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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Bitblioteca

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El mundo clásico, segunda parte

Mehesz
Kornel Zoltan Mehesz

Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1997, by K. Zoltan Mehesz - Corrientes, Argentina.

Índice

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Quinta parte


El juramento romano

«¡Juro por el Gran Dios, Eterno
y Omnipotente!
¡Por el Hijo y Espíritu del Padre!
¡Nacidos Uno en Tres, y Tres en Uno!»
Luciano: Philopatris XII.

Dice Isócrates que antes la simple palabra poseía mayor fuerza y su cumplimiento era más sagrado que el mismo juramento . Ciertamente las Leyes Decemvirales crearon el himno a la confianza mutua, consagrada con la pronunciación de pocas y simples palabras: «Uti linqua nuncupassit, ita jus esto!» ¡Como tú declaras con tu viva voz, sea tu palabra derecho!

Pero lamentablemente, el engaño es viejo como el hombre, y su hijo es la desconfianza mutua. El remedio contra ese mal en Roma era el juramento. Su base fue la compleja y profunda mística fe que actuaba como Freno Sagrado , porque cuando el romano juraba, llamaba a Júpiter, al Padre Auxiliador por testigo. El cuadro del juramento con el pincel de Crisyppo, nos parecerá hoy una Trinidad mixta, en cuanto dos humanos y un dios, crean por medio del juramento, un contenido y un fin de sólida estructura.

Uno que jura, otro que toma el juramento, y el tercero supremo es el Dios, que los escucha y ratifica el acto.

En la antigüedad podían jurar todos, hasta los esclavos, porque ante Jupiter existían solamente seres humanos.

Todas las personas podían jurar menos tres: el sacerdote supremo, el Flamen Dial , porque sus palabras eran sagradas. Tampoco podían jurar los infieles, cuyos juramentos eran considerados como eo ipso perjurios. En tercer lugar eran dispensados de jurar los más eminentes y los hombres más honestos. Nos refiere Cicerón que Xenócrates era de vida tan pura y honrada, que cuando en una oportunidad tuvo que declarar en una causa pública, al acercarse al altar, para prestar el juramento, todos los jueces a una voz pidieron que no lo hiciese. No quisieron pues que aquel hombre de excelente virtud pareciera más comprometido a decir la verdad por un juramento, que por el respeto a la verdad misma .

Consideraban los romanos que la flaqueza humana crece en proporción directa con la viveza , por ello prestaron mucha atención a la formulación de los textos del juramento; quisieron pues impedir que su cumplimiento —por medio de hábil y sutil interpretación— fuera fácilmente eludido.

Dice Tácito, que el Senado, hizo jurar a los Magistrados que no recibieron, ni recibirán prebendas, ni otra clase de premios. Agrega todavía, que algunos de los magistrados que no tenían la conciencia muy limpia, se confundieron mucho, y mudaron con hábil sutileza las palabras del juramento para escapar de las consecuencias de un perjurio, y al mismo tiempo no ligarse para el futuro . La forma del juramento en Roma era de lo más variada. Juraban por dioses, por humanos deificados, por Leyes y hasta por objetos. Confirmaban luego el juramento con gestos simbólicos, ritos y fórmulas sagradas. Los hombres juraban por Jupiter, y Hércules: las mujeres con preferencia por los Castores . En ciertas circunstancias solemnes lo hicieron por la Trinidad especialmente romana, con la egipcio-italiota, en esta forma que nos causa verdadera sorpresa.

«¡Juro por el Gran Dios, Eterno y Omnipotente!
¡Por el Hijo y el Espíritu del Padre.
¡Nacidos Uno en Tres, y Tres en Uno!
¡Este es Júpiter, no hay otro verdadero!

Los esclavos y libertos juraban por el Patrono , y este mismo lo hacía por el emperador o por su Genio . Juraban también por cualquier objeto, como Scipión por su toga viril, Toxaris por el viento y el alfanje, porque el viento es símbolo de la vida y el alfanje señala la muerte .

Cuando cartagineses y romanos hicieron un tratado de paz, lo confirmaron por medio de un juramento. Los primeros juraron por los Dioses Patrios y los romanos, a su vez, por una piedra, según antigua costumbre. Dice Polibio Megapolitano, que el que firmaba el tratado, después de haber jurado sobre la Fe Pública tomaba una piedra en la mano y decía: «¡Si juro verdad, que me suceda bien, pero si pensase u obrase de otro modo, excepto todos los demás en sus Patrias leyes, templos y sepulcros, yo solo sea exterminado, como ahora lo es esta piedra!», acto seguido arrojaba la piedra .

Era costumbre de las mujeres jurar por el propio cabello. Sin embargo pocos confiaban en esta clase de juramento femenino, pues el cabello más de una vez resultó ser ajeno; era costumbre de las romanas llevar pelucas rubias y castañas, compradas en Germania. A esto se refiere Marcial, cuando en uno de sus cáusticos epigramas nos dice que Paula, jura por el cabello rubio traído de Germania, que recién ha comprado. «¡Pero tu cabello, Paula, es germano, y por ello —agrega— tu juramento desde luego es un perjuicio!»

Confirmaban el juramento con gestos simbólicos: piedra en mano o con las manos puestas sobre el altar de Libón , o sobre las víctimas , en el juramento militar, mientras los soldados pronunciaban la fórmula, colocaban la punta de la espada corta sobre la propia garganta .

Era un gesto simbólico el de Clearco: después de jurar se apretaban las manos, indicando que «¡yo no te haré daño, ni tú a mí!» De esta modalidad nació nuestro tantas veces adulterado apretón de manos .

En casos especiales y de gran importancia, confirmaban algunos sus juramentos con la sangre vertida, imprecando contra sí mismos, y otros se contentaron con reafirmar el primer juramento por medio de un segundo. Salustio y Tertuliano nos informan , que Catilina se «conjuraba» con sus compañeros, bebiendo recíprocamente el vino mezclado con sangre vertida de sus brazos.

El empleo de imprecaciones era cierta forma de prevención contra los que tomaban el juramento en broma y lo hacían sin respeto ni fe.

Las imprecaciones eran maldiciones, pronunciadas por el que juraba, y estaban dirigidas contra sí mismo, para el caso de incumplimiento de lo jurado. «¡Isis y Júpiter dispongan de mi cuerpo! Hieran mis ojos y yo quedaré ciego, si no cumpliera con lo que ahora juro» . Los escrupulosos agregaban todavía un segundo juramento, asegurando en éste que sin falta cumplirían lo prometido en el primero.

*

El juramento carecía de límites geográficos. Después que los romanos sufrieron la gran derrota en Canas, Aníbal, bajo el previo juramento de que regresarían al campamento, dio permiso a diez cautivos para ir a Roma a tratar sobre el rescate de los demás con el Senado. Los cautivos, después de haber jurado salieron del campamento, yendo a Roma, pero uno entre ellos, so pretexto de haber olvidado algo, volvió al campamento y salió luego de nuevo. Llegaron todos a Roma y, después que se frustraron las tratativas acerca del monto del rescate, regresaron todos los cautivos al campamento cartaginés, menos uno. Este al ser preguntado por la causa de su conducta, alegó que después de la salida, volviendo al campamento cumplió con lo jurado y en consecuencia estaba liberado ya de su juramento.

El Senado de Roma decidió sin embargo que los juramentos, hechos ante el dios, carecen de límites geográficos, y por ello pusieron en cadenas a este sutil intérprete y lo devolvieron a Aníbal. Este hombre para ellos ya no era romano, sino un prófugo y perjuro esclavo del enemigo.

*

Sabían respetar los romanos el juramento, y también sabían hacerlo respetar.

Dice Polibio Megalopolitano, que en Roma magistrados y embajadas manejan cuantiosas sumas de dinero. La religión sola por medio del juramento les hace observar una fe inviolable, y lo que en otros pueblos sería un prodigio —hallar un hombre que se hubiese abstenido del dinero público, y estuviese limpio de tal crimen— en Roma al contrario, era muy raro encontrar un reo de peculado manifiesto .

De este respeto para con el Juramento nació en Roma, la seguridad casi absoluta entre las partes contratantes; de allí la sorprendente brevedad de los juicios públicos, pues se comprobaba la inocencia o la culpabilidad con un simple juramento; de allí nació también el extraordinario valor, disciplina y lealtad del Ejército, auténtico creador del Imperio Romano .

*

Nuestro juramento ya no es romano sino típicamente contemporáneo. Muy formal, pero su contenido carece de fe y confianza; quizás, por ello nuestra declaración jurada sin los sellos redondos y demás firmas, carece de fe. El juramento, esta clase de juramento con «fianzas» ya no despierta confianza.

Por esto ya es tiempo que juremos que no juraremos más, esperando el día, en que nuevamente será suficiente la palabra dada, y ninguna otra cosa más.


El hombre antiguo y el libro

Multum legendum esse, non multa!
C. C. Plinius. : epist. VII. 9.

La imperfección de la memoria es el padre de la sentencia: «Verba volant, scripta manent.»: las palabras vuelan, pero los escritos quedan. Quizás, por ello los hombres antiguos comenzaron a escribir. Los fenicios, los primeros libros de réditos, los griegos sus pensamientos y los sacerdotes romanos a la manera samnita sus anales, sobre hojas blanqueadas de lienzo.

Tenían los tres requisitos para escribir; mens sana, tiempo, e instrumentos. Había en abundancia tintas, estilos, tablas enceradas, hojas de lienzo y más adelante papiros y pergaminos. La fabricación de estos dos últimos productos en la época de Cicerón estaba ya muy desarrollada y en Alejandría los tenían en tal abundancia, que utilizaron papel hasta para preparar sus momias .

Existía en los antiguos un ímpetu virgiliano por escribir. Dice Séneca que Décimo el gramático, compuso cuatro mil volúmenes; Plinio, el mayor, a su vez nos refiere que para la composición de su obra maestra Historia de la Naturaleza, ha leído más de dos mil libros. La existencia de estos libros indirectamente la demuestra Cicerón, que habla de libros, en su época ya muy antiguos, y de considerable valor, mencionando que ha recibido uno como obsequio y honorario por su actuación como abogado .

Con sumo cuidado preparaban y juntaban los libros: preciosos reflejos de la inagotable mentalidad antigua; de esa manera surgieron las primeras y afamadas bibliotecas públicas y privadas en Atenas, Alejandría, Pérgamo, Patras y Roma.

Roma especialmente se destacó por su bibliofilia: hasta existía allí un gremio especial de artesanos, que se ocupaba solamente de los libros. Copistas, encoladores, bibliotecólogos, instruídos por especialistas, traídos a este fin directamente desde Alejandría.

Con satisfacción escribe Cicerón a su amigo Attico, «Si tú vieras qué admirablemente ha ordenado mis libros Tyranión. Lo que me queda ahora, es mucho mejor de lo que creía, pero necesitaría todavía dos hombres de tu biblioteca: Tyranión los empleará como encoladores y encuadernadores».

Cicerón también pidió literatos a Cleopatra, cuando la reina del Nilo estaba visitando a César en Roma, pero en otra carta, dirigida a Attico, vemos que Cleopatra olvidó cumplir su promesa, pues la critica ásperamente: «Detesto a la reina, pues no cumplió su promesa. Amón sabe que yo tengo razón en esto. Él me aseguró que ella cumpliría lo que me había prometido acerca de un literato. Te aseguro, amigo, que no puedo recordar sin resentimiento la soberbia con que Cleopatra me trató cuando me vio en el jardín de Transtíber»243/a.

*

En Roma florecieron las librerías y para satisfacer a los lectores, se abrieron varias bibliotecas públicas, entre las cuales eran muy conocidas la de Tibur en el templo de Hércules, la biblioteca latina y griega , la de Tiberio , de Octaviano y de Trajano, elogiada tanto por Plinio.

Entre los patricios era de buen tono tener la propia biblioteca con el personal correspondiente. La biblioteca de Orígenes, la de Lúculo y de Syla eran muy apreciadas por sus ejemplares muy raros antiguos, y sumamente preciosos (robados de la colección de Atelicón y de Atenas).

*

Las bibliotecas de los antiguos pueblos eran las pacientes maestras de las grandes poblaciones al servicio de la educación, ya que el hombre antiguo, especialmente el romano era un asiduo lector. Dice Séneca que él «se entretiene solamente con sus libros» y, Cicerón dijo que «...aunque me duplicasen el tiempo de mi vida, no tendría bastante tiempo para leer todo». En una de sus cartas políticas dice: «Estoy devorando la biblioteca de Fausto, ...solamente me sustentan las letras, pues considero —dice en otra carta— que «Ouden glykyteron hé pant eidenai», ¡no hay cosa más agradable que saber todo!

*

Lamentablemente en Roma también ocurrió lo que tan a menudo observamos hoy. Los lectores más apasionados fueron precisamente los que carecían de los recursos necesarios para tener una biblioteca particular y los dueños de las costosas colecciones —como Séneca sostiene— no conocen ni siquiera el índice de sus propios libros, que no les son instrumentos de estudios, sino sólo ornamento de sus salas... Hallarás en poder de personas ignorantísimas todo lo que está escrito de oraciones, y de historias. Tienen los estantes llenos de libros hasta los techos, ...y aún en los baños se hacen librerías, como alhaja forzosa para las casas: si todos estos sirvieran a los deseos de los estudiosos, pero —lamentablemente— estas obras exquisitas, obras de sagrados ingenios, entalladas con sus imágenes, se buscan para adorno y gala de las paredes .

Recomienda Séneca tener solamente «la suficiente cantidad de libros, ¡sin que ninguno de ellos sirva para la ostentación!», por ello los antiguos autores recomendaban seguir los postulados del precepto: «Multum legendum esse, non multa». Más conviene leer poco, pero con profundidad, que leer mucho y superficialmente .

Las grandes bibliotecas tanto las públicas como las privadas desempeñaron siempre un importante papel en la vida de los pueblos antiguos. La biblioteca, el libro en general, muy pronto calificábase como factor político, en lo interno y externo.

En la vida interna de un pueblo no podía carecer de importancia la calidad de los libros. En el caso de Roma, v. gr., sabemos que esa ciudad estaba inundada por los libros: productos propios y en su mayoría de origen extranjero; griego y babilónico. Llegó en forma de botín una abigarrada masa de libros de bibliotecas saqueadas, sin la mínima selección cualitativa, sin la revisión censoriana. Una gran cantidad de estos libros era de carácter expresamente destructivo, los cuales como soldados invisibles, con sus letras envenenadas transformaron poco a poco la victoria latina, en Grecia, en la incurable decadencia romana.

Dice Plutarco que después de la derrota de Craso en Persia, el gran visir de los Partos presentó ante la asamblea de su país los libros que encontraron en el equipaje de los soldados romanos. Eran estos libritos los muy obscenos del griego Arístides, llamados «Milesiacos», que estaban tan en boga entre los soldados romanos. Surenas infamaba a los romanos de que ni siquiera en la guerra podían prescindir de entretenerse con semejantes libros inmorales .

Las bibliotecas representaron un valor político externo también.

Pisístrato fundó la afamada biblioteca de Atenas, que en su época de oro contaba con medio millón de tomos. Cuando Jerjes se apoderó de la ciudad, salvó de las llamas los libros y los trasladó a Persia. Estaba, pues, convencido de que los griegos despojados de sus libros, estarían privados también de su integridad nacional y de valor combatiente. Quizás por esta razón saquearon los romanos las grandes bibliotecas en el extranjero. Paulo Emilio se apoderó de la colección macedónica de Perseo; Syla confiscó los libros, que de Persia devolvió a los atenienses el rey Señeuco Nicanor .

Opinaban de otra manera los Godos. Dice Trebelión que cuando éstos llegaron a Atenas, cuidaron mucho que la Biblioteca no fuera saqueada, ni incendiada, sino por el contrario, la dejaron a los griegos con el objeto, de que ocupándose en la lectura, olvidasen la práctica de las armas, y de esa manera existía la posibilidad de poder vencerlos en el futuro con todavía mayor facilidad.

Entre los dos factores desde luego no faltó también la causalidad, aunque hoy faltan quienes más bien quisieran emplear la palabra casualidad.

En la primera guerra por Alejandría, César según el testimonio de Plutarco, cuando «interceptáronle después la cuadra, se vio precisado a superar este peligro, por medio de un incendio, que de las naves se propagó a la célebre biblioteca, y la consumió» : Séneca nos informa que «cuatrocientos mil tomos se abrasaron en esta oportunidad sin siquiera alterarse algo, pues él sostenía que todos estos libros fueron juntados no para los estudios, sino sólo para la vista» .

En la época clásica, en los primeros siglos de la era cristiana, desaparecieron como fácil presa de las guerras y llamas dos millones de rollos y códigos de inapreciable valor.

Es suficiente leer solamente algunos libros que quedaron para poder imaginar la titánica grandeza de la cultura antigua, y al mismo tiempo palpar y sentir la evidente decadencia de nuestra cultura hipercivilizada.

Conviene leer a estos sobrevivientes de la antigua cultura clásica para poder aprender la profunda enseñanza del lema, «Legi multum utilia, non multa et vana!» Hay que leer con atención los libros buenos, y tirar sobre la pira los que son dignos sólo para el fuego.

Hay que leer los libros con la mentalidad ciceroniana, para poder sentir que el saber es efectivamente la cosa más agradable.

Leyendo los libros de los antiguos, nos sentimos un poco en el pasado, que nos conviene conocerlo, para encontrar el camino seguro, en forma más fácil, para el futuro.


Epikteto en Roma

¡Dios está en nosotros!
Epicteto: Colloquia. II. 8.

Había en Atenas un famoso pórtico, llamado Pisianancia, decorado con los cuadros del renombrado pintor Polignoto. A la puerta de este pórtico —que los griegos llamaron Stoa Poikile— se reunía Zenón con sus amigos y allí elaboró su nueva tesis con bases precristianas, bajo el nombre de Estoicismo, doctrina —que como fuego en el sediento campo— propagóse por el ya exhausto mundo antiguo.

En las postrimería del siglo primero llegó de Phrigia a la Roma convulsionada por la quiebra de las religiones, un esclavo de Hierápolis. Era Epikteto, brillante representante del estoicismo.

«Palam et publice» y a voz en cuello pregonaba que el mundo es un teatro, donde a cada uno le designaban su papel, y para desempeñar bien el rol sorteado, dictaba el perenne bi-principio: «Si quieres vivir impecable y tranquilo, entonces —«Anekhou kai Apekhou!— ¡soporta y abstente!», pues es preferible estar hambriento, pero tranquilo, a vivir en la abundancia pero entre preocupaciones.

Recomendaba evitar a los hombres como él solía decir: «Aneu tu pratteian, mekhei tu legein!» que nunca llegan a los hechos, porque se detienen en las palabras. Epikteto no dejaba duda alguna que vivimos en un mundo, donde no solamente los víveres, sino que desde el amo hasta el procónsul, todo tiene su fijo precio...

Aconsejaba conseguir solamente las cosas posibles y recomendaba renunciar a las que se tenía, si por razones superiores esto fuera necesario.

A Epikteto le pareció que no hay razón de quejarnos por las desgracias, porque hasta de ellas podemos sacar ventajas y a veces también las mismas gracias. No vayas al oráculo —dijo a un discípulo— a preguntar si te conviene ayudar a tu prójimo, pero tampoco serás un hombre íntegro, si a cada momento buscas tu refugio en otro.

Como los malos cantantes del teatro, no podemos estar solos, y luego nos quejamos por la justa crítica de los prójimos. Uno me dijo que hablaron mal de mí, pero yo contesté, que no podían decir mucho, porque me conocen todavía muy poco, y en secreto quedé, muy, pero muy contento, pues es cosa de reyes actuar bien y sin embargo tener mala fama.

En una de sus parábolas, refiere que el rey espartano Licurgo, por causa de la violencia de un ciudadano perdió un ojo. El pueblo entregó el joven a Licurgo para su castigo, pero el rey, en vez de mandarlo al suplicio le dio, lo que mucho le faltaba, y a él le sobraba, la educación y disciplina cívicas. Hizo así Licurgo, porque sabía —lo que el otro estoico Séneca pregonaba— que el Pueblo se compone de hombres y cada hombre es el sagrado Pueblo mismo!

La agresiva y al mismo tiempo tradicionalista mentalidad romana, no podía ni quería entender los tolerantes y filocristianos principios de Epikteto, por eso, con los otros «pedagogos de la generación», como los filósofos se llamaban entonces, tuvo que abandonar Roma, yendo a Nikopolis de Epiro, pero la ciudad, impregnada ya por sus ideas, no podía librarse de su enseñanza, y por ello, la doctrina de abstenerse y el saber soportar poco a poco venció a la violencia y por medio del mismo cristianismo, religión del amor al prójimo, logró obtener la definitiva victoria.

***

Bibliografía: EPICTETO. Moral, etc.


Dice Vitruvio, el arquitecto romano

Fuera conveniente que el corazón de los hombres
tenga su ventana, para que los pensamientos
en el futuro ya no sean secretos.
Vitruvio. X. libr. de arq. III.

El dios Apolo de Delfos por medio de la Pytonisa, declaró que el más sabio entre los hombres era Sócrates, y nosotros pregonamos que en la época de oro el mejor arquitecto de Roma era Vitruvio.

Él era el afamado constructor de templos y basílicas, y con su séptima ciencia, también perenne instructor de las almas. Cruzaba diariamente el Foro, y la gente con litúrgico silencio aguardaba sus cautivantes palabras.

De corazón detestaba la gente falsa, y lamentaba con Sócrates la ceguera y la mala construcción del corazón humano, que según su parecer carece de la tan necesaria ventana..., por eso, no se puede mirar detrás de ella, y nos vemos rodeados por la mentira.

Alababa a los atenienses, que por medio de una ley obligaron a los hijos a mantener a sus padres viejos, pero solamente si éstos les habían proporcionado a aquéllos, lo que a ellos nadie podía quitar: las artes y la sabiduría. Consideraba Vitruvio que la única e indespojable riqueza que el hombre puede tener es la ciencia, que los padres tienen que dar a los hijos junto con la vida como dote familiar.

Según él, el instruido nunca puede ser considerado como extranjero, ni náufrago.. En cada país encontrará trabajo y el país en él, un ciudadano útil.

Aristippo, filósofo socrático arrojado por causa de un naufragio a la playa de Rhodas al observar sobre la arena trazadas algunas figuras geométricas, exclamó: «Heuréka tous anthropous!». ¡Encontré hombres!, e inmediatamente se encaminó hacia la ciudad de Rhodas y se puso allí a enseñar filosofía, como lo hizo anteriormente en su Patria. El que sabe, en todo el mundo está en su Patria!

Vitruvio detestaba a los ignorantes y audaces de su noble ciencia, especialmente a los que olvidaban cumplir con la palabra dada. Parece que semejante clase de amnesia en esta época lejana estaba muy en boga, porque en la ciudad de Efeso existía una ley, al parecer dura, pero en realidad muy justa, por la cual se obligaba al arquitecto, cuando se le encargaba dirigir una obra, fijar el costo a que podía ascender, y una vez aceptada la suma de los gastos en la presencia del Magistrado, los bienes del arquitecto quedaban hipotecados hasta la terminación de la obra. Acabada ésta, si el costo había respondido a lo estipulado, el arquitecto quedaba libre, pero si se había gastado más, el exceso tenía que ser abonado con su propio dinero, hasta terminar la obra. Ni en Efeso, ni en Grecia existían obras sin terminar, ni los arquitectos podían ser deshonestos. Lamentablemente Roma ignoraba la ley efesiana, y a Vitruvio le pareció que si esta ley fuera también allí promulgada desaparecerían las injerencias de los ignorantes, y el despojo legalizado de los pobres, que ahora están forzados a hacer gastos infinitos, hasta quedar arruinados.

Dice aun que el arquitecto bueno no pregona su ciencia, sino por el contrario, tiene la ciencia de esperar y callar. La grandeza de su obra hablará por él.

A propósito de la fama. Vitruvio se disgustaba mucho, porque también ya en esta época lejana la gente de poca cultura dio más importancia al músculo, olvidando al hombre que se destacaba por medio del cerebro. A los célebres atletas, vencedores en los juegos olímpicos les dieron el público aplauso con pensiones vitalicias a expensas del Tesoro Público, mientras las perennes obras de los hombres de ciencia las cubrieron con sordo silencio.

La gloria se reparte entre el músculo y el cerebro: los atletas tienen la fama intensa porque se extiende solamente por una vida, pero el sabio por su enseñanza, el arquitecto por medio de su grandiosa obra, ganarán con seguridad la gloria larga y perenne. La veracidad de esta tesis vitruniana demuestra que solamente muy pocos recuerdan a Miltos, nunca vencido atleta de Crotona, pero no hay nadie que ignore el nombre del sabio que vivía en este mismo pueblo que llevaba el inmortal nombre, Pythagoras!

Vitruvio, el arquitecto romano tenía con el lector la palabra...


Filotimia romana

Xenophonte dijo que la alabanza resuena siempre
bien en el oído, especialmente cuando no nos
creemos dignos de ella...
C. C. Plinius. Epist. VII. 32.
¡Es más vergonzoso perder la fama adquirida que
no adquirirla!
C. C. Plinius. Epist. VIII. 24.

Según Cicerón, en el corazón de cada romano existe un noble sentimiento, que día y noche lo estimula a la gloria, que nos advierte no dejar perecer con nosotros el recuerdo de nuestro nombre sino por el contrario, procurar que llegue hasta la más lejana posteridad .

Nuestros antepasados —dice Salustio — dejaron todo cuanto pudieron. Riquezas y estatuas, pero la Madre de la buena fama, la virtud, no la dejaron, ni la podían dejar, pues ella no se regala, ni se hereda, sino que se adquiere, y conviene adquirir, ya que la fama que producen las riquezas y el honor heredado es frágil, pero los adquiridos por medio de actos honestos, son ilustres y duraderos .

En Roma la fama y la popularidad se adquieren en un orden lógico y a veces inverso, pues San Agustín censura severamente a los romanos, que no amaban la fama y la gloria por la justicia, sino que más bien, veneraron la justicia solamente por la gloria . Hubo allí muchos medios para adquirir la reputación, pero pocos eran los necios que hubieran querido obtenerla por la tristeza, y buscar la aprobación por las lágrimas .

Sólo se obtiene, pero nunca se impone la popularidad entre los pueblos antiguos. Nos refiere Plutarco, que los atenienses llamaban al mecedonio Demetrio, «Salvador». Erigieron en su culto un altar, que denominaron Demetrio Katebata, Demetrio, Hijo de Dios, que se dignó venir a la tierra. Al mes «Muniquión» (abril) lo designaron Demetrión... Pueblos, ciudades, fiestas religiosas los bautizaron con su nombre. Hélade se llenó con el nombre de Demetrio por doquier.

Sin embargo, el elogiado muy pronto vio frustrada la esperanza, que sobre la lealtad de los atenienses había fundado. Olvidó advertir a tiempo que los pueblos,muchas veces, cuantos más honores decretan, tanto más aborrecen a los que los reciben sin medida .

.La fama entre los antiguos era cosa muy fluctuante. Perseo edificó un Pórtico, pero Paulo, el general romano, colocó allí su propia imagen .

Cuando interrogaron a Catón sobre por qué no se encontraba su estatua entre las de tantos varones ilustres, respondió: «Prefiero que pregunten “por qué no está” a que pregunten por qué está» .

«¡Yo no tengo en mi casa estatua —dice Sallustio— porque mi nobleza es de ayer! Además mejor es adquirir la fama y la estatua por sí mismo, que haber corrompido el blasón que se heredó».

Iphicrates, cuando el aristócrata Harmodio le ironizaba que no tenía antecedentes, le contestó: «¡Mi nobleza comienza conmigo, pero la tuya deja de existir contigo!» .

En Roma, las estatuas las aprecian según el tamaño. Lo mismo que hacemos nosotros: cuanto mayor es la fama, tanto más grande es la estatua. No obstante eso —dice Plinio— habían siempre unos que tenían gran fama, y otros, a los que les faltaba, pero tenían mayor grandeza .

Marco Aurelio nos aconseja que no hay que preocuparse mucho por las alabanzas del pueblo, que no son más que un estrépito y sonido falso de la lengua . Por ello, no conviene perseguir la fama por medio del poder, porque los que hoy suben, mañana con seguridad serán derribados. Más vale adquirir la celebridad por medio de la labor continua, actos honestos, y esperar en silencio, porque la posteridad, como dice Tácito, le restituirá a cada uno el honor y el recuerdo que le son debidos.

La fama y la popularidad entre los antiguos grecorromanos eran considerados como derecho.

Había una ley en Roma, y también en Grecia, que prohibía popularizar a los que sufrían un juicio público, como tampoco consideraron digno de hablar en público y ser aplaudido al que con anterioridad fuera juzgado por cohecho o malversación de caudales públicos.

El insaciable deseo de fama y popularidad es una enfermedad contagiosa, que no envejece dice Sallustio. Los enfermos de este mal se curan solamente con el sonido a la manera de Themístocles. Cuando le preguntaron a éste, qué canto o qué voz le gustaba más oír, él respondió que para él, la música y canto más lindo es escuchar su propio elogio.

El hombre antiguo necesitaba de la fama, pues confesaba como Píndaros, que «en nuestra última hora soportaremos mejor la sombría muerte, si podemos legar a nuestros hijos el más hermoso de todos los bienes, la buena fama. Dice Horacio que nuestro cuerpo y alma volverán allí, de donde vinieron. El cuerpo, a la tierra: y nuestra alma, en las alas de un brillante renombre, volará hasta Proserpina en la Luna, pero nosotros seguiremos viviendo en la tierra, mientras hubiese alguien que nos recuerde por nuestra buena fama.

El hombre antiguo, por esto, no tenía mayor anhelo que adquirir una fama extensa haciendo su memoria perenne .

Por la fama era virtuoso, patriota, héroe; a veces ostentaba la ajena, corrompía la heredada, y adquiría la pésima.

Esa permanente aspiración de honores y popularidad, era la causa eficiente y más remota, por la cual en Roma tantos llegaron a la inmortalidad.

Esos muertos inmortales fueron los anónimos héroes, que por medio de su inmenso deseo de fama y gloria , se hicieron autores de extraordinarias hazañas, las cuales sirvieron para extender las estrechas fronteras del pequeño Lacio hasta la mitad del Mundo Antiguo.

Contaminados por las ansias locas de gloria, dieron al mundo entero la Cultura Clásica, sinónimo de Civilización, y fueron también los arquitectos del Templo de la Justicia, de Justiniano, que hoy conocemos con el sencillo nombre de Derecho Romano. Toda esta inmensa herencia espiritual, nacida de las ansias de fama, hoy se expresa con una sola y breve palabra: Filotimia.


El hombre antiguo y el suicidio

¡Naciste para la muerte!
L. A. Séneca. De tranq. I.
 
¡Toma mi ánimo!
Mejorado. ¡Te devuelvo!
L. A. Séneca. De tranq. I.

M. T. Cícero nos refiere la historia de Cleobis y Bitón, hijos de la sacerdotisa Argía. Iba ella en un carro, según la costumbre de aquellos tiempos a un solemne sacrificio en un templo bastante alejado de la ciudad. Durante el viaje detuviéronse los bueyes que la conducían y, acostándose en el centro del camino, no se levantaron más. Los dos jóvenes ungieron entonces sus cuerpos con óleo y se sujetaron al yugo. La sacerdotisa, apenas llegó al templo en el carro tirado por sus hijos. rogó a la diosa que les diera por su piedad el premio mayor que se pudiese dar a un hombre. La Divinidad escuchó la oración de la madre y dio a los dos jóvenes un sueño profundo, del que no despertaron jamás.

Semejante plegaria hicieron Trophonio y Agamedes, quienes al edificar un templo a Apolo Délfico, pidieron al dios les concediese «el beneficio que más conviene al hombre». Apolo les prometió el cumplimiento de lo solicitado a los tres días y, efectivamente, cuando amaneció el tercer día, encontraron a ambos durmiendo en la paz imperturbable, que no tiene fin.

Con estas parábolas se aclara la razón por qué en la azarosa vida cotidiana de los antiguos grecorromanos, el deseo máximo era «¡alcanzar la libertad que rompe las cadenas de penas y devuelve la tranquilidad que tenía el hombre antes de nacer!» Se explica de esta manera por qué el hombre antiguo aprovechaba con tanta frecuencia «el mejor invento de la naturaleza» que Séneca tan acertadamente llamaba: «¡El Beneficio de la muerte!»

Para el hombre antiguo la vida era melliza de la muerte. En la Vía Latina, un anciano cautivo, conducido por las tropas victoriosas, al pasar ante César, le suplicó la muerte, pero éste en vez de cumplir lo solicitado, se limitó a contestar: «¡Pero viejo! ¡¿Aun crees vivir?!»

Los antiguos estaban convencidos de que el pretérito y el presente son regalos de los dioses, pero para que el futuro pueda ser un día presente, sólo depende de nosotros: de manera que, el que huye de su destino, merecerá el triste nombre de «La Sombra que no tiene futuro», pues así llamarán los que viven en la tierra a los que cometen el suicidio.

El hombre antiguo a menudo terminaba su vida antes de que por el Destino hubiera sido llamado. Se quitaba la vida por motivos religiosos, patrióticos y desde luego los humanos, demasiado humanos: y, para llegar a la libertad máxima, no le faltaban medios pues, como Séneca dice, la naturaleza nos puso en una prisión abierta que se llama vida; y verdaderamente la vida es una cárcel pero con una particularidad muy especial, que es posible salir de ella cuando se desee, es decir morir, quitándose la vida.

Referente al valor, Séneca considera que grande es aquel que no sólo se impone, sino también sabe recibir la muerte. El valiente no vacila, pues, según el rey Xerxes «el que piensa mucho, no actúa jamás», por ello, el hombre antiguo, si se hartaba del mundo, lo abandonaba sin vacilación, pues consideraba que la vida sería una esclavitud en adelante, si no tuviera el valor para terminarla».

Indudablemente, quitarse la vida requiere doble valor: uno, para superar la fuerza elemental con que el hombre está apegado a las tantas veces despechada vida: el otro, es para vencer la cosa más terrible, que es el propio terror.

Dice Critón que temer a la muerte es creer conocer lo que no se sabe, por ello, opina Séneca junto con Marcial que «necedad es morir por el miedo a la muerte», como es el caso del condenado, que destinado a luchar con las fieras en el Circo Máximo, fue conducido entre los guardias en un carro. Pero éste, cobarde, temía a los leones, y para evitar la muerte, puso con valor su cabeza entre los rayos de la rueda, y se mantuvo firme hasta que la rueda le segó el cuello. De esa manera rara, consiguió huir de la muerte hacia la misma muerte, convirtiendo la condena, proveniente de voluntad ajena, en su propia voluntad: un perfecto suicidio, pensando, quizás, «que si es mejor una vida más larga, en la muerte es preferible la instantánea».

Marcial nos dice que Fanio en la guerra, por el miedo que tenía al enemigo, se mató. Como comentario sólo nos falta decir: «¿Pero no le parece que es una locura matarse por no morir?»

Quítose la vida, y no por cobardía sino con cobardía aquel gladiador alemán, que se mató ahogándose con la esponja de la letrina, en vez de afrontar valerosamente su destino en la arena. Nadie, solamente un Séneca podía justificar semejante muerte indigna. Pues él, opina, que «Necio es quien se muestra delicado en la manera de quitarse la vida».

Acerca de la cuestión del suicidio había muchos pro y contras. Algunos sostenían que «No puede ser gran cosa lo que se nos escapa diariamente y se va gota a gota». La vida es servidumbre y la libertad está sólo en la muerte y morir más pronto o más tarde, carece de importancia.

Séneca mismo recomendaba que «conviene morir bien, para evitar el vivir mal», y Euripides le parecía que «no es imposible que la misma vida sea un morir y la muerte a su vez, el eterno vivir».

De todos modos, el estoico de Córdoba, estaba convencido de que «no será la vida más feliz por ser más larga» y, muchas veces vivir más de lo necesario era peor que la misma muerte, por ello no vale la pena conservar la vida a cualquier precio.

Sin embargo, el filohelénico Cicerón opinaba que el sabio saldrá de esta vida cuando sea llamado por Dios: y, el mismo Séneca nos advierte que sería ridículo desear la muerte, cuando precisamente la manera de nuestra vida nos hace correr hacia lo que ha angustiado toda nuestra vida. «A mi entender —recomienda Luciano— hay que esperar la muerte y no huir de la vida».

*

Por todo esto, junto con los antiguos, llegamos a la conclusión categórica de que el hombre, esa «Luz de la vida», jamás debe apagar la llama de su vela divina, porque el que se quita la vida, dice Augustino que sufrirá la muerte, donde no muere la muerte, y por ello, perderá la inmortalidad, que nos hace divinos y perennes.

KORNÉL ZOLTÁN MÉHÉSZ: El hombre antiguo y el suicidio. Córdoba: Edición Universidad Nacional Córdoba —1967— pá.g. 125.


El romano y el dinero

Objetad a Platón que pidió dineros.
Aristóteles, que los recibió,
Demócrito que los despreció, y
Epicuro que los gastó...

L. A. Séneca: de vita beata 27.
Favorino: «¿Me atormenta el deseo de
poseer más de lo que poseo?
pues bien, cerceno algo de lo que tengo;
con lo que me queda estoy muy contento!
A. Gellius. Noct. att. IX. 8.

Dice Séneca que la naturaleza no desea más que pan y agua, y para conseguir esto, nadie es pobre , sin embargo en otro pasaje sostiene que es verdaderamente sorprendente el tumulto que se encuentra alrededor del dinero.

Este fatiga a los foros; mueve a los tribunales; pone en lucha a los padres con los hijos. Por dinero y en razón del dinero se mezclan y compran venenos. Se convierten en ruidosos litigantes los esposos: por el dinero se destruyen ciudades, levantadas con el largo trabajo de siglos, para registrar luego sus cenizas en busca de oro .

Increíble poder tiene en Roma el dinero. Un pedazo de pan socrático pudo abrir las bocas pero el oro de Horacio abrió las puertas a través de las guardias . En el siglo de oro, el dinero era un bien que hizo feliz la vida . Con dinero se compraba la más cerril fidelidad. Hombres y dioses se conquistan con regalos, y no obstante que el dios de Cicerón «no se cuida de nada, ni suyo ni ajeno» , sin embargo ni el mismísimo Júpiter rechaza las dádivas . Es fácil presumir —dice Ovidio— lo que hará el necio, si el sabio se rinde a los sobornos .

*

Al romano del principado poco y nada le importa si le llaman malo, lo importante que tenga dinero. Confiesa sin sonrojarse, que «¡si conseguimos riquezas, nadie nos preguntará cómo, ni cuándo, solamente cuánto, porque nada malo se encuentra jamás en el rico! En Roma el dinero es la felicidad del género humano y no el cariño de la madre, ni los méritos del padre. El oro dulcifica el hermoso pero ávido rostro de Venus , y Plauto confiesa, que «¡Hasta en el amor el oro triunfa ahora!»

La muy posible causa de esta mentalidad desviada era que en Roma, y especialmente en Grecia el concepto del Honor y la Riqueza, con que el ciudadano participaba en los gastos del Estado por medio del censo fueron expresados con la palabra timé. De allí nació la denominación «Timócrata», el poderoso por su dinero: de allí también el falso concepto de que si uno tiene dinero, eo ipso tiene el honor.

Así surgió el afamado lema petroniano: «Assem habeas, assem valeas!» «Vales tanto cuanto tienes».

Dice Plauto, si uno es pobre se le considera despreciable; ¡pero si es rico, aunque sea malísimo, pasa por hombre de bien, porque tiene bienes! Unde habeas, quaerit nemo, sed oportet habere, dice Lucilio. Nadie te pregunta, cómo eres rico, ¡lo que importa es serlo!

El antiguo romano, o como Juvenal dice: «El amante de la pobreza, del breve sueño y de las callosas manos», se subleva contra el poder del dinero. El honor, el «timé» contra la «Timo-Kratía» el plebeyo contra el patricio porque tiene dinero .

Dice el estoico Séneca que los ricos que exponen en sus zaguanes las estatuas de sus mayores vienen a ser más conocidos que nobles, porque a éstos, cuando les falta un abuelo ilustre, el vacío lo rellenan con dinero . Platón solía decir que «no hay rey que no descienda de un esclavo, ni esclavo que no descienda de reyes» , entonces un atrio lleno de retratos, y la riqueza siempre incompleta no hacen al hombre noble. Cuando preguntaron a Arquímedes, por sus antecesores, éste contestó: «¡La nobleza —amigo— no tiene ni dinero, ni un ayer! ¡La nobleza comienza conmigo!»

Según el dinero puede ser que nazcamos diferentes, pero todos morimos iguales, por ello es más conveniente considerar no el origen sino el fin, y saber despreciar el dinero para ahorrarnos el engaño de Darío. Este al pasar al lado del Mausoleo, de la reina Semiramis, vio sobre la puerta un verso que más bien parecía una invitación que un epitafio. «¡El rey que necesita dinero bastará que abra mi monumento, y podrá llevar la cantidad que quiera!»

Darío hizo abrir inmediatamente la puerta, pero al entrar no encontró allí ni un denario pero sí, otro verso que rezaba así «Solamente un malvado e insaciable por el dinero puede ser tan impío, que perturbe mi paz violando el lugar de mi descanso eterno» .

Un hombre libre no se mide por el dinero, dice la sentencia de Paulo, y esta regla debe regir especialmente en una comunidad, pues, como Cicerón acertadamente observa «No podría haber espectáculo más triste que una sociedad, en la que se aprecie a los hombres en proporción a sus riquezas».

Las más frecuentes preguntas entre la gente de bien en Roma eran: «¿Quién es tu padre?» o «¿Cuánto tienes?» Esta costumbre depravada sobrevivió las injurias del sempiterno tiempo, porque hasta hoy si alguien no entiende bien mi nombre, me pregunta: «¿Cuánto?» Y yo —a veces— contesto: «Domine! ¡Tengo poco, sin embargo me siento más honrado que rico, porque no deseo más de lo que tengo!»

Epistola del censor Censorino al consul Sexto Licinio Calpurnio

Dice Apiarius que en una antigua biblioteca romana encontró una epístola del Censor Censorino, dirigida al cónsul Sexto Licinio Calpurnio, cuando éste llegaba a su turno y tomaba el mando.

En esa carta el Censor con breves y concisas palabras explica al cónsul su claro punto de vista acerca de las cuestiones más importantes del estado romano. La epístola es así:

Censorino, el censor saluda al cónsul del Pueblo Romano, Sexto Licinio Calpurnio.

La oportunidad de que tú estás entrando en tu turno, me obliga a enviarte esta carta para contestar tu anterior y al par brindarte la oportunidad de conocer mejor a tu amigo.

Hace poco me reprochaste, Licinio, y dices que soy demasiado severo para con el Pueblo, pero Licinio, yo deseo ser justo, porque considero que es el único bien que puede existir en mi política. Ser justo, Licinio, es lo mismo que vivir según el derecho, y ser hombre derecho es lo mismo que ser hombre de derecho.

Tú me preguntas acerca de las enmiendas que algunos pretenden hacer en nuestras leyes. Tú sabes, Licinio que soy contrario a todo eso, porque hacer enmiendas es lo mismo que debilitar la fuerza de las leyes antiguas, que en su conjunto son el fundamento de nuestra Patria.

Recuerda, Licinio, que desde la República de Hipodamo, en nuestro estado también de los labradores y artesanos hicimos ciudadanos, y de nuestros soldados vigilantes de estos. Es muy difícil encontrar el equilibrio, porque un Estado que tiene multitud de plebeyos y cuenta solamente con muy pocos guerreros, será un Estado populoso, pero poco popular. Roma será grande, Licinio, cuando tenga los suficientes soldados para defenderse, y a veces protegerse contra sí misma.

Acerca de la política agraria que tú persigues, te hago recordar, Licinio, que ya Sócrates nos enseñaba que a un jefe de Estado, en la legislación dos cosas deben guiar: el suelo y los hombres.

El suelo, la Patria de todos, debe ser también para todos en proporciones equitativas para poder mantener una vida sobria, y al par con esto podemos eliminar el caldo de revoluciones y crímenes que expresamos con una sola palabra, la miseria.

Solamente con la Patria para Todos, podemos exigir que en la carga del Estado participen todos sin ser eximidos.

Yo no podría admitir, Sexto Licinio Calpurnio, que el que tiene cuatro hijos, sea exento de impuestos, ya que no es difícil prever que de esta manera aumentaremos únicamente la cifra de los ciudadanos, y al par, la miseria, la desesperación y el número de los desgraciados, pues, la gente, para ser eximida se transformará en proletaria, contentándose con satisfacer al Estado, con su prole, con los pobres hijos, que no cuentan nada, porque nacen aun a veces sin querer.

En lo referente a la relación que debe existir entre el Estado y los ciudadanos, yo creo, Licinio, que estos últimos tienen que saber tres cosas: repartir los poderes, saber ejercer la autoridad, o resignarse a la obediencia.

Ser obediente no es humillarse, tú sabes, Licinio, que ser obediente en Roma, es cosa muy honrosa, porque el ciudadano subsiste, cuando siendo libre, sin rebelarse, obedece.

Además no debes olvidar, que los Quirites que saben obedecer adquieren el derecho de ejercer un día el poder.

Sexto Licinio Calpurnio, cónsul del Pueblo Romano, te mando esta epístola con mi mensajero Hermes para recordarte que el cónsul que inicia su turno debe actuar con serenidad, prudencia y desde luego siempre con mano fuerte.

El Censor Censorino a su Amigo Sexto Licinio Calpurnio, cónsul del Pueblo Romano, plurimam Salutem Dicit.


Principios pedagógicos de los antiguos grecorromanos

Durante toda la vida tenemos que estudiar.
L. A. Séneca: De brev. VII.

Para vivir, es necesario aprender a vivir . El deseo de saber viene con la vejez, por ello para la juventud quedará la obligación de aprender y es necesario para los adolescentes por lo menos hasta que ellos mismos puedan guiar a otros .

La cuestión y problema de cómo enseñar existía ya en la antigua Roma. Consideraban los grecorromanos, que si el estado tiene un solo y mismo fin, también la educación debe ser necesariamente una e idéntica para todos los ciudadanos; y por la misma razón debe ser objeto de vigilancia pública y no sólo particular, porque lo que es común, debe aprenderse en común . La educación era obligatoria porque estaban los antiguos convencidos de que «solum sapientem bonum honestumque esse» . Solamente el que estudia puede ser bueno y honesto. A los que no estudiaban, no les consideraban «nescientes», sino más bien «ignorantes» porque eran responsables de la oscuridad que los rodeaba y de los actos que por ignorancia cometieron.

*

Desde el quinto año de la infancia era obligatoria una sencilla actividad física e intelectual para los niños. Empleaban para ellos juegos «dignos de hombres libres y convenientes a su edad» .

En Grecia los magistrados, encargados de la educación, los paidánomos, severamente vigilaban las palabras y los cuentos que llegaban a los tiernos oídos de los niños . Aristóteles en su Política destierra rigurosamente de su ciudad la obscenidad en las palabras; opinaban los antiguos que el que se permita decir cosas deshonestas, está muy cerca de permitirse el ejecutarlas, por lo tanto, debe proscribirse desde la infancia toda palabra nefasta o de doble sentido. En Atenas prohibieron las palabras indecentes, la obscenidad en las pinturas, y en las estatuas, salvo en el templo de aquellos dioses a quienes la ley misma les permitía la desnudez honesta .

*

La juventud tiene ojos curiosos. La novedad es lo que más le encanta . Sus inocentes oídos, y sus grandes ojos son como la esponja sedienta, por ello, los paidánomos controlaban con mucho cuidado el ambiente de los niños. Elegían para ellos pedagogos , y manteníanlos distanciados de los esclavos; les prohibían terminantemente asistir en el teatro a la representación de piezas satíricas o comedias . Hicieron así, porque querían conservarlos puros, hasta que ellos mismos, como bien educados pudiesen diferenciar entre lo bueno y lo malo, y defenderse solos contra todo lo inmundo.

*

El sencillo maestro, el gramático de la escuela primaria, en su docencia primitiva empleaba métodos decantados por la experiencia de muchos siglos. Sabía que aprender es un cierto padecer por ello, en la transmisión de los conocimientos avanzaban lentamente: exigieron lo indispensable, empleando a veces hasta los castigos, opinaban pues que las lágrimas en ciertos casos pueden ser más eficientes que las palabras.

Fieles a los principios de Aristippo, enseñaban sólo lo que «a los niños puede ser útil, cuando sean ya hombres» . Enseñaron a razonar y en las cuestiones de cantidad, dieron preferencia a la calidad, lo necesario y útil, pensaban, pues, con Horacio, que el hombre es como el ánfora, que una vez impregnada, jamás perderá su fragancia .

Lo importante era que el maestro y el discípulo tuvieran igual propósito. Uno, el de ser útil y el otro, el de saber aprovechar lo estudiado.

Los antiguos no sabían a qué debía darse preferencia; si a la educación de la mente o la del corazón. Nosotros consideramos que la enzañanza de la mente educa al corazón, y un corazón virtuoso a su vez fomenta la felicidad ciceroniana, que consiste en la dicha del saber.


La superstición romana

La superstición es loco error
que teme a lo que debe amar y
ofende a lo que reverencia.
L. A. Séneca. Epist. mor. 123.
 
Nada contribuye tanto a extraviar
al hombre como la superstición.
T. Livius. 39.16.

La palabra superstición, en la antigua Roma, al principio significaba «superstatio», es decir una ubicación superior de los dioses, que están por encima de los hombres, y a éstos, por medio de signos y Demonios, comunican su voluntad.

La señal más temida era el rayo de Júpiter, cuyos efectos —dice Séneca— son maravillosos y verdaderamente divinos. El rayo funde el dinero en una bolsa que deja intacta, disuelve la espada en la vaina que queda entera. La punta de la lanza corre fundida a lo largo del asta, que no ha tocado. Serpientes y demás animales, cuyo veneno es mortal, una vez alcanzados por el rayo, pierden la ponzoña, pues en los cadáveres envenenados no nacen lombrices, pero en las serpientes, muertas por el relámpago, pupulan los gusanos.

*

Tenían los romanos también Genios que no eran siempre buenos. Fieles adeptos de las creencias suméricas, hetito-egipcias, estaban convencidos, de que los genios malos penetran en los cuerpos humanos y los inflan tres veces. Para cerrarles la entrada, en forma preventiva, recomendaban los sacerdotes comer una cebolla o ajo cada mañana, hortaliza divina, y única que no se pudre por los efectos dañinos de la pleniluna. La gente creía firmemente en esto, y resultaba más barato comer un ajo o cebolla que gastar cuantiosas sumas en el sacerdote al que llamaban el exorcista.

En la creencia popular había dos espanta-niños, que comenzaron a actuar donde terminó la autoridad maternal.

Luciano nos habla de niños que tiemblan por Mormo y Lamia. Mormo era un ser fantástico cuyo nombre era suficiente citar, para hacer sumisos a los niños más traviesos. Las Lamias, según la aterrada creencia infantil, eran crueles brujas, que devoraban vivos a los niños revoltosos y desobedientes.

*

El romano no temía la muerte, pero sí lo aterraba pronunciar la palabra, que la indica. Por ello, nunca decían que «murió o murieron», sino preferían decir a la manera de Cicerón, que «vivió o vivieron».

*

Guiados por el lema: «Todo termina bien, si comienza bien», como nos informa Luciano, sobre todo por la mañana, evitaron cuidadosamente el encuentro con un cojo de pie derecho, y aconsejaron a «quien al salir de su casa vea a un eunuco o a un mono, debe regresar al momento».

No empezaban ni realizaban ninguna clase de trabajos de importancia en días nefastos, ni comenzaron un paseo con el pie izquierdo. Mal augurio era si un perro negro quería entrar en la casa; o si una liebre cruzaba el camino; y terrible presagio era el súbito silencio, entre los participantes de un festín ruidoso.

Una rara clase de superstición implantada por los sacerdotes era la muy arraigada creencia de que los dioses descargaban su cólera contra las ropas colgadas y enviaban a sus dueños infortunios y calamidades. Los sacerdotes de la diosa Cibela y Belona, aprovechando la ignorancia y temor de los creyentes, se ofrecieron para aplacar a los dioses, irritados contra ellos, con oraciones, y como modesta recompensa, pidieron opulentas ofrendas y regalos, y se llevaron a menudo hasta las mismas ropas. Por esta razón quizás, la gente pobre y plebeya, para evitar la cólera de los dioses, y también la avidez de los sacerdotes, dejaba de colgar su ropa lavada, sino que —como se hace todavía— la tendían para secar sobre la misma tierra.

El hombre antiguo con sus temores religiosos, con la mente perturbada por el terror y el espanto, estaba rodeado constantemente por sacerdotes, expiadores y adivinos, para ayudar a la gente a salvarse de los terribles presagios, y de los extraños prodigios, funestas señales de desgracias futuras.

Según Plutarco la superstición en Roma era como las aguas, que se van siempre hacia lo más bajo y abatida llena el ánimo de incertidumbre y miedo.

Pero este terror —afirma Séneca— lo consideraron esos sapientísimos varones de la antigua religión romana como cosa muy necesaria, porque quisieron que el hombre temiese a un ser superior a él.

Querían que existiese un poder, ante el cual se sintiesen todos inermes. Por medio de este miedo la religión quería aterrar a aquéllos, que solamente por temor se abstienen del mal, y para eso puso sobre nosotros, esta vez, no un Jupiter, Padre Auxiliador, sino un VED-Piter, un dios vengador, armado constantemente con sus rayos, y manteniendo en alerta a un ejército de demonios.

Por todo esto dijo Tertuliano que la antigua religión romana era supersticiosa, y es muy cierto porque con demonios e infiernos infundía espanto y temor en los creyentes, y de este insensato miedo nació la superstición, que en vez de honrar, ofende a los dioses, dice acertadamente Séneca.

La superstición —continúa diciendo el estoico de Roma— es un agravio a los dioses porque teme lo que debe amar y ofende lo que debería respetar.

La superstición sobrevivió a los romanos y parece ser perenne como los tiempos.

Dícese que siempre existirá, mientras haya miedo, y que desaparecerá cuando muera no por el miedo, sino con el miedo y con la ignorancia.


El mes de febrero, el paludismo y la purificación romana

Mensem... appellant februarium
cui ab expiando nomen est...
Plutarchos: Quaest. R. 68.

Los antiguos grecorromanos, al igual que nosotros, tenían que soportar gran variedad de «infirmitates», enfermedades. Sobrelleváronlas muy de mala gana, menos una, que aceptaban como un mal inevitable y la toleraban con paciencia estoica y hasta la consideraban como necesaria, pues era enviada por una diosa benigna.

Esta «infirmitas» era la malaria de la que hoy ya sabemos de donde procede y por ello se llama paludismo, pero en la antigua Roma la denominaron brevemente «la fiebre», que la diosa Febris, Februa o Februata, envía al hombre para purificarlo cada tres o cuatro días .

Las fiebres tercianas y cuartanas —según nos informa Juvenal— comenzaban en Roma con las grandes lluvias del octubre otoñal: duraban todo el invierno, culminaban y terminaban —como lo refiere Horacio— casi siempre en el mes de febrero. Dice Marcial, que estas fiebres eran tan ardientes que «casi devoraron a pobre Tongilio». Sabemos, sin embargo, que estas dos clases de paludismo, si bien fueron incómodas y muy duraderas, también eran relativamente benignas.

Suetonio nos refiere que el joven César, en la peligrosa época de las proscripciones —no obstante sufrir la fiebre cuartana— tenía sin embargo las suficientes fuerzas para cambiar cada noche de morada. Marcial critica al orador Marón, que atacado por la malaria seguía declamando en su cama. Con fingida benevolencia le pregunta en su cáustico epigrama. «¡Pobre Marón! ¿Cómo puedes declamar, si estás atacado por la terciana? ¡Pero, quizás haces muy bien, si no puedes sudar de otra manera!» .

Consideraban los antiguos que para esta enfermedad divina, el único remedio consistía en transpirar los humores dañinos del cuerpo y del alma.

Por culpa del caprichoso clima mediterráneo, en el último mes del antiguo calendario romano, gran parte de la población itálica temblaba por las fiebres tercianas y cuartanas, bañándose en el propio sudor, que transformábase en una purificación religiosa. Este último mes, pues, del año romano era febrero, y lo llamaron así, porque en él, el pueblo romano «februaretur», es decir, estaba con fiebre, y por medio de ella se purificaba, para poder comenzar el nuevo año, en el mes de marzo con alma y cuerpo renovados y bautizados, y por ello sanos y salvos.

Para el antiguo romano, las fiebres eran sagradas por ser enviadas por la voluntad divina. Las consideraban como bautizo santo, porque como los griegos decían, «baptizo», en este caso se bañaban en el sudor de sus propios cuerpos. Dice la Apología de Platón, que al surgir de las tercianas, el hombre recobra siempre nuevas fuerzas.

Pensaban también con Gellio que el bien y el mal se suceden alternativamente en la vida por esto, para ellos era bien venida la fiebre terciana en el mes de febrero en el que el pueblo purificándose se preparaba para celebrar el año nuevo, que en la más antigua Roma se iniciaba siempre el primer día de marzo.

No solamente Roma, sino todos los pueblos tenían y tienen sus «infirmitates», sus fiebres, sus febreros: pero también sabemos que después de los purificantes febreros cada uno con espíritu renovado posee el derecho de esperar un año nuevo.


Acetum italicum

¡La risa no debe sembrar calamidad,
porque sería inhumano!
¡La risa no puede ser criminal,
porque se trocará en odio!
M. T. Cicero. De orat. I.

Vinagre y sal sirven para condimentar la comida, pero los antiguos grecorromanos tenían un vinagre y una sal especiales, que con las lágrimas y sonrisas sazonaban la vida misma. Este condimento antiguo y al par eterno, eran el Acetum Italicum y la Sal Ática.

El Acetum Italicum, en castellano Vinagre Itálico, no era un líquido, sino más bien un dicho agudo, una observación a fondo, caricatura de perfil claro, una sentencia inapelable del prójimo, saludable bisturí, que corta, tijera que poda.

En tres palabras diremos que el Acetum Italicum constituía el fiel reflejo del ingenio romano, que como un espejo bien pulido, mostraba a cada uno quién era realmente quién, sabía mirar bien en el fondo del espejo, puesto ante su rostro por despiadado e infalible juez, el prójimo.

En lo que atañe a las clases de Vinagre Itálico, creemos más acertado, reproducir algunas, y ceder a los lectores los comentarios.

Cuando se trataba en el Senado el problema de las tierras públicas, algunos acusaban a Lucilio de hacer apacentar su ganado sin el permiso correspondiente, en los Campos del Pueblo Romano. Appio, entonces en son de defensa irónica le dijo: «¡El ganado de Lucilio es libre! ¡Pasta donde quiere!».

El romano sabe gentilmente conceder al adversario lo que a él le niegan. Refiere Cicerón, que un hombre de muy mala familia, le dijo a Cayo Lelio «¡Eres indigno de tus padres!», pero éste le respondió al instante: «¡Menos mal que tú eres muy digno de los tuyos!»...

De Escipio Nasica cuentan, que habiendo ido a visitar al poeta Ennio, preguntando por él, la esclavita, que salió a la puerta, le respondió: «¡Ennio dice que no está en casa!»

A los pocos días fue Ennio a ver a Nasica, y cuando éste golpeó a la puerta, Nasica le contestó a gritos: «¡No está en casa!»

»¿Cómo que no estás?, si conozco tu voz.», replicó Ennio, a lo cuál respondió Nasica: «¡Pero eres cínico Ennio! Cuando yo te busqué, le creí a tu criada, que no estabas en casa, ¡y ahora tú dudas de mi palabra!»

Q. Opimio, cónsul romano, conocido como corruptor de muchachos, parece que quiso insultar a otro afeminado llamado Egilio, invitándole en estos términos: «A ver, Egilia, ¿cuándo me visitarás con tu rueca y lana? Egilio, sin quedar en medias tintas, le replicó con ácido, diciendo: «¡Cómo lo lamento querida amiga, pero mi madre me prohibió acercarme a mujeres de dudosa fama!»

M. Tulio Cicerón, en reuniones entre amigos en amena conversación tenía la costumbre de repartir sus chispas picantes con poesía, que como floretes cortaban la ingenuidad de los comensales.

A Vibio Curio, su ex condiscípulo, de quien observaba que mentía mucho acerca de su edad, le dijo: «Me parece Curio, que cuando estábamos en la escuela, tú ni habías nacido todavía», y, a la cincuentona Fabia Dolabella, quien no cesaba de decir que cumplía ya treinta años, le dijo: «¡Debe ser muy cierto Fabia, pues escucho lo mismo, desde hace veinte años ya!».

Cicerón era «homo novus» en Roma, y esta circunstancia le molestaba algo. Por ello, la respuesta, que daba acerca de esto, no era siempre lo adecuado, decente y honesto. En una discusión con Metelo Nepote, le preguntó éste mas de una vez: «¿Quien es tu padre Ciceron?» Tulio entonces le hizo callar, diciendo «¡Esta pregunta te la ha hecho a ti más dificultosa tu madre!».

Nos dice el ilustre maestro de la Retórica Romana, M. Fabio Quintiliano, que hubo una época en Roma en la que era preferible perder un amigo que un buen dicho, quizás por ello escribía Ennio que más fácil le es al sabio apagar una llama dentro de su boca, que retener una elegante y cortante respuesta.

Sin embargo, el romano, educado según el lema de Delfos «Méden hagan!», ¡no seas nunca excesivo!, supo poner limites al deseo de verter su agrio vinagre en el cáliz de los sorprendidos prójimos. Sentía, pues, la realidad del principio quintiliano: «¡El ridículo a menudo carece de verdad!», por ello, consideraba que era injusto emplear un dicho, al precio del honor de otro; o herir a un pobre y miserable, que teniendo el defecto sin la culpa, era digno de perdón y de respeto.

El Acetum Italicum, el Vinagre Romano, tenía por finalidad hacer reír, pero nunca lastimar. Quería condimentar, no amargar. El Acetum Italicum se proponía ennoblecer la vida en Roma entre sonrisas y lágrimas...

***

Bibliografía: M. T. CICERO. De orat.

M. F. QUINT. Inst. Orat.

OVIDUS N. Ars. Amand.

PLUTARCHOS, M. T. Cicero. 26.

APOTHEG. M. T. Cic. VI.


El tercer nombre

Tres nombres tenían los romanos: «Praenomen», «Nomen» (apellido) y «Cognomen».

El praenomen correspondía a los que hoy se dan en el bautismo. No había muchos; dieciocho en total y entre ellos tres, hasta ahora muy en boga: Lucio, Tito, Cayo.

El segundo, era el nomen, el apellido, nombre de las pocas gentes, repartidas en treinticinco tribus itálicas: era menos que mucho.

Así, para una mejor diferenciación e individualización surgió la necesidad de emplear un tercer nombre, que se imponía espontáneamente a la persona que llamaba la atención de sus conciudadanos por sus defectos naturales, o destacábase precisamente por virtudes excepcionales. Este tercer nombre era el cognomen, apodo que en cantidades ilimitadas, con una sola palabra logró individualizar, y caracterizar entre sí la gente con idénticos o semejantes apellidos.

A quien tenía por ejemplo, piernas torcidas hacia afuera, lo llamaban «valgus». «Scauro» si tenía los tobillos deformados. «Agripa» al que nació con los pies hacia delante. «Póstumos», al que nacía después de la muerte de su padre. Al gordo en forma irónica lo llamaban con una antífrasis, «Delgado», en latín «Obesus», palabra que con el curso del tiempo cambió su significado por el contrario, y hoy, efectivamente quiere decir lo mismo que pícnico.

Al jurisconsulto Sexto Aelio lo apodaron «Paeto», porque era muy estrábico y a Cayo Plado, por ser muy iracundo y de conversación cáustica lo citaban con el nombre de Cayo Ácido.

Refiere Quintiliano, que al afamado malversador de caudales públicos, Tulio Sempronio, le dijeron, en lugar de Tulio, muy acertadamente «Tollio» Sempronio, en castellano, Sempronio el ladrón.

El apodo lo otorgaban —como siempre— los más agudos críticos: los prójimos; y el bautizado tenía que soportarlo o dar a su ridículo cognomen por medio de una conducta ejemplar, el brillo necesario, pues el apodo ennoblecido —como un bien familiar— pasaba a los herederos y desplazábanlo poco a poco los otros nombres, sólo designaba a las grandes familias y personas. A Marco Tulio, brillante filósofo y orador por una verruga que su abuelo tenía sobre la nariz, lo llamaron brevemente Cicerón . Al afamado comediógrafo Tito Maccio lo conocemos mas bien por el apodo, que recibió por sus orejas colgantes, del latín «Plauto»; al rubio de ojos azules y lengua mordaz y muy, pero muy precavido Marco Porcio, precisamente por ello le llamaron Cautón, o Catón.

Dice Plutarco, que «al tercer nombre que usó Cayo Marcio, ... se añadía por una acción, Coriolano... al modo en que los griegos por una hazaña imponían los sobrenombres Sotero y Calínico; por la figura, Fuscón y Gripo; por la virtud, Evergetes y Filadelfo, y por la dicha, Eudemon.

En algunos de los reyes los motes mismos pasaron a ser nombres, por los que fueron conocidos, como el de Antígono el de Doson, y en Tolomeo el de Lamuro. Todavía fue más común a los romanos usar el género de sobrenombre, llamando «Diademado» a uno de los Metelos, porque habiendo tenido por largo tiempo una llaga, salía por la calle con una venda en la frente. Llaman aún hoy Próculo al que nace estando su padre ausente, y el que habiendo nacido mellizo se le muere el hermano, tiene el nombre de Vopisco. Por los motes y apodos no sólo dan los sobrenombres de Silas y Nigros, Rufos, sino también los de «Caecos» y «Claudios», acostumbrados muy juiciosamente a no considerar como tacha o afrenta la ceguera o alguna otra desgracia o falta corporal, sino a ponerlas por nombre propio del que las sufre», obligando al hombre a llevar el nombre de su pena con dignidad y honor.

Papirio complementaba su nombre con el apodo, «Pretextado», y la historia de ese mote nos la comenta Marco Catón.

Dice que siendo todavía niño Papirio, con su toga pretexta había acompañado al padre al Senado prometiéndole a éste no hablar con nadie sobre lo escuchado. A su regreso la madre le interrogó acerca de las deliberaciones, pero Papirio, para guardar fielmente su secreto, y también para librarse de la curiosidad de su madre, inventó una graciosa mentira, diciendo: ¡Madre! Los Senadores habían discutido acerca de la cuestión de la poligamia, dialogando que será mejor para la República, si dar dos mujeres a un marido, o dos maridos a una mujer».

Aterrada quedó la madre de Papirio con la noticia, y salió temblorosa enseguida de sus casa, narrando a sus amigas lo que había oído.

Uno y no sólo son dos, sino también once, y cuenta Gellio, que a la mañana siguiente, acudió a las puertas del Senado un grupo numeroso de desesperadas mujeres, que llorando y con lágrimas pidieron al Senado que se dieran dos maridos a cada mujer antes que dos esposas a cada marido.

Enterado el Senado de la causa del tumulto y la ejemplar conducta del joven Papirio, como un honor especial, teniendo en consideración que todavía llevaba la toga pretexta, prenda de los muchachos, resolvieron otorgarle el apodo: «Pretextado», y desde entonces, la mentira de noble motivo, se llama pretexto .


Un actor y un histrión

Para preservar la vida a veces hay que
actuar con viveza...
Apiarius, Sent.

Los antiguos autores nos hablan de dos actores, de los cuales uno vivía en Siracusa, que pertenecía a la Magna Grecia, y el otro era histrión y vivía en Atenas de Ática. Los dos se destacaron mucho por un solo acto, y aquí merecen ser recordados.

Hermodoro, el siracusano fue conocido también con el nombre de «Mentisalva», en castellano «El Listo», porque gracias a su agilidad mental por medio de un acto logró salvar su vida, saliendo de un gran apuro ileso.

Dícese que Dionysio bajo acusasiones falsas mandó a este griego al suplicio, pero antes fiel a las costumbres de Siracusa, con fingida benevolencia, el tirano le dio la alternativa de elegir entre dos rollos de pergamino, en uno de los cuales estaba escrita la palabra «Thanatos», es decir muerte.

Hermodoro sabía, que esta vez en ambos rollos figuraba la palabra «Muerte», tomó sin embargo de las manos del tirano uno de los rollos de pergamino, lo abrió, lo miro un instante, y arrojó el rollo inmediatamente con rostro alegre sobre las llamas del altar de Hércules, que estaba su lado, y luego exclamó Hermodoro con voz de júbilo: «¡Gané la vida, oh Emperador, pues el pergamino con la muerte, quedó en tu mano, señor!».

El otro actor, muy famoso en su época era Polo, el histrión ateniense. Refiere Gellio que superaba a los demás por la belleza de su voz y la perfección de su mímica. Todos admiraban su arte excelso y el natural aplomo con que representaba la tragedias de los poetas más ilustres.

Tenía ese Polo un hijo, a quien amaba tiernamente y que la muerte lo arrebató. Cuando ya se secaban sus lágrimas y su tristeza no era tan cruel, volvió a los trabajos como actor.

Al volver al teatro, se le encargó la representación de Electra de Sófocles. En su papel debía aparecer con la urna que simbólicamente encerraba las cenizas de Orestes, de acuerdo a la escena en que Electra, creyendo que han muerto a su hermano y que tenía los restos entre sus brazos, se entrega a los arrebatos de un profundo dolor.

Vestido Polo, el histrión con las lúgrubes ropas de Electra, avanzó a la escena con la urna de su propio hijo, que había sacado de la tumba para hacerla pasar por la de Orestes. Después, estrechándola contra su corazón, hizo estallar en el teatro no los gritos de fingido llanto, sino de sus gemidos y lamentos verdaderos, que partían el corazón de los presentes.

De esta manera, mientras parecía que desempañaba el papel de un actor hábil, no hacia otra cosa que vestir con su dolor íntimo y profundo lo fingido de su papel.

Ambos actores, Hermodoro y Polo cumplieron con el papel, quizás más importante de sus vidas, pues, el primero actuaba para retener su vida, y el otro, Polo para recordar la ya apagada.

Hermodoro salvo su vida porque el terror que le invadía su corazón, le enseñó a disimular con rostro alegre, y actuar esta vez por su propia existencia.

La actitud de Polo, que aunaba su papel de actor con el sincero dolor, debe ser juzgada por los lectores, y deben juzgarlo con la audacia de Catón, que nos advierte que para ser justo, es suficiente querer serlo.


Crysipo y la justicia

¡Para ser justo, es suficiente con querer serlo!
Plutarchos. Cato Minor. 44.

Dice Crysipo que tres caras tenía Themis, la Diosa de la Justicia. Una cruel y ciega con ojos vendados. Otra sin la faja negra, era benigna y equitativa. La tercera cara seria y enojada, estaba oscura por la sombra de una espada, que la diosa llevaba siempre entre sus manos.

Las tres caras prometían justicia: la ciega, sólo una a la «frentana»; la sonriente una equitativa; y la irascible con la espada, se hizo famosa por su justicia catoniana y pisoniana.

En los anales de la antigua Roma, cada semblante de Themis tenía su propia historia.

En la ciudad de Frentano, pueblo vecino a Cliternia en la costa adriática, por razones de seguridad, bajo pena capital era prohibido a los extranjeros subir a las murallas durante la noche.

Un ciudadano de Capua, en su viaje por razones de comercio, atrapado por el cansancio del camino tan largo, quedó a pernoctar en Frentana; pero durante la noche despierto por la incesante orquesta de cigarras y por el sofocante calor, salió de su taberna, y subió las murallas, en busca de la calma de alguna afable brisa, que en la noche siempre solía soplar del mar. Sempronio, el capuense, apenas llegó a la cima de los muros, observó que en los alrededores estaban los Teanios de Apulia, intentado tomar de sorpresa a la ciudad con sus habitantes, sumergidos éstos en el profundo sueño de verano.

El peregrino capuense corrió entonces desesperado hacia abajo y con gritos estridentes alarmó a la soñolienta ciudad.

Los frentanos en los primeros momentos dominados por el pánico, muy pronto enfrentaron con valor a los Teanios, y lograron rechazarlos.

Al día siguiente los magistrados de la ciudad de Frentana al son de trompetas y clarinetes dieron al huésped de Capua las gracias, otorgándole —por medio del sacrificio de cien ovejas— la «ovación» correspondiente y también el titulo codiciado: Salvador de la Patria. Sempronio el capuense, sin embargo no gozó durante mucho tiempo de su fama y título, porque ya en el día, que siguió a la gran fiesta, los mismos magistrados procesaron al huésped, y aplicaron contra él las sanciones de la Ley, que bajo pena capital prohibía subir a los extranjeros durante la noche a las murallas. Como final del proceso, al comerciante capuense Salvador del Pueblo, con el vitoreo del mismo pueblo, le cortaron la cabeza. Los magistrados de Frentana, ni se dieron cuenta de que la actitud de ellos constituía una cruel afrenta, un «Summum Jus» y, precisamente por ello, una «summa injuria», un acto de justicia sin misericordia porque estaba ciega...

Cómo la justicia sin venda observa con ojos bien abiertos la balanza, y juzga equitativamente, nos refiera Valerio Máximo.

Dice que cuando Dolabella era procónsul en Cilicia, presentaron ante su tribunal una mujer, que envenenó a su marido. Ella no lo negaba pero sostenía que su acto era justo, pues su marido a su vez dio muerte a su hijo, que ella tuvo de su primer matrimonio.

El Consejo de Dolabella estaba confundido y no se animaba a juzgar un asunto tan delicado. Por ello, el precónsul optó por remitir el caso al afamado tribunal de Atenas.

Los Areopagitas, escuchando atentamente la causa, consideraron que seria injusto dejar impune un asesinato, pero también castigar a una culpable digna de perdón. Por todo ello resolvieron prorrogar el litigio y decretaron que la acusada fuera citada para oír la sentencia cien años después...

Acerca de la tercera e irascible cara de la Justicia con espada, nos refiere Frontino, que M. Catón, en su carácter de jefe de la flota romana, en una oportunidad, próxima a dejar una playa enemiga, donde se había detenido unos cuantos días, había dado tres veces la señal de partida y luego había levado anclas.

Un marinero atrasado llegó a la orilla suplicando con gritos y ademanes que lo recogieran. Catón mandó a volver a la flota e hizo levantar al soldado, pero ordenó luego su suplicio. Prefirió que el soldado sirviera de ejemplo al ejército y no de víctima a los enemigos. Iracunda es la justicia que está ceñida con arma; pero, para demostrar que un iracundo no puede ser justo, citaremos aquí el afamado caso del autoritario y siempre colérico general romano, Pisón.

Refiere Séneca que éste, en un momento de ira, había ordenado que llevaran al suplicio a un soldado que había vuelto del forrajeo sin su compañero. Lo acusaba de haber dado muerte a su compañero, al que no podía presentar. El soldado desesperadamente le suplicó que le concediese algún tiempo para buscarlo, pero Pisón el general se lo negó. Llevaron entonces al infeliz soldado fuera del campamento y, tendía ya su cuello para la espada del verdugo, cuando repentinamente apareció el otro, a quien suponían muerto.

El Centurión, encargado del suplicio, suspendió entonces la ejecución y llevó al condenado al general, para demostrar al juez su inocencia, y devolver al inocente la vida.

Inmensa multitud de soldados seguían a los dos compañeros, que marchaban abrazados y alegremente hacia el toldo del general.

Pisón se lanzó furioso a su tribunal y mandó a llevarlos al suplicio, esta vez, a los tres. Al que no había matado, al compañero que no había sido muerto, y al centurión, que escuchando la voz de la razón y de su conciencia, no había ejecutado la pena.

Decidido quedó que perecieran tres hombres, a causa de la inocencia de uno de ellos.

—¡A ti —dijo Pisón— te mando a la muerte, porque has sido condenado! A ti, porque has sido la causa de la condena de tu compañero. ¡Y a ti, Centurión, te mando a la muerte, porque habiendo recibido orden de matar, no has obedecido a tu general!

De esta manera imaginó Pisón tres delitos, porque no encontró ninguno, entre los tres inocentes, observa acertadamente Séneca.

Tres caras tenía Themis, la Diosa de la Justicia en la antigua Roma. Una cruel y ciega, que privada de vista, no podía ser libre, sino esclava de la letra, como era la justicia frentana.

La otra cara, con gesto abierto, contemplaba las cosas con ojos de águila, y sus sentencias, con sonrisas y miradas de soslayo, acompañaban el espíritu de la Ley, como era la de los areopagitas.

La tercera cara era la rigurosa Catoniana, y la irascible Justicia Pisoniana, justicia pisoteada, típicamente inhumana.

Todos los semblantes de Themis nos demuestran claramente que en el templo sagrado de la Justicia Romana también se cometieron más de una vez sacrilegios; quizás por ello escribieron los romanos sobre la puerta de un templo el afamado dicho socrático :»Kakion einai to adikein tou Adikeisthai!» ¡Peor es cometer la injusticia que soportarla!


Primera parte
Tercera parte
Cuarta parte
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