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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
Le toca jugar a Chávez Luis Matos «Jaque Matos» Tengo la mala costumbre, estimulada por más de medio siglo de jugar ajedrez, de analizar todo como si estuviera en una partida de torneo. Y siempre recuerdo que, como en todas las cosas de la vida, porque el tablero es apenas un reflejo del diario acontecer humano, el encuentro se divide en tres fases: apertura, medio juego y final. En Miraflores apenas se inicia el juego; estamos en plena «apertura». Y si observáramos los primeros movimientos de nuestro jugador, pudiéramos preguntarnos: ¿ha realmente creado un sistema novedoso y efectivo? ¿O por el contrario, está tratando de improvisar y, por no haber estudiado nunca la teoría de las aperturas, hace jugadas ya antiguas que los conocedores sabemos no serán buenas a mediano plazo? Quienes mueven así, con el instinto que les dio Natura, pueden jugar muy bien si su talento natural compite con los campeones mundiales; pero, en caso contrario, sus movimientos delatarán su ingenuidad aunque luego nos diserten convencidos sobre una secuencia cuyo exhaustivo análisis, por expertos antes que ellos, ha demostrado hasta la saciedad los elementales deslices cometidos. También en ajedrez quien ignora los errores de la Historia está obligado a repetirlos. Si su apertura es buena, concluiremos la fase con la ventaja de espacio requerida por nuestros planes de expansión. Nuestros peones dominarán el centro y tendremos la posición necesaria para defender los precios del petróleo. Nuestros caballos atacarán las casillas necesarias para iniciar el control de la inflación. Las piezas restantes, en óptima armonía, propiciarán el desarrollo. Sólo así podremos estimular el futuro crecimiento nacional y esbozar planes que incrementen la producción. Apenas termine este plazo, que la nueva teoría se empeña en denominar «Apertura Constituyente», nuestro Maestro entrará en el «medio juego». Deberá dominar mayor espacio y tener todas sus piezas en acción, porque entrará en la verdadera lucha. En esta etapa intermedia es donde el ajedrecista tendrá que demostrar su talento; entonces, mientras reciba todo el ataque de las huestes enemigas, el Maestro tendrá que formular planes, diseñar estrategias, calcular variantes tácticas, sostener el centro, mantener las conformaciones de peones, colocar las piezas en mejores casillas y planificar cada maniobra, sin olvidar repasarlas cada vez que sea su turno de mover. El maestro y el jugador de café son similares en el medio juego: ambos buscan agresivamente el triunfo de sus ideas. Pero el ajedrecista de café, eterno cliente de los tableros de Sabana Grande, ostenta la agresividad ligera e irresponsable de quien no tiene nada que perder: si el ataque no se da, pues abandona el encuentro, se da por perdido y comienza inmediatamente otra partida «para demostrarte que la otra la ganaste por suerte». El Maestro no es un suicida como aquél. Cuando sacrifica un peón, es porque está seguro del triunfo. Para él no es un juego, sino un trabajo que debe ejercer con la mayor responsabilidad. El aficionado de Sabana Grande siempre recibe el aplauso del público; es el hombre de la boína roja, valiente ante el poderoso pero a quien jamás veremos en una Olimpíada. Al Maestro lo retratan con los Conservadores, pero siempre gana y su ajedrez es de primera, no importa cuán aburrido pueda parecer a los mirones. Esta allí para ganar partidas; no para oír aplausos. Es un arquitecto de la mente, no un político en busca de una prematura reelección. Es un pensador, no un cantante. Cuando lleguemos al final de la partida, con poco material en el tablero, es cuando sabremos si el plan de nuestro jugador era realmente bueno, si los efectivos estaban bien ubicados, si la Constituyente sirvió tanto como queríamos, si las torres llegaron a la séptima horizontal, si el mercado respondió a nuestras expectativas, si los caballos ocuparon las casillas buenas, si supo controlar la inflación, si sus alfiles ostentan las mejores diagonales, si el desempleo bajó a niveles mínimos, si su rey está seguro, si disminuyó el peso de la deuda, si vamos rumbo al triunfo o si Venezuela sigue igual o incluso peor. Como venezolano, espero sinceramente que tengamos un Kasparov en Miraflores; es lo mejor que pudiera pasarnos. Si le hemos entregado nuestro primer tablero a un chambón principiante, sin talento para el juego ciencia, nuestras piezas se entorpecerán, perderemos espacio, nuestros planes fracasarán, caerán los peones del centro y muy pronto recibiremos mate.
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