Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

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Creación del Partido Liberal

Antonio Leocadio Guzmán

La nación y los partidos

La mitad de los actuales venezolanos nacieron y se educaron bajo el cetro del Rey de España, el más absoluto de todos los reyes de Europa. Si allá, si en la Metrópoli reasumía en su persona todos los poderes públicos, sin más regla que su voluntad, sin más principio que la conciencia que Dios quisiera darle; si, por tanto, el vasallo era un ser nulo socialmente, sin más derechos que los que la merced del príncipe le concediera, ¿qué sería el colono americano, a tantas leguas del trono y de toda luz política? ¡Partidos! La palabra sola habría sido un delito. Donde no había ni podría haber libre examen, discusión, amplia libertad del pensamiento, de la palabra y de la prensa ¿cómo habían de existir partidos? Una suerte que correr, inevitable y mísera, era cuanto tocaba a lo que se llamaba vasallo, que después de Dios, no conocía más omnipotencia que la de su rey, ni más derechos que sus favores, ni más principios, ni otro dogma, que la voluntad de su señor. La palabra partido, pues, era palabra vedada, palabra de escándalo y de infalible ruina. Partido arguye libertad para pensar; supone discusión, independencia moral. Los esclavos no tienen partido, tienen su cadena que arrastrar.

Formada una patria, por esfuerzos heroicos, con indecibles sacrificios, ya es otra cosa, ya es todo diferente y, en gran parte, lo contrario de lo que fue. Están desencadenados el pensamiento, la palabra y la prensa. Discurrir es una necesidad del hombre, hacerlo con independencia un derecho inalienable; tolerarlo en los demás, un deber sagrado. He aquí, pues, el origen de los partidos. Donde haya libertad, donde el hombre tenga un derecho siquiera, y un deber social, aquel derecho será el de pensar y, el deber, el de tolerar el pensamiento, y allí habrá necesariamente partidos. ¿Qué son los partidos? ¿Eso que espanta a los tiranos y confunde a los esclavos? ¿Parcialidad o coligación entre los que siguen una misma opinión? ¿Puede haber opiniones? ¿Debe haberlas para que haya libertad? Pues aquellos que sigan una misma, formarán siempre lo que se llama partido. ¡Hay sin embargo entre nosotros, y todavía, quien mire con azar la palabra y el significado! ¡Lamentable atraso! De él pueden aprovecharse muy útilmente para ellos, y muy desgraciadamente para la comunidad, los que quisieran ser solos, pensar y obrar solos y hacer del resto su patrimonio. Donde no haya partidos, allí puede asegurarse que no hay libertad, no hay civismo, no hay virtudes sociales; allí hay opresión visible o enmascarada, hay oligarquía o aristocracia; no hay pueblo sino rebaño.

Quizás confunde alguno los partidos con las facciones; pero son cosas enteramente diversas, y aun opuestas. La definición de lo primero la dimos ya; la de facción es, parcialidad de gente amotinada o rebelada. Esto sí que es criminal en todo el mundo, y doblemente en esta América, virgen e inocente, desgarrada tantos años por el furor de la ambición personal de los caudillos, y por los motines militares. Crimen contra el cual puede asegurarse que, en 1840, están unánimemente decididos todos los venezolanos, absolutamente todos. Si alguno no lo estuviera, con más propiedad se le podía considerar demente, que criminal. Pasaron, para no volver más, aquellos días amargos; aquellos días de luto y de vergüenza, en que servía la espada de argumento y de solución.

Pero sería una desgraciada solicitud, capciosa y cizañera, la de querer extender a los partidos civiles, en que pueden libre y legalmente dividirse las opiniones pacíficas de los venezolanos, el odio y ojeriza, con que sólo deben mirarse las facciones, los amotinados y rebelados, los que dejando la discusión, apelan a los hechos condenables y condenados.

Sentados estos principios, que irrevocablemente deciden la justicia y legalidad de los partidos, descenderemos a probar su conveniencia. Tan grande es ésta a nuestros ojos, que no podremos ni aun concebir la idea de una sociedad libre, sin partidos; de hombres que tienen derechos, y que no los usan. Podría decirse que es posible un estado tal de cosas, que todos conformes con él, no dé lugar a diversidad de pareceres. Cabe, en efecto, que los hombres sean felices en sociedad; que los grandes y primordiales principios imperen alta y soberanamente. pero no que puedan todas las opiniones, donde ellas sean libres, ser idénticas, como manufacturas vaciadas por un molde. Como difieren los hombres en sus fisonomías, así son diferentes en la parte intelectual. Los infinitos grados que caben en el temperamento, en la primera crianza, en la segunda educación, en la tercera instrucción, en la experiencia que da el mundo, en las situaciones de la vida, en los estímulos exteriores, en el estado mental, en el de salud o enfermedad, y en casi infinitas causas, prueban teóricamente que no es dable, que es imposible, esa uniformidad absoluta de pareceres. No lo demuestra la práctica con menos evidencia. Dondequiera que se han reunido o se reúnen dos solos hombres, amigos, hermanos, tan idénticos como se quiera y tan unidos, todos sabemos que difieren por lo menos en la mitad de los juicios que se propongan formar. Si, pues, se nos dice que no hay partidos en un país, contestaremos: lo que falta es libertad. Si ésta se nos ofrece y se condenan aquéllos, lo llamaremos mala fe, engaño, falacia.

Ni puede ser tampoco, que en una República pensadora, sean tan pequeños los puntos de divergencia, que no valgan la pena de disentir los ciudadanos unos de otros, ni formar partidos. Nada nacional es pequeño. El menor punto conexionado con el bien o el mal de una nación, es un objeto importante; más grande todavía a los ojos del hombre pensador, y mayor, en proporción al amor que se tiene a la patria.

Por otra parte, una sociedad con nuestras leyes, destierra absolutamente la posibilidad de un solo partido. Cada bienio se presentan unas elecciones, que envuelven la dicha o la desgracia futura del país, y entre estos dos extremos, mil gradaciones de bien o malestar. Cada día legislativo presenta a la discusión nuevos objetos, íntimamente conexionados con la fortuna pública y particular. Cada materia municipal, cada acto gubernativo, de cierta importancia, el buen o mal desempeño de los funcionarios públicos y, en fin, un cúmulo de objetos, que diariamente se presentan en el curso ordinario de las cosas; todo tiende a la discusión y, por tanto, a la existencia de partidos.

Por esto es que los hombres han aprendido en la práctica ciertas reglas indispensables, y sin las cuales los partidos serían inútiles, y aun perjudiciales. En elecciones, por ejemplo, lo natural sería que cada ciudadano formara su lista de candidatos para votar por ella; pero desde que dos se unieron, sacrificando cada uno algo de su querer, para convenir en individuos que llevasen sus votos y así triunfaran, tres se propusieron perder una parte, por asegurar otra; y así cuatro y cinco, hasta que se tuvo por resultado, que sólo dos bandos se disputaron la elección, procurando cada uno atraer a sí el mayor número posible de sufragantes. Es una regla, pues, en las elecciones de todos los países libres, que se reúnan muchos posponiendo cada uno parte de su deseo para obtener otra; y que así los partidos sean definitivamente dos. Esto es aplicable a todas las materias civiles, en que interviene la opinión pública. Frecuentemente se encuentran en un mismo partido personas, que difieren algo y aun mucho, respecto de uno o más puntos, ya de lo pasado, ya de lo presente o futuro; pero siendo más importante o más en número, los puntos en que concuerdan, se unen en partido, y quedan diferidos los de desacuerdo, o bien en independencia cada uno para obrar respecto de ellos.

Vemos, pues, que los partidos tienen uno o más objetivos. y que pueden ser muy diversos, como las circunstancias a que deben su origen y sostenimiento, y antes de hablar del bien que el público puede y debe sacar de ellos, diremos más sobre su composición.

Hay hombres que trabajan en partidos, por la esperanza de que ellos, o sus candidatos, hagan en determinados puestos tales o cuales cosas, que en su concepto son necesarias, o van a producir grandes bienes a la sociedad; otros, sólo por desalojar de esas o de otras situaciones, a funcionarios perjudiciales al bien y al progreso de la sociedad, o peligrosos, porque ya tengan demasiado tiempo de elevación, contra el genio y tendencia de las instituciones y el querer del pueblo. Otros lo hacen sin objeto particular, por efecto de inclinación, o por simpatía, o por amistad y aun por hábito. Otros son movidos por intereses, o por pasiones propias, lo cual es indiferente frecuentemente a los partidos, cuando buscan con empeño los medios de triunfar; pero realmente esta agregación les perjudica muchas veces, por los esfuerzos del partido opuesto, el cual procura astutamente caracterizar de una manera desfavorable a su adversario, sacando provecho con los hombres cándidos, hasta por los defectos individuales de algún miembro contrario. En fin, el detallar las interioridades y particularidades de lo que en concreto se llama partido, sería obra de más de un libro. Basta lo dicho, para seguir marchando a nuestro objeto.

Sea cual fuere un partido político por los elementos que lo compongan, él no puede existir, sin proclamar, como causa suya, uno o más objetos de interés público, y sin levantar una bandera nacional. De otro modo, caería al nacer; o mejor dicho, no llegaría a nacer; porque aun en el estado más completo de corrupción, nunca es posible que se reúna un número de hombres, capaz de llamarse partido, por una causa criminal. Se inclinarían entonces a las conjuraciones, en que son los estímulos otros, y otros los medios y los hombres. Partido no puede haber sin principio de salud pública, de mejora en la condición del pueblo, en fin, sin una bandera saludable. Así es como engrosan sus filas, combaten a su adversario, y esperan el triunfo. El opuesto bando es un excelente fiscal, que escudriña lo más recóndito, y que delata ante el pueblo, juez nato de estas contiendas, los menores defectos. Pero a menudo también, los inventa, acrimina los hechos, atribuye gratuitamente tortuosos fines y objetos condenables, y el juez, en esto mismo, encuentra a veces la ventaja de poder condenar fácilmente al acusador, que, pues necesita de mentir y calumniar, no tiene buena fe, falta a las reglas de la decencia y de la moral, e insulta la sociedad suponiéndola ignorante y torpe. Trátase de elecciones, y cada partido ara la tierra en busca de lo mejor, bien que análogo a sus ideas, para presentarlo al pueblo como la flor y espuma del país. Así es que nunca se componen las listas de electores, sino de ciudadanos escogidos entre lo mejor. Llegan los individuos a las situaciones que desean, y se esfuerzan notablemente por desmentir las acusaciones de sus contrarios, por granjearse la estimación y el amor de sus conciudadanos, por adquirirse o conservar el crédito de patriotas, y por hacer a la República los mayores y más numerosos bienes que pueden concebir.

El pueblo, en tanto, por lo común queda reducido, después de formados los partidos, a los muy tiernos, a los ya cansados, a los simples vividores, a los de menos recursos intelectuales, y a las gentes que por inclinación, temperamento y sistema de vida, no toman parte activa. Esta masa, decimos, oye, compara, corrige las demasías, humilla al soberbio, sostiene al débil, desecha lo malo, acoge y fomenta lo bueno, se aprovecha de la consagración de todos, eleva a los que cree que van a servirle mejor, despide a los que le sirvieron mal y en fin, más poderoso que cada uno de ellos, nada tiene que temer y mucho que esperar. Para que los partidos medren, ha de mediar el pueblo y es semejante a un banquero, que presta capitales, con que los industriosos se adelantan y él aumenta el suyo.

Hay entre las naciones sujetas al poder absoluto y las gobernadas por principios liberales, una diferencia de movimiento material y de actividad intelectual, que no pueden ni aun compararse; todo en las primeras es callado, perezoso, uniforme y tímido; todo es en las segundas público, activo, variado y enérgico. El vasallo no se acuerda nunca de caminos, sino en el momento de sucederle alguna desgracia en un mal paso, casi como la bestia que cayó. Para él no hay empresas de pública utilidad. No hay planes que desarrollar para el fomento de la riqueza pública. No hay más que el estrecho círculo de sus intereses. Lo demás es del soberano, es ajeno; y como los señores por lo común están rodeados de comodidades, ni saben lo que es necesario ni tienen estímulo para solicitarlo; mientras que prohibiendo la intervención de los demás, no hacen sino apagar la luz que debía iluminarlos a todos. Así es que el estado político de las sociedades decide de su progreso y les imprime una fisonomía peculiar. Los pueblos libres corren rápidamente a la prosperidad; los otros se mantienen más o menos estacionados, según están más o menos encadenados el pensamiento y la acción individual.

¿Y de qué manera es que los principios liberales convierten en un emporio lo que poco antes fue un desierto? Haciendo de cada hombre un soberano, en cuanto no prohibe la ley, haciéndole sagrada su persona y su propiedad; manteniendo pura la justicia y convirtiendo la industria no sólo en objeto de la más amplía libertad, sino en medio seguro de elevación. Estos grandes objetos están enlazados y combinados con otros muchos y, todos juntos, son el campo en que trabajan los partidos civiles con afán, con entusiasmo y constancia. Son los partidos como brazos del cuerpo social. Ellos se desvelan por descubrir lo bueno, por inventar mejoras, por presentar a la sociedad útiles planes, por desarrollarlos cuando llegan al poder, y probar que son dignos del amor del pueblo.

Cabe que un partido abrace falsas doctrinas, máximas perjudiciales y emprenda una marcha tortuosa; pero ¿qué es de él? Desaparece. Esto es justo y necesario. Pero todo aquel que proclama principios justos, intenciones de progreso y conciencia patrióticas debe ser acogido, mimado y sostenido por el pueblo; porque nunca está el pueblo peor que cuando existe un solo partido en su seno, el cual, por las vías legales, y sin el aparato chocante del despotismo, se apodera astuta y exclusivamente de la confianza pública para ejercer el influjo y la autoridad que es de todos. Entonces cae la sociedad en el peor de todos los males, después del de la guerra civil, que es la oligarquía. La confederación estrecha de algunos hombres, unidos por parentesco, amistad o intereses políticos, obrando de concierto para conducir todas las cosas, por senderos estudiados, al fin propuesto: el de su engrandecimiento y perpetuidad en el uso del poder, que usan con disimulo, como propiedad que saben no ser suya, ya cuyo dueño deben temer.

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