera estarse pensando, pero después de todo soy profesor y tengo derecho a esas pedanterías, si me perdonan de antemano.

Primera afirmación, el primer punto que quiero sugerir es que el concepto de gobernabilidad es un concepto recentísimo en el ámbito de la ciencia política, y en el ámbito de la ciencia política empírica. En Venezuela, ese concepto ha sido trabajado entre otros, por los que están aquí presentes, la doctora Kornblith ha escrito, el doctor Stambouli ha escrito y el doctor Juan Carlos Rey han escrito sobre este problema. En general, yo diría que hay una genealogía en donde las contribuciones del doctor Juan Carlos Rey, a mi juicio, junto con las de Humberto Nahaim y en general, el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central, sin descartar los otros, ha confeccionado un modelo de interpretación para darnos a entender qué nos pasó durante esta crisis reciente. Porque nos ha pasado algo, casi perdimos esta República. Y eso es serio. Y hace muy poco tiempo que eso ocurrió. Y por tanto, todas las causalidades que se han dado para explicarlo, a mi juicio, han incorporado este concepto de la ciencia política contemporánea en función de una visión muy científica de la posibilidad de la política.

Yo me coloco en una posición normativa, no científica, en el sentido descriptivo-explicativo, y me coloco más en la posición de «qué debo hacer o no hacer», «qué es bueno hacer o no hacer» para entender la gobernabilidad democrática. Por tanto, mi visión es ligeramente diferente a esa que se ha dado.

En segundo lugar, ¿cuál es el horizonte de comprensión en que esto ocurre? El horizonte de comprensión en que ocurre la paranoia por la gobernabilidad y la jerga de la gobernabilidad en función de cosas que ustedes han oído hablar como agregación de intereses, actores políticos, espacios políticos, globalización y toda esa jerga de abstracción que tiene una enorme utilidad en ciencia política, está muy alejada de aquel concejal que llega a tomar su curul o aquel senador que tiene que decidir o no votar porque le bajan o no bajan líneas, o aquel presidente que tiene que decidir a ascender o no ascender o aquellas decisiones de negociar o no negociar. Entonces, en este sentido yo me quiero situar en primera persona del singular, putativamente, por decirlo de algún modo. Y en este sentido, el horizonte de comprensión que tenemos es uno muy singular.

Hace muy poco tiempo se percibía la hecatombe, Venezuela clamaba por la Constituyente, se había colapsado el sistema, ya no había más nada que hacer, prácticamente lo que había era que reproducir otra Constituyente que, por supuesto, algunos añoraban que podía ser tan vistosa como la de 1947, que algunos aquí recuerdan, o en todo caso improvisar otro salto más para constituir una gimnasia, de esa manera que tenemos de ser conservadores, que mientras más destruimos más reaccionamos para preservar exactamente lo que tenemos, de forma tal que esta visión del fin de la historia, compartida desde Ramón Velásquez, Brewer Carías, por no decir muchos otros, con muy buenos argumentos algunos, pero que a mí me parecía esencialmente equivocada. No estamos ante el fin de una época. Estamos ciertamente en una crisis pero una crisis que a mi juicio puede perfectamente, como cualquier otra, comparada con la que vivimos en los sesentas o comparada con la que vivimos en el 36 ó en 1945, son cosas que deberían verse en perspectiva, y la de formación de historiador me obliga a hacer reparar acerca de las exageraciones conceptuales y las exageraciones retóricas que se cometen al tratar de propiciar este fin de historia.

Pero hay un segundo fin de historia que algunos han hablado ya, que es la exportación. Yo no diría exportación. Es la imposición del modelo liberal en el mundo y del sistema representativo liberal dentro del marco del desarrollo de la historia de las ideas contemporáneas. Eso en parte es lo que está ocurriendo y es lo que explica que efectivamente ya no podamos tener sino como parte de nuestra comprensión diaria, el tener que compartir las posibilidades de nuestra vida interna con el desarrollo de formas de hacer respetar los modos internacionales de la democracia, que exigen cosas como Derechos Humanos, que efectivamente, por cierto, algunos ya mencionaron y no es muy exitosa nuestra manera de defenderlos. Pero en todo caso, es un hecho que la democracia liberal se ha impuesto como sistema político, por lo menos en Occidente, y nosotros formamos parte intrínseca de ellos.

Este fin de la historia ha tenido una interpretación muy cierta en el ámbito de una literatura que circuló en lo que yo llamo el vargasllosismo mental, que va desde el famoso Carlos Rangel, con un libro Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario o viceversa, pasando hasta llegar al libro de Fukuyama, que constituye el horizonte de comprensión de una filosofía de la historia. Yo no voy a entrar a discutirla ahorita, lo único que me interesa es que también vean que así como teníamos la hecatombe hace poco, vemos esto como una especie de eclosión final, de que la historia al fin alcanzó la razón y la razón de la libertad es la del sistema liberal democrático.

Por tanto, el liberalismo forma parte intrínseca, nos guste o no, del modo como tenemos que asumir la posibilidad de gobernar, y eso significa algunas cuantas cosas que posteriormente trataré de esbozar.

La tercera cosa que efectivamente está aquí detrás, es el problema de distinguir entre estabilidad y gobernabilidad. Hasta ahora los teóricos de la democracia, de la ciencia política empírica, habían vislumbrado el problema desde la perspectiva de buscar estabilidades, después pasaron y se ha pasado Lince, entre otros, por ejemplo a considerar cómo es la ruptura del orden democrático, qué se puede aprender de las rupturas de órdenes democráticos. Y esa literatura, entre rupturas de órdenes democráticos y estabilidad democrática, ha dado lugar al desarrollo de un concepto propio de pensar cómo demonios se gobierna, perdónenme la expresión y acudo a cierto coloquialismo ¡cómo se gobierna esta vaina!

En este proceso de asumir el control de una República, el bien público requiere una manera de controlarlo, de dirigirlo, de hacerlo eficiente en función de las premisas elementales de lo que se llama un estado de derecho liberal. Por tanto, ese es el horizonte de comprensión dentro del cual se mueve la temática de la gobernabilidad.

¿Cuál es mi propósito? En ese marco yo quisiera, a mi juicio, producir una mínima reflexión conceptual sobre lo que significa gobernabilidad. En segundo lugar, un breve análisis sobre lo que eso implica en la práctica., Y en tercer lugar, una mínima referencia histórica. Voy a comenzar el orden inverso a como los enunciara.

Una breve reflexión, actualmente en la literatura especializada se habla mucho de la necesidad de concebir el problema de la gobernabilidad, de cómo manejamos esta cosa pública para hacerla funcionar en atención a sus propósitos. Cómo lo hacemos en relación con el estado y en relación con la sociedad y qué tipo de instituciones necesitamos para ello y cuál grado de eficiencia debemos lograr para eso, en función de un sistema político que se ha caracterizado y se había caracterizado por su legitimidad hasta el presente.

Y luego hay, a mi juicio, en esa transición que hay entre el problema de la estabilidad y la gobernabilidad, se nos coloca una dimensión histórica y los politólogos han abierto su perspectiva sobre lo histórico. Ahora, hablar de proceso de gobernabilidad para introducir la dimensión histórica, es algo que el doctor Juan Carlos Rey Martínez ha hecho, desde que formulara su pionera interpretación acerca del modelo de interpretación de la política en Venezuela y específicamente habló de un proceso que se continúa y que actualmente se halla en crisis.

Hablar de proceso en historia es complicado. En primer lugar, porque los historiadores no estamos de acuerdo acerca de qué es un proceso histórico, sobre todo en sus coordenadas de tiempo; para hablar en términos de pedantería, un proceso histórico que tenga del 45 al presente, es apenas lo que uno llamaría en la nueva historia «la espuma de la cerveza». Se habla de procesos históricos coyunturales en relación a ciento cincuenta años, ciento ochenta años, y en ese plano de la nouvelle histoire, para ser efectivamente eruditos, no se puede hablar con propiedad, a mi juicio, de un proceso histórico propiamente dicho. Pero sí podríamos aceptar, sin embargo, que de 1945 al presente hemos estado viviendo un proyecto, y ese proyecto lo ha configurado la ciencia política venezolana y aquellos que han criticado o no, cambiado o no el sistema de interpretación del doctor Rey, admiten que la historia es algo esencial en este proceso.

¿Y qué se desprende de esta lección de la historia? Y particularmente, ¿qué se desprende como lección para un partido como Acción Democrática en relación a su historia? Y a mí me parece que en principio tenemos que visualizar aquí dos grandes corrientes que yo podría decir ético-políticas que atraviesan, si me perdonan la familiaridad de historiador, hablar algo que puede tocar profundamente la memoria de ustedes. Por un lado, hay lo que yo llamaría el jacobinismo del ideal del maestro Prieto y la educación cívica republicana que se fundaba en la idea de la honestidad pública como elemento esencial para la configuración de la forma de participar en política. Participar en política no era simplemente un pasatiempo circunstancial, sino era una vocación. La vocación del militante y, si no me equivoco, ese credo corresponde a lo mejor de lo que el propio maestro Gallegos formulara, que fue su entrega a su candidatura fundamental. Ese ideal cívico, republicano, descansa en el ejercicio de la virtud como parte intrínseca del desarrollo de la acción de gobernar. En otros términos, no pueden gobernar, no deben gobernar quienes sean rateros, quienes sean concuspicentes, quienes tengan lascivia manifiesta y no obedezcan a unas propiedades de integridad moral tal que no les permitan ejercer el liderazgo que exige el «militante» disciplinado. Si a este jacobinismo, si se me perdona, se le añade el elemento derivado de la cultura marxista y su centralismo democrático correspondiente, tenemos una cocción explosiva desde el punto de vista de las exigencias de la moralidad. No solamente debe tener esos niveles de exigencia moral, sino de una disciplina tan férrea que efectivamente, quien no sacrifique todo por el partido y a través del partido para la Nación, no puede ser ni debe ser considerado como militante adecuado [Aplausos].

No estaba en mi intención en lo más mínimo tratar de exacerbar un ánimo buscando un aplauso, pero veo que de algún modo he tocado algunas cuerdas emocionales, lo cual significaría que de alguno de ustedes estas creencias todavía son suelo constitutivo, espero que también la compartan los demás.

El segundo argumento que es muy importante, a mi juicio, que se descubre en la trayección de Acción Democrática, está fundamentado sobre la incorporación de una nacionalización del marxismo junto con esa tradición cívico-republicana, para asumir la idea general de que el Estado es la congregación suprema de la moralidad pública, y es a través del Estado que la sociedad va a poder ser transformada, y ese proyecto, unido a la inequívoca vertiente liberal y democrática de Betancourt, como lo demuestra el padre Arturo Sosa en su tesis, constituye el otro ingrediente decisivo para el desarrollo de un proyecto, como diría Germán Carrera Damas, nacional. Ese proyecto nacional, a mi juicio, constituye el trasfondo de la historia de Acción Democrática, trasfondo que efectivamente, si no colapsa del todo, casi colapsó del todo a partir de la dislocación producida en La Gran Venezuela del 79, a mi juicio, al producirse la simple y llana indigestión de recursos que trastocó toda posibilidad de percepción en las representaciones colectivas acerca de la moderación que requería aquel modelo. Y, sobre todo, hizo olvidar lo arduo, lo monumentalmente arduo que fue la conquista de la democracia frente a la violencia armada de los 60. Esto por tanto, es el trasfondo que el doctor Rey Martínez, que el doctor Stambouli, que la doctora Kornblith han considerado, y unidos a las situaciones coyunturales de los déficits fiscales y de una concepción radicalmente distinta del Estado, que efectivamente ya no es sostenible en atención al modelo cepalino, como también me imagino que habrá hablado Carlos Raúl, ese proyecto colapsa y con él colapsa la capacidad de suscitar lealtades y legitimidad al sistema, y cada vez comienza a decrecer la manera de identificarse uno a través de los partidos, con el sistema político que tanto esfuerzo nos ha costado crear. Y en estas circunstancias ese marco histórico entonces, debe tenerse presente.

Segundo punto, es el análisis práctico. Dentro de ese marco ¿qué cabe hacer? Todos los que me han precedido por lo que pude ver, ya tienen políticas públicas diseñadas para poder producir los cambios tecnológicamente necesarios. Yo, sin embargo, no puedo opinar sobre esas políticas públicas, pero sí puedo hablar de dos grandes estrategias argumentales que en la práctica ciudadana o moral habría que seguir. Una, la necesidad de enseriar la política de tal manera que cese de buscar refugio en la espectacularidad propiciada, artificiosa, maliciosa, interesada y perversamente por una licencia de medios de comunicación que se llama aquí «Libertad de Expresión» y que a mi juicio me parece la aberración de lo que puede constituir una correcta interpretación de la libertad de expresión. Como la política se ha transformado en un mercadeo publicitario, la venta y compra de publicidad, y ahí estoy seguro de que de nuevo la escuela política venezolana ya ha dado los correctivos, acerca de cómo corregir vitalmente el sistema electoral en función de su sistema de financiamiento. Por tanto, enseriar la política forma parte de una manera crítica de enfocarla; es preciso asumir la responsabilidad y la seriedad de la política como un oficio digno de vivirse, y para eso es necesario recuperarla con el ejemplo práctico de las tradiciones, las mejores tradiciones que guardan los partidos políticos que seriamente se proponen el juego electoral.

En segundo lugar, me parece a mí que es imprescindible asumir un regreso de nuevo a lo que yo llamo «la encarnación de las decisiones». Cuando a un político en funciones de gobierno o un político en funciones decisorias se le rodea con una forma de hablar politológica, la primera tendencia que se tiene es a considerar que todo eso es muy interesante, pero que en el fondo no parece tocar el centro de las cuestiones y por su parte, el politólogo frustrado se va pensando cómo hace para educar a este díscolo dirigente que no va a aprender nunca la verdadera función de la realidad empírica que lo está desafiando cotidianamente. Pero al mismo tiempo, la indolencia moral, la crasa ignorancia, por no decir el rastrerismo del dirigente, se refugia en una burda comprensión que ni siquiera llega a las peores interpretaciones de Maquiavelo, simplemente la política ha sido de tal modo banalizada por el dirigente que se ha transformado en algo que ni siquiera vale la pena que alguien se ocupe de él.

En este dilema, entre un discurso incientífico que no logra convencer en la cultura, y un discurso práctico que no logra ascender mínimamente para ser decorosas sus versiones, véase el epistolario de Betancourt por ejemplo, de nuevo la cita al padre Sosa, yo creo que cualquier miembro de Acción Democrática debería hacer planas para leerse el epistolario de Betancourt, en el proceso de esa tesis doctoral, porque es un ejercicio de indispensable reflexión acerca de la seriedad de la política. Por lo demás, todavía falta verse quién supera en este partido Venezuela. Política y Petróleo. En todo caso, es muy importante que tengamos presente que el elemento práctico se me traduce a mí en un concepto normativo de política.

Finalmente, termino con el problema conceptual, que es lo que quisiera concluir.

La gobernabilidad es un estado del funcionamiento no solamente del sistema político, es un estado moral, colectivo acerca de la calidad y deficiencia de nuestras representaciones sociales para entender cómo debemos practicar la política. Si no atendemos la profunda impronta que ha dejado en nosotros lo que yo he llamado en algunos de mis trabajos «el republicanismo cívico», si no oímos y no queremos oír sobre todo en atención a la discusión de la corrupción política, lo que el concepto de virtud en política tiene que decirnos, volveremos a correr el riesgo de que cualquier persona, asumiéndose dueño de la voluntad general, nos quiera obligar a ser libres del modo que le dé la gana. Por tanto, hay que asumir con seriedad el proceso de evaluar el significado de lo que es una cosa tan sencilla, pero al mismo tiempo muy compleja en esa tradición, lo que Cicerón llamara «el honeste vivere», «el vivir honestamente» que presupone una cierta integridad en el ámbito de ese culto a la República. Pero al mismo tiempo, es imprescindible aprender a conjugar el lenguaje de los derechos individuales del liberalismo moderno y la complejísima trama que a nivel internacional hablaron la profesora Cardozo y el profesor Romero y que internamente constitucionalmente tenemos en las manos de los legisladores para que entendamos que el lenguaje de los derechos individuales requiere una reforma del sistema judicial que ponga fin a la cultura jurídica más ignorante que pueda contar como defensa el propio estado democrático. Por tanto, concluiría con el análisis de que la gobernabilidad es un estado que delata la manera en que uno puede o no puede ser capaz de preservar la democracia y esto no constituye algo ligero entre nosotros.

En virtud de mi comienzo y de que estoy en presencia de un partido que tiene una enorme y decisiva y ha tenido una enorme y decisiva responsabilidad tanto en la inestabilidad como en la estabilidad democrática, en ustedes reposa el ponderar reflexivamente el significado que todavía guarda tanto el legado de Betancourt como el legado del maestro Prieto, si se me permite terminar con ese fin. Muchas gracias.


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