|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
El rebelde de Galilea (primera parte)
Índice
ABREVIATURAS Mateo.......................................................Mt. Marco.......................................................Mr. Lucas........................................................Luc. Juan..........................................................Ju. Actus Apost..............................................Act. Apocalipsis................................................Apoc. nota del autor............................................N.d.a Hab' den Mut, Dich Deines eigenen Verstandes zu bedienen! En nuestra sencilla obra presentaremos a nuestros lectores la magnífica y perenne figura de un profeta, a quien sus contemporáneos llamaron Joshua y los griegos Jesús. Su nombre cada vez menos recordado, reemplazado con un mar de nombres de Santos se halla solo en los relatos de los evangelistas, y en algunos mosaicos dispersos en escritos milenarios de autores, desde un rosario de siglos ya desaparecidos... Nuestro oficio es analizar, y también seleccionar dichos, fragmentos y mosaicos en forma armoniosa, juntando unas con otras, con la goma arábica de la insobornable lógica y verdad. Para que la imagen sea apreciable hicimos todo lo posible, para que los colores formen un armonioso cuadro, y el cuadro luego en su totalidad nos brinde un retrato real y un perfil digno de un noble judío, que durante toda su vida pretendía ser el hijo carnal del mismísimo Dios y por esta misma causa, también el rey de un imperio celestial. Acerca de la manera como emprender semejante obra, Sócrates nos dijo: «¡Habla! ¡Para que te vean!» (1) Un dicho que nos exhorta escribir de tal manera para que los lectores nos comprendan. ¡Intentaremos cumplir religiosamente con esta recomendación socrática, porque entre los tantos somos uno de los que sostienen que «más vale un hombre con dos ojos que un ciego con diez oídos!» (2) En el difícil arte de relatar, si bien es cierto que «Non omne possumus et omnia...» no podemos quizás contar todo y escribir las cosas en lo más perfecto sin embargo, en esta cuestión nos sentimos confortados por Marco Porcio Catón, que nos dijo que «... para ser perfecto es suficiente por lo menos querer serlo». Y en referencia a la fluidez de nuestra palabra, el mismo Catón nos alienta con su legado literario, diciendo: «¡Rem tene, verba sequentur!»... cuya versión en castellano diría: «¡Si cuentas con los suficientes datos de lo que debieres relatar, ten la seguridad de que sobre tu papyrus correran las adecuadas palabras...!» Para que nuestra obra sea lo más perfecta posible, hemos seguido fielmente lo recomendado por Aristóteles, quien nos dijo «... si tú quieres que tu obra sea perfecta, entonces dí lo que debes decir de la manera como debes decirlo!»... Y referente a este modo de qué decir y cómo decirlo, este bimilenario historiador nos advierte que «... el historiador no inventa, como el poeta, sino relata, solamente, lo que no se puede, ni jamás debe callar, ¡la VERDAD! Es el único deber del historiador, tener bien en cuenta que «jamás debe conmover, sino solamente convencer con veraces argumentos». Nuestra obra, por esta misma razón, está destinada solamente a los «Sedientos de la Verdad», de la irrefutable verdad, pues el lector que vive en nuestro hipercrítico y tecnificado presente no puede, ni debe permitir hundirse en una oscuridad intelectual, porque hasta el día de Hoy «¡Dies diem docet!», exige para sí el derecho de informar y de ser maestro del inescrutable Mañana. Para el historiador, que con su relato debe convencer, es imprescindible recurrir siempre al auxilio de la lógica, y seguir fielmente con el postulado Gelliana, que nos advierte que un historiador, si quiere ser objetivo, jamás debe ocultar nada, porque lo callado y omitido hoy, el infinito tiempo, que lo ve y oye todo en el momento menos esperado, pregonará palam et publice todos sus secretos... (3) Referente a las demás técnicas empleadas en nuestra investigación, cabe aclarar aquí, que para analizar los hechos y dichos de una antigüedad ya de veinte siglos, tuvimos que recurrir también a las cristalinas fuentes de los antiguos autores judíos y grecorromanos los cuales fueron contemporáneos de nuestro profeta, Joshua. Y, aunque el llamativo silencio de los antiguos autores intenta cubrir con el velo negro del olvido la existencia de nuestro profeta de fama perenne y, aunque los errores y contradicciones de algunos libros canonizados nos pretendieran refutar con el dicho de Roma locuta, causa finita, en base a las fuentes, contamos con el material necesario para poder hacer un análisis lo más profundo y claro posible, porque «¡el Faro de la Ciencia termina con la oscuridad antigua y medieval!» Dice Séneca que muchos mienten para engañar; otros mienten involuntariamente porque aceptan errores canonizados, defendiéndose con el dicho de «Noli me tangere», porque soy dogma... Como historiadores hemos preferido decir siempre la verdad, aunque esto eventualmente signifique ser tachado con el epíteto de herético, cuya versión según la opinión del inteligente cardenal Newman significa «¡Decir la verdad, antes del tiempo!...» Tuvimos que correr este peligro cumpliendo fielmente con el principio Polibiano (4), según el cual: «¡Aquel que asegura cosas no solo falsas, sino hasta imposibles, cometerá una falta grave e inexcusable! Hay que decir solo la verdad, aunque esto pudiera despertar el desagrado de algunos contemporáneos en el Presente.» (5) Tuvimos que pasar por alto este riesgo, porque nuestra «Regla Lukiana» (6) nos recomienda respetar no solamente a los lectores del presente, sino también y muy especialmente a aquellos que leerán nuestra obra en un muy posterior futuro... Referente al empleo y análisis de los datos, relatos y documentos, ofrecidos por la lejana antigüedad, hemos elegido el método de Zeuxis, imitando fielmente el ejemplo de este tan afamado pintor de la ciudad de Krotona, en la llamada Magna Grecia, sur de Italia. Acerca de este pintor nos dice M. T. Cicerón que los krotonianos le encargaron hacer un retrato de la Diosa Hera y, para que tuviera la oportunidad de elegir entre varios modelos, presentaron ante Zeuxis las más hermosas vírgenes de la ciudad. Dícese que Zeuxis eligió entre todas a cinco bellezas, pues el pintor no creyó encontrar en un solo cuerpo todas las condiciones necesarias para pintar una hermosura realmente perfecta... Inspirado por este principio tan acertado, nosotros en nuestra obra tampoco hemos creído hallar la absoluta claridad, la lógica y la verdad en los escritos y canonizados relatos, llamados Evangelios, y por ello tuvimos que recurrir al auxilio de las magníficas obras de sus contemporáneos: Josephus Flavius y Philo de Alejandría, completándolas con los relatos no siempre muy objetivos de autores egipcios y grecorromanos. Tratándo todas estas fuentes con la pinza de la lógica, esto nos permitió ver las cosas con ojos de águila y cumplir con el postulado de Plinio, que nos recomienda: «¡Relatar cosas dignas de ser escritas y escribir cosas dignas de ser leídas!» El arte que profesamos nos obliga a vivir en una soledad monacal, con muros de silencio muy altos, meditando largamente, para poder rescatar los secretos de los rollos y demás pergaminos que nos legó la inmensamente rica antigüedad... Semejante tarea nos consumió mucho tiempo, hasta demasiado tiempo, porque en esto no coincidimos con el emperador Augusto, ni con otro pintor griego de mucha fama... Augusto, el primer emperador romano, solía decir que «... se hace muy pronto, lo que se hace muy bien!» (7), y al parecer, pensaba lo mismo el pintor griego Agatarkhos, porque éste se jactaba de soler terminar muy pronto sus cuadros. Zeuxis, su colega en este arte, al escuchar esto se limitó a decir: «¡Yo, para hacer un cuadro, necesito mucho tiempo!» ¡Y lo que él dijo era muy acertado, porque Plutarchos nos dice, que la prontitud en las obras no les da la solidez necesaria, y menos todavía la belleza perfecta, sino muy por el contrario! Hay que tener bien en cuenta que el tiempo y el trabajo que se gasta en la ejecución de una obra se recompensa luego con la perennidad, asegurando su permanencia para el curioso futuro. No somos pintores como Agatarkhos, pero sí intentaremos seguir el ejemplo de Zeuxis. Facilitando la orientación temporal del lector, hemos considerado necesario y hasta imprescindible interpolar en nuestra obra como introducción una breve historia del valiente pueblo de Judea, además, ideas de grandes personalidades cuyas obras y dichos habrán podido ser fuentes para nuestro profeta Joshua. Juntamos todos estos mosaicos de tal manera que el cuadro tenga las dimensiones y la profundidad necesaria para facilitar al lector la comprensión de lo analizado y expuesto para poder sacar luego conclusiones correctas. Para asegurar el éxito de esta finalidad, tuvimos que cometer el virtual error de repetir, porque opinamos como Séneca, que «La Verdad brilla tanto más, cuantas más veces ha pasado por nuestras manos!» (8) Plutarchos nos dice que «... la pintura es una poesía silenciosa, y un libro es una pintura que habla!» (9) y por esta razón nos permitimos citar a este mismo autor, que nos dice que el pintor Apolodoro tenía la costumbre de escribir sobre sus cuadros el dicho: »¡Todos pueden exponer, pero solo algunos saben imponer!» Nuestro más íntimo deseo es que la obra que presentamos al lector sea una acabada pintura, que habla por medio de un cuadro de mosaicos multicolores, señalando las tinieblas de una serie de mitos y fraudes, facilitando al lector ver, desde la bimilenaria antigüedad con una claridad olímpica, la augusta figura en su época rebelde; un hombre extraordinario, a quien nosotros lo conocemos y llamamos con el nombre de JOSHUA, EL REBELDE. Los pasos que nos llevan al glorioso pasado, investigaciones en que se confunde el día con la meditativa noche (10), nos permitieron descubrir las olvidadas joyas del Pretérito, las cuales intentaremos presentar en las páginas que siguen... Joshua, más conocido por su nombre griego Jesús, era un judío de pura cepa galileana, que nació en una aldea de Baja Galilea, no mencionada por ningún autor grecorromano o judío. Nuestro profeta vivió en una época muy turbulenta, en la que le tocaba el turno de ser Señor del Mundo. Un imperio, que con su insaciable deseo de querer tener y dominar todo, resultó ser un lejano descendiente de una Troya pisoteada, que llevaba el soberbio nombre de Roma. Sus invencibles armas seguían pisoteando los talones. Su insuperable y no siempre justo derecho, acompañado con su exquisita cultura cívica heleno-romana, seguía arrastrando consigo su Teocracia ya en plena decadencia, que humanizaba a sus dioses, y divinizaba a los hombres, seres humanos demasiado humanos. En ese mundo, más de una vez pululaban los Hijos de Dioses, para diferenciarse por lo menos de esta manera perversa de los demás... El adúltero dios Apolo se hizo padre de Pythagoras, de Platón y también del emperador Augusto. Alejandro Magno no era hijo de Philippo de Macedonia, sino del dios Amon Krio-prosopos, dios misterioso y oculto, escondido en su santuario y oráculo en el desierto de Libia. Cuando Alejandro visitó el oráculo, Dios le reveló este gran secreto por intermedio de sus sacerdotes ventrílocuos. Alejandro estaba convencido de ser un hijo de Dios, hasta que en una oportunidad cabalgando alrededor de una ciudad sitiada recibió una flecha en su pantorrilla. Los insoportables dolores le quitaron el sueño y le dijo dolorido y desilusionado a su médico: «¡Todo el mundo sostiene que soy el hijo del Dios Amon, pero mis dolores me dicen que solo soy un pobre ser humano!». El mundo de nuestro Joshua es inseparable de su época, por ello creemos que es imprescindible presentar con el título de «Introducción» esa tan peculiar mentalidad theokratica de estos lejanos tiempos. Luego de relatar el ambiente político religioso, brindaremos al lector en una breve reseña una concisa historia del pueblo judío junto con la topografía y etnografía de sus provincias, con el único fin de detenernos luego en la historia de Galilea, y allí también en una casi anónima aldea llamada Nazaret. Después de nuestra introducción, tendremos el honor de contar la real historia de nuestro Profeta, desprovista de toda clase de mitos que suele inventar el siempre benigno Presente, para quedar bien con el lejano y misterioso Pasado. Buscaremos la verdad en sus verdades, analizaremos las doctrinas de Joshua, junto con sus hechos y dichos, jamás cubiertas con las mortajas de los infinitos tiempos... ¡El temor fue en el mundo el origen de los dioses! Petronius: frgt. V. (11) En las épocas más lejanas de la antigüedad, los filósofos más eximios enseñaban que el ser humano y hasta los animales tienen un cuerpo con un «motus inmanente» que le permite moverse, y un timón, un ser incorporal, llamado «alma»... Todos los seres vivientes cuentan con este timón, pero según la muy discutible opinión de Sallustio solo el hombre es capaz de levantar su mirada hacia las altitudes, y al contemplar la inmensidad del cielo, comienza a sentir la grandeza de su propia pequeñez ante la magnificencia del «Calordario Sol» y la «Luciferente Luna» de las frías noches, sembradas con millares de estrellas, llamadas «theis» dioses... Toda esta magnificencia engendraba en el hombre un sagrado terror, aprovechado o más bien convertido en una obediencia ciega por aquellos hábiles sacerdotes, los cuales, autocalificándose como intermediarios entre los Dioses y los Humanos, crearon un puente invisible entre las dos Eternidades... Fueron siempre los sacerdotes los que velaron celosamente para que no se rompiera este hilo tan delgado, en cuya punta se aferraba el creyente sin saber qué es el sueño y qué es la muerte, esperando y «escuchando el silencio de su Dios»... El Sysiphus de Eurípides sostiene al igual que Kritias que toda esta divinidad antigua, condensada en una Theodice pagana, fue inventada por los precautos conductores del Estado, a fin de evitar que los que cometen faltas o delitos, jamás olviden que encima de ellos hay un ser superior, armado con truenos y relámpagos, que desde arriba ve y oye todo y nunca demora vengarse... (12) El mismo Cicerón sostiene que todo lo inventado acerca de los dioses es una obra sensata de seres sabios, destinada a todos aquellos que resultan ser insensibles ante los postulados de la razón, sea el temor de la religión lo que los obligue a cumplir con su deber... ¿Acaso pregunta Cicerón no fue esta idea tan sana la verdadera raíz y causa de todas las religiones? (13) Esta no es solo la opinión de Cicerón. Polibio Megalopolitano agregaba todavía mucho más... Él nos dice que es precisamente la religión la que sostiene las columnas del imperio romano. Su religión tiene un extraordinario poder e influencia, y no solo en los asuntos de particulares, sino en los asuntos del Estado mismo, que toda ponderación pudiera salir corta. (14) La religión fue introducida a causa del mismo pueblo. ¡Pues, si fuera posible que un estado se compusiera solamente de sabios, tengo entendido, que no sería necesaria semejante institución, pero como el pueblo se comporta como un animal inconsciente, conducido solo por sus instintos y por sus pasiones irrefrenables, dominado por la ira y la violencia, resultó ser una impostergable necesidad de refrenarlo por medio del temor de las cosas que no pueden ver, pero si los puede horrorizar!... «¡Por esta misma causa introdujeron en los pueblos antiguos las ideas acerca de los dioses y penas del infierno!» (15) Todos estos conductores del estado sabían aprovechar y hasta profundizar hábilmente el terror religioso del pueblo; a la vez que fomentaron el poder teocrático de los colegios sacerdotales, que inventaron la «theología del terror», por medio de la cual lograron atar o más bien «re-ligar» las invisibles manos de la conciencia. De esa manera nació la Religión Romana, convirtiendo la fe en un eficiente medio que aseguraba el fiel cumplimiento de una de las finalidades más sagradas del pueblo: mantener la paz interna y de esa manera asegurar la estabilidad del estado mismo. La correlación entre el estado y la religión es como la causa y el efecto..., pues el estado es tan anterior a la religión, como el pintor y sus cuadros... La religión del miedo levantó luego su grito de socorro; los creyentes querían conocer este Dios, obtener su clemencia pero ante todo su protección. Para obtener esta gracia, los creyentes tenían que recurrir a los sacerdotes, los cuales para este fin desplegaron una tri-actividad impresionante. Como buenos eclécticos, enseñaron la teología egipcia de la protección. (16) La forma y manera de una comunicación con Dios, y a la vez, facilitaron al pueblo poder ver en lo que creían por medio de la teofanía, demostrando que los dioses aparecen entre los humanos, y para no olvidarlos, les hacen imágenes, para luego poder adorar y venerarlas... El pueblo de los creyentes, una vez domado por el temor a sus dioses, los sacerdotes ya no tenían inconvenientes para interpretar la inapelable voluntad divina, saturada con la propia muy humana, y crearon de esta manera lentamente una teocracia todopoderosa, que fuera de Roma, tenía su par solamente en el lejano Oriente, en Judea... Si bien es cierto que el pintor es anterior a sus cuadros y el estado tiene la misma situación frente a su religión, en el caso de Roma la situación era a la inversa, porque su religión era importada y en consecuencia era más antigua que su fundación. Su fe importada era una policromática masa de creencias que llegaron a Italia junto con los pre-helénicos, Pelasgos, Oenotrios, Arcadios, y lentamente enriquecida con los elementos religiosos de los demás pueblos vecinos, amigos y enemigos. De esta manera los romanos crearon su propia theodicea de dioses y theologia de creencias, los cuales, una vez purificados y nacionalizados, fueron incorporado en el Gran Santuario Romano a fin de servir exclusivamente a la omnipotente «utilidad» de la política romana. Antes de tratar esta cuestión de suma importancia, la religión como factor «utilitas», consideramos necesario subrayar aquí, que en el fondo, como un postulado natural de la razón, en casi todos los pueblos en la más lejana antigüedad existía la idea de un monoteísmo. Pero en Roma, por razones muy específicas, el estado no podía brindar la exclusividad a esta idea, porque estaba invadida por un mar de dioses alexikakos desde Helade y también desde la Magna Grecia en el sur de Italia. Lo único que Roma podía hacer, entre tantos dioses, era dar la primacía al representante del Calordario Sol, al Padre Auxiliador, llamado Ju-Piter. (17) Esta doctrina de un categórico krypto-monoteísmo se hizo todavía más convincente, cuando el pitagórico Alkmeo de Krotona adoctrinaba que la presencia de este único Dios ipso facto también está presente en los demás dioses, como el Monas, el número uno es omnipresente en todas las magnitudes posibles. Sin embargo, la necesidad de una imprescindible protección, lentamente creó un policromático politeísmo, para que esta multitud de dioses inferiores, llamados alexi-kakos (protectores que alejan el mal) en nuestro presente llamados Santos ofrezcan su protección a los humanos. Era esta protección divina específica y limitada, pues el dios supremo, Ju-Piter o Zeus, asignaba a cada uno de estos dioses inferiores solamente una determinada parte de su omnipotencia. En el hombre primitivo siempre existía hasta en nuestro presente el inocultable deseo de acercarse, comunicarse y hasta unirse con sus dioses en cuerpo y alma y para poder llegar a este máximo grado de unión con sus Dioses el hombre comenzó a «humanizar» a sus inalcanzables divinidades. (18) Para cumplir con este irrefrenable deseo humano, los dioses bajan primero de los infinitos cielos a la cima del Olimpo y desde allí siguen descendiendo ya en forma humana y eligiendo las más lindas mujeres. Se hicieron padres de hijos de dioses (19) como por ejemplo Pitágoras, Alejandro Magno y Platón, aunque este último no obstante su origen divino no tenía inconveniente, palam et publice en pregonar, que «... ningún Dios se mezclará jamás con los hombres.» (20) Los romanos no se dejaban impresionar mucho por semejante theoria platónica, porque el categórico imperativo «Utilitas» les permitió hasta exigió la posibilidad de poder ser hijo de Dios, para diferenciarse. Casi todos sus grandes hombres tenían por padres solamente dioses. Para M. Tullio Cicerón, los Scipiones Julio César, el emperador Augusto y luego a todos los demás emperadores ha sido reservado el privilegio de trocarse directamente en un Ser divino. ¿Pero a qué precio? Tenían que adquirir la divinidad con la tan codiciada inmortalidad por medio de la muerte. Condensado este postulado en el afamado antanaclasis: emit morte inmortalitatem: «por medio de la muerte adquirió la inmortalidad»... Nos dice Suetonio que el emperador Vespasiano en Egipto declarado y anunciado Mesías del mundo cuando se enfermó muy gravemente y ya sentía acercarse la muerte, exclamó en la presencia de sus hijos Tito y Domiciano: «¡Ay de mis hijos! ¡Me parece que pronto tengo que ser Dios!» (21) El resto la gente sencilla tenía que contentarse con la dicha de poder solo contemplar el lejano cielo, sin poder tocarlo y hacer escribir con cierta resignación sobre su epitafio su currículum vitae en siete pocas palabras: «¡No era, fui, y ya no estoy!». La gente, que razonaba, opinaba así porque sabía y si no sabía por lo menos sentía que los dioses humanizados difícilmente cederían a los humanos divinizados lo más precioso, lo que tenían: la inmortalidad... Lo gracioso es, que hasta esta virtud tan divina athanasia fue inventada por los humanos... Es decir, por los sabios de la India y por los caldeos de la misteriosa Babilonia. (22) La inmortalidad ese don de dioses en realidad fue descubierto por aquellos hombres que no podían, ni siquiera querían entender, que la vida es solo un estrecho y demasiado corto puente, bañado por la luz del Dios Sol, un puente que une dos eternidades. Después de que se sostuvo que Dios creó al hombre a su semejanza, fue fácil para los creyentes imaginar a los dioses con su propia forma humana, y para poder contemplar en lo que creían y poder quedarse con ellos los perpetuaban en estatuas, las cuales no obstante que fueron solo barro cocido o madera pintada, la gente sencilla les hablaba y veneraba (23) y, cuanto más primitivo e ignorante era el creyente, tanto mejor era para sus sacerdotes venales, o políticos embaucadores... (24) Al lado del «KryptoMonoteísmo» apareció el impostergable postulado de la «Utilidad Pública», el Politeísmo; una multitud abigarrada de dioses, todos al servicio incondicional del hombre. Dioses cuya venerabilidad lentamente se perdió en la cotización por causa de la demasiada venabilidad de sus sacerdotes. La corrupción religiosa tanto en Roma como en Grecia, sentó sus reales... , y la relación entre dioses y humanos se exteriorizaba por medio de sacrificios, detrás de los cuales se escondían los «¡Do, ut des Facio, ut des!»: ¡Te doy para que me des! ¡Te doy para que me hagas!¡Quasi-contratos humanos, demasiado humanos! (25) El «Sacrum facere», hacer un sacrificio, para el hombre que suplicaba a su Dios protector para conseguir algo, en la mayoría de los casos, resultaba ser un verdadero sacrificio en un amplio sentido de la palabra. Los cobradores de los dioses no conocían la palabra misericordia, y aquel que pide, debe saber renunciar a algo. Aquellos infelices que no tenían nada para sacrificar podían ofrecer un agradecimiento anticipado, junto con su amor no siempre sincero pero obligatorio (26). Los dioses protectores, los llamados «Alexikakos», siempre fueron exigentes. Acerca de esto nos pudieran contar largas historias Iphigenia en Tauris, los Pelasgos, los inhumanos cartagineses y todos aquellos pueblos, que honraron a sus dioses, quitando a otros seres la vida, lo más precioso que tenían (27). Los dioses protectores, cada vez más comerciantes, comenzaron a perder su venerabilidad por causa de su exagerada venabilidad, aunque la verdadera culpa de esto la tenían los sacerdotes, pero la desilusionada gente castigaba solamente a sus inocentes dioses. Para comprender semejante situación, basta recordar un verso de Teokritos, que antes parece ser una maldición, que una oración piadosa: »Si cumplirás lo solicitado, mi Dios amado, ¡Tu gente será amable contigo! Mas, si no otorgaras la gracia, que te pido Entonces mil uñas desgarren sin piedad ¡Tu cuerpo tierno!..» (28) Detrás de toda esta teología de protección se escondía una repudiable compraventa de los favores, fomentado por los omnipresentes sacerdotes, los únicos beneficiarios de semejante santo comercio. Por medio de la interpretación de la inapelable voluntad divina, los sacerdotes de cualquier país lograron crear un extraordinario poder teocrático, que más de una vez podía llenar las páginas de la historia, cambiando según su capricho los inseguros rieles del destino. Nosotros, que tenemos la dicha de vivir en el presente, y que conocemos las consecuencias enmarañadas de las no siempre acertadas intervenciones de los citados sistemas teocráticos, consideramos, que sería una ardua tarea desovillar esa complicada madeja. Por eso, nos parece más conveniente cortar con la espada filosa de la prudencia ese nudo gordiano de la historia, pues solo en una búsqueda vana de soluciones podríamos llegar al mismo resultado que halló el gran filósofo Simonides. Cícero nos comenta que éste fue interrogado en una oportunidad por el dictador de Siracusa, Hieron, con esta pregunta: «¡Simonides, tú que eres tan sabio, dime entonces ¿qué cosa es Dios?!» Simonides le pidió entonces un día de tiempo para deliberar sobre esta cuestión. Al día siguiente, Simonides pidió esta vez dos dioses más. Y como duplicaba el número de los dioses que necesitaba para deliberar, Hieron se molestó por tanta demora y un día preguntó al filósofo, por qué razón se dilata tanto en contestar una repuesta adecuada. Entonces Dimonides le dijo: «¡Señor! ¡Ocurre que cuanto más lo considero, tanto más oscuro me parece!» (29) ¡El derecho de la Religión es más fuerte, que la del Magistrado! T. Livius. libr.47 ¡La Teocracia hace del hombre un funcionario de Dios! E. Renan: Marco Aurelio La relación que existía entre el derecho y la religión dio la primacía a la religión, porque según la muy autorizada opinión de M.T. Cícero: «¡La ley emanaba de la voluntad de los dioses!» (30). Lo que Cicerón nos dice no era una novedad en su tiempo, porque en esas épocas tan lejanas existieron numerosos antecedentes, especialmente en lo referente a la legislación. En esos tiempos antiguos, todos los grandes legisladores tenían la inveterada costumbre de consultar previamente a sus respectivos dioses. Minos, en la isla de Creta, subía cada nueve años al monte de Ida para pedir consejos a su dios; con la misma finalidad escaló Moisés el Sinaí. Zamolxis, el legislador de los Getas, consultaba a su dios en una cueva de los Cárpatos en la Transilvania Dacica. El más inteligente de todos fue quizás el sabino Numa Pompilio, quien sin escalar montañas, prefería consultar a la muy cercana y bella nimpha Egeria, en vez de solicitar audiencia al siempre malhumorado Ju-Piter. El Santo Zamolxis, durante sus largos viajes alrededor del mundo, había aprendido de memoria los caminos y sendas que podían conducir al curioso hacia los más variados dioses. Él aprendía a fondo la sabiduría de los sacerdotes egipcios, los secretos de los pitagóricos, y cuando regresó a su patria en la Dacia de Transilvania, quedó como un santo solitario en una caverna de la «Montaña Sagrada» de los Cárpatos. Él se comunicaba con el rey de los Getas solo por medio de los funcionarios, los cuales recibieron de sus consejos siempre acertados y útiles para el pueblo de Dacos. Zamolxis, el santurrón de las montañas, resultó ser de esa manera el creador de una institución muy especial y duradera. A partir de esa fecha, todos los reyes de los Getas tuvieron a su lado primero un Santo, pero luego ya un «Hombre-Dios», que no evacuaba consultas, sino transmitía sus órdenes. El rey solo se limitaba a transmitir lo «Revelado» a su pueblo. De esa manera se creó la Teocracia casi absoluta, y los reyes de los Getas sufrieron la misma degradación que posteriormente algunos Califas en el Oriente. (31) En la antigua Roma, los privilegios otorgados al Flamen Dial, el supremo sacerdote del Dios Ju-Piter, demuestran con claridad olímpica, que el lema: «Ecclaesia praecedit», tiene raíces milenarias, y ratifica también, que siempre el Jus tenía que doblegarse ante la artificialmente creada omnipotencia de la religión, jamás viceversa. (32) La teocracia religiosa, en su función de religión del Estado, quedó exclusivamente en las no siempre santas manos de los sacerdotes, los cuales, en su carácter de integrantes de las clases superiores, sabían siempre cómo aprovechar de la religión; no solo la emplearon como un freno sagrado para sujetar las desenfrenadas protestas de la multitud (33), sino también la religión les facilitaba intervenir descaradamente en las instituciones políticas. Basta recordar, que hasta en las elecciones de los Magistrados era una inevitable obligación, consultar previamente la voluntad divina, detrás de la cual se escondía en realidad la decisión de la teocracia. De esa manera, la religión, lentamente identificándose con el Estado mismo (34), ipso facto obtuvo la protección estatal para sus muy especiales intereses. (35) Semejante situación engendró la evidente conversión e inversión de los fines y medios (36) en beneficio de todos. ¡Los dioses no hablan! Los únicos que saben interpretar la voluntad divina por no decir la muy propia fueron y son los sacerdotes, los cuales, para asegurar los intereses propios, gracias a su poder teocrático, resultaron ser siempre más fuertes que los Magistrados. (37) El poder teocrático, comparable con una peste, se propagaba como el fuego sobre un campo árido entre todos los pueblos de la antigüedad, y jamás lograron extinguir su fuego, pues como un legado nefasto apareció también en nuestro presente. Este poder facilitaba a los sacerdotes no solo privilegios, las ínfulas de la inmunidad, sino también daba vía libre a la impunidad, brazo a brazo con la soberbia, que no tenía su par. Solo la teocracia podía permitir al sumo sacerdote de Meroe enviar una «orden divina» al rey Ergámenes, para quitarse la vida. Sin embargo, Ergámenes, un rey culto y gran experto en la filosofía griega, cumplió fielmente con lo ordenado por la voluntad divina, aunque a la inversa; pues en vez de quitarse la propia vida, ordenó la inmediata ejecución del insolente y soberbio sacerdote teócrata. (38) En otras naciones en la antigüedad no existían problemas como el de Ergámenes. Los sacerdotes conocían perfectamente las reglas del juego y los límites, y gracias a su perspicaz prudencia, lograron no solo adquirir, sino también conservar su poder teocrático. Solo Roma y Judea tenían su par en la historia. Los sacerdotes de estos pueblos coparon con su poder religioso la vida del ciudadano y la del estado. Estaban omnipresentes en todas las manifestaciones de la vida cotidiana, tanto en la paz, como también en la guerra, pues en la mayoría de los casos contaban con el poder decisivo en asuntos bélicos. Por medio de sus decisiones cubiertos por el manto sagrado de la voluntad divinapronunciaron la inapelable regla de una conducta preescrita, en la que el siempre presente error humano y la corrupción en sus conductas les acompañaban como la sombra, pisándoles los talones. Los abusos teocráticos, cometidos por la corrupción de los sacros colegios, resultaron ser como las incesantes olas del mar que cavan las rocas. ¡Los mismos sacerdotes cavaron las rocas de la fe! ¡Y esto era doblemente peligroso, pues precisamente la fe era una de las columnas que mantenía y hasta garantizaba la solidez del estado mismo! El hombre se aferra a sus dioses; les presta su fe y si es posible, también les obedece, pero jamás los perdonan si se equivocan o cometen el imperdonable error de hacerse demasiado humanos. Por causa de los errores de los dioses, los sacerdotes tendrán que pagar un alto precio, pues perderán su poder teocrático, sin el cual su institución sagrada se derrumbaría como la estatua de bronce con pies de barro. El derrumbe del poder teocrático tiene el efecto dominó. También el pueblo perderá su fe y los dioses irritados se vengarán con guerras (39) y con la típica Justicia Divina castigarán a los inocentes, para vengar la deslealtad de sus corruptos sacerdotes. (40) ¡El peligro nos quita el tiempo para deliberar, y la urgencia nos obliga a actuar rápidamente! T. Livius: ab urbe cond. IV.30. Los pueblos latinos recibieron ya en la cuna de su historia (41) a sus dioses importados desde Grecia, junto con la preciosa virtud de la prudencia, que les auxiliaba a saber esperar con paciencia y elegir siempre lo mejor e indispensable. Sallustius nos dice que «a nuestros mayores nunca les faltaba la prudencia, ni el valor, ni la sabiduría de imitar o aceptar lo que a nuestros conductores les pareció acertado referente a las costumbres, las leyes y la religión». Efectivamente los pueblos latinos, especialmente los romanos, cuando hallaron en el exterior algo que les parecía útil, no les importó ni el lugar, ni la procedencia; lo trasladaron e incorporaron para su propio uso, diciendo: «¡Lo bueno y útil desconoce las fronteras nacionales!»(42). En esta cuestión ni siquiera la columna sagrada del estado, la religión, fue una excepción. Los romanos, al ensanchar los límites de su territorio, actuaban en cuestiones de la religión con sorprendente inteligencia. En cuanto supieron conservar la «Religión Patria», la ampliaron y completaron con las normas y ritos de las religiones de los pueblos vencidos. Lo hicieron para reforzar de esta manera la propia religión, transformándola en una religión «unificante». Una religión nacional de esa manera completada, además de perfeccionarse, podía fomentar y profundizar la pacificación de los pueblos vencidos, brindando precisamente la religión para el estado, y además la seguridad y la posibilidad de ensanchar sus fronteras y convertirse en un imperio. Para conquistar a los dioses de los pueblos vecinos, los romanos recurrieron al auxilio de las prebendas. A la patrona de la ciudad vecina y enemiga Vei prometieron mejores sacrificios... Podían hacerlo, porque ya sabemos que los dioses en estas épocas tan lejanas nunca fueron mejores que sus venales Pontífices. Estos dioses ignoraban la palabra lealtad y se dejaron corromper por promesas, que ni siquiera fueron cumplidas. (43) En caso de grandes calamidades públicas, no vacilaron en recurrir al auxilio de los dioses de sus vecinos, diciendo que «El peligro nos quita el tiempo para deliberar y la urgencia nos obliga actuar rápidamente» (44). Durante una peste que asolaba la población de Roma, el senado decidió enviar una delegación a Grecia para traer la imagen del Diosmédico Asclepiades de Epidauro.Y durante el reinado del emperador Antonio Pío (138-161), los dueños del mundo consultaron a la sacerdotisa de la Diosa del Manto Celeste en Karthago, porque esta divinidad tenía la fama de que «solía» enunciar de vez en cuando algunas verdades. (45) Caracalla, al invernar con su ejército en Edessa de Mesopotamia, emprendió un largo viaje a Carras en Asiria para venerar al «Dios Luno» (46), que al parecer no estaba dispuesto a brindar su apoyo a este emperador, porque Caracalla había sido asesinado durante su regreso a Edessa. La hegemonía helénica sobre la religión de los pueblos latinos comenzó lentamente a declinar no obstante haber tenido una situación privilegiada y por la puerta que dejó abierta, comenzaron a entrar los nuevos y místicos aires del lejano oriente (47). Aires, que llegaron junto con los soldados: con heridas en sus pechos, pero en sus corazones nuevas ideas y religiones de ritos misteriosos. Religiones nuevas y hasta más convincentes que las propias, y el pueblo se dio cuenta de cuál era la causa de una risa cómplice de sus augures, cuando éstos se encontraron en la calle. (48) La importación de la Idea Madre, desde Oriente, fue recomendada por los libros Sybillianos. Los libros de esta profetisa griega en Cumas abrieron la puerta ancha para las divinidades orientales hacia al centro del Mundo Antiguo (49). Los romanos enviaron también legados al rey Attalo de Pérgamo, que les condujo a Pessinunta en Phrygia, y allí fue entregada a la delegación una piedra negra sagrada, que los habitantes la veneraron como la diosa madre de todos los dioses (50). Esta «Lapis Nigellus» ha sido importada por causa de una lluvia de meteoritos. (51) Donde hay una Madre Magna y Celeste, no le va a faltar el hijo, y no obstante que Cybeles era virgen, ella tuvo un hijo, Sabacius, fervorosamente venerado por sus creyentes; «¡Evoi Saboi! Hijo de Cybeles!». (52) ¡Todas estas theologias orientales (Cybeles Baal Adonis de Siria, Osiris de Egipto Mitra de los persas) florecieron en la misma época y fueron religiones avanzadas, las cuales basábanse en una Trinidad sotero lógica, que consistía en un Padre creador, Madre progenitora y un hijo (Horos, Mitra, Joshua) que actuaba como «Alexandros» = Redentor del mundo! Estas Trinidades fueron polarizadas, pues el Padre, el Bonum Absolutum estaba enfrentado con el polo opuesto, con el Malum Necessarium (Baal-Moloch, Set, Satanás en Siria y el Diaballomai de los Helenos). En la muy ecléctica Roma ninguna de estas religiones faltaba a la cita del honor. Sin embargo, en la recepción de estas religiones orientales, que vinieron con los soldados de las legiones desde el Oriente, Roma era muy selectivo (53): pues al sentir el peso de tantas religiones importadas, comenzó a desmoronar la base de su fe y, en vez de aferrarse a algunas de las religiones importadas, intentó curar la propia, agregando los mejores elementos que llegaron desde afuera. Semejante intento quedó sellado por la frustración y la incipiente desilusión convirtiéndose lentamente en una indiferencia que solo cedió ante las insistencias de religiones mono-theisticas y soterológicas. Estas religiones fueron más que severas, pues exigieron una rigurosa catarsis, pero a cambio de una protección terrenal, prometieron algo mucho más importante aun inseguro: la supervivencia después de la muerte, la inmortalidad. Estos cultos monoteísticos aparecieron como un ansiado rayo de sol que atraviesa las nubes preñadas de tormentas, y pidieron entrada para despejar las frías neblinas de una ya cada vez más progresiva indiferencia en el poli-theismo de los hundidos pueblos. (54) Con la incorporación de las ideas monoteísticas, Roma tenía dos clases de religiones. Una era muy clara y entendible, producto de una especulación filosófica. Precisamente por su demasiada transparencia ésta no podía servir a los fines ni a los intereses del estado; hasta por su carácter especulativo podía ser directamente perjudicial. A los no siempre santos intereses del Estado teocrático podía servir solamente la otra «noli me tangere» oscura religión, que se basaba en una fe ciega, que no admitía ni discusión, ni apostasía. Esta oscura, mística y precisamente por ello fascinante religión nacional resultó ser la mejor religión para engañar al vulgo (55), para poder manejar las masas sin problemas (56). Esa pigra masa de ignorantes podía ser manejable solo con el auxilio de esta sencilla religión patria (57). La conducción estatal junto con la casta sacerdotal tenía muy bien en cuenta la gran utilidad política que derivaba del «Temor a los dioses» (58). Sabían perfectamente que el vulgo ignorante solo se doblega ante los dioses, y el vacío, que podría acarrear la importancia de religiones más claras y especulativas, pudiera producir primero una confusión y luego una indiferencia, que culminará en la peligrosa incredulidad de un ateísmo. Los filósofos griegos, al analizar a fondo su propia religión, sus discusiones acabaron en una incredulidad socrática, que luego comenzó a propagarse como una peste epidémica.(59) El pueblo, invadido por una ola de dudas, comenzó a desatar la ligadura de la re-ligion, frenada solamente por la conciencia. Frenada mas no paralizada, pues el proceso de una lenta, pero progresiva desintegración ya no podía ser detenida, porque la infortunada mezcla de las diferentes religiones sembraron más la duda (60) y todo este proceso culminó en un categórico «anti-theismo» (61), agravado por la rapacidad y corrupción de los sacerdotes, que actuaban en nombre de sus respectivos dioses. Primero Sócrates y luego los demás filósofos acabaron con los dioses los poetas hicieron leña del árbol caído pero fueron los historiadores, quienes delataron la corrupción y venalidad de los sacerdotes. El pueblo solo se limitó a contemplar atónito el derrumbe de una montaña de mentiras. Ciertamente, los que enterraron la religión griega fueron la filosofía helénica junto con la venalidad de sus pontífices; pero había una sola excepción: el Estoicismo, que en principio se mantuvo firme al lado de la religión primitiva. El Estoicismo aceptaba las más abigarradas creencias populares junto con la ambigüedad de los oráculos, porque estaba convencida de que la fe es una noción íntima e inmanente, que tendría que ser respetada, sin investigar su esencia (62). El estoico creía en la misma cosa que el pueblo, pero de diferente manera. Para el estoico Dios era invisible, y precisamente esta invisibilidad del ser supremo era la diferencia de la creencia del pueblo, que a toda costa quería ver en lo que creía. (63) El Estoicismo, pregonando la invisibilidad del ser supremo, se hizo iconoclasta ipso facto, rechazaba las estatuas y demás imágenes veneradas por el vulgo. Pero el efecto de su respetable principio resultó ser doblemente negativo, porque su icono-klastia volteaba no solo la base de la fe con pies de barro la fe de un vulgo primitivo e ignorante sino también frenaba el progreso de las artes, de la escultura y de la pintura. Apeles, Zeuxis y Pheidias lloraban en sus sepulturas. Los preceptos morales del Estoicismo saber tolerar y abstenerse (Anekhou kai Apekhou) (64) obligaban a sus creyentes a ser sumisos y obedientes para el omnipotente estado. Pero su predica, que recomendaba la abstención acerca de las delicias de este mundo, no surtió mayor efecto, porque la gente sencilla prefería tener el cielo en la tierra y no como prometió la religión la vida eterna en el cielo, desde donde hasta ahora nadie regresó para contar algo (65). El epitafio de una estela, que rezaba ¡No era! ¡Fui! ¡Y ya no soy!», sembraba la incredulidad y ante la inclemente guadaña de esta incredulidad caía la fe como el trigo, sorprendido durante la cosecha. El epitafio sembraba la incredulidad, pero en esto, le secundaban los mismos poetas. Ennio, el muy insigne poeta griego, ha sido citado por los ediles por haber propagado un ateísmo que carcomía la religión del estado. Pero Ennio se defendió hábilmente, diciendo que el solo censuraba a los dioses de los griegos. Su apología no resultó ser muy convincente, pues era un secreto público que los dioses de Roma llegaron directamente desde Grecia, casi con la misma finalidad con la que llegó el caballo de Troya. Ennio es también el autor de una traducción de la obra de otro griego Evemeres de Messina que enseñaba que no había ni podían existir dioses. A pesar de su estilo poco atractivo, sus ideas se propagaron con los vientos en su mundo ya hastiado de tantos mitos y mentiras; con dioses, plagados de vicios humanos y servidos por sacerdotes divinizados todavía peores. (66) En esta crisis de las religiones, las censuras y las benignas exhortaciones para salvar lo insalvable perdieron su oportunidad, porque precisamente la filosofía griega, en que algunos buscaban el remedio, resultó ser peor que la enfermedad misma. La misma filosofía (67a) griega excepto el estoicismo con Ennio y Evemeres, secundados por la reinante incredulidad se apuraba a cubrir con el sudario del ateísmo la ya hace tiempo agonizante y muerta religión; echaron la fe a la fosa, excavada por el engañado pueblo, a quien ellos mismos le quitaron la fe. (67b) Polibio Megalopolitano ya podía pregonar abiertamente que el culto romano había sido inventado solamente para el ignorante populacho, pues como la razón no es su fuerte, hay que gobernarlo por medio de signos y milagros. Pero la gente sensata e ilustrada no debiera hacer caso a los preceptos de la religión, pues esta institución es una especie de cebo para engañar y frenar al vulgo. (68) Y sabemos que la gente hizo demasiado caso a la exhortación polibiana. En adelante la religión solo servía de pretexto para justificar o excusar un escándalo. La perversa juventud de la alta aristocracia tenía la costumbre de recorrer en la noche las angostas callejuelas de Roma y se divertían en insultar, mutilar o derribar las estatuas de los dioses. La conciencia liberada de su anterior religamiento dejó de ser custodio de la antes tan intacta moral romana (69), y las intrigas acerca del amor y fidelidad conyugal se hicieron frecuentes. La gente jugaba con el fuego y buscaba aventuras con mujeres casadas. Lo más sabroso para los depravados hedonistas era seducir las muy respetadas Vestales monjas romanas. Conocemos el caso de las tres vestales que tuvieron que pagar con una muerte trágica los fútiles momentos de un amor ilícito; ya sabemos que el amor es el hermano mellizo de la muerte. (70) ¡El que pierde la fe, pierde también su futuro! De esa manera la gente incrédula quedó acompañada solamente por su corto presente, y para aprovecharlo se dejó conducir por el lema horaciano: «¡Carpe diem!» (71) convencida acerca de la verdad de Séneca, que nos confiaba que «aquel que pone sus pies en las olas del río Lete, deja de existir para siempre; será como el humo, que se levanta y se deshace por los vientos», lo mismo ocurrirá con nuestro espíritu. Después de la muerte no hay nada, pues la muerte misma es la Nada. Siglos después los Sadducaeos en la lejana Judea pregonaban lo mismo. Plinius nos dice que nuestra vanidad no puede, ni quiere creer que el amor que nos junta estrechamente con seres queridos, desaparezca después de la muerte; por ello, nuestro íntimo deseo imagina una vida futura, reforzada con un impío fraude, que nos pretende convencer de que el alma de los difuntos seguirá viviendo en las inalcanzables altitudes. (72) Yo quisiera saber nos dice Plinio ¿dónde estará la residencia de la multitud de almas que existieron desde el origen del mundo? (73) Todas estas conjeturas del más allá son un deseo de aquellos que quisieran vivir eternamente: Hay que acabar con esta tontería nos pregona Plinio. Hay que acabar con esta idea, que nos quiere convencer de que la vida vuelve a comenzar después de la muerte es insistir en la regla absurda, que después del fin viene el principio. La ilusión de que la vida vuelve a comenzar después de la muerte solo servirá para destruir lo mejor en la vida humana, que es precisamente la muerte. (74) ¡Séneca es más realista todavía! Nos hace saber que la vida es un corto y estrecho puente, tendido entre las dos eternidades. De manera que la fábula del impío fraude nos pretende convencer acerca de la supervivencia del alma, después que estar sepultado el cuerpo, cuando uno de los esposos cierra con manos temblorosas los ojos del difunto, ya nada servirá confiar su alma a los ritos de los funerales. Una vez que el último suspiro se deshace en el aire, este último soplo vital que se eleva luego hasta las nubes, ya nada hay después de la muerte; la muerte misma no es nada, y esa «nada» no perdona ni al alma. (75) Sobre los escombros de la religión se acumularon las funestas consecuencias de décadas de una estéril revolución social. El pueblo, deprimido por sombríos presentimientos y con malos augurios, con el corazón en la boca, enfrenta las tinieblas de su destino, sin poder hallar la senda que pudiera conducirle fuera de este laberinto. Por fortuna, el insigne helenista Burckhardt nos advierte «que en la antigüedad hemos conocido muchos incrédulos, pero jamas la incredulidad de un pueblo entero». ¡Efectivamente! Ya aparecen los epígones de Protágoras, que intentan convertir la negación en una benigna duda, diciendo: «¡No podemos saber que existen los dioses, pero tampoco podemos negar la existencia de ellos!» Y, en estos momentos de tantas vacilaciones el sol naciente desde el lejano oriente, dio la esperanza a estos errantes pueblos, al hallar la senda para salir de su crisis casi secular. Las semillas de un misticismo oriental comenzaron a crecer con pasmosa rapidez en este caos político, moral y religioso. Sobre la sepultura de los dioses humanizados, el pueblo comenzó a construir un nuevo templo, pero esta vez para un solo y poderoso Dios, que para los engañados por el declinante politeísmo pudiera prometer este fuerte color verde, color de la esperanza, que suele brotar de la tierra quemada, cubierta de un manto negro de las cenizas; un color vivo y verde, que suele brotar después de un incendio, que arrasa todo lo árido con sus llamas amarillas... Comenzaron a llegar desde el lejano Oriente las creencias redentoras: Osiris desde Egipto y desde Persia el Hijo del Sol, Mitra, desplazado luego por su calco, inventado por un judío de Galilea, a quien sus compatriotas conocían con el nombre de Joshua. LUX EX ORIENTE: el mundo antiguo, conflictuado con sus dioses inoperantes, engañado por sus propios sacerdotes, envuelto en la telaraña de su propia incredulidad, buscaba desesperadamente la salida de su laberinto oscuro, para poder escapar de las tinieblas. Necesitaba con urgencia esta benigna luz del alba, que después de una larga noche aparece con los primeros rayos purpúreos del sol; la luz de este sol invicto, que cada día a la mañana nos anuncia su llegada desde un punto místico y venerado, que lleva el nombre de Oriente. (76) El hombre antiguo que hasta ahora, en vez de servir a sus dioses, se servía de sus dioses, creados por el hombre mismo (77), comenzó todavía algo tímido a correr el velo negro, y detrás de las ya erosionadas estatuas de sus dioses descubrió el Infinito Invisible. (78) En adelante el hombre comprometido ya con este misterioso Invisible frente a una luz resplandeciente comenzó su búsqueda infatigable: la senda que le prometió conducirlo a su meta. Todo esto ocurrió como consecuencia natural de una insalvable crisis político-social-espiritual, que impelía al hombre antiguo habitante de un imperio espiritualmente vaciado hacia lo irracional, a lo Invisible, de nuevas creencias prometedoras que vinieron con el rayo del «Sol Invicto» sin excepción alguna, desde el místico Oriente. El neoplatónico Plotino de Lycopolis, oriundo de Egipto, comenzó a esculpir al nuevo hombre espiritual, a su «anthropos pneumaticos» para un monoteísmo soterológico. Esta idea realizábase con una transición (79), pues daba preferencia primero a los dioses humanizados (Osiris) y luego introdujo el culto de los humanos divinizados, como el Mitra de los Persas y Joshua en Galilea unos «soteros» (redentores) con «tri-funciones». (80) Estos últimos, pretendiendo un origen divino por medio de su propia sangre vertida, purificaban a sus creyentes, sin que ellos mismos hubieran podido salvarse a sí mismos. Todos estos nuevos redentores del Oriente pretendían vencer la muerte por medio de sus propias muertes; una antanaclasis absurda y anualmente repetida. En la típicamente clima-religión de los Egipcios Osiris muere (irrumpe la sequía) y resucita (crece el Nilo) con la ayuda de su hijo Redentor, que está sentado al lado de su padre celestial. (81) Todas estas nuevas religiones, en cuyo epicentro estaban los hombres teificados, que además de Soteros (redentores), resultaron ser también unos reformadores. Éstos, por medio de la religión, pretendieron derrumbar los muros que separaron artificialmente las diferentes clases y castas que habitaban el mundo antiguo. Estas nuevas religiones del Oriente querían borrar las fronteras, unificando las más diferentes etnias, idiomas y razas bajo la férula de una sola y dominante religión. La religión cíclica de los egipcios fue dirigida por los caprichos del río Neilos (82). Esta religión por medio de su «trinidad» (Osiris, el padre; Isis, la madre; Horos, el hijo) sembraba las ideas de redención-muerte-resurrectio-inmortalidad en un más allá. Era una religión polarizada que diferenciaba entre el Bonum absolutum (Osiris) y el Malum necessarium (Set) y una religión redentora, polarizada, con ciclos anuales y con dioses, que previamente fueron humanos. Para los desilusionados, que estaban en la búsqueda de algo nuevo por lo menos para ensayar, vino la paleo-theogonica-krypto-monoteistica religión egipcia, que con sus dioses, previamente humanos (82+), formaron una trinidad dentro de Uno, que parecía fiel copia de la polifuncional familia humana, una trinidad humana, trocada luego en divina. Este modelo fue luego copiado religiosamente por la posterior teodicea y teología cristiana. (83) Osiris (84) procreó con su mujer Isis (85) el hijo Horus (86), cuyo oficio y obligación era ser Soter, redentor del pueblo egipcio. Este hijo, en la lucha para vengar la muerte de su padre, muere, y Egipto queda invadido por una sequía amenazante. Pero, una vez resucitado con el auxilio de su madre Isis, el Nilo inunda los sedientes campos y con el también resucitado Osiris resurge de nuevo la vida, que logró vencer la muerte. Desde entonces el pueblo Egipcio festeja anualmente la victoria de la vida, que por medio de la resurrección vence la sombría muerte, pues precisamente por medio de esta resurrección anual, en que «la muerte entierra la muerte misma», nació la justificada idea de la inmortalidad. (87) Este tantas veces soñado don de los dioses, la «Athanasia», fue inventada por Isis y ella estaba dispuesta a darla a todos aquellos creyentes que estaban dispuestos a purificarse y someterse a un doble juicio: en el momento de la muerte y luego al fin del mundo una idea que luego tomo el cristianismo. Solo los purificados podían obtener de la madre Isis la droga de la inmortalidad. (88) Según la minuciosa descripción del rito funerario egipcio, llamado el «Libro de los muertos» (89), el difunto tenía que presentarse antes de su entierro ante el severo tribunal de Osiris, rodeado por sus auxiliares. El alma del fallecido ha sido conducido ante el tribunal por el hijo Horos (Trigemistos Theopompos), más bien conocido con el nombre de Anubis. Este hijo del dios (90) Osiris tenía en sus manos el libro, en que fueron anotados todos los actos humanos, para evitar que la memoria les fallara. Ante este tribunal comentado por el Papiros de Quenna (91) el alma del muerto tenía que defenderse por medio de una confesión «excluyente», negando haber cometido los 41 pecados que pudieran obstaculizar su entrada en la morada de las almas inmortales. (92) El autor del Libro de los Muertos revelaba los misterios de la «Trinidad del alma liberada» enseñándonos que el Kha, nuestro alter-ego celestial que durante toda la vida nos acompaña como un ángel guardián cuando nos llega la hora de la partida, entra en el cuerpo sin vida, mientras tanto nuestra propia alma, el Khu que nos acompaña encerrada en nuestro cuerpo en el momento cuando el corazón deja de latir, abandona el cuerpo fallecido y deja su lugar al Kha. Después del juicio inmediato se eleva al cielo, y al llegar a la Luna, allí mismo se desdobla, pues la parte Mens (intellectus) del alma, toma la dirección hacia el Sol Osiris, mientras el alma desmentada, el Bah, después de una previa purificación, se hunde en el «Infinito del Invisible». Los misterios de la trinidad egipcíaca fueron revelados solamente a los iniciados en el culto; sus creyentes fueron multitudes. Osiris proclamaba: «¡No hay región en este mundo, a donde yo no hubiera podido llegar!». (93) El mundo antiguo estaba prácticamente invadido por cultos misteriosos, provenientes todos desde el lejano Oriente; pero entre ellos, el más importante y más penetrante fue el culto de la teogonía egipcia. Ningún otro culto ha alcanzado tanta aceptación que éste madre de otras religiones, pues el culto egipcíaco era la fuente del posterior monoteísmo de Judea y el derivado de la religión judaica es el cristianismo. El culto dulce y misterioso de la trinidad egipcia, el templo de Serapio en Alejandría fue muy visitado y Serapio mismo fervorosamente adorado hasta por los obispos del posterior cristianismo. Imágenes de la diosa Isis junto con el niño Horus en sus brazos maternos conquistaban a todo el mundo. Ante su altar se arrollidaban los devotos creyentes, encendiendo numerosos cirios (94), cantando las letanías típicamente egipcias con las acostumbradas repeticiones que fueron transmitidas luego en las letanías de las liturgias cristianas. (95) El culto egipcio, que por medio de sus misterios prometía a sus creyentes que después de una azarosa vida terrenal tendrán una beatitud celestial, se hizo firme sobre el sediento humus de la cosmovisión y de la teocrática Roma, que como una débil protesta de su ya decadente nacionalismo, cubierta con una gruesa capa de indiferencia por causa de un gran escándalo amoroso intentó destruir el Santuario de Isis, pero no encontró ni un solo hombre que estuviera dispuesto de poner su mano para derribarlo. (96) Roma podía destruir quizás unos santuarios, pero ya no las raíces profundas y largas de la nueva fe; el culto egipcio ha llegado al palacio imperial. El emperador Comodo hijo del estoico Marco Aurelio practicó los ritos de la diosa Isis, inclusive hizo rasurar su cabeza como los sacerdotes egipcios y llevó en sus manos en las procesiones la estatua de la diosa Madre junto con su niño Horus. (97) El culto de Isis conquistó las masas en el mundo antiguo y su culto jamás se apagó solo abrió el camino para otro nombre: María. EL SOTER MITRA; el hombre antiguo, perseguido por los conflictos de su conciencia, seguía buscando entre las demás religiones provenientes desde el lejano oriente aquella religión cuyo único Dios estaría dispuesto a liberarlo de sus desilusiones y de su liturgia religiosa, redimiendo sus pecados, los cuales le seguían como la sombra, pisándole los talones. La hallaron los soldados romanos en la lejana Persia, a donde llegaron para conquistar el país y fueron conquistados ellos por la religión de los vencidos: por el Sol invicto, que domina a todos, sin ser dominado por nada y por nadie. ¡El dios Osiris de los egipcios pregonaba su revelación divina, que «... no hay región en este mundo, a donde yo no hubiera podido llegar»! Lo sostenido por Osiris y por el Sol Invicto sin duda alguna era cierto y él dijo la pura verdad; pero una cosa es llegar y otra cosa es quedarse luego. Por eso la gloria del culto egipcio comenzó a declinar, cediendo prácticamente su lugar a su mellizo, el culto Mitra, el hijo del Dios Sol, que un rosario de siglos antes (1600 a.Cr.n.) ya había logrado conquistar al Faraón Amenophis IV. y a su esposa, la bella Nofretete. Esta nueva religión, por medio de un culto todavía más misterioso, ofrecía a sus creyentes una purificación y redención más completa, porque este rito lavaba los pecados con la sangre vertida del hijo del Dios Sol Mitra por medio de un taurobolio. Solo este rito podía liberar a los aprisionados por su conflictuada conciencia, lavar sus pecados y devolverles las ganas de seguir viviendo. Esta religión, que sedujo a los conquistadores, seguía los pasos de los soldados romanos y con una pasmosa celeridad sentó sus reales en todas las partes del imperio. Sus Santuarios, algunos subterráneos, estaban en cualquier parte del mundo antiguo y la firmeza de sus dogmas le aseguraba la sobrevivencia por lo menos para unos bimilenios. Esta religión jamas desapareció en realidad. Solo cambió el nombre, porque su misterio según el cual el hijo del Dios Sol, vertiendo su sangre lava los pecados, para redimir el mundo ha sido copiado fielmente por una nueva religión, cuyos epíscopos nolens, volens en realidad siguen pregonando la primacía de esta religión, llevando sobre sus cabezas la M i t r a! Referente al origen de este culto sabemos que, unos 16 ó 17 siglos antes de nuestra cronología, los Iranios predicaron en su teogonía un Dios mucho más poderoso que aquel que el hombre inventó exclusivamente para nuestro globo. ¡El dios de los Iranios era algo mucho más! ¡El Kosmo-kratos! El Sol invicto que en las noches iluminaba a todas las estrellas y durante el día iluminaba con sus rayos la tierra. El mismo Dios fuente de luz seguía invisible, castigando a todos con una ceguera si se atrevían a contemplarlo directamente. (98) Mitra, el hijo del Sol, ha sido enviado a la tierra, para que por medio de su sangre vertida, redima la humanidad sumergido en su mundo... Mitra nació de una roca, (99) de una piedra de la que se desprendieron chispas de fuego. En un relieve de Pattau, los primeros que rodean al recién nacido Mitra son los pastores (100), los «Cautopates» que ayudaron al hijo del Sol a salir de la roca que lo aprisionaba. Llamaron a Mitra por esta causa también con el nombre de «Saxigenus», nacido de la roca, y a la roca misma, la bautizaron luego con el nombre de Petra Genetrix roca parturienta. La fecha del nacimiento de Mitra es el día 25 de diciembre, cuando el Sol entra en la constelación del Tauro, que representa la t e r c e r a figura de esta trinidad mítrica: ¡Sol-Mitra-Tauro, en que los tres son uno y el uno está compuesto de tres, porque Mitra es idéntico a su padre, el Sol invicto, y Tauro es idéntico a Mitra. ¡La trinidad mítrica es como el arco iris..., diferentes colores que se confunden en un solo brillante blanco! (101) La soterología de la trinidad mítrica cumplía una monofunción: liberar la conciencia cargada de pecados, por medio de un lavado con sangre y restablecer de esa manera la relación interrumpida entre la gente y el padre Sol Invicto. Esta tarea tan importante ha sido confiada al hijo del dios Sol, MITRA, que por medio de la sangre vertida del Tauro un ser idéntico a él mismo lavaba los pecados de los que querían purificarse. ¡De esta manera Mitra se hizo Soter Redentor, Mitra Mesites (mediador) y Mitra Katabates (Mitra, el hijo, que descendió del cielo para redimir el mundo)! (102) Mitra, al inmolar al Tauro, en realidad a sí mismo, se cumple el ciclo sagrado: vida-muerte-resurrección (103). Al inmolar al Tauro, Mitra sufre la muerte, en la que muere la muerte misma, porque lo que muere es solo su imagen, el Tauro; pues Mitra sigue viviendo como símbolo de la inmortalidad... La Avesta persa pregona, como un dogma, que la grasa del Tauro es sagrada y untado con ésta el cuerpo de un difunto, se le abren las puertas del cielo (104). Por esta misma razón, los creyentes de Mitra, declinando la cremación, prefirieron ser enterrados para no impedir la resurrección del cuerpo (105), una doctrina copiada fielmente por otra religión, que luego de copiarla la reemplazó. La lythurgia mítrica: Mitra era el Mesites, el intermediario entre su padre el Sol Invicto y los demás seres humanos. Pero él, que regresaba luego al cielo, antes de partir, dejaba atrás otros m e s i t e s, sacerdotes, que hacían llegar a los humanos las decisiones divinas, que en realidad fueron siempre inventadas por los mismos sacerdotes. Las religiones cambian, pero jamás las costumbres y artimañas de sus sacerdotes. (106) El supremo sacerdote de Mitra era el Pater Patratus Sanctus (Pontifex Maximus, Santo Padre), aconsejado por sus Leones, fueron llamados así los cardenales de Mitra. El Pater Patratus llevaba sobre su cabeza la prenda llamada «mitra», en su mano derecha tenía el anillo y se apoyaba en su lenta marcha sobre el bastón alargado y encorvado un aspecto que en nuestro presente se repite en los obispos cristianos durante sus funciones litúrgicas. (107) Mitra, el hijo del dios Sol, antes de iniciar el taurobolio convoca a sus iniciados para la última cena, en que ofrece a sus creyentes «trozos de su propio cuerpo»(108) y luego asciende a los cielos sobre un carro, formado por los rayos del sol, para estar al lado de su padre, el Sol Invicto... (109) El culto místico de Mitra cruzó las fronteras del Oriente y con los piratas de Cilicia ha llegado al Occidente, pero también llegó con los soldados que regresaron con sus legiones desde el lejano Oriente. Una vez instalado en el Occidente, este culto mesiánico de una sagrada trinidad (Sol Invicto-padre, Mitra Soter-hijo y el Tauro) que prometía a sus creyentes la purificación completa, un cielo en el más allá, y castigos con un fuego inextinguible para los malvados e incrédulos sirvió de punto de partida para lo que posteriormente pregonara el cristianismo. (Mt.25/41). Su misticismo, que excluía toda clase de especulaciones, conquistó las almas desilusionadas, y el número de los creyentes se multiplicó como los hongos después de una benigna lluvia matinal en la primavera, propagándose con la velocidad de los vientos desde Oriente hasta Occidente. Y una vez que hizo un alto en las riberas del océano en Hispania, el culto tomó la dirección hacia el norte y se sembró hasta en Pannonia, Dacia y la península balcánica. La causa de la celeridad de la propagación de este culto era entre otros la inveterada costumbre de la gente latina, llamada «sophocleis» (110), que aplaude e imita todo lo que hacen o lo que agrada a sus superiores. Fue el emperador Nerón el primero que hizo su genuflexión ante este culto y recibió el Pater Patratus Tyridates en su palacio de Domus Aurea: hasta él mismo se hizo sacerdote, castigó severamente a los cristianos que se atrevieron a censurar este culto, que en la realidad resultó ser la base y modelo de la teología y liturgia cristiana. (111) Dos siglos después el emperador Heliogábalo (112) era Protector Divino de la ciudad de Emesa, en donde adoraba la gente una Lapis Nigellus (piedra negra). Ahí él construyó un magnífico templo en honor de Mitra Katabates, el hijo del dios Sol Invicto, que descendió de los cielos para ser redentor de los hombres, hundidos en el pantano de sus pecados. Este mismo Heliogábalo estaba decidido a reemplazar a la vieja religión romana con el culto de Mitra, pero junto con las de los Samaritanos, judíos y Cristianos también. (113) El culto de Mitra conquistó al Occidente. (114) Con Mitra ha llegado a ellos la tan anhelada redención y la posibilidad de conquistar la eternidad sin miserias. (115) Excederíamos los límites de nuestra obra, citando en esta breve introducción todas las inscripciones, la nómina de todos los altares y capillas que fueron consagradas en honor al hijo del dios Sol, Mitra. Todas sus estatuas y semicubiertos altares subterráneos dispersos casi en todos los países del Occidente y Oriente son hoy, en nuestro presente, testigos silenciosos de un sincero homenaje de sus agradecidos creyentes. Ni siquiera el cristianismo falta con su pleitesía, que recibió tanto y mucho del culto mítrico y demuestra su indudable reconocimiento, por no decir agradecimiento, por medio de su colección mítrica en el Lapidario del Vaticano. (116) Solo los cultos místicos orientales fueron capaces de convencer a sus creyentes por medio de la sencillez de sus doctrinas, inentendibles por ser misteriosas, que tanto le agradaba a la gente de no tener la necesidad de especular. (117) Para el creyente era más que suficiente purificarse y obtener de esa manera una beatitud en el más allá, que casi nunca tuvo mientras arrastraba su vida en esta tierra. Por medio de su catarsis, el hombre descubrió en el fondo de su alma su desde hace tiempo ya adormecido alter-ego, su conciencia, que como un censor severo le señalaba los medios, cómo conseguir las llaves para abrir las angostas puertas de los infinitos cielos... Para epilogar nuestros comentarios acerca de los cultos orientales, consideramos necesario recordar las acertadas palabras de Renan, quien nos dice que si el cristianismo religión judía acomodado al gusto indo-europeo (118), hubiese detenido su desarrollo por una «enfermedad», que bien hubiera podido ser causada por una «indiferencia» de los emperadores, como suprimir las persecuciones etc., entonces el mundo sin duda alguna hoy sería mitra-ista. El culto de Mitra precisamente por causa de su casi identidad doctrinal y ritual con el posterior cristianismo tuvo que ceder hasta el día de su nacimiento (25 de diciembre) para la intolerancia de esta nueva doctrina soterológica, cuyo origen más que posterior, conducido por la clásica miopía histórica en que no falta una porción de maliciosidad acusaba al milenario culto de Mitra del delito de «plagio satánico», sin darse cuenta de que el plagiador era el acusador. (119) El cristianismo barrió al mundo antiguo como un tornado que se levantó en el Oriente. No obstante, su incipiente anonimidad, su origen nada simpático del Occidente (120), y sus lluvias bautismales purificaron con su propia sangre vertida, naciones enteras empantanadas en una decadencia y gran crisis moral. El cristianismo, armado prácticamente con las doctrinas del culto Mitra, creó un renacimiento en el mundo antiguo: sobrevivió las inclemencias de los tres siglos, precisamente porque ha sido perseguido. La «sanguis martirum» resultó ser el «semen cristianorum». Si no hubiera sido perseguido, seguramente hubiera desaparecido como las otras tantas religiones, cuyos fuegos fueron apagados con la indiferencia. El cristianismo conquistaba su sobrevivencia precisamente por la sangre vertida de sus mártires. El «síndrome patíbulo» inclina a la gente siempre a favor del sufrido. Este nuevo culto sobreviviente una «Nueva Mitra» pretendió dar por medio de sus doctrinas, no siempre congruentes, un nuevo sentido a la vida; y su programa preveía una profunda revisión de conceptos ya basados en lo social, hasta en lo jurídico y moral. Ciertamente el saneamiento moral, con cuyo auxilio el cristianismo logró revivir al viejo y enfermizo roble de la religión de los pueblos, merece un estudio profundo que oportunamente será realizado. Pero en las páginas que siguen, intentaremos primero presentar al lector los antecedentes, tales como el ambiente político, histórico y religioso de la época en que vivía el proto-fundador del cristianismo el hombre, cuyo nombre lleva el título de nuestra obra. Para que el lector en adelante tenga la oportunidad de profundizar en la historia de Joshua, creemos que es casi imprescindible que previamente conozca al pueblo mismo en que nuestro profeta nació, vivió y luego desapareció, como un cometa que viene y se va, dejando detrás de sí una cola milenaria, cuyos restos finales todavía se ven... El pueblo de Abraham es tan antiguo como la humanidad misma. Referente a su origen existen las más diversas y policromáticas historias, pro y contra afirmaciones, relatos hasta fantasías. C. Tácito, que no era precisamente un amigo íntimo de ellos, nos dice entre otros, que los judíos fueron unos fugitivos de la isla de Creta, que buscaron y hallaron su refugio en las fronteras de Libia, en la época en que Saturno dirigía el mundo. Esta opinión de Tácito se basa en un argumento: en la isla de Creta, famosa por su alta montaña, llamada Ida, los antiguos habitantes fueron llamados Ideoas o Judeoas (judíos)... Otros creen que este mismo pueblo cruzó luego las fronteras y se asentó en el país de los faraones. Pero cuando Egipto ya estaba superpoblado y sufría hambre, el pueblo de Judeoas fue conducido por su capitán Ozarship, conocido por su nombre egipcio Moisés, hacia los territorios de los Kanaanites de Hierosolima. Tácito nos comenta que algunos les dan un origen etiope, otros creen, que en realidad fueron asirios, los cuales, por falta de tierra cultivable, invadieron una parte de Egipto, asentándose allí por lo menos durante varios siglos... (121) Autores contemporáneos de nuestro profeta no excluyen la posibilidad de que los judíos fueron quizás aquellos afamados Hicsos que invadieron a Egipto (122), pero luego ellos mismos fueron esclavizados ex-vencedores por sus propios vencidos. (123) Algunos conjeturan que fueron idénticos a aquellos Solomites, que al invadir Egipto se destacaron por su excesiva violencia. (124) Strabo, el insigne geógrafo y etnógrafo antiguo, sostiene que los judíos tienen un origen netamente egipcio (125), argumentando que la circuncisión de los hombres y la excisio de las mujeres es idéntica en ambos pueblos. Strabo, al parecer, ha olvidado (126) que las costumbres incorporadas en la vida de un pueblo no pueden confirmar su origen. También Diodoro Siculos insiste en el origen egipcio de los judíos, ubicándoles en la región egipcia de SAIS, ciudad que los griegos, o mas bien, los atenienses, conocían con el nombre de Asty... (127) Otras opiniones insisten en un origen asirio; otros piensan que tenían origen etiópico, basándose un una genealogía de base mítica. Josephus Flavius sostiene que Abraham, el patriarca, en su primera nupcia con Sarra logró dar un hijo a su marido al cumplir noventa años: un tal Isaac. Pero por el expreso pedido de Sarra, Abraham luego se casó con la sirvienta de ella, llamada Agar, que le dió un hijo, llamado Ismael recordada esa madre de origen egipcio junto con su hijo por los llamados Ismaelitas... Alexander Polihistor, un contemporáneo del dictador romano Sylla, cita un relato del profeta Kleodemos, según el cual Abraham contrajo también nupcias con Katura, dando a los hijos nacidos de ella, los nombres Apheras (de Africa), Syras (de Siria) y Japhras. Algunos, operando con el nombre de «Syras», creen que los judíos tienen un origen asirio. (128) Otros creen erróneamente en un origen etíope, diciendo que el caudillo de los judíos, un ex-sacerdote egipcio, llamado Ozarship (129) o Tizithen (130) ha sido criado por la hija del faraón o más bien por una de las hijas del faraón, llamada Thermoutis, cuya madre era una princesa de la casa real en Etiopía. (131) Ozarship no era hijo de la princesa Thermoutis, sino el hijo de un matrimonio judío en Egipto; sus padres fueron Amaram y Jokhabel. Cuando los judíos fueron obligados a desprenderse de sus primogénitos, el hijo de este matrimonio, puesto en una canastita de «Schilf», mientras flotaban sobre el río, fue observada por Thermoutis y «sacado del agua», un acontecimiento que se trocaba en nombre en el idioma egipcio Mou-eses. (132) Este, una vez adulto, se casó en segundas nupcias con Saphora, hija de Jetro y Raquel (133) y se hizo un caudillo muy respetado de todos los judíos en Egipto, y cuando la supervivencia de este pueblo estaba en peligro ya, (134) Ozarship condujo a su pueblo fuera de Egipto bajo su nuevo nombre, después de consultar a su Dios. (135) Acerca de las reales causas del muy discutido «Exodus» de los judíos desde Egipto existen múltiples opiniones en pro y en contra. Referente a la fecha de la separación de los dos pueblos egipcios y judíos los cuales lograron convivir durante tantos siglos en plena paz, Lysimakhus de Alejandría sin dar una fecha exacta nos dice que habrá ocurrido durante el reinado del faraón BOKHORIS, perteneciente a la dinastía XXIV. (136) Según el historiador Khairemon de Alejandría, el sacerdote Phrito-Bautes recomendó al Faraón Bokho Oris la expulsión de los judíos. (137) Pero según los relatos de Tácito, la culpa del éxodo la tenía en realidad el Oráculo del Dios Ammon Krio Prosopos, consejero de grandes personalidades en su época y padre declarado de Alejandro El Grande. Este dios «misterioso y oculto» lo vaticinó en su oráculo en el desierto de Libia. (138) Manethos de Mendez en su obra «Egypciaca» y también Apion de Alejandría pretenden aclarar las verdaderas causas del éxodo, chocando frontalmente con las opiniones de Josephus Flavius, de manera que sin resolver este problema nosotros quedaremos resignados tanto por el pro como con el contra. Una vez asentados en los vastos territorios de la posterior Palestina, el pueblo vivía de acuerdo a su constitución monárquica, saturada con las menudas intervenciones teocráticas. Sus monarquías a su vez se destacaron por su carácter nada constante; pues en primer tiempo fueron unitivas, pero luego algunas cismáticas, hasta tiránicas. Unitivos fueron los reinados de Saúl, David y Salomón; precisamente los gobiernos de estos dos últimos entraron en la historia de Israel con luz y gloria. Concordia parvae res crescunt..., reza el dicho que señala que la concordia transforma las cosas pequeñas en grandes, pero la discordia desintegra a los más grandes..., y esto ocurrió precisamente con las monarquías cismáticas de los reyes de Jeroboam y Roboan. A Jeroboam lo derrocó el rey Sargon de Siria, quien llevó una gran parte del pueblo a Siria. Tampoco Roboan pudo salvarse; ambos debilitados por sus divergencias fueron presa fácil para los más poderosos. Roboan, rey de Judea, ha sido vencido por Nabuquednazar, que declaró a los judíos como sus rehenes y botín de guerra, y los deportó a todos a Babilonia, donde sufrieron una transformación espiritual, socio-político, jurídico y mental durante setenta largos años, que hicieron luego difícilmente curables las fisuras en la columna estatal, llamada Unidad del pueblo. Cyro, el rey de los persas, les devolvió más tarde la libertad, pero ya no todos querían regresar. No hay rey sin pueblo, de manera que fue Zorobabel el primero que condujo una parte del pueblo del cautiverio babilónico hacia la Madre Patria de Judea. Lo mismo hizo después Esdras con un contingente menor, pues sabemos que muchos quedaron «aclimatados» y por ello prefirieron quedarse en Babilonia, mientras otros no pocos quedaron con los liberadores en Persia. Dos generaciones fuera de la tierra patria apagó el afecto que tenían con sus mayores. (139) Con el regreso de una considerable parte de los deportados comenzó de nuevo una vida feliz para este siempre afligido pueblo, porque Judea, o más bien el conjunto de los territorios ocupados por los judíos, resultó ser un enclave entre los poderosos estados Egipto y Siria casi siempre enfrentados entre sí. De esa manera el reestablecido Judea tuvo que sufrir las inclemencias y turbulencias políticas que, inevitablemente, sufren todos los habitantes que tienen la desgracia de vivir en «Puffer-Staaten». Cuando Antioco III liberó a Palestina de Egipto en la batalla cercana a la montaña de Panaion, comenzó el protectorato de los Seleukidas con muy diferentes resultados; pues mientras Antioco III, respetando las instituciones religiosas de los judíos, no les molestaba en nada, su sucesor, Antioco IV Epiphanes (175-164) decidió imponer a los judíos la cultura helénica primero por medios pacíficos (140) y luego con violencia. Epiphanes envió a uno de los jefes militares, un tal Apollonio con tropas sirias a fin de ocupar primero a Hierosolima e imponer luego con sangre y fuego las instituciones helénicas. Entre sus disposiciones lo primero era la prohibición de la circuncisión y la inercia laboral durante el día del sabbath. La infracción de lo dispuesto era castigado con la pena capital. El pueblo judío contestaba lo impuesto con una pasiva resistencia, pero cuando Epiphanes ordenó la construcción de un altar dentro del templo más sagrado en Jerusalén y ordenó a los judíos sacrificar allí, entonces el sacerdote Matathias, procedente de la aldea de Modein asistido por sus cinco hijos Judas, Simón, Jonathan, Johan y Eleazar se sublevó contra Epiphanes, asesinando al infeliz judío que estaba allí para hacer su sacrificio ante este altar pagano. La matanza de este acobardado compatriota resultó ser la chispa que terminó en un gran incendio que barrió las tropas de la ocupación, y de las cenizas se alzó luego la dinastía de los hasmoneos llamados también Makkabeos que luego dio algunos reyes al atribulado, perseguido y sufrido pueblo de los judíos en Palestina. (141) El primer rey de la dinastía era el hijo de Matathias, Simón, que acumulaba todo el poder real, sacerdotal y militar al mismo tiempo (en los años 142-135). Le seguía luego su hijo Hyrcano (135-105) durante tres décadas. Después llegó Aristoboulos I para un solo año (105-104), declarándose como rey de los judíos 471 años después de que este pueblo logró liberarse del yugo babilónico. (142) La rebeldía de los Hasmoneos apoyados por los «Khassidim» (los piadosos) creaba la secta de los fariseos que comenzaron a sembrar las semillas de la discordia y muy pronto tuvieron que enfrentarse con los reyes de la dinastía, olvidando que gracias a los Hasmoneos lograron nacer de la nada. Es un vicio de los beneficiados, que para no agradecer y para liberarse de la obligación de ser leal, suelen simular una amnesia. Pronto estalló la guerra. Pues cuando Aristoboulos murió, su viuda Salina puso a Alexander en el trono (en los años 104-78 a.cr.n.). (143) Su reinado comenzó bajo el signo de una sorda lucha de todos contra todos, pero detrás de todos estaban los que fomentaron el fuego en este horno de política y odio, los fariseos ultra-ortodoxos hasta el año 88 a.cr.n., cuando Alexander venció a sus oponentes en la ciudad de Bethoma. Rodeado por sus numerosas concubinas este rey judío ordenó crucificar a 800 fariseos, los cuales desde sus cruces tenían que contemplar cómo eran masacrados sus propios familiares (144). No sin causa lo llamaron con el sobrenombre «el Traco» (145). «Sanquis martyrum, semen Pharisaeorum...» Apenas desaparecido Alexander Jannaeus, su viuda Alexandra quedó a cargo del reino. Durante sus nueve años de reinado comenzó a crecer el poder de los antes humillados fariseos, de tal manera que durante esta época era un dicho entre los judíos: «Alexandra gobierna como reina, pero ella es gobernada por los fariseos». (146) Al morir la reina Alexandra, Hyrcano, uno de los hijos de Alexander Jannaeus, renunció a favor de su hermano Aristoboulos. Éste logró seguir durante unos seis años en la Scylla y Charybdis de la monarquía, hasta que la republicana Roma se cansó de tolerar los abusos de esta monarquía judía, y Pompeyo fue enviado al Oriente para terminar con las rencillas. Los judíos defendieron durante tres largos meses la escarpada roca del templo, desafiando la muerte con toda su obstinación. Pero un día, mientras los sitiados festejaban con el reposo absoluto un día sábado los romanos atacaron con todo su poder, y una vez que fueron dueños del santuario, se terminó la resistencia nacionalista con un baño de sangre y Judea fue anexada a las cada vez más extensas fronteras del imperio de una todavía republicana Roma. (147) Doscientos fariseos reclamaron ante Pompejus el Grande la abolición de la dinastía Hasmonea y la restauración del poder teocrático. (148) Lo solicitado fue aceptado; Hyrcano fue designado al cargo de Pontifex Maximus y el rey sin corona Aristoboulos fue llevado a Roma. Los romanos le permitieron luego regresar, pero solo en un cofre lleno de miel, para conservar su cuerpo durante el largo viaje por el mar mediterráneo... (149) Palestina (150) ha sido anexada a Siria, gobernada en esta época por el Legatus Augusti Pro-Praetore Scauro; poco después el idumaeo Antipas ha sido designado por Julio Caesar etnarca para Palestina. Antipater o Antipas luego repartía el poder con sus hijos. A Herodes, quien más adelante recibió el título «El Grande», dio la etnarquia para Galilea; Phasel quedó con la gobernación de Jerusalén y el padre gobernaba Judea. (151) Con la intervención de Roma desapareció la dinastía de los Hasmoneos, pero con la misma ayuda de Roma surgió de las cenizas de los Macabeos una nueva y hasta más poderosa dinastía, la de los Herodes. Pero solo para décadas, porque «setenta años antes y setenta después» desaparecieron ellos también como las hojas caídas por los vientos de la historia, cuando la casi indescriptible crueldad de la miseria humana cayó encima de esta ciudad mártir de Hierosolima... La monarquía judía, repartida en cinco regiones (152), tenía solo un valor nominal, porque en la realidad existía por lo menos en la Judea por excelencia judía ortodoxa una indisimulable di-arquía. El rey, ex gratia Caesaris, era el representante de una «arquia» (régimen), pero el real poder, el «kratos», ha sido confiado al único, a un invisible Dios (153), que precisamente por causa de su inmensamente grande distancia e invisibilidad tuvo que confiar y delegar su autoridad a sus autoproclamados sacerdotes, creando de esa manera la siempre presente teocracia. La teocracia como institución es antigua como el mundo, desde que existen sacerdotes y desde que el hombre, levantándo su mirada hacia al infinito cielo, sentía que detrás de los relámpagos y truenos existe algo mucho más fuerte que él y al reconocer esta indiscutible realidad, no podía hacer otra cosa que otorgar a este insuperable poder la autoridad de disponer. Todos los pueblos en el Oriente fueron siempre teocráticos. Egipto, Persia, Sargón de Aggadi, unos 37 siglos antes de que el mundo cambiara su cronología, en el país de los Sumerios ya se habían creado unos colegios sacerdotales omnipotentes, y conocemos también el ilimitado poder de los «Patesis» Sacerdotes Príncipes de Babilonia. Palestina no era la excepción en esto. De esta tarea tan delicada se encargaron primero los doscientos fariseos, quienes solicitaron a Pompejus abolir la dinastía de Hasmoneos, y luego ejercieron el poder teocrático en conjunto con el sacerdote Supremo de turno, porque Dios, que detiene todo el poder y autoridad por causa de su silencio e invisibilidad, tiene la obligación si quisiera ser reconocido, venerado y adorado de delegar su poder a sus sacerdotes inapelables. Sin embargo, la teocracia, a lo largo repartida entre tantos, resultó ser una institución que solo sabía sembrar cizañas, y luego cosechaba vientos, hasta tormentas, cuyos efectos más que negativos trataremos en un capítulo que lleva el título «REBELIONES». El pueblo de los judíos era por excelencia monoteísta y sostuvieron que Dios es un Ser único y grande. Es un Dios, cansado ya de tantos otros y numerosos dioses, que le impuso el egoísmo humano. El Dios de los judíos quería estar solo sin la multitud de los dioses alexikakos, todos creados por los humanos. En este mismo pensamiento culmina su teología que, según los comentarios de Tácito, lo primero que enseña es despreciar a los demás dioses, los feligreses creen en las almas y en su inmortalidad, y éste es el secreto de su menosprecio por la muerte o a la inversa, su extraordinario valor humano. Los judíos no queman los cuerpos de sus difuntos; antes los embalsaman y entierran conforme a las costumbres de los egipcios, con los cuales convienen también en las doctrinas. Pero referente al infierno tienen otras ideas acerca del futuro del difunto, porque ellos creen firmemente en la resurrección del alma. Los egipcios veneran muchas efigies de sus dioses, los judios adoran un solo dios y consideran inadmisible representar a este dios en una efigie. Excomulgan a todos aquellos que se atreven a formar o a pintar el dios semejante a la figura humana, porque, según las muy estrictas doctrinas de ellos, el dios el Summum Bonum incorruptible y eterno no puede ni debe ser representado. Por ello, ni siquiera en sus templos se puede observar simulacro alguno (154) y, desde luego, ni siquiera se atreven a dar un nombre al Dios invisible y anónimo. (155) Existe la inveterada costumbre humana de que el hombre jamás podía imaginar recibir algo, sin hacer o dar también algo como una contraprestación; por ello para venerar o más bien, para obtener algo de su Dios los hombres hacían sacrificios, renunciando a algo muy precioso, presentado sobre un altar de piedra (lithos-ourgia). Los judíos contaban de esa manera también con su «Lithourgia» como cualquier otro pueblo en su época antigua. La ley mosaica, que mandaba conservar y respetar el descanso del día Sabbath, no podía ser interrumpido por ninguna actividad humana, y en esto no existía excepción alguna; su rigidez religiosa en este sentido ha sido aprovechado por sus enemigos en más de una oportunidad. Aprovecharon la santa inercia de los judíos, asaltándolos precisamente en este día, sin que hubieran chocado ni siquiera con la mínima resistencia o defensa alguna, para salvar el sacrosanto templo de ellos. La santa inercia del Sabbath entró en la historia; la repudiable estrategia del general romano Pompeyo era aplicada en más de una ocasión contra este indefenso pueblo ¡solo en el día Sabbath! La historia siempre se repite... (156) No obstante su inflexibilidad religiosa, los judíos, incapaces de romper los hilos más finos que los ligaban durante cuatrocientos años con la excelsa cosmovisión, mentalidad y cultura física de los egipcios, incorporaron sin discusión la circuncisión y hasta en el Oriente también fomentada excisio. Le dieron a estas costumbres un carácter netamente religioso, esto los diferenciaba de los demás. Semejante rito, por no decir mutilación, significaba para el recién nacido el «segundo llanto». Esta misma costumbre, tomada por los judíos como un legado egipcio, habrá permitido al eximio geógrafo Strabo sacar la conclusión y afirmar que los judíos tenían un indiscutible origen egipcio. (157) Además, ambos pueblos sufrían las consecuencias de haber consumido la carne de cerdos, que luego les causaban unas desagradables erupciones cutáneas. (158) Era un indiscutible mérito de la religión judía su negación categórica de dar un nombre a su Dios Único, pues precisamente la multiplicidad de nombres que diferentes pueblos daban a su Dios resultó ser un factor diferenciador que separaba y sembraba discordia provocando las guerras religiosas. Hay que reconocer que el respeto absoluto para con los preceptos categóricos de su religión resultó ser más fuerte que la propia vida de sus creyentes. Esto lo ratifica Flavius Josephus, contando la historia de los numerosos fracasos de sus oponentes, quienes intentaban introducir elementos, costumbres e ideas extrañas que hubieran podido herir la sensibilidad ultra-religiosa de este tan peculiar pueblo (159) inflexible ante todo intento que pudiera reformar o hacer innovaciones en su religión, que se basa en la absoluta inmutabilidad de sus leyes mosaicas. Semejantes intentos realizados por el autoproclamado Hijo de Dios chocaban con la roca de la inflexibilidad religiosa y tuvieron que pagar casi con su vida por el simple hecho de querer cumplir con los postulados de los tiempos, que exigen reformar e innovar constantemente. Si el estado teocrático conducido por los ortodoxos sacerdotes en cuestiones de la religión era inflexible al frente de sus vecinos inmediatos, en más de una oportunidad también resultó ser intolerante. Nada, absolutamente ninguna comunidad podía permitirse el lujo de vivir en la comunidad judía con una diferente religión, que no fuera judía. El rey Alexander Jannaeus, no obstante que él era un acérrimo enemigo de los ultraconservadores fariseos, no tenía el mínimo conflicto con su conciencia ya entumecida de demoler la aldea de Pella junto con sus infelices habitantes, porque éstos no estaban dispuestos a circuncidarse e integrarse en la comunidad judía. (160) A su vez dieron la bienvenida a todos aquellos que deseaban entrar en la más que cerrada comunidad, siempre que estuvieran dispuestos a cumplir con los requisitos indispensables: circumcidarse y aceptar los dos imperativos categóricos: despreciar en adelante a sus anteriores dioses y despojarse del afecto de sus patrias abandonadas. (161) Los judíos no conocieron la «Igualdad Saturniana» y ad analogiam de Egipto, ellos contaban también con diferentes clases sociales. (162) A la clase teocrática pertenecieron los sacerdotes los colaboradores Kassidi y los imprescindibles fariseos. La clase que representaba el poder del pueblo, los llamados demócratas, fueron los Sadducaeos siempre oponentes de los demás. Los Sadducaeos junto con los «Geomoroi» o Eupatridas terratenientes representaban la clase media, mientras el resto, los llamados «Demi-ourgios» (artesanos, carpinteros, fabricantes de vidrio, balsameros, saca-asfaltos, agricultores, etc.) pertenecieron a la última clase, por no decir penúltima, pues el pueblo judío contaba también con la «colaboración» de siervos. (163) Estas personas fueron los «no libres» tratados por sus patrones familiarmente (164), y podían recuperar la libertad oportunamente. Las leyes mosaicas en esta cuestión resultaron incomparablemente más humanas que las de los romanos, o posteriormente el trato duro del paleo-cristianismo, censurado duramente por los mismos romanos. (165) Las leyes judaicas establecieron que el siervo debe servir solo durante s e i s años, pues en el séptimo año puede recuperar su libertad junto con su familia, (166) excepto aquellos que por su propia iniciativa optaran mantenerse en semejante estado, motivado por intereses propios. A fin de completar el panorama histórico, presentaremos en las páginas que siguen una breve descripción topográfica y geográfica del país patria de los judíos conocido con el nombre de Palestina. (167) Era la patria de todos los judíos, por lo menos, en las épocas más antiguas. De cierta manera resultó ser una isla en el centro neurálgico de una etnia árabe, cuyos habitantes tenían que conformarse con una situación política nada agradable, es decir, estar en medio de los siempre rivales Egipto y Siria como un incómodo «Puffer-Staat» (estado paragolpe) con todas sus consecuencias netamente negativas. Y dentro de este «estado paragolpe» había otro más: Samaria, que separaba a los dos territorios Judea y Galilea, habitados por el pueblo judío. La poco y nada judía Samaria, habitada por una diferente etnia, mantenía una constante rivalidad y hasta enemistad tanto con los norteños en Galilea como con los sureños la muy poblada Judea. JUDEA tenía en su época según Flavius Josephus la extensión de alrededor de tres millones de «aruora» (6072 km2), (168) dividida en once distritos (169) y contaba con una población numerosa. Su metrópolis, Hiero-Solima tenía en la época del rey Archelaos Herodes 120.000 habitantes, y alrededor fue sembrada con numerosas aldeas y pequeñas ciudades. Los habitantes de Palestina fueron políglotas; los judíos ortodoxos hablaron su lengua de heber sus doctos sabían escribir sin masoreta pero el idioma común de todos los habitantes de este vasto territorio era el arameo, aunque los comerciantes hablaron también el sirio libanés y el griego. La mayoría de la población se dedicaba al comercio; desarrollaron un saludable intercambio comercial entre el área mediterráneo y el lejano Oriente junto con los Fenicios. Los artesanos ganaron su vida con la explotación del asfalto en las orillas del Mar Muerto; otros fabricaron vidrio y los balsameros tenían sus pingües ganancias con la venta de este precioso y fragancioso producto del arbusto Opobalsam. Según los informes de Plinio, Judea era el único lugar y quizás en todo Arabia Félix donde se hallaba este arbusto tan precioso. (170) Sobre el litoral del Mare Magnum asentaban los pescadores y los comerciantes que traficaban con los piratas provenientes de Cilicia. Ser pirata era una profesión nada detestable, pues, además de que fueron considerados como héroes, su única inversión en esta profesión de «comerciantes» era su coraje y valor. El dicho «con algo de valor grandes ganancias» tentaba a la gente y pocos podían resistir esa tentación. El norte de Judea en las zonas fronterizas con Samaria fue habitado esporádicamente por fenicios, egipcios, árabes y algunos pocos griegos casi todos comerciantes que evitaron cruzar las fronteras, donde había aduanas y cobradores de impuestos. Supra Idumaeam et Samariam..., Galilea vocatur! Plinius: Nat.Hist. V.14. Su extensión es casi el doble de su vecino Samaria; cuenta con una muy peculiar topografía y está transversalmente atravesada con varias cadenas de sierras bastante altas las cuales parecen querer impedir el acceso a extraños que no son habitantes de este país. (171) Al norte tiene por vecina a Fenicia; al este el río Jordán separa de Dekapolis (172) junto con el Lago Tiberiades o Mar Genezareth (173), cuyo nombre entró definitivamente en la historia. Galilea cuenta con una tierra fértil para la agricultura; tenía su bien merecida fama por sus frutales, que les aseguraban una buena cosecha anual: nogales, higueras, oliva, palma de Datteln y había también una reducida vitivinicultura. (174) En las épocas más antiguas Galilea era étnicamente un país muy diferente de Judea, porque sus habitantes excepto los de las aldeas habitadas por judíos agricultores, descendientes de Zabulón fueron una pigra masa de las más diferentes razas e idiomas: egipcios, árabes, fenicios y griegos, gente de muy baja categoría (175), importada para poblar las ciudades de Tiberias, fundada por Herodes Antipas alrededor del año 14 contra todas las leyes judías (176). La ciudad fue declarada impura y sus habitantes profundamente despreciados; las petrificadas leyes mosaicas no corrieron junto con los tiempos. (177) Galilea era densamente habitada. En la época del nacimiento de nuestro Joshua, contaba ya con doscientos cuatro aldeas y con dos grandes ciudades. (178) La capital de Galilea era Sephoris, una ciudad reforzada con altos muros para defenderse no contra los romanos, sino contra las incursiones de sus propios bandidos y asaltantes de los caminos, que habitaban en las cavidades de las montañas. Otra ciudad de importancia era la llamada Tiberias, fundada por Herodes Antipas en honor del emperador Tiberio. Esta ciudad vaya a saber por qué razón fue fundada sobre un viejo cementerio. Ciudad nueva, centro de comerciantes y bandidos, cuyos habitantes de muy baja categoría contrastaban con la simplicidad y pureza humana de aquellos que habitaban las numerosas aldeas, dispersadas en todo el territorio. Sus ciudades y aldeas de mayor importancia está, entre las tantas, la ciudad «pagana» de Galilea Cafarnaum sobre el litoral del lago Genezareth; en la Galilea superior Jmania, Ammeroth y Akharabe; y en Galilea inferior entró en la historia con su nombre la afamada aldea de pescadores y piratas, Tarrikhea; las caves de Arbea fueron habitadas exclusivamente por los ladrones y asaltantes. Detrás de las grandes aldeas de Jotapa-KomusSoganeLa Papha se escondía detrás de la Capital Sepphoris la muy sencilla y casi anónima aldea de judíos agricultores llamada Nazaret, cuya tierra dio al mundo al profeta Joshua, personaje exclusivo de nuestra obra. (179) Nazaret, una simple aldea, desconocida por los antiguos autores, ignorada hasta por los escritos judíos contemporáneos; ni siquiera el muy detallista Flavius Josephus la menciona entre las doscientas aldeas de Galilea, y otro judío, a quien le mencionaron el nombre de esta aldea, le dijo casi despectivamente: «¡¿Puede venir algo bueno de Nazaret?!» (180) negando categóricamente la posibilidad de que en esta desconocida aldea surjiera algún día un profeta... (181) Por causa de la poca calidad de sus habitantes, Galilea era poco y nada respetada entre otros por la muy ortodoxa Judea. Herodes, el Grande, cuando era todavía etnarca de Galilea, tuvo que luchar con sangre y fuego contra los habitantes de las cuevas en las montañas. Tampoco se destacaban por su honradez los habitantes del litoral del Lago Tiberiades. Los de Tarrichea simulaban ser unos sencillos pescadores, pero en realidad fueron vulgares piratas, que asaltaban las naves de los comerciantes que cruzaban el lago, cargadas con mercaderías, adquiridas al otro lado del mar en Gaulanitis, Batanea y Siria. (182) Espontáneamente surge la pregunta: ¿qué clase de gente habitaba la Galilea? Los numerosos relatos de Flavius Josephus nos permiten dar una respuesta. Los pacíficos agricultores de la planicie fue la gente sencilla y laboriosa, aun siempre descontenta y mortificada por los cobradores de impuestos y por los «tributos» que tenían que pagar a sus bandidos que aparecieron periódicamente bajando de las montañas. Aquellos que habitaban las dos grandes ciudades Sepphoris y Tiberias se ocupaban casi exclusivamente con el comercio y con la estafa; gente de bajisima calidad humana que no tenían nada que ver con las aldeas agrícolas judías. Los habitantes de las aldeas del litoral fueron unos pacíficos pescadores, pero también allí se juntaban los avivados fenicios y griegos que esperaban los barcos bien cargados con mercaderías del «ultramar» desde Dekapolis. Y para epilogar la etnografía de Galilea recordaremos una vez más a los valientes o más bien violentos habitantes de la aldea costera de Tarrichea. Ellos se especializaron en saludar a los barcos cargados con toda clase de valiosa mercadería en la mitad de Gennezareth e insistieron en aliviar la carga de ellos, para que no se hundieran por el excesivo peso. Solo las malas lenguas dijeron que los Tarrichenses fueron piratas... Depende desde qué punto de vista se puede calificar esta profesión, que en el Mediterráneo ha sido considerada como una profesión muy honrosa, y sus integrantes fueron sumamente respetados por su gran valor... (183) No es fácil calificar al hombre que habitaba Galilea ni Josephus Flavius, que vivía entre ellos, logró llegar a una conclusión definitiva. Por un lado nos dice que el habitante de Galilea desde su infancia era adiestrado en saber defender su libertad y era un hombre de extraordinario valor y coraje. (184) Hasta sus ladrones en una lucha encarnizada con las tropas de Herodes sabían morir con valentía y honor, prefiriendo la muerte antes que entregarse a la fuerza mayor. (185) El mismo Flavius presenta también el otro lado de la medalla, diciendo que estos Galileos, cuando tenían que enfrentarse con las legiones de Vespasiano (186), al contemplar las filas de estas legiones de hierro, tiraron sus armas y buscaron su salvación en una vergonzosa fuga... (187) Samaria, tierra fértil, de pasto Su territorio tiene una considerable menor extensión que la de Judea. Esta tierra independiente de Judea y Galilea resultó ser otro «estado paragolpes» que separaba Judea de Galilea, tanto por su composición étnica como por su religión y mentalidad marcadamente helenizada. (188) Sus habitantes tienen una procedencia de Persia y Media. Cuando los judíos fueron deportados por Nabukhednazar a Babilonia, él mismo asentó en los lugares dejados vacíos de los pueblos de Cuthaeans, llamados así por estar cerca del río, en Persia. Una vez asentados en este territorio, los judíos que quedaron en Judea les llamaron los «Cuthim» y los griegos con el nombre de Samaria. (189) Étnicamente, el pueblo de Samaria era persa antes que árabe, mezclado con elemento fenicio y con judíos apóstatas que tenían la necesidad de salir de Judea (190) y buscaron asilo en la ciudad de Sikhima. Su religión era algo semejante a la de los judíos, pues veneraban el Único Dios (ton megiston Theon) Omnipotente. La causa de la semejanza de las religiones de los dos pueblos tan distintos consiste en la circunstancia. En una oportunidad, los de Samaria, asolados por una peste y al no hallar el remedio para el mal, enviaron unos mensajeros al rey de Siria, solicitando a algunos sacerdotes médicos. El rey les mandó unos sacerdotes judíos, que fueron capturados durante la guerra que los sirios tenían con los judíos. Los sacerdotes pararon la peste, pero también adoctrinaron a este pueblo con su propia religión y erigieron un templo para ellos en el monte Garizein (191) y les enseñaron que de la rama Levi les surgiría un profeta que les descubriría luego los vasos sagrados enterrados allí. La fe ciega de ellos culminó en una tumultuosa rebeldía que terminó en una sangrienta derrota. Fueron vencidos en el año 36 por Pontius Pilatus en Tyrathana, pero el descalabro que sufrieron los samaritanos quebrantó también la carrera de Pilato, pues Vitellio gobernador de Siria le ordenó viajar a Roma y dar cuenta acerca de sus hechos ante el emperador Tiberio. (192) El pueblo de Samaria forma una nación siempre intranquila; se destacaba por sus continuos rozamientos, tanto con los sirios (193) como con los judíos, muy especialmente con los judíos que peregrinaban desde Galilea a Hierosolima (194), cruzando la ciudad de Sikar (195). El favorito pasatiempo de los samaritanos era buscar la guerra con los judíos... (196) Para los samaritanos no era fácil olvidar que los judíos recibieron un distrito de Samaria, gracias al sueño que tenía el rey de Macedonia con ellos. (197) Ya hemos mencionado anteriormente que Samaria en cierta manera era un «estado paragolpe» entre Judea y Galilea, fomentando al mismo tiempo la separación espiritual de ambos pueblos judíos. La gente de Samaria tenía un interés muy especial en sembrar las discordias y fueron ellos y su rey Sannabaletes, que de un día al otro, abandonando el caso del rey persa Darío, se sometieron a Alexander el Grande, recomendándole dividir el poder de los judíos en d o s! (198) P E R A E A era una provincia judía en trans-Jordania, se extendía desde el norteño Pella hasta la afamada fortaleza de Herodes Antipas, Machearus (199), que se hizo célebre porque en su cárcel fue decapitado el visionario y rebelde Juan Bautista. (200) Otra ciudad de Peraea era Zia, cuyos habitantes judíos estaban en un conflicto sin tregua con los habitantes griegos de la cercana Philadelphia. (201) Las rencillas fueron terminadas con la enérgica intervención del Procurador Fadus durante los años 44 y 46, favoreciendo a los griegos de Decapolis, mandando a la muerte al rebelde judío Anibas. También en su caso resultó estar justificado el dicho: «Nadie, absolutamente nadie puede ser profeta en su propia patria.» El lugar más importante, tanto para Judea como también para Peraea, era sin duda Qumran, donde el río Jor-Dan se confunde con las olas muertas del Mar Asphaltitis lugar sagrado, pero ya revelado, de una secta judía algo misteriosa un lugar que hoy nos brinda una catarata de valiosa información y respuestas para las anteriormente numerosas y problemáticas dudas. Este lugar sagrado fue un rosario de siglos antes, el monasterio de la secta más noble de los judíos, de los Essenios. La provincia judía Peraea era compartida con sirios, fenicios, egipcios y griegos. Peraea era habitada por un pueblo muy heterogéneo; por su flanco sureño tenía una frontera común con Arabia Félix y tenía la suerte de que allí también fueron los Idumaeanos sus inmediatos vecinos llamados también Nabateos los cuales en realidad resultaron ser unos parientes lejanos de Judea. Una circunstancia que aquí merece ser aclarada. (202) De la unión de Abraham con la sirvienta egipcia de su mujer Sarra, una tal H a g a r, nació un hijo, llamado I s m a e l . Éste mismo casándose luego con otra mujer egipcia, tuvo una docena de hijos: Habaioth, Kedar, Abdeel, Massam, Masmas, Idumas, Masmes Khodamos, Thaiman, Jetur, Naphais y Kadmas. Fueron estos hijos, entre los cuales Nabaioth junto con sus hermanos, dieron sus nombres a la nación á r a b e. Los nabateos o idumeos representaron con su cuarta parte judía y el resto (3/4) egipcia la cadena faltante (missing link) entre Judea y Egipto, y a su vez el indiscutible parentesco aun si lejano con los hijos de Judea. Realmente no existe ni causa ni fundamento que pueda justificar rencillas entre parientes lejanos. Los Nabateos, una vez que fueron expulsados de la familia árabe, cambiaron su nombre y llamándose en adelante Idumeos, se asentaron en el sur de Palestina, donde tomaron las costumbres de los judíos (203) que les permitían contraer nupcias con sus vecinas judías. El primero que se casó con una idumea fue el rey Salomón (204), y también Antipater tomó como cónyuge a Cyprys, hija de una distinguida familia (205) idumea. De esta unión nacieron luego Phasel, Joseph, Pherores, Salomé y Herodes, el posterior rey de los judíos, con el bien merecido cognomen «El Grande». DEKAPOLIS extenso territorio al «otro lado del río Jor-Dan» (206), abrazado por el país de los iturreos, contaba con cinco extensos distritos. Cada una de estas cinco zonas tenía sus ciudades y numerosas aldeas, y sus habitantes y su historia merecen ser aquí aunque brevemente recordados... Gaulonia (Golan y sus alturas...) contaba con varias ciudades de cierta importancia: Beth-Saida y la de Gamala, al este del Lago Genezareth. Sus ciudades fueron habitadas por moabitos (207), judíos y fenicios dedicados a un intercambio comercial entre Gaulonia y Galilea a través del Mar Tiberiano, llamado así en honor del emperador Tiberio, el lago Genezareth. Las otras ciudades de Gaulonia fueron Hyppos, Gadara y el muy sureño Philadelphia, cuyos habitantes casi exclusivamente griegos fueron los naturales representantes de la exquisita cultura helénica, que penetraba profundamente en la mentalidad siria-judía de sus inmediatos vecinos. Basta recordar que en esta ciudad por excelencia griega de Gadara nacieron Philodemos, el filósofo epicúreo, Meleager y Menippus, ambos satíricos y Theodorus, insigne rhetor, que enseñaba oratoria y dialéctica (208). El distrito de Galeaditis entró en la historia, no tanto por causa de su ciudad Gerasa, sino por su ciudad de doble nombre Skythopolis (=Beth Shan), cuyos habitantes en la mayoría sirios obligaron a sus conciudadanos judíos a luchar contra sus propios hermanos de Judea y luego como premio masacraron a sus aliados judíos en un baño de sangre. (209) El distrito de Batanea resultó ser, durante el reinado de Herodes el Grande, un libre tránsito para los bandidos oriundos de la región muy áspera de Trachonitis (210) para invadir las aldeas fronterizas de Judea. Al enterarse de que unos seiscientos judíos babilonios cruzaron el río Eufrates, hábiles jinetes y adiestrados arqueros, a quienes el gobernador de Siria quería asentar en Ulatha (211), Herodes envió a ellos unos mensajeros, ofreciéndoles asentarse en la Batanea a fin de impedir las futuras incursiones de los bandoleros de Trachonitis. Los judíos babilonios fueron asentados en Batanea, transformando de esa manera este distrito en un nuevo «estado paragolpe» (212), en cuya capital Bathyra, transformada en una fortaleza, gobernaba el judío babilonio Zamaris con su hijo Jakeimon con mano de hierro; garantizaron la seguridad de Judea y como premio fueron liberados de pagar tributo e impuestos. Batanea con la tan saludable intervención de los judíos babilonios fue limpiada de los bandoleros y su muy mermada población fue completada con el envío de miles de idumeos; el territorio antes tan violento tenía que ser pacificado. Esta era también una obra de Herodes, el Grande. (213) Batanea y Trachonitis tenían una frontera en común con los lejanos parientes de Judea, con Iturrea; estos fueron unos lejanos parientes descarrilados y fue Aristoboulos, el que les condujo de nuevo al corral de los judíos, (214) aunque no a todos... Los pueblos, que entonces habitaban las extensas tierras de Palestina judíos, fenicios, sirios, griegos, árabes hablaron indistintamente una de las tres ramas de los idiomas árabes: Armenian, arameo arambian. (215) El muy activo y más eficiente intercambio comercial de todos estos pueblos, habitantes de Palestina, les impuso la necesidad de contar con un idioma común el arameo que les facilitaba la comunicación entre sí, sin ser impedidos por barreras idiomáticas. EL ALMA JUDÍA. Para introducir al lector en el mundo espiritual de este pueblo, en el que el profeta Joshua nació y vivió, hemos considerado imprescindible presentar primero, por lo menos «in nuce» la breve historia de este pueblo, completándola con la descripción de sus provincias Judea, Galilea, Perea la tierra regada con tanta sangre, llamada en conjunto Palestina. Hemos recordado su composición étnica y algo de la vida misma de este tan peculiar pueblo, que por causa de sus policromáticas cualidades, finalmente resultó ser la levadura en el pan cotidiano de todos los pueblos y no solo en la más lejana antigüedad, sino también en nuestro presente... Ahora, acercándonos algo más a ellos, tendremos la oportunidad de profundizar más en su mentalidad: presentar la filosofía de sus diferentes sectas religiosas, sus altos valores morales, pero también sus santas rebeldías en la defensa de su religión; sus luchas sin tregua en pro de su intocable libertad. Dos columnas sin fisuras, en las cuales se apoyaba la existencia y futuro de este pueblo, que no obstante su admirable unidad, estaba disperso por múltiples causas en el mundo antiguo... La condición sine qua non de una unidad nacional poco y nada tiene que ver con las fronteras geográficas que separan idiomas, razas y étnias... Comenzaremos entonces nuestro relato con la presentación de sus sectas religiosas, citando los comentarios de dos autores antiguos, contemporáneos de Joshua: Josephus Flavius, el insigne autor de las antigüedades y «Guerras Judaicas» y el otro, que tanto nos auxilió en nuestra obra: Philo de Alejandria, ilustre filósofo judío de la escuela de Alejandría. Con el profundo respeto que merecen ambos, cedemos ahora la palabra a ellos... Había en la antigüedad entre los judíos tres clases principales de filosofía. Una era la de los fariseos, la otra la de los sadduceos y la tercera, la más acertada y probada, fueron las doctrinas de los essenios; fueron judíos de pura cepa; unidos, fuertemente unidos entre sí con una ejemplar amistad y sinceridad. Ellos, como ninguno, huían de toda clase de ocio y deleite torpe y fueron más que continentes. Se liberaron del sentimiento de la codicia y esto solo era ya una incomparable virtud. Los essenios fueron célibes. La mayoría de ellos repudiaba el matrimonio, porque estaban convencidos de que no había mujer que pudiera guardar la lealtad con un solo hombre. Por ello, prefirieron adoptar los hijos de otros, que les fueron entregados y confiados para que fueran educados y adoctrinados por ellos. Menospreciaban la riqueza y vivían en una estricta comunidad de bienes, para evitar que uno fuera más rico que el otro. Por esta misma causa, era una ley que aquel que quisiera seguir la disciplina de ellos, previamente debía poner todos sus bienes al servicio de todos. De esa manera ni la pobreza se revelaba, ni la riqueza podría hacer soberbio a alguno, sino mezclados todos juntos como la hacienda común de los hermanos sería el patrimonio común para todos. Philo de Alejandría nos comenta que los essenios fuera del monasterio en Qumran también vivían dispersos en las cientos y cientos de aldeas; unos cuatro mil essenios dispersos en toda Judea. En cada población vivían muchos, visitados periódicamente por los maestros de la secta, a fin de impartir enseñanza; cada maestro era recibido como uno de los hermanos. En sus peregrinaciones jamás se armaban, y si lo hacían, era solo para saber defenderse contra los numerosos asaltantes de caminos. La secta tenía en cada aldea un representante, que estaba a cargo de recibir los hermanos huéspedes que venían para brindarles toda clase de auxilios. No existía la compra-venta entre ellos; daban a cada uno lo que necesitaba; se comunicaban entre sí, contando quién tiene qué cosa y cuánto, y de esa manera cada uno tomaba lo que le faltaba. Se vestían en la forma más sencilla; no cambiaban jamás de vestido, ni las sandalias, excepto cuando ya estaba rotos e inservibles. Tenían una fe muy profunda que se trasunta en todas sus actividades; eran estrictamente monoteístas. Adoraban a un solo Dios. Tenían una íntima relación con el Sol, que es el Dios de los egipcios y de los persas: pues, jamás pronuncian ni una sola palabra antes de la salida del Sol, igual como era costumbre entre los pitagóricos. Antes de la salida del Sol suelen celebrar ciertos sacrificios siempre incruentos, rogando que salga el Sol. Después de sus primeras oraciones los prefectos de la secta dejan ir a cada uno de su fraternidad, a hacer sus respectivas labores que según los comentarios de Philo consistían en agricultura, pastoreo y en apicultura. Al regresar de sus labores, se juntan de nuevo, se ponen unos vestidos blancos de lino, y se congregan en una sala amplia, en que solo los miembros de la secta tienen el derecho de estar allí. Previamente se lavan con agua fría, ya limpios y purificados entran en el refectorio; sentados allí según un orden determinado en completo silencio, cada uno recibe un pedazo de pan delante y un potaje de parte del cocinero; acto seguido, el sacerdote bendice lo servido, y luego es permitido consumir los alimentos presentados. Después de haber comido, dan sus gracias, alabando a Dios, porque de EL procede todo. Al salir del refectorio, dejan sus vestiduras blancas que son como atuendos rituales y sagrados y regresan a sus labores y ejercicios, sin ser impedidos en esto por el frío ni por el calor. (216) Al llegar la noche, regresan a la casa en completo silencio, que es algo sagrado para ellos; cenan con gran templanza ¡desconocen la gula! No viven para comer, sino comen solo para vivir... Todo lo que hacen, lo realizan con el consentimiento de los prefectos, excepto cuando la urgencia les obligara a prescindir de ello. En estos casos de urgencia, cada uno es autorizado a actuar por motu propio, para socorrer a aquellos que parecen dignos de recibir auxilio. Brindan a los pobres lo que para su manutención les parece indispensable, pero no pueden auxiliar a sus propios familiares sin el previo consentimiento de sus respectivos superiores. Saben moderar y templar sus pasiones; no se indignan nunca; son fieles servidores de la paz y cumplen lo prometido, como si hubiera sido confirmado por un juramento. Ellos jamás juran, pues opinan que mentiroso es aquel a quien no se puede dar crédito, sin que llame a Dios por testigo. Estudian las escrituras de los antiguos sacando de ellos lo que les parece útil para su alma y cuerpo; de esa manera conocen los secretos terapéuticos de muchas yerbas, raíces y plantas que investigan con gran diligencia. A aquellos que quisieran entrar en la secta de los essenios, no les reciben en su monasterio, pero les brindan la oportunidad de ser un novicio durante un año entero, dándoles una túnica blanca, un palo para trabajar, comida y bebida. Una vez transcurrido el año, siempre que los candidatos den buena señal acerca de sus virtudes, los reciben junto a ellos y les permiten participar en sus purificaciones; en adelante deben guardar la castidad y quedan excluidos todavía de la comida común de la fraternidad. A fines del segundo año siempre que se les considere dignos para ser incorporados definitivamente entonces prestan la promesa, comprometiéndose a mantener una profunda fe y piedad para con Dios y justicia frente al hombre; se comprometen a no hacer jamás algún mal por su propia iniciativa, ni por el mando de otro; odiarán la injusticia y amarán la lealtad, respetarán los mandatos del poder secular o religioso, pues nada puede ocurrir sin la voluntad de Dios. Se comprometen a que siempre amarán la verdad, jamás tocarán lo ajeno y guardarán el silencio perfecto acerca de los secretos de la fraternidad que los mantendrán sellados hasta la muerte. Durante la gran guerra que los judíos mantuvieron con los romanos, sabemos que los essenios fueron cruelmente torturados y algunos quemados por no haber renegado de su fe o no querer comer, lo que para ellos era prohibido. Dícese que en esta oportunidad, cuando en Judea sentó su reales la guerra con todas sus atrocidades, los essenios sabían triunfar sobre los más insoportables vejámenes; jamás suplicaron o lloraron durante los tormentos antes bien reían sobre sus sufrimientos y penas sabían perder la vida con alegría en sus rostros, demostrando una constancia y firmeza sin par en la conducta humana. Al morir, sabían que no perdían la vida, sino que por medio de esta muerte recobraban una vida mejor, nueva e inmortal ya para el futuro. Sabían que el cuerpo es corruptible; conocían que la materia no se perpetua; pero si estaban convencidos de que las almas sobreviven a la muerte, precisamente porque son inmortales. El alma es como el aire, encerrado en el cuerpo, es la cárcel del alma; pero, cuando el cuerpo está por regresar a la madre tierra, se abren las puertas bien anchas y el alma, liberándose de una servidumbre corta o larga, pero penosa, levanta vuelo hacia las alturas y se confunde con el inmenso cielo. Algunos entre ellos piensan que las almas de los bienaventurados viven en los otros extremos del Océano, donde tienen su descanso eterno, sin sufrir las fatigas de los fríos helados y la de los excesivos calores del verano. Pero aquellos, que por sus maldades sufrieron condenas de sus contemporáneos, sufrirán una muerte miserable. Los expulsados de su fraternidad detestados por todos prácticamente mueren por hambre. Su tribunal está compuesto por cien varones; un conjunto de los más sabios de insobornable imparcialidad, cuyas sentencias fueron inapelables. El alma de los condenados tiene un destino oscuro; en vez del fuego eterno de los demás judíos, el infierno de los essenioses un lugar donde rugen las tormentas de nieve. Allí las almas sufren los dolores que jamás tendrán fin... Honran la fiesta del Sabbath con mayor diligencia que los demás judíos. Ya en la víspera de este día es prohibido encender fuego y ni se atreven a purgar sus vientres, aun si tuvieran la necesidad de hacerlo. Son macrobios, muy longevos por causa de su frugalidad y templanza que guardan celosamente; menosprecian las adversidades que sufren y piensan que es mejor morir con honra que vivir mal. Había entre ellos algunos privilegiados que conocían los secretos del porvenir; las profecías de Judas, Simón y Menahem todos unos virtuosos (217) essenios entraron imborrablemente en la historia de su pueblo. Una minoría de los essenios estaba para el matrimonio. Decían que la mayor parte de la vida humana está al servicio de la sucesión, por ello era necesario y hasta indispensable la institución del matrimonio, pues en caso contrario, al desaparecer el género humano, ni Dios tendrá creyentes y adoradores. Sin embargo, conociendo la debilidad de las mujeres de no poder mantener su frágil lealtad con un solo hombre, esta clase de essenios gasta tres largos años para juntar experiencias acerca de sus candidatas y, si les parecen aptas para ser buenas madres y esposas, las toman como tales, las cuales una vez embarazadas quedarán intactas hasta muy después del parto para demostrar que el matrimonio no está para deleites, sino exclusivamente para asegurar una honesta descendencia. (218) Las doctrinas pitagóricas se propagaron por medio de sus numerosos discípulos con la velocidad del fuego en el mundo antiguo; de esa manera dejaron sus huellas no solo en los países del Occidente, sino también en Egipto, que en realidad era su punto de partida. Los caminos sirven tanto para la ida como también para la vuelta y cuando la causa por ciertas circunstancias se confunde con el efecto, se crea un problema que siembra luego cuestiones ontológicas y cronológicas difícilmente diferenciables. Las pisadas de la historia, que nos pudieran facilitar la investigación referente al parentesco de las doctrinas de los pitagóricos o viceversa, fueron borradas por los vientos de los siglos y por esta misma razón no se sabe con certeza si fueron las doctrinas de los pitagóricos, que hechizaron a los essenios o si fueron ellos, quienes dieron algunas ideas al gran Sabio de Krotona. (219) Es muy probable que hayan sido los essenios quienes bebieron en las mismas fuentes que unos seis siglos antes Pitágoras; y estas fuentes se hallaron en Egipto. Por lo menos los comentarios de Philo de Alejandría acerca de la secta de los «Therapeuotas» nos permiten creer en esto. (220) Conocemos la organización y hasta la probable fecha de fundación de esta secta religiosa de los essenios, pero no hemos hallado referencias fidedignas acerca del origen de sus doctrinas, ritos y costumbres que parecen ser comunes entre los essenios judíos ortodoxos de los therapeuotas los khassidi y los pitagóricos. Basándonos en las más que fidedignas referencias de Flavius Josephus, insigne discípulo de los mismos essenios y de Bannus, y en la valiosa hermenéutica de los rollos de cuero, provenientes del monasterio essenita en Qumran, pudimos hacer un parangón (221), que nos permite insistir, en que las fuentes tanto para los essenitas como para los pitagóricos estaban en la cercanía del río «Neilos»... La comparación arroja notables y hasta sorprendentes coincidencias que confirman tanto la gran similitud de las dos escuelas como también una casi identidad en cuestiones de religión, ritos, étnia y mística. Llamativa es a su vez la coincidencia de los rollos el legado essenita con los textos de los evangelios, escritos muchas décadas después, que fueron pronunciados por el casi essenita Joshua. (222) Existían numerosas coincidencias entre essenios y pitagóricos también en cuestiones de religión. Para eliminar hasta las mínimas semillas de la duda, ofrecemos aquí una serie de comparaciones, a fin de facilitar al lector una mejor orientación que le pudiera permitir luego sacar sus propias conclusiones. Los pitagóricos mientras vivía el Maestro no se atrevieron a llamarlo por su nombre, sino que le dijeron con mucho respeto «El Divino» (223), y después de su muerte, lo recordaron con piedad, diciendo: «¡Aquel hombre!». Por la misma razón los essenios jamás pronunciaron el nombre de Dios. (224) Ni los pitagóricos ni los essenios comenzaban sus labores antes de la salida del SOL. Festejaban el alba con himnos religiosos, dirigiéndose igual que los therapeuotas hacia el Oriente; una costumbre netamente egipcia, observada en la misma forma por los creyentes de Mahoma. Ambas escuelas pregonaron la inmortalidad del alma y la resurrección después de la muerte, aunque no con el mismo cuerpo. Ambas sectas exigieron de parte de sus creyentes la comunidad de los bienes comieron juntos como los griegos (¡para sitein!) y lavaron las manchas que se «pegaron al pecho», purificando sus pecados. Al leer el himno de Pitágoras acerca del amor al prójimo y los respectivos preceptos de los essenios, nos recordamos del sermón de la Montaña que el profeta Joshua pronunció acerca de las siete más una beatitudes. En ambos casos los discípulos de la comunidad interna (pitagórica y essenita) fueron casi exclusivamente varones, que estaban obligados a vivir en celibato, conservando una severa castidad; el matrimonio entre los essenios solo fue admitido a fin de dejar «adoradores para Dios». Ambas doctrinas pregonaban el mandato del amor al prójimo, aunque con cierta reserva, pues en ambas sectas estaba siempre presente la negativa tendencia a segregarse. El Hieros Logos de Pitágoras recomendaba: «Venerar a los amigos como si fueran dioses, pero despreciar a los demás como simples bestias» (225) También los essenios mantuvieron una distancia con los no iniciados, y muy especialmente con las demás sectas judías, sin tener por eso la exagerada xenofobia de los sadduceos; aunque no creemos que los essenios hubieran negado el precepto mosaico: «Hay que amar a los amigos y odiar a los enemigos». Parece que Pitágoras estudiaba también las leyes mosaicas. Los essenios fueron, entre los demás judíos, quizás los primeros que pregonaron como precepto religioso respetar las órdenes de los conductores del estado. Era un mandato categórico y cardenal que siglos después repetía el genial discípulo de la afamada escuela de Tarsos, el fariseo Saúl, cuando ya era Paul, en una epístola dirigida a los romanos. (cap. 13) El respeto a las autoridades era reservado solo para sus connacionales, pero jamás para los invasores. La manera como los romanos luego se ensañaron con los essenios, nos permite imaginar que fueron los primeros ultra-nacionalistas y revolucionarios que, en la defensa de la fe y de sus tradiciones, no vacilaron en gritar con voz en cuello lo que le anunciaba también nuestro profeta Joshua: «yo no he venido a la tierra para traer la paz, sino la disensión; yo he venido para traer el fuego y lo que quiero que se incendie ya!». (226) Para epilogar el parentesco de ambas escuelas, lo cerraremos con la perenne amonestación de que tanto Pitágoras como los essenios nos dejaron como un legado espiritual: (227) «Ginou pistos akhri thanatou» Josephus Flavius se hizo discípulo de las sectas de los fariseos-sadduceos y de los essenitas. Al egresar del desierto de nuevo a la civilización, tenía muy alto el concepto acerca de los essenios; los consideraba como seres que están muy por encima de los simples humanos. (228) En esto coincidía también con el insigne filósofo Philo de Alejandria, que en su obra los recuerda con el máximo respeto y veneración. (229) LOS FARISEOS fueron los integrantes de otra secta religiosa; su nombre hebreo significa en versión castellana «Los recatados» que se alejaban de las vanidades mundanas, dedicándose casi exclusivamente a los estudios de las leyes mosaicas, y en vez de cumplirlas con la miopía de los ortodoxos, los fariseos intentaban hacer la hermenéutica y exégesis de estas ya petrificadas leyes, que no estaban dispuestas a adaptarse a los postulados de los infinitos tiempos. Los fariseos, descendientes directos de los Khassidi, los «Piadosos», surgidos en los agitados tiempos de los Hasmoneos mantuvieron una armoniosa relación con las demás sectas religiosas, no obstante de sus diferencias con los aristocráticos sadduceos. Admitían la predestinación y las doctrinas acerca de la inmortalidad del alma y la re-encarnación de las mismas, aunque no en el mismo cuerpo; un privilegio divino, reservado solamente a los más virtuosos, porque los malos, después de la muerte, sufrirán un castigo perpetuo. Políticamente fueron casi siempre unos constantes rebeldes; durante el reinado de Alexander Jannaeus sufrieron una sangrienta derrota; pero después, cuando la viuda de Jannaeus reinaba en Judea, fueron los fariseos los que gobernaban a la reina (230). Con la sangre vertida de su secta pagaron el derecho de «apoderarse del poder» y saldar luego cuentas con sus enemigos. (231) Fueron influyentes dirigentes del país y objeto de agrias críticas por parte de Joshua, que los censuraba duramente, aunque no siempre... (232) En el presente ignoramos cuántos entre ellos siguen viviendo entre nosotros, porque solo a los más virtuosos Dios otorgó el don divino después de la muerte, para «re-nacer» siempre. (233) Ciertamente no fueron xeno-philos y fomentaron cierta clase de segregación, pero sus méritos superan ampliamente sus debilidades humanas, porque fueron ellos y exclusivamente ellos, los más leales guardianes de las leyes, los exégetas más eximios de la Mishna y fue el fariseo Rabí Juda Ha Nasi, quien creó el «Corpus Juris Civilis et Canonici» para los judíos: fueron los integrantes de esta secta los autores del Talmud tanto en Babilonia como en Palestina. LOS SADDUCAEOS fueron los aristócratas del pueblo judío; dueños de una exquisita cultura y cosmovisión, que no les permitía coincidir en todo con las doctrinas de las demás sectas. Su teología moral no admitía la inmortalidad del alma. Ellos estaban convencidos de que una vez muerto el cuerpo desaparece el alma también, que se desintegra junto con el cuerpo. En consecuencia tampoco creyeron ni en una resurrección, ni en una reencarnación y menos en un feliz más allá. Las doctrinas acerca del cielo las consideraron como una hábil arma teológica, que pretende mejorar la vida por medio de una promesa para la eternidad. Tenían una opinión completamente diferente acerca de la libertad de la voluntad humana y referente al destino. Indudablemente fueron imbuidos por la penetrante cultura y filosofía helénica epicúrea, que con su teoría del principio y fin quitaba la eternidad del alma. Referente a la relación que mantuvieron con el pensamiento teológico de las demás sectas especialmente contra su penoso ceremonial cabe recordar que se alzaron en oposición; fueron unos innovadores que combatían la tradición canónica de los fariseos. En el terreno político combatían la esperanza fatalista, la predestinación que condena al hombre a una santa inercia, sin embargo los ortodoxos apoyándose en la inmunidad sacerdotal y en el poder de las masas se oponían contra los sadduceos, llamándoles «malvados herejes». Estalló contra ellos una sorda lucha de un odio irreconciliable, absoluto y propio de aquellos devotos que miran hacia a los cielos, pero «caminan a la conquista de los bienes de este mundo». Con los sadduceos entraba tímidamente la ciencia a la ortodoxa dominada Judea. Fueron combatidos por todos, hasta por el mismo Joshua, pero ellos, sin inmutarse, siguieron los pasos sobre sus propias sendas, sembrando con manos llenas las semillas de sus ideas revolucionarias y tuvieron que esperar unos veinte siglos para ser al fin aplaudidos. También el Epitafio sobre su milenario sarcófago merecería el mismo dicho que le dieron a la estatua del dominicano Jordano: «¡El siglo de nuestro Presente LOS PROFETAS: La curiosidad humana es antigua; nace y muere con el hombre; está presente en todas las razas y naciones. Tenemos el pasado y el presente, pero el futuro está reservado solo a los dioses. Por ello, aquel que pretende acertar algo real entre trillones de posibilidades, se engaña porque el futuro no permite correr las cortinas negras que cubren los secretos hasta el día de mañana. La inmensidad de una variación permutada esconde los secretos del futuro ni por eso la curiosidad humana está dispuesta a echarse atrás, porque los profetas estaban convencidos de que los secretos del futuro en realidad son las repeticiones del presente. El hombre se sirve de cualquier medio absurdo para predicar lo venidero. El oráculo de los tesalios en Dodona consistía en el sonido de unas campanillas, colgadas sobre las ramas de un viejo roble. El sonido de estas campanillas, movidas por un vientecillo, pretendía anunciar lo que pasará cuando el presente se trueque en un olvidado anteayer... Los etruscos y sus discípulos romanos estaban convencidos de que el futuro lo comunican los dioses mismos, que se esconden en la parte convexa del hígado de una res sacrificada; ¡Presagio con asado!... El oráculo de Delphos, famoso por sus respuestas, las cuales no obstante fueron siempre ambiguas, logró casi a cada rato cambiar los rieles de la historia... Los egipcios prefirieron consultar directamente a sus dioses para prevenir la ambigüedad y las dudas, productos de las predicciones humanas. El Dios Amon Krioprosopos esperaba a los curiosos en su oráculo en el desierto libio y atendía solamente a las más grandes personalidades. Ignoramos que es lo que mentían sus sacerdotes ventrílocuos a la reina de Semiramis, pero sí, las vetustas páginas de la historia nos comentan, que cuando Alejandro Magno entró en su santuario, el dios misterioso y oculto proclamaba con voz poderosa: «¡Tú eres mi hijo predilecto!» El rey, sin darse cuenta, que la voz divina no era de Amón sino de un sacerdote, estaba feliz y contento y lo creía firmemente hasta que un día, cabalgando alrededor de una ciudad sitiada, recibió en su pantorrilla una flecha desde los muros; mientras gemía con insoportables dolores, le dijo a su médico: «Todo el mundo dice, que soy hijo de Dios, pero mis heridas me convencen, que soy un simple y pobre hombre mortal». La curiosidad humana inventó a los profetas y en esto ni los judíos fueron una excepción; ellos tenían cinco grandes profetas y una docena de menores... (234) Referente al acierto de las predicciones sabemos que las respuestas de los augures y harúspices y los vaticinios de los oráculos casi siempre fueron oscuros, ambiguos y poco confiables. Muy por el contrario, las profecías de los judíos jamás se equivocaron, porque las aplicaron a la inversa, en cuanto lo ocurrido en el presente ha sido aplicado siempre al gusto de una predicción del pasado. Cada hecho memorable en el presente ocurrió solamente y con el único fin de que de esa manera «se cumpla» una profecía jamás concreta que ha sido pronunciada unos siglos antes... El dicho «ut adimpleretur» (para que se cumpla) era el hermano mellizo de la predestinación judía, heredado luego por el cristianismo (Fiat voluntas tua). En el afán muy humano de dar a cada hecho una profecía como padre, hasta los inapelables e infalibles evangelios podían equivocarse. (235) El Sacerdote Supremo en Judea durante el año de su función, ex oficio podía pronunciar una profecía, sin correr el riesgo de ser responsable por las eventuales consecuencias nada agradables. Para este caso se le brindaba la oportunidad de excusarse, diciendo que «Lo dicho no era dicho por él». El responsabilidad de la inspiración. (236) El profeta por excelencia que inscribió su nombre con letras doradas en la historia del pueblo judío fue Elijah, que unos nueve siglos antes de que naciera el fundador del cristianismo, logró salvar a la religión ortodoxa de la nación judía, que estaba ya a punto de hundirse en el tormentoso mar del politeísmo sirio. El profeta Elijah no era de Judea ni de Galilea, sino un hijo de la ciudad de Thesbone en la tierra de Galaditis. Elijah y los sacerdotes del dios Baal discutieron entre sí, sin poder decidir, cual entre las dos religiones sería la verdadera; al no llegar a ninguna conclusión dejaron la decisión para la voluntad divina. Resolvieron construir dos altares, cada uno el suyo. Cada uno mataba su buey, y la carne colocaban sobre la leña amontonada sobre los respectivos altares. Según lo convenido anteriormente, el fuego para encender la leña tenía que venir del cielo y aquel altar que ardiera primero, obtendría la victoria en esta cuestión tan ineficaz. Pintoresco es el relato de Flavius Josephus acerca de esta discusión, él comenta que Elijah ordenó traer cuatro grandes tinajas de agua y el contenido de ellas hizo echar encima de su altar mojándolo abundantemente junto con la leña y la víctima... El altar y la tierra mojada repentinamente atrajeron un rayo, y el altar de Elijah quedó envuelto en un gran fuego, transformando todo en una nube blanca de vapor y llamas amarillas... De esa manera el MONO-THEOS de los judíos aprovechando las armas del politeísmo con sus rayos y truenos hizo entender a los estupefactos sacerdotes de los BAAL, que el único Dios de los judíos no estaba dispuesto de compartir su poder con otros dioses, porque su soberanía «No soporta compañía». (237) Fiel a la teología judía, el cuerpo de Elijah regresó a la tierra, pero su alma intranquila apareció siglos después de nuevo en el cuerpo de Juan, el Bautista, cuando le pareció necesario sacudir de nuevo la adormecida conciencia de su pueblo. De esta manera la gente estaba convencida de que el alma que agitaba al Bautista en realidad era el gran profeta Elijah; y acerca de esto ni siquiera Joshua tenía ni la menor duda... (Mat. 11,14) Manaemus, el essene, era el pedagogo del hijito de Antipater, llamado Herodes. En una oportunidad el Maestro de la secta essene, le dijo al niño que un día sería el rey de todos los judíos... Su predicción se cumplió fielmente, porque Herodes efectivamente se hizo rey y también mereció el cognomen de «Grande». Algunas décadas después Maneamus, el essene, fue interrogado por el rey, quien le preguntó cuánto tiempo le quedaba todavía para reinar a su pueblo, esta vez no logró dar una respuesta, porque le dijo que el don divino de saber correr las pesadas cortinas, que cubren los secretos del futuro, no es concedio por Dios para siempre. (238) Más vale callar y no ser tan curioso, porque una profecia errada se graba imborrablemente sobre las páginas de la historia y el engañado presente no está siempre dispuesto a perdonar los errores y equivocaciones del pasado... SOTEROLOGÍA JUDAICA. Unos miles de años antes, cuando en la pagana Galilea aparecía el hijo rebelde de un humilde carpintero, la vida en estos lejanos tiempos no acompañaba, sino perseguía al hombre como la sombra... La vida entonces era tan miserable, que el hombre de nuestro indiferente Presente ni siquiera podría imaginar. El pueblo diezmado por incesantes y sangrientas guerras, caía como el trigo sorprendido por las guadañas, y cuando se silenciaron los berridos y el ruido de las armas, comenzaron a golpear los terribles mellizos sobre las puertas de las chozas de los sobrevivientes: El hambre y la peste... Realmente no nos puede sorprender que el hombre antiguo, que tenía la desgracia de vivir en estas épocas, al despertarse comenzaba su oración matutina, maldiciendo al día y al acostarse a la noche si tenía dónde suplicaba a su impotente dios que le permitiera no despertarse más. Lo único que nadie y nada podía quitarle a estas parías humanas era la imaginación de un hombre despierto, y los sueños, que les prometían la llegada de una vida mejor. Soñaba la gente con un Soter, un Mesiash, un Salvador! Sueños de los débiles, en los cuales arde la sed de la libertad, pero junto con el deseo de la venganza... Llamativamente casi todos estos sueños fueron reservados y cedidos para la gente sufrida en el lejano Oriente... Veinte siglos antes de que naciera Joshua en Palestina, ya había llegado un Soter, pero en Egipto. Era el faraón A Menem Het I en la ciudad de Teba. Después de este paso a la eternidad, alrededor del año 1166 enviaron los dioses de Egipto otro Soter en la persona de faraón Rhamses IV de la dinastía vigésima. Este redentor de su pueblo había sido recibido en el día de su coronación con un panegírico que más parecía ser una conmovedora oración y súplica que elogios. «¡Señor! Ahora con tu llegada, nosotros Saturados con semejantes desgracias en el todavía más lejano oriente, también llegó un día a los persas Zoroaster, que predicaba la liberación sobre el litoral de Amu Daria en el presente conocido con el nombre de Uzbekistán. Zoroaster no era un Soter, pero prometía que un día les llegaría Ormuz, el Dios del sumo bien, y vendeciría al «invencible» Ahriman. ¡La fuente terrenal de todo mal! Zoroaster olvidaba que en nuestro mundo todo está polarizado, inclusive los dioses, porque frente al Dios del Sumo bien está el mal necesario, ... y donde existe una montaña, imprescindiblemente estará presente el valle... Todos los pueblos tenían su Soter. En la tan ordenada Grecia el Soter era Demetrio 'Katebata', que era un hijo de Dios que descendía de los cielos para salvar al hombre de sus pecados... (239) Semejantes ideas acerca de un Mesias se propagaban con los vientos entre todos los pueblos sedientos de Paz, Justicia y el Bienestar. Los deseaban porque nunca los tuvieron... Estas ideas penetraron profundamente en la mentalidad judía quizás por primera vez cuando fueron deportados por Nabuquednazar a Babilonia reveladas en los pensamientos escatológicos del profeta Ezequiel... La idea de un Soter según la imaginación judía era un ser superlativo que podía asegurar a su atribulado pueblo la libertad e independencia sin siquiera tocar lo que para ellos era algo más que sagrado: la inmutablidad de sus leyes religiosas. No les faltaban candidatos, los cuales se autoproclamaban de ser los anhelados redentores, pero todos fracasaron, pues en vez de demostrar que eran invencibles, sufrieron la trágica suerte de aquellos que se dejan atrapar. Un Mesiash judío, que debiera liberar a su pueblo atribulado, ipso facto tendría que enfrentarse con el inevitable dilema: o tiene que invocar el auxilio de doce legiones de ángeles, o tiene que resignarse y ofrecerse profundamente desilusionado sobre el altar de un pueblo decepcionado... Tertium non datur! En el siglo en que Joshua nació, por las causas sembradas por el inescrutable destino, las rebeldías ocultas y abiertas fueron los problemas casi diarios de los procuradores romanos y de los etnarcas que gobernaban las provincias judías Judea, Galilea y Peraea (240). Este siglo fue la incesante lucha de todos contra todos... Esto ocurrió porque coincidieron múltiples causas; una era la no muy acertada ubicación geográfica de la patria de los judíos; también la diversidad de su composición étnica; las diferencias culturales y religiosas; los factores políticos, económicos y sociales... y la marcada ausencia de la independencia y de la libertad. El conjunto de todas estas causas produjeron un efecto de descontento general que se exteriorizó primero en una resistencia pasiva, y ésta, una vez acentuada, se trocó en protestas ruidosas y no faltó la chispa para encender todo y comenzar una lucha abierta, fomentada por la desesperación y justificada por los sacerdotes de la religión exclusivamente monoteísta. Revisando las causas con mayor detalles, veremos que las provincias judías sufrían la separación interpolada con un «estado paragolpe» de Samaria. Esta provincia casi pagana separaba la muy ortodoxa y hipernacionalista Judea de la marcadamente cosmopolita y poco judía Galilea; y esta misma provincia norteña a su vez, más de una vez tenía sus inentendibles rencillas con los «judíos babilonios», que fueron asentados en Gaulonia al otro lado del Mar Tiberiano, llamado también Genezareth. Los judíos, habitantes de la ciudad de Skytho-Polis (Beth Schean), ciudad de la provincia de Dekapolis, de una población en su mayoría siria, tenían también la desgracia de convivir con gente extraña. Cuando esta ciudad fue atacada por los judíos de Judea, la población siria obligó a sus conciudadanos judíos a armarse contra sus propios correligionarios para defender la ciudad sitiada. Se entabló una lucha encarnizada de judíos contra sus hermanos judíos y tuvieron que pagar luego muy cara su lealtad con los habitantes sirios de su ciudad, ya que después de que los judíos de Judea fueron rechazados, los sirios como sincero agradecimiento por los servicios prestados, masacraron a todos los judíos de la ciudad. Algunos opinaban que esto era un premio merecido por tamaña traición que cometieron al luchar contra su propia raza, hermanos y religión... Ni la provincia judía de Perea tenía paz; pues debía defenderse eternamente contra las incursiones de los bandoleros, provenientes de la vecina Dekapolis, por excelencia siria. El país de los judíos, sembrados con «estados paragolpes»... Samaria, entre Judea y Galilea Perea, entre Judea y Dekapolis..., y la entera Palestina entre los irreconciliables Egipto y Siria. También la diversidad étnica de las provincias resultó ser un factor detonante en los estallidos de protestas y rebeliones... La relativamente pura composición étnica de la ortodoxa Judea no estaba muy conforme con la población norteña de sus correligionarios en el país norteño de Galilea. Su población estaba étnicamente más que diluida por causa de la incesante inmigración de los sirios y fenicios; además había una fuerte infiltración desde el otro lado del Genezareth. Primero llegaron los judíos babilonios, asentados en Galilea por Herodes el Grande, pero cuando fue fundada una ciudad sobre un viejo cementerio en honor del emperador Tiberio para poblar a esta nueva ciudad Tiberias trajeron gente de Gaulonia y Batanea de valor étnico-cívico muy bajo. La nada acertada distribución geográfica y la muy acentuada diversidad étnica se completaba con un desequilibrio socio-político-económico, que separaba y enfrentaba las diferentes clases sociales por causa de una injusta distribución de los bienes... Por el sudor de los agricultores asentados en las aldeas y campos, pagaban poco y vivían en indigencia, haciendo esfuerzos para sobrevivir. Mientras los habitantes de Judea, Sepphoris y Tiberias en Galilea, hábiles comerciantes con los fenicios y con los sirios en Gaulonia, ganaron mucho dinero sin siquiera trabajar; de esa manera el campo se enfrentaba lentamente con la opulencia de las ciudades... La inocente resistencia pasiva se troca en protestas ruidosas, que luego es seguida como la pena que acompaña a la culpa, por la violencia desenfrenada... solo les faltaba una justificación que de vez en cuando suele dar la misma religión... Para poder formar un cuadro algo más ilustrativo acerca de las diferentes causas de rebeliones, presentaremos a continuación algunas de ellas a fin de brindar al lector la posibilidad de comprenderlas mejor, pero también para demostrar que la casualidad tiene una íntima relación con la causalidad. Ya hemos mencionado anteriormente los intentos de Antíoco III cuando, en la batalla decisiva a los pies de la montaña de Panaion, venció a Egipto, terminando con su soberanía sobre los estados judíos, les impuso un protectorado sirio. (241) Sus ideas para imponer a los judíos la entonces arrolladora pero exquisita cultura helénica, le impidió su muerte; pero sus ideas, tomadas como un legado sagrado, fueron realizadas por Antíoco IV Epiphanes. Este diadoco depuso al sacerdote supremo Onias III, y lo reemplazó con Jesus, que imbuido ya de un helenismo, prefería llamarse en vez de Jesús con su nombre helenizado Jasón. La helenización de los judíos comenzó con la introducción de los gimnasios a la griega. En estos lugares tan especiales del torneo, la juventud de Judea tenía que ejercitarse, emulando a sus pares de Grecia. El problema que surgió luego no estaba en el gimnasio, sino en la forma como los jóvenes tendrían que hacer sus ejercicios: ¡completamente desnudos! y allí comenzaron las rencillas, porque el excesivo pudor oriental se sublevó contra el nudismo helénico. La resistencia pasiva del Judaísmo exasperó al reformador diadoco, y Antíoco IV Epiphanio decidió enviar a uno de sus jefes militares más leales, un tal Apollonio, con tropas selectas, para que éste impusiera su voluntad en caso de necesidad, con violencia. Sin embargo ... de pequeñas y frecuentemente viles causas suelen nacer grandes efectos... Algo semejante ocurrió con Apollonio, que con la miopía de su poca cintura política se atrevió a prohibir el festejo del día Sabbath, y quería eliminar también el uso sagrado de la circuncisión. El pueblo judío respondía con una pasiva resistencia, tolerando lo ordenado de muy mala gana, pero cuando comenzaron a construir un altar en el templo Judío para sacrificar a un Zeus o Júpiter pagano, esta fue la última gota que rebasó el vaso; lleno de lágrimas de amargura, repentinamente estalló una sangrienta rebelión, que se trocó luego en una revolución, que de la nada creó la poderosa dinastía de los Hasmoneos, que barrió la prepotencia de los sirios y se aferró al poder durante unos 125 largos años. (242) Una piedrita insignificante, que comienza a correr sobre el tobogán de una montaña nevada, suele agrandarse en una lavina, que luego arrastra y destroza todo, lo que se atreve a cruzar en su camino...! REBELIONES RELIGIOSAS: el águila que tan majestuosamente domina las alturas celestiales fue elegida por los Helenos para simbolizar al inalcanzable y omnipotente Dios; por ello tenían la costumbre de colocar la imagen dorada de esta ave al frente de sus templos y santuarios. Herodes el Grande colocó también su propia águila, aunque la ley mosaica no podía admitir semejante sacrilegio y los judíos solo esperaron el momento oportuno de levantar su voz y protestar... Judas, el hijo de Sepphoreo y Mathias de Margala, aprovechando la ya declinante salud de Herodes el Grande, persuadieron a la juventud de que el águila dorada debiera ser retirada, aun si semejante operación significase la eventual muerte de ellos. Le dijeron que más vale morir con gloria y perpetuarse, que sufrir el mismo destino como enfermo en una cama e ir a la tierra anónimo. Judas y Mathias lograron convencer unos cuarenta jóvenes rebeldes y comenzaron la operación de sacar el águila dorada de Herodes del frente del templo. Sin embargo, la noticia acerca de sus planes resultó ser más veloz que ellos, y Herodes, no obstante de su grave enfermedad demostró ser casi más cruel que antes, pues mandó a la pira a los instigadores (243) y a los jóvenes rebeldes los entregó a los verdugos (244). Poncio Pilato, el quinto procurador de Judea, durante el imperio del emperador Tiberio tenía también la mala suerte de tropezar con la absoluta inflexibilidad de los judíos en cuestiones de religión. Este Prefecto romano, adulador de Caesar, decidió acuartelarse durante el invierno en Jerusalén y al llegar allí como un signo visible de su homenaje al emperador hizo los preparativos para colocar una estatua de Tiberio. Su intento chocaba con la ley y con la inflexibilidad de los judíos. La incipiente protesta culminó en un tumulto amenazante. Pilato hizo rodear con sus tropas a los ortodoxos rebeldes, amenazándolos con la pena de muerte, pero la gente congregada, en vez de amedrentarse, se hizo más inexorable todavía, ofreciendo sus gargantas a las espadas de los legionarios, dispuestos antes a morir que a ceder en su protesta. Pilato admirando tanto valor humano y sorprendido ante tanta fuerza de una religión decidió ceder y se retiró. (245) Sufrió una nueva derrota y siempre por cuestiones religiosas cuando quiso incautar la Corbona, el tesoro sagrado del templo, para cubrir los gastos de un acueducto, que él quería hacer construir. El tumulto sin embargo en esta oportunidad tuvo que sufrir la inclemencia del procurador, que ya había perdido la paciencia junto con la prudencia del político. (246) En otra tumultuosa rebelión, en que por cuestiones de la religión estaba cubierta con un color político, exigieron la ejecución de un rebelde de su propia nación llamado Joshua. Pilato, ya acostumbrado a ceder ante los judíos, y más cuando éstos lo amenazaron con una deslealtad con su propio emperador, entonces para apagar las llamas de la rebelión y también las veladas amenazas de ser denunciado, en este macabro dilema realmente no tenía otra solución que ceder nuevamente y mandó al silencioso profeta a la cruz junto con otros dos culpables... Si el inescrutable destino le hubiera dado otra alternativa, entonces hoy no existiría el cristianismo, que al precio de ríos de sangre logró desplazar la anteriormente avasalladora y triunfante religión del «Redentor» Mitra, Hijo del Dios Sol, que descendió de los cielos para redimir al hombre... «La pena acompaña la culpa, pisándole los talones», dice el poeta latino; y, con toda seguridad, cuando alguien comete el gran error de equivocarse por cuarta vez. Errores repetidos pueden ser imperdonables. Y este error imperdonable lo cometió otra vez Pilato!... Dícese que en Samaria un simple mendigo, invadido por una repentina megalomanía, juntó un montón de curiosos a su alrededor y les prometía conducirlos al Monte Gerizim, donde Abraham depositaría unos vasos sagrados. (247) Sus enardecidos seguidores se juntaron con armas en la aldea de Tyrathana; al enterarse de esto Pilato, intervino inmediatamente y con su caballería e infantería pesada, los dispersó; tomó muchos prisioneros entre ellos y ordenó ejecutar a los instigadores. Los Samaritanos, exasperados por la vergüenza sufrida, se presentaron con su enérgica protesta ante el gobernador de Siria, Vitellio. (248) Éste, al escuchar atentamente lo relatado por los samaritanos, olvidando la regla romana que recomienda «audiatur et altera pars», a mano breve, relevó a Pilato de su cargo de Procurador de Judea y le ordenó embarcarse en la ciudad portuaria de Caesarea a fin de dar cuenta ante el emperador Tiberio acerca de lo ocurrido en Samaria. Por causa del invierno, Pilato no logró embarcarse, pero sí entró en la historia, y por culpa de su «predestinada» debilidad en el caso de Joshua, logró conquistar para si un lugar en el credo de los cristianos. LA ESTATUA DE CALÍGULA: Petronio, sucesor de Vitellio en la gobernación de Siria, poco después de que fue entronizado el emperador Calígula, recibió una orden categórica del nuevo emperador de ir a Jerusalén y colocar allí su estatua en el templo. Petronio, acompañado por dos legiones, emprendió su marcha hacia Hiero-Solima; el pueblo de Judea, al enterarse de la causa de la inesperada visita, se apuró a encontrarse con el gobernador en la cercanía de la ciudad de Ptolomais. Allí los judíos le suplicaron que no les obligará a violar sus seculares leyes religiosas. Petronio, indignadísimo, declinó hacer caso a la petición; sin embargo, al ver la inflexibilidad judía que solo podía silenciar con la muerte, se dió cuenta de que contestarles con la espada sería políticamente una grave imprudencia, pues la protesta podría culminar en una sangrienta guerra. Optó por escuchar los consejos de los más grandes. Aristóboulos, el hermano del rey Agripa I y otras personalidades le aconsejaron que fuera personalmente al emperador y le explicara la inejecutabilidad de lo ordenado. El plan, para mandar el cordero al lobo no fue aceptado y al fin resolvieron enviar una delegación conducida por el rey Agripa I, acompañada por el Platón Judío, Filón de Alejandría y otras cinco personalidades. Agripa I, íntimo amigo de Calígula, logró al fin convencer al emperador de la imposibilidad de colocar su estatua, pues sería lo mismo que meter las manos en un nido de iracundas avispas... El emperador cedió ante las presiones de sus confidentes, pero alguien tendría que pagar y duramente por el incumplimiento de lo ordenado. Petronio, el gobernador de Siria, recibió esta vez otra orden perentoria e inapelable: Galba, el emperador, le permitió elegir entre los tantos medios que el hombre tiene para suicidarse... Gracias al Dios de los judíos, Petronio salvó su vida, pues poco después vino la noticia de que Galba fue asesinado y su cuerpo sobre una pira improvisada se transformó en una oscura humareda y en algo de ceniza, en alivio de tantos... (249) THEUDAS Y FADUS: al fallecer el rey Agripa en el año 44, ya que su hijo de recién cumplidos 17 años de edad no podía sucederlo, por disposición del emperador Claudio quedó encargado del gobierno el nuevo procurador Cuspius Fadus. En el comienzo de su gobierno estalló ya una rebelión de carácter religioso. Un impostor, que se autoproclamó ser Profeta de Dios, llamado Theudas, logró juntar unos cuatrocientos judíos. Los exhortaba a que recogieran todas sus pertenencias y que lo siguieran al otro lado del río Jordán, que por orden suya abriría su cauce para poder cruzarlo... La credulidad de la gente en estos lejanos tiempos estaba ya al borde de la estupidez humana. (250) Con semejante promesa, Theudas logró conseguir fama de profeta que hace milagros y diariamente creció el número de sus necios y tontos creyentes, y en las aldeas quedaron paralizadas las labores... Sin perder mas tiempo, Cuspius Fadus tuvo que intervenir; no podía permitir que el autoproclamado profeta aprovechara la insensatez de la gente engañada. Para dispersarlos mandó contra el tumulto un ala de caballería. Mataron a muchos y a los restantes tomaron como prisioneros. A Theudas lo mandaron a Jerusalén para que explicara la causa de su hazaña, pero no podía hacerlo porque a Jerusalén llegó solamente su cabeza... (251) TREINTA MIL CONTRA UNO: la cosmovisión oriental presta un especial respeto al cuerpo humano. Ya hemos mencionado anteriormente cómo la introducción del gimnasio griego en Jerusalem terminó en un reverendo escándalo, porque el ejercicio en estas palestras exigía el nudismo, que para un oriental era una falta de pudor y por eso inadmisible. El judío jamás se desnudaba en público, pero tampoco estaba dispuesto a tolerar que esto lo hicieran otros, aunque fueran integrantes de las fuerzas armadas de los todopoderosos romanos... La soberbia y el desprecio de los romanos para los que no fueran de ellos eran evidentes y esto no era un secreto entre sus soldados. Solo así pudo ocurrir que un soldado romano, para burlarse de las masas judías congregadas en Jerusalén para las fiestas de pascua, exhibiera sus genitales ante la gente. El espectáculo causó un alboroto entre la gente profundamente escandalizada y lo ocurrido, considerado como un evidente sacrilegio, pareció sembrar las semillas de una rebelión. Primero protestaba la gente y exigieron que el soldado fuera castigado de una manera ejemplar, pero al no ver el cumplimiento de lo solicitado, estalló la insurrección. Cumanus ordenó la intervención de sus tropas. La masa, escandalizada y hirviendo por el disgusto sufrido, al ver la llegada de las tropas comenzó a buscar su salvación en una fuga desordenada y una resistencia loca, en que los armados masacraron a los indefensos. El escándalo de un irrespetuoso soldado era saldado con la muerte de treinta mil judíos... Una vez más se cumplió cabalmente el dicho que sostiene que de viles causas suelen brotar gigantescos efectos... la pelotita de nieve que comienza a correr hacia abajo por el tobogán de una montaña nevada, al crecer se troca en un alud que destroza y lleva por delante todo... (252) De nuevo se cumplió la ley de la duplicidad. Apenas pasaron algunos días de este luctuoso hecho, cuando denunciaron al procurador otro caso de un brutal sacrilegio; ocurrió que un legionario durante el saqueo de una aldea (253) halló un libro de la Tora y, en presencia de los judíos, lo rompió en dos. Los exaltados corrieron inmediatamente a Caesaria y exigieron el castigo del soldado. Cumanus preocupado consultaba a su gente, que le recomendaba que esta vez sería una grave imprudencia echar de nuevo «aceite de persa» (254) sobre el fuego, pues el caso podría terminar otra vez con una rebeldía y una masacre. El procurador entonces, para calmar la multitud enardecida, ordenó la ejecución del soldado, para que una sola vida apagada sirviera para salvar a muchos. (255) FÉLIX Y LOS PROFETAS: Los profetas conocedores del inescrutable futuro crecieron en Palestina como los hongos después de una benigna lluvia matinal. Sus predicciones fueron en general proyectadas para los muy posteriores tiempos, cuando el autor de lo dicho ya no podía rendir cuentas sobre sus evidentes ambigüedades y errores, porque el profeta estaba ya hace tiempo allá, desde donde nadie regresaba... Solo la benigna posteridad tenía y sigue teniendo la mala costumbre de corregir la historia del pasado para confirmar la veracidad de lo profetizado... Los profetas se van y vienen otros nuevos y cada vez dieron más y más trabajos al gobierno de los procuradores. Charlatanes unos, embaucadores otros, convocaron a la gente adoctrinándola. Luego los invitaron a seguirlos al desierto; prometieron mostrarles signos y milagros producidos en plena armonía con la voluntad de Dios; la mayoría de la gente se dejaba seducir, porque las promesas les permitían soñar una vida mejor. Sin embargo, al despertar, tuvieron que darse cuenta de que la realidad es amarga como la hiel. Uno de estos casos, que cada vez se repetía, era la aparición de un egipcio, que llegó a Judea convenciendo a la gente de ser profeta. Logró juntar treinta mil tontos y los condujo por un camino quebrado a través del desierto hasta el monte de los Olivos; desde allí quería asaltar los muros de Jerusalén. Para convencer a sus seguidores en esta tarea, les aseguraba que a su simple orden caerían los muros como los de Jericó y entrarían en la ciudad... La gente sencilla y necia esperaba un Mesias, siempre que tuviera el poder de ser superhombre! El procurador Felix, hermano del todopoderoso Pallas en la corte imperial, sin perder tiempo salió al encuentro del profeta y de su gente; cayó sobre ellos y de treinta mil exaltados quedaron para siempre cuatrocientos en el campo y el resto, perseguido por la caballería desapareció con la velocidad de un rayo... (256) Un año después se repitió la historia, pues apareció otro profeta que autoproclamándose redentor de su atribulado pueblo prometió a sus necios miserables la liberación de todos sus problemas, si estaban dispuestos a seguirlo al desierto. La salvación prometida quedó en nada, porque el procurador Félix envió su caballería ligera para dispersar a los engañados. Detrás de los sinónimos «profeta, liberación y desierto» indudablemente estaba una inapagable sed de ser libre. Liberarse del yugo romano, pero también de los dobles impuestos pagados a Roma y a su propio estado teocrático. La gente sencilla siempre era víctima o de los cobradores de impuestos, o de los embaucadores que les prometían miel, pero al fin tuvieron que tragar la hiel. Profetas categóricamente falsos, que ni siquiera fueron capaces de prever que les esperaba y no en el futuro, sino en su propio presente. Fueron unos inescrupulosos embaucadores, los cuales con el título religioso de profeta, atrajeron como un magneto a los miserables, tontos y necios puestos todos al servicio de sus propios oscuros intereses... Profetas, que naufragaron antes de embarcar... Alrededor del año 66, la última chispa antes de que estallara la más sangrienta guerra que tuvieron que sufrir los siempre descontentos judíos era una mínima controversia acerca de la construcción de una sinagoga sobre el fundo de un griego en la ciudad de Caesarea ambos querían construir allí; los judíos su santuario y el griego un taller... Las controversias crecieron y el procurador romano, Floro Gessio, tuvo que intervenir. Los judíos recurrieron al santo remedio milenario; a Floro le dieron ocho talentos, mucha plata, para que les defendiera contra la maliciosidad del griego. El procurador prototipo de gobernante corrupto prometía su asistencia, pero luego olvidó cumplir lo prometido y los griegos, para burlar a los judíos, comenzaron a sacrificar aves, recordándoles de esa manera insólita que tuvieron tiempos en que sufrieron la incurable lepra. Estalló una violencia entre los habitantes de la ciudad portuaria de Caesarea; judíos, fenicios y griegos. Los judíos se retiraron a Narbata y aquellos pocos, que se atrevieron a dirigirse de nuevo al corrupto Floro para recordarle que le untaron las manos con ocho talentos, quedaron inmediatamente arrestados. Olvidaron que el que tiene un deudor, adquiere un enemigo. Cuando Cestius Gallus, gobernador de Siria, un superior del procurador Gessius Florus, durante el año 65 llegó a Jerusalén, miles de judíos tumultuosamente le comentaron sus penas y acusaron muy seriamente al procurador. Parece que todo fue en vano, porque Cestius se limitó solo a tranquilizar a los descontentos; sin resolver el problema, regresó a su Antioquía, sin darse cuenta de que los numerosos abusos de su procurador estaban llenando la copa y faltaban solo unas gotas más para rebasarlas. Inútil fueron las tranquilizantes palabras del rey Agripa II, quien intentó convencer a su pueblo de que más vale saber callar y quedarse tranquilo, porque el Dios mismo en estos momentos estaba firmemente del lado de los romanos... (257) El terrorismo y la subversión JUDÍOS Y LOS SAMARIOS: era una inveterada costumbre de los judíos asentados en Galilea que por lo menos una vez al año cruzaran las inhóspitas tierras de Samaria, peregrinando hacia al templo de ellos en Jerusalén. Así que durante el año 50 unos judíos ortodoxos emprendieron un viaje hacia la Ciudad Santa, pero apenas cruzaron la siempre caliente frontera, los habitantes de la aldea samaritana de Ginea (258) atacaron a los peregrinos y los asesinaron. (259) Llegó la luctuosa noticia a Jerusalén y la gente, olvidando su fiesta, furiosa por la injuria sufrida, se sublevó y quería hacer la guerra contra Samaria. También los de Galilea tomaron las armas diciendo que si bien la servidumbre es amarga, la insolencia de los vecinos la hace insoportable ya. Los Galileos, conducidos por Eleazar, cruzaron la frontera en la cercanía de la toparkhia de Akrabatene y masacraron atrozmente los habitantes de varias aldeas. Lo mismo hicieron los enardecidos judíos desde Judea y conducidos solo por la ira ciega, cometieron en el sur de Samaria semejantes desmanes. Cada uno se sentía injuriado y se acusaban mutuamente ante el procurador Ventidius Cumanus, gobernador de Galilea, que tenía su sede en la ciudad de Tyrus. Cumanus, ya que sus manos fueron untadas por los Samarios, en vez de ejercer justicia, marchó contra los judíos en Galilea con su caballería sembrando la muerte entre aquellos, los cuales en realidad tendrían que haber sido defendidos. Los Samaritanos, para asegurarse sus flancos, decidieron dirigirse al gobernador de Siria. Este, al interiorizarse mejor de lo ocurrido, decidió ver las cosas en el lugar de los hechos. Se dirigió primero a Samaria y al darse cuenta de lo ocurrido, hizo ejecutar en la ciudad samaritana de Lydda a algunos samaritanos como también al judío Doetus con sus cuatro compañeros. La corrupción del procurador Cumanus era ya un secreto de todos en estos tiempos, y el gobernador de Siria Cassius Longinus decidió que el procurador junto con su jefe militar Celer, se presentaran junto con las autoridades judías y de Samaria ante el tribunal del emperador Claudio. Al escuchar la defensa de ambos bandos, el emperador dio la razón a los judíos e hizo ejecutar a tres de la delegación samaritana; mandó al exilio al corrupto Ventidio Cumano, pero su jefe militar, Celer, lo envió a Jerusalén, dejando que fuera víctima de una brutal venganza popular. (260) La tortuosa política exterior de Roma no vacilaba en sacrificar unos pocos de su propia gente, si la muerte de uno solo podía servir para la pacificación de muchos. La paz en el Oriente paseaba siempre sobre las cornisas de un alto edificio, y la rebeldía de un solo pueblo era contagiosa como una peste. La política romana conocía perfectamente la regla del tobogán y de la lavina y por ello no podía permitirse el lujo de que por una vil causa la muerte de un galileano se desatara una sangrienta insurrección, cuya chispa podría incendiar luego a todo el Oriente... El procurador Cumanos comenzó su largo viaje hacia el exilio y el único beneficiado fue Félix gracias a su hermano Pallas, el consejero íntimo del emperador Claudio, quien al perder a su colega Cumanus, obedeció suss consejos y Félix fue designado procurador de Judea, Samaria, Galilea y hasta para Peraea. (261) Los romanos lograron apenas tranquilizar los ánimos exasperados, cuando estalló de nuevo una grave controversia entre los habitantes judíos y sirios de la ciudad de Caesarea; la discusión versaba acerca de la cuestión de la ciudadanía. Los judíos sostuvieron que a ellos les correspondía por haber sido los fundadores de esta ciudad junto con Herodes el Grande. Los sirios a su vez insistieron en que esta misma ciudad ya existía bajo el nombre de Stratos Pyrgos (262) mucho antes de su «refundación por Herodes». La discusión luego fue terminada, pues un decreto del emperador Nerón durante el año 59 anuló la igualdad de la ciudadanía entre los judíos y sirios para siempre... (263) REBELDÍAS Y EL PAUPERISMO: Una de las numerosas causas de rebeliones fue el creciente desequilibrio económico-social, producto natural de la desigual repartición de los bienes. A un lado estaban los pocos, cada vez más acaudalados, que no sabían ya cómo ni dónde invertir y qué hacer con su cada vez más acumulada riqueza. Estos mismos, a su vez, se sentían mal mirados por la masa de sus propios conciudadanos, que tenían solo la esperanza de liberarse lo más pronto posible de los recaudadores de los cada vez más insoportables impuestos y tasas inventadas. En este sentido el estado judío por excelencia teocrático compartía la explotación económica con los mismos romanos que se apropiaron de sus tierras y les quitaron también lo más precioso que tenían: la libertad. El primer siglo estuvo plagado de disgustos, rencillas con los vecinos, rozamientos con sus autoridades, semillero natural de las contínuas rebeliones. Detrás de todo se escondían como siempre motivos económicos y sociales. La historia confirma y ratifica lo sostenido... Arquelao, el rey de Judea, al encargarse de la herencia de su padre Herodes el Grande, su pueblo exasperado por el excesivo aumento de los impuestos que comenzaron a estrangular la fluidez del comercio le pidió al rey aliviar por lo menos algo la carga ya demasiado onerosa. (264) Arquelao estaba algo irresoluto, pues en el introito de su reinado le aparecieron cuatro atrevidos brigantes, que pretendieron quitarle el trono y la corona. Fueron estos intrépidos bandoleros, los Athrongios: cuatro hermanos de rebosante vitalidad; fuerza juvenil con una inteligencia natural. Sabían que durante sus pasos hacia el trono chocarían con los romanos, pero los enfrentaron con un valor sobrehumano y obtuvieron algunas pequeñas victorias, que les enardecían todavía más. Se sentían ya invencibles después de que en la cercanía de la aldea de Emaus lograron derrotar una centuria romana. La desgracia sufrida hirió profundamente al orgullo romano, y el jefe militar Gratus, que posteriormente fue también procurador en Roma, terminó con sus tropas selectas con las andanzas de estos intrépidos bandidos, los cuales por lo menos tres de ellos fueron apresados y ejecutados. (265) En el progresivo pauperismo de Judea, y muy especialmente de Galilea, tenía su indiscutible participación como causante la casta privilegiada de los sacerdotes y la omnipresente y muy influyente secta de los fariseos. Ellos estaban encargados de la difícil tarea de mantener la unidad del pueblo, aun en la diáspora, muy especialmente por medio de un impuesto religioso a favor del Templo de Jerusalén. Sin embargo, lo que hubiera debido unir al pueblo en lugar de separarlo era precisamente la cobranza de los impuestos, censurada luego severamente por Joshua (Mt. 23,4). Y aquellos, que por su cargo sagrado tendrían que ser representantes de la justicia y equidad, fueron entre otros, los que sembraron la desilusión y la ira de los explotados, que son gérmenes de la rebelión. (266) LA REBELDÍA DE JUAN BAUTISTA: Llamativa era la estrecha y a la par conflictuada relación que existía entre un sacrificio religioso y el dinero, especialmente en Hiero Solima (Jerusalén). Los objetos para este acto religioso, corderos y palomas, el hombre religioso los tenía que adquirir en el atrio del templo, cierta clase de «santeria», administrada por los sacerdotes. No era gratias. Tenían que ser pagados, lo que para el pobre resultó ser otro «sacrificio», cierta clase de impuesto con una leve porción de fastidio... Sacrificios, hechos con enfado no podían ser gratos a Dios, ni a los dioses!... Semejante carácter de duplicidad de los sacrificios era una de las causas del surgimiento de Juan Bautista, que abandonando la relativa comodidad en que vivía en su ciudad natal en Hebron decidió trasladarse a las orillas del río Jordán, y allí mismo, en pleno desierto, se proclamó ser la voz clamante del desierto, pregonando su programa religioso, social y político. Como su contemporáneo apareció Joshua ya en edad madura armado con experiencias, indignado por la explotación económica y herido por la pérdida de la libertad de su pueblo. Estas fueron las causas que lo catapultaron a la palestra para luchar en adelante solamente por el bien de su pueblo. Juan Bautista vivía como unos nueve siglos antes el profeta Elijah en el desierto; como xerófago, se alimentaba de miel silvestre y comía langostas, que tenía siempre en abundancia. Muy pronto se agolpó la gente en su alrededor y el número de sus oyentes se acrecentaba cada día más y más, escuchando la voz ronca y amenazante del profeta, que jamás «profetizaba» nada, sino que solo exhortaba a sus oyentes para que llevaran una vida intachable, fueran justos con sus prójimos y unidos con sus correligionarios por medio del bautismo y en la penitencia. (267) Para terminar definitivamente con las palabras «rico y pobre» exhortaba a sus oyentes que tenían que repartir los bienes de tal manera, que cada uno tuviera su túnica y comida sin sufrir jamás penurias. Y, como si hubiera sido un consejero del rey Antipas, también a los soldados recomendaba quedarse contentos con sus magros sueldos. (Luc. 3,14) Predicaba el bautismo para la remisión de los pecados (268) por medio de las dos concisas palabras: «¡Poenitentiam agite!» (¡Metanoeite!) ¡Arrepiéntete! Su programa religioso, que culminaba insistiendo en esto, ha sido tomado luego letra por letra por su sucesor Joshua. Cada uno de ellos proclamaba con voz en cuello: «Arrepiéntete, porque ya está cerca el reino de los cielos». El rito de Juan Bautista consistía en un bautismo sencillo; el río Jordán daba su agua sin cargo, no le costaba a nadie; de esa manera perdonando los pecados a los arrepentidos, sin necesidad de ir a Jerusalén eliminaba una carga onerosa de un antes costoso sacrificio, aunque esto tuvo que chocar con el disgusto de los sacerdotes, cuyas «santerías» sufrieron de esta manera una merma considerable. Bautista recibió por esta misma causa la visita de unos que al fin no resultaron nada agradables. Aparecieron en su asamblea algunos sacerdotes que lo interrogaron muy ásperamente: «¿Quién eres tú? ¿Cómo te atreves a bautizar? ¡si no eres ni Elijah ni Mesiash, ni profeta!» (Johan. I. 19-34) Juan les dijo: «¡Soy quien soy!» aunque hubiera podido decir que lo que habla de su boca es la inspiración algo divina; indudablemente la gente estaba convencida de que su cuerpo era invadido por el alma de Elijah, y el espíritu de este profeta habla por su boca... Acerca de esto, Joshua pensaba lo mismo. (Mt.11.14) Llamativa es la extraordinaria semejanza del programa de Juan Bautista con el de los essenitas; nos permite ver en ambos una casi identidad. Juan quizás era uno de estos essenitas que vivían dispersos en las aldeas de Judea, al par que mantenían un estrecho contacto con su monasterio, con la casa situada en Qumran, casi en la inmediata vecindad con el lugar donde Juan predicaba y bautizaba. Sus doctrinas y exhortaciones calaron profundamente en el corazón de sus oyentes, entre los cuales no faltaron algunos fariseos y aparecieron también los muy escépticos sadduceos. No obstante, algunos pensaban que la sencillez de sus predicaciones chocaban con la indiferencia de la intelectualidad judía, representada en esa época precisamente por la muy helenizada secta de los sadduceos. Sin embargo, tenemos bien documentado que ocurrió todo por el contrario, pues cada persona, fuera inteligente o inculta, llevaba en lo más íntimo de su ser un censor áspero, la conciencia, cuyas constantes acusaciones son muy difíciles de soportar. El invencible deseo de liberarse de las censuras de la conciencia es antigua como la humanidad misma; confesar los pecados era ya uno de los postulados en la religión de los griegos; nadie podía iniciarse en los misterios eleusinos con manchas negras sobre su conciencia... Juan el Bautista lavaba los pecados con el agua del río Jordán; era un acto religioso que no le costaba nada; hubiera sido muy costoso un viaje a Etiopía, donde había un lago de reducido tamaño, cuyas aguas de color de cinnabar tenían la fragancia del vino dulce. Tenía el nombre de «lago de las confesiones», porque aquellos que tomaban sus aguas caían en un estado frenético y confesaban a voz viva todos sus pecados. (269) La asamblea de Juan crecía ya peligrosamente y sin que EL hubiera podido prever las eventuales consecuencias que significaba el tumulto alrededor suyo, en vez de atemperar algo su tono severo, comenzó a censurar también a los poderosos, lo que al rey de Galilea y de Perea parecía ser más bien el potencial foco de una insurrección, que una piadosa asamblea religiosa. Decidió entonces prevenir antes que fuera tarde y mandó a detener al profeta, que quedó encarcelado en la afamada fortaleza de Makheron. (270) Algunos erróneamente sostienen que la causa real del arresto de Juan Bautista era su áspera censura contra las segundas nupcias del etnarca Herodes Antipas, que se atrevió a casarse con la esposa de su hermano Philipo, que era tetrarca de la provincia de Trachonitis. Decir esto era un grave error, un error de la biblia. (Mr. 6.17) Antipas se casó en realidad con la mujer de su hermano, Herodes, quien fue abandonado por Herodias junto con su hija Salomé, viuda de Philipo. Para la mejor ilustración del lector cabe aclarar, que Herodes Antipas y Herodes y Philip fueron hermanos consanguíneos, hijos del polígamo Herodes el Grande, porque cada uno tenía diferente madre. La madre de Herodes Antipas era Malthace, una mujer samaritana; Herodes, cuya esposa era Herodias y su hija Salomé, tenía por madre a Mariamme, que era hija del Sacerdote Supremo Simon en Jerusalén. Y Philip Herodes tenía por madre a Kleopatra de Jerusalen; era tetracarca de Trachonitis y esposo de Salomé, quien al enviudar se casó con Aristoboulos, de quien tenía tres hijos: Herodes, Agripa y Aristoboulos! (271) La frecuente repetición casi de los mismos nombres se presta para perderse en un laberinto familiar... De esa manera queda aclarado aquí, que Herodias no era la mujer de Philipo, sino su suegra!... Juan Bautista terminó su vida santa y agitada en la fortaleza de Macheron, pero detrás de él quedaron algunos discípulos, los cuales, saliendo del estatismo jordano del difunto maestro, comenzaron a propagar sus ideas y doctrinas en Samaria, en Siria y en Dekapolis. Su nombre y sus ideas sobrevivieron las inclemencias de los siglos, pues hasta en nuestro presente existe en la Mesopotamia sobre el litoral del Éufrates una secta de ellos llamada «Los Mandaer de Juan Bautista». Quizás no era la única voz del desierto, porque unos pocos años después apareció un tal Bannus. Flavius Josefus, este noble judío, vivió durante tres largos años en el desierto con este eremita y notable epigón de Juan Bautista. Profundizó luego en las disciplinas de fariseos y essenios, para poder hacerse un hombre íntegro, sano y culto. Lo que quería lo logró ampliamente; gracias a él sabemos hoy cómo era la vida cotidiana de los judíos y de Juan Bautista. (272) REBELIÓN DE LOS BANDOLEROS: En un conglomerado popular donde la multitud de la gente está condenada a soportar la siempre turbulenta coexistencia de una gran variedad étnica, agravada con diferencias idiomáticas, religiosas y de costumbres estará siempre presente la amenaza de una perpetua colisión de los intereses junto con el concomitante desequilibrio económico, financiero y social... Semejante situación existía casi exclusivamente en la muy norteña y siempre turbulenta Galilea. Allí mismo, ya con la salida del sol, se despertaba diariamente el descontento popular, la protesta de las aldeas contra la riqueza de las ciudades, la pobreza del campo contra la explotación social, la sencillez y bondad humana contra el bandolerismo. En esta lucha cotidiana la tregua aparecía solamente con el silencio nocturno... Lo gracioso en toda esta turbulenta historia es la circunstancia de que los bandoleros del presente fueron los desesperados pobres del anteayer... (273) En la palestra de la lucha de todos contra todos, al fin apareció la ley y gritó un Alto! y los Kakos de la historia tuvieron que enfrentarse con las funestas tres palabras: derrota + tragedia + el fin, porque el bandolerismo de Galilea realmente no tenía ya otra alternativa... Casi medio siglo antes de que naciera el hombre, cuya historia es el único objeto de nuestra obra, apareció un tal Ezequías en Galilea, osado conductor de una horda de malvados, que arrasaban los distritos vecinos de la frontera con Siria. Herodes, el todavía joven etnarca de Galilea, hizo una cita con Ezequías y con su gente, y para que no molesten más a nadie, lo mandó a Ezequías con todos los suyos a la muerte. (274) Una década después (37 a.cr.n.) Herodes tuvo que intervenir de nuevo contra el creciente bandolerismo en Galilea, que se hizo firme, fuerte y casi inaccesible en las cuevas de las montañas de Arbella. La tarea de Herodes era complicada, porque hasta tuvo que enfrentarse con la guarnición militar de su propia capital en Sepphoris. Una vez que la ciudad quedó pacificada, procedió contra los bandoleros que habitaban las inaccesibles cuevas en las montañas. Se enfrentaron con las tropas de Herodes más que valientes y osados pero la fuerza mayor les obligó a buscar su refugio en la fuga desordenada más allá del río Jordán, hacia Gaulonia. Es necesario recordar aquí, sobre estas páginas, que un gran número de estos bandoleros se defendía en las entradas de sus cuevas y no estaba dispuesto a entregarse; preferían antes morir por sus propias armas que hacer la genuflexion ante Herodes, que era un extranjero para ellos... La autoinmolación de ellos, relatada magistralmente por Flavio, nos parece antes de ser un comentario más bien un hymno acerca del coraje sobrehumano de un puñado de valientes. Un acto que suele nacer de una desesperación, que desconoce límites. (275) Se apagó el incendio, pero no el fuego que ardía bajo de las cenizas... Apenas Herodes se retiró con el sabor agridulce de ser vencedor, los vencidos se vengaron contra su general Ptolomeo..., y Herodes tuvo que regresar para eliminar el resto de la insurrección (276), sin darse cuenta de que la serpiente de una rebelión suele tener mas de una cabeza... De esa manera saltaron de nuevo las llamas del fuego de las cenizas, y los sublevados buscando la revancha sacaron a la gente que estaba con Herodes anteriormente y los infelices se ahogaron en las gélidas aguas del Gennezareth, porque en esta época había tormentas de nieve en la turbulenta Galilea... (277) La chispa, que incendiaba Galilea, cruzó las fronteras y quedó bajo las cenizas durante largo tiempo..., aunque no para siempre, porque una década después que Joshua abandonó esta tierra, el procurador Cuspius Fadus tenía que enfrentarse con el bandolero Tholomeus, que hizo la vida insegura en las aldeas fronterizas, que Judea tenía con Idumaea. (278) ¡Los bandidos nunca mueren! Cuantos más los elimina la ley, tantos más aparecen... Son como las cabezas de la Hydra de Lerna..., solo así habrá podido ocurrir que después que desapareció el bandido Tholomeo, reaparecieron en la cercanía de la aldea judía Beth-Khoron otros nuevos brigantes, cuya osadía no tenía límites. En pleno día se atrevieron a asaltar a un siervo del emperador, un tal Estephano. (279) El atrevido asalto sublevó al procurador Ventiduus Cumano; su ira e indignación no eran tanto por el daño sufrido por el mensajero del emperador, sino por causa del robo, la pérdida de mensajes muy especiales que fueron enviados a la corte imperial. Los bandoleros desde luego desaparecieron como llevados por los vientos y la tropa enviada para capturarlos no halló ni siquiera sus huellas. Enardecidos por la cólera los frustrados emisarios, durante su regreso asolaron las aldeas cercanas al hecho, sospechando un apoyo popular que la gente habría brindado a estos atrevidos brigantes. Mientras el mal tiene que enfrentarse con la autoridad legal, el estado puede contar con la esperanza de poder restablecer la paz y la serenidad. Pero cuando el ladrón roba para la policía un caso frecuente hasta en nuestro presente entonces el estado mismo está ya contaminado por la corrupción... Y esto ocurrió en el tiempo en que los estados judíos trataban a sus respectivos gobernadores Cumano y Felix con un profundo desprecio, porque ambos fueron curruptos hasta la médula...! (280) Pero, ¿por qué razón tanto desprecio? Acerca de esta cuestión Tácito nos dice algo que nos permite imaginar, pero Flavius Josephus nos brinda un amplio informe acerca de las fechorías de estos gobernadores que fueron romanos, pero también bandidos. Durante los años en que Felix era procurador de Judea y luego de toda Palestina (281), apoyado por el poder intocable de su hermano Pallas, íntimo del emperador Claudio, podía permitirse el lujo de ser cómplice de los más vulgares bandidos y ladrones; llevaban la maldad a tal punto, que los ladrones robaron a los bandidos descaradamente. Los ilustres gobernadores enviaban cuadrillas de ladrones; hacían emboscadas y algunas veces unas sangrientas escaramuzas. Los ladrones presentaban lo robado a los procuradores de sus provincias: a Felix y Cumano, que se alegraban por lo recibido. Pero más adelante, cuando los daños fueron ya demasiados, tenían que ceder en sus irrefrenables codicias... Después que Cumano por orden del emperador tuvo que emprender un viaje sin regreso hacia su exilio, Felix quedó designado para toda Palestina (282) y dueño de un cinismo sin par, decidió eliminar al Pontífice Jonathan, que le censuraba. Eligió para este fin a un verdugo muy especial: el amigo más íntimo de Jonathan, un tal Doras, que en la espera de una suculenta prebenda y olvidando las palabras «lealtad humana», mandó a asesinar a su más íntimo amigo. El vulgar asesinato fue sellado con la impunidad; solo la historia impidió que fuera este acto silenciado. Los bandoleros del campo comenzaron a infiltrarse en las ciudades y siguieron con sus fechorías, pero esta vez ya bajo el nombre de Sicarios. Se especializaron en eliminar gente incómoda y aceptaron encargos para hacerlo; la gente quedó desconcertada e indefensa, y los puñales hicieron su fiesta... La delincuencia y la matanza sentó sus reales en Hiero-Solima y la historia, que se repite, demuestra con olímpica claridad que el pasado apenas era peor que nuestro presente. El sucesor del corrupto Felix, el procurador Festus Porcius, «emprendió» una lucha contra esas inescrupulosas bandas de terroristas urbanos. Combatidos estos, regresaron al campo, robando e incendiendo las aldeas. (283) La mal disimulada limpieza terminó pronto, porque los que sucedieron a Festus, un tal Albino Lucano y su colega Gessio Floro nuevos procuradores resultaron ser peores de lo que fueron los bandidos y sicarios... Sería salir del cauce de nuestro plan principal presentar solo el ambiente en que vivía Joshua, brindando todavía más detalles acerca de lo ocurrido en estos tiempos, cargados de miseria y tragedia humana (284), pero no podemos acercarnos demasiado al bosque, pues luego veremos solamente algunos árboles solitarios y no la hermosura de una selva. La situación político-social de Galilea no era una jota mejor. El descontento general marchaba hacia una violencia que amenazaba sin par. Sus habitantes griegos y fenicios de las ciudades de Sepphoris, pero muy especialmente los facinerosos en Tiberias fueron masacrados. En Galilea guerreaban todos contra todos..., aunque todo era sin sentido. (285) Meditando acerca de los relatos sobre la inconducta de los últimos procuradores que Roma envío a Palestina gobernadores que descendieron al nivel de los bandoleros solo llegamos a la conclusión de que hasta un mismo estado, en que dejan de ejercer la justicia, se degrada al nivel de un simple bandolero; una situación que tan acertadamente nos ilustra el obispo de Cartago. Él nos relata que Alejandro Magno, el rey de los Macedonios, cuando estaba meditando solo, en más de una oportunidad recordaba las sabias palabras de un pirata, que apresado para ser condenado lo llevaron ante su presencia. El pirata, al recibir la autorización para defenderse, le dijo: «¡Señor! ¡Cuando yo hago mis piraterías con mi pequeño bajel, me llaman ladrón! ¡Y a Ti, porque tú haces lo mismo con tu poderoso ejército, te llaman rey!» (286).
Obra suministrada por el autor. |
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|