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La cultura en lo real María Elena Ramos El Nacional, lunes 22 de noviembre de 1999 No basta talento especial del muchacho. No bastan luminosas ideas ni ricas imágenes de la duermevela. No basta proyecto, pues sin obra no hay arte ni cultura. Y mientras el ideal de país de los políticos no siempre logra hacerse obra, la cultura simplemente no existe si no hay realización. Para que haya obra se necesitan un talento y un hacer. Pero talento sin hacer no alcanza. Se requieren acciones a la vez de místico y de artesano. Urge además el lenguaje. El artista conoce una lengua especializada y ha de fundar, dentro de ella, un habla particular. Y la acción lingüística no es empeño menor: no puede haber orquesta si no hay músicos, ni museos de arte si no hay artistas y especialistas en museología. Y si no hay poeta verdadero sin poesía, tampoco hay poesía sin poetas. Así, no basta sentir un mundo en la cabeza. Es necesario llevar saber y sentir al mundo, pues la cultura sólo existe sobre obras tangibles que los que sienten y saben logran poner en lo real. Pero el logro de la cultura no es sólo productivo, espiritual y lingüístico. Es perceptivo y multiplicador. Es social. La cultura es así cuerpo vivo en sístole y diástole: concentración y expansión. Hasta la sinfonía que logra miles de escuchas debe tocar finamente a cada uno de esos miles de espíritus. Así, el problema de los públicos implica dos actos complementarios: compromiso con cada individuo y compromiso con lo masivo. Sólo el directivo cultural que apunte a estas dos metas ahuyentará tanto el extremo del purismo exclusivista como el de la demagogia proselitista. Si la cultura es obra concreta, su eficiencia requiere encarnar: en las personas, en el país real. Uno de los modos en que la cultura encarna en lo real procede del Estado y atañe al Consejo Nacional de la Cultura. Debería estar claro pero no siempre lo ha estado que los llamados entes subsidiados por pertinencia y los llamados tutelados por pertinencia y pertenencia, lejos de ser competidores o «desaguaderos de los recursos» son, muy por el contrario, el Conac mismo en su aspecto más nuclear: su mandato de concreción, de existir en lo real. El Conac sería una entelequia si no palpitara en la realidad del país a través de cada uno de los museos, orquestas, teatros, cinematecas, editoriales, institutos de formación... A través de sus entes tutelados, por ejemplo, el Conac se inserta en el país real en tres modos dignos de mencionar:
Así, gracias a sus entes culturales, el Estado-Conac se hace cuerpo; en lo real-estético; en lo real-social y en la gerencial real de los recursos (evaluable, auditable, y esperamos, siempre perfectible). Gracias al cuerpo que le dan sus entes, el Conac atiende una realidad lingüístico-profesional que no se puede improvisar; una realidad social que se debe multiplicar; y una realidad gerencial y administrativa que no se puede minimizar. Sería necedad y pérdida lamentable de energía que el Estado viera a sus entes culturales más eficaces ("joyas de la corona" ha llamado Antonio López Ortega a los entes tutelados por el Conac) como ajenos, o bien que no los entendiera, o bien que sintiera complejo de culpa por sus logros y éxitos, o bien que los apoyase como a su propio ser. Hay entes culturales porque hay obra de creadores que les dan lenguaje, materia y alma. Hay un Consejo Nacional de la Cultura porque hay instituciones que le dan cuerpo, y comunidad que le da sentido.
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