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Por el humo libertario

Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

Lo primero, antes que nada, porque no quiero venir aquí a engañar a nadie: he dejado de fumar. Y hace más de un mes que no me llevo un cigarrillo a la boca ni a ningún lado.

Pero lo peor no es eso. Sino que no es la primera vez que lo hago. Ya otras veces he dejado de fumar y otras tantas he regresado al viejo vicio de vestirse con la túnica de azul y plata del humo esparcido a nuestro alrededor.

Ya no fumo. Y no sé cómo resisto la tentación de convertir esta reunión en una especie de congregación evangélica donde todos nos levantemos, tomados de las manos, y entonemos un himno –muy mal escrito, desde luego– contra el cigarrillo y sus nefastos efectos para el organismo.

Ya no fumo y ésa es mi consigna. La única que me ha quedado, tras muchas decepciones con las otras consignas. Me erijo, por tanto, en defensora de los no fumadores, de los arrepentidos, de los conversos, de los que hacen caso a los médicos, de los que se dejan dominar por una pareja enemiga del cigarrillo.

Soy la voz de los que no ya no tienen voz de fumadores.

La naturaleza del humo, esto es una obviedad, es la libertad. Nadie puede atraparlo y, sobre todo, nadie puede prever cuál será el dibujo que el humo trazará al brotar del cabo de un tabaco. El humo es una voluntad, un ánimo de seda que se retuerce según sus propios caprichos.

Así pues, los que hemos escrito mucho inmersos en una atmósfera de humo, los que hemos leído mucho fumando en la cama, los que hemos bebido mucho fumando en la barra... en suma, los que hemos pasado horas contemplando la suave estela azul cobalto que desaparece antes de llegar al techo, sabemos que el humo es inconstante, caprichoso, inasible, voluptuoso... una voluntad de ser y no ser. Pero, eso sí, bello y aspirante a lo más alto.

Los discípulos del humo... los verdaderos aprendices de la libertad del humo defendemos el derecho a ser y no ser. A cambiar por temporadas. A orientarnos según sople el viento. Reclamamos el derecho a fumar y a no fumar. A ser patriotas y a ser corruptos. A constituir y a desconstituir. A estar casados y a estar solteros (o a estar arrejuntaos y a andar escoteros). Reivindicamos el derecho a escribir y a permanecer en silencio. El derecho a triunfar y a fracasar. A ser ángeles y demonios.

Reivindicamos la naturaleza mestiza de la voluntad: una mezcla de los contrarios; una coincidencia de dos que son los opuestos.

El humo se eleva, se enrosca, se expande... y de pronto, cambia de idea y se vuelve aire, luz del bombillo, fuga por la ventana, olor a chicote, rastro, nada. Nosotros, los que hemos tenido el privilegio de tener semejante maestro, hemos venido aquí a exigir que se nos respete el derecho a no fumar, a no creer, a no escribir, a no esperar, a no votar, incluso a no conspirar.

Pero, eso sí, como el humo, reiteramos nuestro compromiso de ser bellos, enigmáticos, azulados; y de aspirar siempre a lo más elevado.


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