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Un guayabo en la Maní Es Así Caracas, agosto de 2002 No es improbable que haya sido el mismo miércoles 11 de Abril, el día lluvioso en que se terminó de imprimir en Bogotá, en los talleres de Arte Dos Gráfico, bajo el cuidado de Luis Ángel Parra, los quinientos ejemplares de Guayabo, numerados y autografiados por el autor, la poeta Gabriela Kizer. Enrique Hernández DJesús al leer el manuscrito, no sé si la primera de las sopotocientas versiones de Guayabo que espero sean valoradas como las de Eliott- se propuso, contra viento y marea, editarlo. El Catire, lo sabemos, está demasiado orgulloso de los libros que edita. Los escoge, inventa un destino para ellos, los diseña, los transcribe, juega con ellos, mezcla dibujos, fotografías, formatos imposibles, etc... ¡Soy un editor! exclamó y todos le aplaudimos. Bien: es un bello libro, pero se es un buen editor no sólo por el concurso de los materiales, la calidad de los papeles, el diseño, etc. Es el libro que se edita, la propuesta del lenguaje que contiene. Y en el caso del Catire los libros que él considera únicos: Cielo tu arco grande de Hanni Ossott, Tanatorio de Carlos Contramaestre, Aire sobre el aire de Juan Sánchez Peláez... entre otros. ¿Qué vio en Guayabo?. Veamos. IIRecorro una pared hostil. El reflejo, la identidad recuperable, se torna un mosaico absurdo de deshilachados sentimientos. El yo lírico, sin embargo, no es el solitario desdichado de la "torre abolida". Es una parodia. El yo es visto con ojos críticos, que desestiman los recursos de la confesionalidad y prefieren el enfoque paródico de la imagen que la poeta recibe de sí misma. La imagen es el espacio de la experiencia. Imágenes como de sueños. Signadas por el asombro Imágenes literarias. Imágenes que, finalmente, acontecen en un entorno cotidiano, casi doméstico, a no ser por los sentimientos. Gabriela Kizer, en este libro, nos habla de la pena de amar. Esto imposible que termina siendo el amor, no se descubre amargo. Si no que se enfrenta con una sonrisa melancólica e inteligente. La estrategia de la ironía no es conveniente cuando se pretende la exaltación, o la sentenciocidad poética (que la hay, en los buenos escritores, como anota Steiner, siempre la hay) cosa que, justamente, a mi entender, Gabriela Kizer pretende evitar. Casi que a toda costa. Evitar especialmente el patetismo que la llevaría, con su yo a cuestas, a emularse en el resquicio de su pena. De su dolor. El dolor está, ha estado y no hablemos del mañana porque pretendo entender que no existe. Aquí no más, esta su Guayabo y de él se habla, de los muchos guayabos que rondan estas paredes desde sus inicios. El amor, su búsqueda y su pérdida, como antiguos payasos de un mismo circo y en la misma perpetua función. No es la intención de la Kizer (aunque los resultados suelen en su mayoría ser paradójicos) la exaltación de esa subjetividad atribulada del poeta. La ironía hace relativos los alcances del sujeto, aparta las definiciones verdaderas, y ve no sólo su infancia sino los otros que ha sido. Hay algo de crueldad, es cierto. Ser una vaca o una princesa de Etiopía es una forma de no ser el nudo de miedo, de luz, de preguntas que se es. Un poco como irse de la fiesta a las nueve. Entregarse, pero ahí viene otro chiste. Y el chiste es una historia. Gracias a esto, con gran verosimilitud, la vida es recuperada en la poesía de Gabriela Kizer que no le importa ser un poco ridícula y un poco asombrosa. ¿Y lo bello? Dónde destellea el charco. La belleza está en su lugar, donde debe estar, en el lenguaje IIIDe pronto me detengo y me pregunto quién será el pirata que la paseó por Cartagena. Y advierto, rápidamente, que el sentido de los detalles importa por el milagro de la oralidad que sustenta. La imagen surreal es parte del guiño irónico, digamos insatisfecho que recorre estos pasajes del amor que se va, que no llegó, que nos traicionó, que no vimos, que por siempre perdimos. Guayabo es poemario exterminador. Una mujer habla y no ha hecho un templo de su desdicha. Su voz irrumpe, descoloca la metáfora hecha, la imagen consabida. Es una voz bárbara, desconoce el rigor, la distancia que hay entre un bolero y Petrarca, ella sólo celebra las coincidencias. Del bar, que es lo apropiado para un guayabo, salta a una cita, a una alusión libresca. Es una maestra en la topografía de los territorios, sabe de Geografía y como lectora reconoce y juega con las influencias. La estructura y el abordaje mismo de la imagen es narrativa. La poesía está en lo vivo que acude al lenguaje y lo transforma y lo llena de luz de la mano de Gabriela Kizer. Gabrielita le dicen sus amigos. Pero hasta hora yo solamente he sentido lo poderosa que es. Si Borges se enorgullecía de los libros que había leído más de los que hubo de escribir, el poeta Hernández DJesús, me aventuro a afirmar, se enorgullece más de los que ha editado. Por eso su cómplice es el impresor más genial y arriesgado de Bogotá, Luis Angel Parra quien desde las prensas de Arte Dos Gráfico le dio vida a los papeles, dispuso los dibujos de Muriel Angulo que completan la joya editorial que podéis conseguir en la barra. Finalmente somos clásicos. Un Guayabo y un trago. |
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