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En la oposición, como siempre

Manuel Caballero

El Universal, domingo 13 de diciembre de 1998, p. 1-6

Cuando, por primera vez en un programa de televisión, anuncié que apoyaría al candidato Henrique Salas Römer, aclaré a renglón seguido que estaría en la oposición a cualquiera de los tres candidatos (todavía Alfaro Ucero no estaba fuera del juego) apenas se hiciesen del gobierno. Aunque eso no significaba que creía que fuesen iguales los tres, que igual me daba que gobernara el uno o los otros: si hubiese pensado eso, no habría tomado partido. Lo que quería decir es que no creía, ni creo, que vaya a variar demasiado la actitud crítica que he mantenido en estos cuarenta años. Y gracias a la cual el gran periodista y escritor francés Jean Lacouture me calificó en 1992, en Le Nouvel Observateur, de «censor vigilante del sistema». En este caso hay un agravante: no me opuse al ganador de estas elecciones como una opción electoral: me opuse al hombre y a su acción, desde 1992, cuando no se sabía (esto en noviembre de ese año) cuál sería el resultado del levantamiento.

Dada, firmada y sellada

Buena parte de mis artículos los publicó José Agustín Catalá (pese a su conocida amistad personal con Hugo Chávez) de modo que si quieren enrostrarme viejas culpas, allí asiento yo una confesión dada, firmada y sellada: el opúsculo se titula Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil. No retiro ni un punto, ni una coma de esos escritos y asumo enteramente y personalmente su responsabilidad. Traté incluso, para subrayar tal actitud, de suprimir en muchas de esas cuartillas el plural mayestático (que suelen compartir los Papas con los periodistas), y utilizar, en vez, la primera persona del singular.

Queda en esas páginas muy claro que yo no pienso que el hoy Presidente Chávez vaya a causar un gran daño al desarrollo de una sociedad civil democrática en Venezuela, sino que ya lo hizo: no creo que sea él único que tenga, en las Fuerzas Armadas, vocación de salvador de la patria. Lo negativo del ejemplo y peor, su sanción popular, nos puede encaminar, por la fuerza misma de las cosas (para decir lo menos) a un período no se sabe cuán largo y profundo de intranquilidad militar.

Una sociedad de zancadilleros

Peor aún, al convertir la lucha por el poder en un proceso puramente lúdico, por haber despertado en el hombre de la calle la admiración por el hombre que «tira la parada», nada bueno presagia la conversión de la nuestra en una sociedad de zancadilleros. Por otra parte, he dicho y repetido mil veces que nunca he creído en esa bobada según la cual «el pueblo nunca se equivoca». Si quienes sostienen eso dijeran la verdad, me gustaría que explicasen por qué, al mismo tiempo, un solo y mismo pueblo elige clamorosamente Presidente a Chávez y Senador a Carlos Andrés Pérez.

Dicho todo esto, creo que tengo (y que me sea perdonada la soberbia), autoridad y credibilidad suficientes para ser creído si digo que nunca en mi vida he deseado tanto equivocarme. Y es solamente después de hacerlo que manifiesto comprender el clima de «luna de miel» que acompaña al presidente electo, aunque algunos se hayan pasado de mesura y hayan derivado del fair play hacia algo que se acerca mucho a la abyección, a la vieja e innoble adulación. Pero el poder produce siempre esas actitudes; bajo la sombra del poder florece siempre la flor pestilente de «los felicitadores».

Un elemento de derrota

¿Considero todo negativo en la situación que sigue a unas elecciones donde ha triunfado un hombre al cual me he opuesto sin desmayar un momento? No: esta no es una crónica de desesperanza; nunca he sido de los que opinan que a este país se lo llevó el diablo, y no me hará cambiar de opinión algo tan circunstancial como una elección. En la victoria de Hugo Chávez hay un elemento de derrota: ha sido llevado al poder por medios democráticos, lo que contraría, en vez de legitimar, su pronunciamiento del 92. En el siglo pasado se solía decir que la mayor derrota de un absolutista se producía en el momento en que decidía participar en una elección. Al nuevo presidente le convendría no olvidar todo esto, pero lo más importante es que no lo olvidemos el resto de los venezolanos.

En segundo lugar, en las cifras electorales mismas: dos millones de votos obtenidos por la opción adversa al ganador significan por una parte, dos quintas partes de los votos expresados, y dos terceras partes del voto de Chávez. Todas y cada una de las acciones a tomar por el nuevo gobierno debe tener en cuenta de que parte con ese elevado volumen de rechazo a su persona y a sus tendencias autoritarias.

Claro, esto no significa mayor cosa si la oposición no tiene claros sus objetivos. En este momento, y a varios meses todavía del nuevo gobierno, hay dos banderas alrededor de las cuales se puede unificar el país, sin excluir a la parte de él que apoyó a Chávez: la intangibilidad del principio alternativo tal y como quedó estampado en la Constitución del 61, o cuando menos cualquier fórmula que conserve la prohibición de la reelección inmediata. La otra es la defensa de la libertad de expresión, porque hay demasiada gente en su entorno, sin excluir al propio nuevo presidente, que no soporta la menor crítica sin sacar la pistola que anuncia el saludo del MVR.


Manuel Caballero en La BitBlioteca



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