Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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Un asunto de pulsaciones

Alirio Díaz

Milagros Socorro

Domingo, 1 de agosto de 1999

De cuerda y de corazón, he aquí un larense cabal. Un venezolano de los que ya quisiéramos llenar un vagón. Oírlo, cuando calla para expresar y cuando dice para contar, es un privilegio. En estas páginas, la escueta reproducción de sus meditaciones.

Incluso con amortiguadores de estreno, llegar a La Candelaria exige paciencia, aguante físico, un mapa de carreteras y buena dotación de agua potable, preferiblemente refrigerada. Muchas condiciones para el errante que, finalmente, sólo encontrará un grupo de casas sostenidas por una voluntad que no es de este mundo, en medio de un desierto. Eso, un desierto. Un erial que los jóvenes abandonaron, agobiados de tanto hozar la tierra sin que de ésta brotara agua ni para colmar un pocillo. Estamos hablando de un lugar donde los chivos balan enloquecidos porque la generación anterior arrasó con la última hoja disponible. Un lugar abandonado hasta por los fantasmas porque los escasos cristianos que aún persisten en su ocupación están, lo que se dice, curados de espanto, curados de soledad, curados de lejanía. Un lugar incomprensible, arcilloso, demorado, abatido de sol y otros picores. El lugar, pues, donde nació Alirio Díaz y al que vuelve cuando la mucha Roma, el constante Edimburgo y la excesiva Viena, lo devuelven a la playa de sus orígenes.

Allí, en una casa levantada con un gajo desprendido de la misma musculatura del suelo, nació, el 12 de noviembre de 1923, este hombre al que podemos referirnos con toda comodidad como un genio venezolano, un guitarrista del mundo y un maestro donde los haya. La Candelaria es tan mínima, tan igual a las motas de polvo que flotan en su atmósfera, tan escuchimizada en medio de la amplitud larense, que sus pobladores y sus vecinos la aluden llamándola La Canducha. Un nombre de andar por casa para un caserío que nadie anda. Pero ahí está, puesto en el mapa por el azar de un alumbramiento prodigioso, que no otra es la circunstancia que produjera un artista de la alzada de Alirio Díaz; autor, por si fuera poco, de la historia de este lugar: Al divisar el humo de la aldea nativa, un texto que debe leerse desde el momento en que apareciera su rapsoda, que es su coartada y su héroe, el modelo en que vagamente se inspira el busto que adorna su pequeña y solitaria plazoleta.

Los dedos de Alirio Díaz, si es que lo has visto sentado en un escenario, se arriman a la guitarra con el gesto invertebrado de las algas al batirse contra las piedras. Con excepción de este milagro, todo en él corresponde a la traza de un campesino venezolano, un lugareño del Lara más recóndito donde s

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