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Pese a nosotros mismos
El último número de la revista Imagen, brillantemente dirigida por el poeta Luis Alberto Crespo, dedica un cuerpo antológico al tema de la identidad nacional. En referencia, tal vez, al medio milenio de la llegada de Colón a nuestras costas, firmas prestigiosas acuden a analizar la paradoja de haber pasado de ser una tierra de gracia a ser un país aún no descubierto. Indescifrables resultan aún, para los analistas políticos, sociólogos y especialmente los historiadores, las claves de la especificidad latinoamericana y venezolana. ¿Puede existir nuestra permanencia y definición, tal como lo indica Crespo, pese aun a nosotros mismos? Un país sin identidad percibible, una sociedad que no sabe describirse a sí misma, un pueblo aparentemente sin memoria. Así somos, así parecemos, transcurridos ya quinientos años de historia. He leído con aterrador interés este dossier de Imagen, pues la evidencia de la desdibujada identidad de nuestro pueblo es una de las verificaciones que, en verdad, más que el café excesivo y las preocupaciones económicas por las escuetas remuneraciones de la administración pública a la cual pertenezco, pueden de verdad quitarme el sueño. De todas las consistentes exposiciones me inclino por un trabajo de Roberto Hernández Montoya, titulado ¿Quinientos años de cultura no bastan?, que remite a una obra emblemática, en el ámbito sociológico nacional, un autor de excepción a la caza de nuestros fantasmas históricos. Me refiero al esclarecedor y perturbador ¿por qué no? El laberinto de los minotauros, de J.M. Briceño Guerrero. Me gustan el desparpajo y el rechazo de la solemnidad de ocasión y los lenguajes tecnicistas con que Hernández Montoya acomete la reflexión histórica. Me encanta que sea un nuevo lenguaje el que trate de desentrañar nuestras hondas interrogantes. Sólo un leguaje nuevo es capaz de iniciar la necesaria descolonización mental que requiere nuestro pensamiento actual. (Tal vez por ello, en verdad, me atrae la nueva propuesta del discurso chavista, un rompimiento que aun desconcierta, y agrede y atemoriza la adocenada pacatería de las mentes académicas y tecnoprogramadas). Vuelvo a Hernández Montoya y a su afán por desentrañar, a través de los tres discursos propuestos por Briceño Guerrero, el equilibrio que nos pueda devolver una definición válida de ser venezolano. Ha resultado ardua y enrarecida la definición del llamado crisol de razas y culturas. Las tres razas, las tres culturas, las tres exposiciones que Briceño Guerrero divide en la Europa primera, La Europa segunda y El discurso salvaje, no han logrado, segun Hernández Montoya, unificarse para facilitar la gobernabilidad eficaz y la convivencia armoniosa. Por ello nos indica que se configura así un discurso público embrollado, embaucador y embarcador que simula poner por delante el derecho, el método científico y la viabilidad tecnológica. Y, no obstante, podemos ser un país que vive en paz (mal, pero en paz) y que está dotado de un inigualable sentido de comprensión universalista, porque, como apunta Roberto Hernández, cuando un latinoamericano es culto abraza y abrasa toda amplitud europea, sin curarse de fronteras y provincias. Así somos: nos vamos de bonche en carnaval, dejando a un lado esta empresa empedernida y urgente que tenemos de crearnos una nueva ley fundamental. Y sin que nada funcione en el país, somos capaces de hacer una revista exquisita, universal y dotada de la más alta excelencia como esta Imagen que Luis Alberto Crespo y su equipo organizan sin mayores alharacas. Pese a nosotros mismos. |
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