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El bolero debería enseñarse en la Escuela Básica Lelis Páez Caracas, miércoles 2 de julio de 2002 (Día Nacional del Bolero) Claro que sí, pues por algo la llaman así. Es más, debería ser enseñado desde el preparatorio, pues el bolero es, entre muchas otras cosas más, una preparación. Un ensayo (y vaya qué ensayo...), un aperitivo con adelantos del postre. Qué Blanca Nieves ni qué cuento de los ocho inocentes. El bolero contaría la verdad, diría cómo fue el asunto aquél de la chama y los otros siete chamitos que se levantó en el Kinder. Y de cómo la muy bandida fue sucesivamente amante de cada uno, hasta que llegó el príncipe aquel lleno de muna y entonces la malvada dejó a Tristón con un despecho que aún le dura y a otro de ellos lo dejó mudo de perinola, de la purita impresión. Sí, el bolero estaría allí, listo para grabar la historia de nuestro primer amor. Ustedes, los caballeros, rellenarán esa estrofa con la maestra de primer grado y sus redondeces, única época en que lo propio era enamorarse de una mujer mucho mayor. A mí personalmente me sería un poco complicado precisar esos confusos inicios, pues dudaba siempre entre los caramelos de leche de José Antonio, las barajitas de Pedro y la permanente invitación de Néstor para el escape jubiloso. Escape de niños que eran como las notas primigenias de futuros boleros. Pero en verdad el que me daba tiquititaqui era Pedro: me pasaba horas escribiéndole noticas de amor, ya que mi gloriosa madre, al enseñarme a leer y a escribir prematuramente en casa, sentó las ilustradas bases de mi desarrollo amoroso. Toda nuestra vida gira en torno al bolero. Descubrí quién era el niño Jesús, y sobre todo, que era hombre, bailando con él el primer bolero de mi vida. Mi primo Homero nos maravilló estrenando en casa el pickup que nos había traído el inocente personaje, y de puro vivo, lo estrenó conmigo y con boleros. Casi logra estrenarme el muy zángano, pues en las narices de mi madre empezó a darme las primeras lecciones, a medir las distancias, a realizar las debidas colocaciones estratégicas, en fin, todo eso que ustedes y yo, simples latinos, sabemos perfectamente, usamos perfectamente, aunque no siempre con resultados perfectos. Definitivamente, el bolero es una nota altísima. Vivimos por él y para él, toda nuestra vida es bolerizable. Es nuestra conciencia, individual y colectiva. Ideológicamente transparente, no engaña a nadie y en él caben todos los engaños imaginables. El bolero es pura poesía. Romántica, moderna, hermética, lineal, enigmática, vertical, pero sobre todo, horizontal. Es a la vez lenguaje y metalenguaje, y deberían todas las organizaciones que defienden la lengua, e incluso las asociaciones que promueven el esperanto, luchar para que el bolero se convierta en el propio lenguaje universal. Realmente es vergonzoso que seamos los latinos los únicos dueños de tal tesoro de comunicación. El bolero es, además de música y letra, grabada generalmente con lágrimas y hasta con sangre, cuerpo hecho palabra. Sí, creo que el bolero es fundamentalmente eso, la palabra hecha materia tibia, mullida, deseosa, deseada. Cada presión de tu brazo, de tu mano, de tu pierna, es una afirmación contundente, una pregunta ansiosa, una negativa posible, un quizás, un tal vez, un no pero sí. O simplemente un cordial ¡hola, mortal!, estamos sobre la misma tierra, y te quiero o puedo quererte, pues me quiero y en esta cercanía de piel y de aliento te ofrendo mi humanidad. Tómala, amigo, siéntela. Y mientras dure este bolero (a veces es un segundo infinitamente tibio), crea y recrea tus sueños, despierta tus amables fantasmas y susúrrame al oído tu esperanza. PD: Cómo le hiciste falta ayer, bolero de mi alma, a mi nuevo amigo, ese que se quedó con el gesto de cercanía temblando entre sus manos, con su ternura no cantada, con el deseo estancado en un abrazo apenas esbozado. Cómo hiciste falta, bolero. |
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