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Yesmín Rodríguez Sentada en el tope de su diamante tallado, la pequeña rubia gira ante la mirada de su público. Las muchas facetas de la gema refractan la luz en resplandores dorados, rosas y azulencos, un matiz para cada aspecto de la personalidad de su propietaria, la señora que ahora da media vuelta posada en la superficie de la joya con las rodillas sujetas en sus manos entrelazadas y una mirada de estudiada inocencia como si posara para el afiche de una marca de cerveza sin alcohol. El brillante está engarzado en uno de sus anillos y es tan grande que bien podría sostener el torneado cuerpo de la doctora, una talla cuatro que le aporta el aspecto de una colegiala desarrollada prematuramente para inquietud de su padrino que la ve moverse, aplomada y certera, como una potra bien enjaezada en el pecho y en la grupa. Claro que ya no es una chiquilla, aunque sus medidas no hayan cambiado desde la época en que cursaba el quinto año de bachillerato en el Colegio Teresiano, del Paraíso; y cabe sospechar que más bien se han hecho más lozanas por una férrea voluntad de mantenerse fresca, redonda y jugosa como una manzana de importación. La talla cuatro, que se amolda a una figura de mesuradas voluptuosidades, se repite casi al infinito en unos clósets que deben tener dimensiones sabaneras porque la doctora no para de comprar vestidos, muchos trajes que la precedan en su intención de ostentar el éxito, el poder, esa cierta insolencia con que se planta en un mundo hostil, masculino e impío. No ha debido ser fácil abrirse camino en la tierra de los tribunales y los leguleyos partiendo de un hogar de clase media donde se prodigaba una crianza muy estricta y se vigilaba con severidad el rendimiento en la escuela y la rectitud en la conducta. Si se piensa en la niña Yesmín formando fila en el colegio Los Caobos, donde completó su primaria; en la preadolescente Yesmín vigilando el aspecto de su uniforme en el Colegio de Lourdes, instituto católico donde cursó los primeros tres años de educación media; y en la señorita Yesmín recibiendo el diploma de bachiller en el Teresiano; y se ve ahora a la doctora Yesmín con una manicura de perfección publicitaria cuyo colorido se reproduce en los pies y en los labios, se tiene por fuerza que concluir que esta mujer se ha diseñado una fachada para habitarla en un vecindario donde todavía no se ha mudado ningún santo. Yesmín va vestida y aderezada para faenar en el espinoso mundo del Derecho Penal, un planeta con atmósfera de alta polución donde el que no gana, arrebata. Ella arrebata con su aspecto de figuranta en Hollywood y aspira a ganar en una justa donde, al parecer, ya las cartas están echadas. *** Es incomprensible que todavía haya gente que considere aburrido un país cuyos habitantes más conspicuos trasiegan de la mansión presidencial a una celda en el Junquito; de los encumbrados centros del poder financiero a una helada prisión en la frontera con Canadá o a remotos destinos del exilio; y de las asperezas penitenciarias a hollar otra vez las alfombras de la casa por cárcel. Lejos de ser aburrido en este país falta el tiempo para virar la cara en dirección al siguiente movimiento de los figurones del sainete nacional. Uno de los más conspicuos, el ex banquero, ex millonario, ex empresario de la radiodifusión, Orlando Castro, acaba de hacer su regreso a la patria segunda patria, en su caso. Castro tiene todo apostado a que la historia lo absolverá y mientras ésta se escribe cuenta con los servicios de la abogada Yesmín Rodríguez para que lo defienda en los tribunales locales, que aún lo aguardan para juzgarlo después de cumplir una condena de casi tres años en media docena de cárceles norteamericanas. En este momento nadie da un real por la absolución de Castro, puesto en plaza pública como ladrón y estafador al patrimonio nacional. Nadie... excepto yo asegura Yesmín Rodríguez Aquino, con una voz que pareciera no pertenecerle; una voz como nasal, como gangosa. Estoy segura de que Orlando saldrá airoso de ésta. Yo demostraré que ahí no hay delito de salvaguarda, que jamás se maldispuso un bolívar del patrimonio nacional. Demostraré que Orlando Castro es inocente. Yesmín está acostumbrada a hacer su voluntad. Es la menor de dos hermanos, la única niña de la casa, diana de los mimos y objeto de todos los cuidados. Algo sobreprotegida en su primera juventud, optó por casarse a los dieciocho años con César Loaiza, oficial de la Guardia Nacional, hoy coronel retirado. En casa no la dejaban salir sola. Muy bien sabía su padre, Eladio Rodríguez, de los peligros que acucian a una muchacha en la tenaz noche caraqueña. Lo había comprobado por sí mismo en el palco privilegiado que le permitía su bar-restaurant Las tres topias, local que mantuvo en La Campiña, desde finales de los años 60 hasta 1977, en cuya célebre barra se daba cita la nomenclatura política de la época y toda esa pillería nocturnal que se alimenta de carnes tiernas. El propio Eladio vio tambalearse su sólido matrimonio en aquellos años de madrugadas y quién sabe qué perfumadas compañías. El caso es que "mi hija no", de manera que Yesmín, haciendo honor a su nombre de reminiscencias moras, tenía que quedarse en casa, asomando sus ojos atigrados por la romanilla de su reclusión. Con tantas limitaciones, el candidato a su mano tenía que tocar a la misma puerta de la fortaleza donde la tenían los padres y esto fue lo que ocurrió la noche en que se celebraba en la residencia de los Rodríguez-Aquino la boda de una prima con un oficial, de cuya cuadrilla de honor Loaiza era caballero. Sin contravenir los dictámenes paternos, la niña encontró novio y éste la sacó de su casa, como debe ser. Poco antes Yesmín había desairado el parecer de los padres al abandonar los estudios de Farmacia, que cursaba en la Universidad Santa María; era una carrera muy apropiada para una mujer, decían; "pero no para mí" descarta la doctora, destinada a inscribirse en Derecho, en la Universidad Central de Venezuela, donde encontraría cauce para su vocación. Ya estaba casada cuando ingresó a la facultad y el nacimiento de su primogénito coincidió con los exámenes finales de primer año. Meses antes de graduarse nació su hija Yaniret y en 1979 el matrimonio se disolvió después de doce años de unión. Yesmín se mudó con sus hijos a casa de sus padres y, aunque ahora está instalada en su propiedad en Colinas de La Lagunita, no ha vuelto a casarse, lo que constituye un quebradero de cabeza para algunos de sus colegas quienes manifestaron su extrañeza ante la terca soltería de Rodríguez. Hay que decir que Yesmín, observadora de una dieta hipocalórica de por vida, cuenta con numerosos admiradores entre los colegas de su generación quienes se babean refiriéndose a su atractivo y la vistosidad de sus tenidas. Y uno de ellos aseguró que con su rostro al natural, desprovisto de maquillaje "es todavía más bonita". Sus conocidos que superan en mucho al reducido número de sus amigos, los mismos por décadas no titubean al describirla como una mujer dura, autosuficiente, astuta, misteriosa, autoritaria e incluso malcriada. Uno que ha lidiado con ella en los tribunales y que, quizá por pertenecer al grupo de los más jóvenes cultiva el gusto por otro tipo de mujer profesional, explica que: "la doctora Rodríguez va muy en el estilo tribunal, ya sabes, encopetada, arrogante, sobrevestida. Yesmín reproduce el estereotipo de Raymond Aguiar, su antiguo jefe; es desafiante, vertical en el ataque, sin muchos escrúpulos. El suyo es una especie de charrismo del oficio". *** Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley... corean los amigos de Yesmín Rodríguez, un alegre grupo integrado por unos pocos abogados, un puñado de farmaceutas que fueron sus condiscípulos, algunas compañeras de colegio; gente cuya única característica en común es pertenecer al selecto clan de los íntimos de Yesmín. Cuando se encuentra en terreno conocido y rodeada de su gente, la doctora Rodríguez es Yesmín a secas, una mujer menuda, conversadora y de buen humor que pareciera incapaz de arrearle a nadie un puntapié con su calzado de estreno, número 36. Desde luego que tengo escrúpulos le sale al paso a su leyenda. Y muchos. Nunca acepto un caso en contra de mis principios. Los casos de narcolavado, de drogas, de violaciones, de atracadores, todo eso está vedado para mí porque atenta contra mi ética. Cuando defiendo a alguien es porque estoy convencida de su inocencia. Esta cláusula que, según asegura, encabeza su código personal la inhibió de participar en el caso de la voladura del avión cubano, uno de los legajos más prominentes de cuantos llevaba el escritorio de Raymond Aguiar, cuando éste la invitó a formar parte de la sociedad, en el año 80. "Raymond se acababa de separar del Escritorio Naranjo Osty y estaba fundando un nuevo bufete con Oswaldo Domínguez, Francisco Leandro Mora, César García Cedeño y Nelson Ramírez Torres. Entonces me llamó para que formara parte del grupo como socia minoritaria. Creo que Raymond se percató de que yo tenía buenas relaciones en el poder judicial, que no soy una persona conflictiva, que solamente peleo cuando tengo que hacerlo por estricta necesidad y que soy muy cordial. Pudo haber influido el hecho de que a él le hacía falta mejorar un poco su imagen porque era un excelente abogado pero demasiado guerrillero y eso le había traído una serie de problemas con los jueces". Para ese momento, Aguiar tenía dos años al frente de la defensa de los inculpados en la voladura del DC-8 de Cubana de Aviación, que estalló en el aire el 6 de octubre de 1976 cuando salía de Barbados con 73 personas a bordo, en ruta hacia La Habana con escala en Kingston. Entre los pasajeros, todos fallecidos, se contaban los 24 campeones del Equipo Juvenil de Esgrima de Cuba, que se habían cubierto de gloria en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, celebrado unos días antes en Caracas. Estaban también, entre otros, once jóvenes guyaneses que habían obtenido becas para estudiar Medicina en Cuba y cinco integrantes de una delegación cultural de la República Popular Democrática de Corea. El entonces presidente Carlos Andrés Pérez había insistido en juzgar en Venezuela a los dos cubanos, Orlando Bosch y Luis Posada Carriles; y los dos venezolanos, Hernán Ricardo y Freddy Lugo, implicados en el atentado. Ese caso recuerda Rodríguez estaba en el Escritorio desde antes de mi entrada. Y no tuve ninguna participación en él porque no era el tipo de casos que a mí me gustan y eso lo había hablado con Raymond antes de entrar en la sociedad. No conocía el caso a fondo pero tampoco tenía ningún interés porque el hecho en sí me parecía sumamente grave. Pienso que algunos de los implicados engañaron a Raymond. No creo que me mintiera en este punto, me hubiera dado cuenta. Yo creo saber cuando alguien me dice la verdad y cuando me miente. Son intuiciones y prefiero guiarme por ellas porque cuando las he desatendido las cosas no me han salido bien. La intuición la orientó más bien hacia el caso Sierra Nevada en defensa de los implicados y hacia las costas de José Joaquín González Gorrondona, para quien trabajó por mucho tiempo. El escritorio de Aguiar tenía fama "de ser candela", como ha observado un abogado y de que "no se destacaba precisamente por sus escrúpulos". Lo que Yesmín reconoce pero sólo para agregar rápidamente que esa reputación era injusta. "En realidad, no era así. El caso del avión cubano le creó muy mala imagen al Escritorio. Siempre le dije a Raymond que eso no le convenía pero él me manifestaba que estaba convencido de la inocencia de Posada Carriles. Eso le acarreó la reputación de carecer de escrúpulos a la hora de aceptar un caso. Pero la verdad es que el Escritorio nunca defendió casos de drogas, de violación ni de atracos; de otra manera, yo nunca hubiera podido trabajar con ellos". En diciembre del 83 Raymond Aguiar es asesinado. El escritorio permanece activo hasta finales del 85, cuando la sociedad se disuelve y los socios optan por diferentes rumbos. "Yo me fui con García Cedeño y montamos un bufete aparte. Ahora, recientemente, acabo de montar mi bufete, Yesmín Rodríguez y Asociados, yo sola". *** Las temperaturas que se registran en la oficina de Rodríguez, ubicada en una de las torres del CCCT, deben ser polares. Esto beneficia a la docena de rosas frescas que siempre tiene en su escritorio pero amorata los dedos de los visitantes quienes terminan por atragantarse del té de kiwi que la doctora prodiga, humeante, en grandes tazas. El de ella sin azúcar, claro está, y se echa de ver el desdén que le dedica a las generosas bomboneras que decoran su buró. Siendo como es una ex fumadora que no ha reincidido en el vicio es de admirar que tampoco calme sus ansiedades en el consumo de golosinas, hecho que queda demostrado cuando se lanza un vistazo a su papelera donde no se encuentra ni un solo empaque de chocolate (y sí una caja vacía de la fragancia Allure, de Chanel). Rodríguez tiene control de sí misma. Aprende de sus errores y toma nota de las enseñanzas de sus maestros. Un periodista entendido en affaires de tribunales estima que Rodríguez aprendió de Aguiar la conveniencia de tener excelentes relaciones con la prensa y que la mitad del juicio se gana en los medios de comunicación. "La parte mala es que también aprendió a darle rienda suelta a su mal carácter, a resolver las cosas peleando y a tener relaciones conflictivas con jueces, con policías y con el ministro de Justicia". Viéndola de frente, aterida en su chaqueta de terciopelo negro, cuesta creer que esta bonita señora sea capaz de tirarse de las greñas con un magistrado y mucho menos con un uniformado. Cuánto mejor le cuadran los vapores afrutados que despide su tazón de té y que se mezclan en el aire con los destellos del diamante donde da vueltas como una quinceañera en la silla giratoria de una cafetería. Pero tampoco deben exagerar quienes dicen que ella "va a lo suyo" y que es una penalista de muchos recursos, sólida y aguerrida. De otra forma no se explicaría el hecho de que Orlando Castro, quien en sus buenos tiempos contaba con una plantilla de casi setenta abogados y que alguna vez fuera asesorado en materia penal por otra guarnecida sirena de proa como lo es Esperanza Martinó, haya depositado su confianza en Rodríguez y la haya designado su abogada defensora en Venezuela. Decir confianza es decir poco, Castro se despepita cuando se le pone el tema: "Más que una total confianza en Yesmín, pongo mi vida en sus manos". Suena como el fragmento de un bolero ripioso, pero no lo es. Castro ha estado en la panza del monstruo y le conoce las entrañas; pocos como él saben que la vida de un hombre puede caber en el cuenco de una mano ajena. "Yesmín es posiblemente uno de los mejores abogados de Venezuela. Es una auténtica profesional de las leyes, apegada a la ley; no de los que resuelven los casos con base en relaciones personales", dice. La relación laboral entre Rodríguez y su cliente se inició hace unos ocho años, cuando todavía Castro iba airoso por la vereda tropical y la brisa que venía del mar no sonaba a tromba. Una amiga común la recomendó como consultora externa para que ella le resolviera "un problema", explica Yesmín, "con unos ejecutivos de sus empresas, acusados de haberse quedado con el dinero de unas colocaciones. En ese momento estaba el conflicto con el Banco Venezuela en efervescencia, pero él me buscó específicamente para resolver el problema de sus ejecutivos y el caso se resolvió de manera muy favorable, más de lo que él mismo esperaba. A partir de entonces empieza a contratarme siempre para casos muy buenos. Así se inició entre nosotros una excelente relación laboral". En el año 94 tuve pocas ocasiones de hablar con Orlando, a pesar de que le llevaba algunos casos. Después comprendí los motivos de este silencio: era que el hombre estaba totalmente imbuido en aquella problemática que tenía con la falta de liquidez, porque a raíz de la intervención del Banco Latino comenzaron las corridas en todos los bancos y él estaba sumamente preocupado. Esto lo entendí después. Cuando se acerca la época de los auxilios financieros tuvimos una larga conversación, él me explica lo que está ocurriendo y empezamos a preparar estrategias para defendernos ante una eventual caída del banco. En junio de ese año Orlando empieza a negociar con Fogade la obtención de un auxilio financiero. Llega a un acuerdo con Fogade: le entrega en garantía sus acciones del Banco República; de las compañías de seguros (Latinoamericana de Seguros, Seguros Progreso, Veneamericana de Seguros y Seguros de Vida); de una reaseguradora que tenía en Colombia; de todas las emisoras de radio; y le traspasa la propiedad, con pacto de retracto, de una serie de bienes inmuebles. Fogade se había comprometido a entregarle 52.000 millones de bolívares, que era el avalúo prudencial que se le había hecho a todos sus bienes, pero sólo le dieron 39.000 millones". El Fondo de Garantía de Depósitos le estableció a Castro unas cuotas mensuales de 2.500 millones de bolívares, que éste ya a la segunda no pudo honrar con puntualidad. Y es así que el martes 13 de diciembre de 1994 se produce la caída del Banco Progreso y el resto de las empresas del grupo es estatizado. Comienza Cristo a padecer. Después de que el Banco Progreso pasa a ser propiedad del Estado dice Rodríguez Castro le traspasa a Fogade las acciones de Telecomunicaciones Bantel, que acaban de venderlas por 5.5 millones de dólares. Ese día 13 de diciembre, Orlando, en un gesto muy noble, autoriza al Fondo para que, si encontraba otro bien a nombre suyo o de alguna de sus empresas, dispusiera de él, si es que aún quedaba debiendo algo. Pero ahí no quedó nada. Orlando Castro entregó sus bienes y yo sé que esto es verdad porque tengo numerosa documentación que lo sustenta. *** Orlando Castro regresó a Venezuela hace unas semanas en aparente reedición de su llegada por primera vez, proveniente de La Habana socialista, en el año 61. Venía, sin patria pero sin amo, con lo puesto. Entonces era el sobreviviente de muchos lances, entre los cuales la entrada triunfal de los barbudos era apenas una imagen para el documental de su biografía. Orlando Castro nació en La Habana en el año 1925, de padre gallego (coruñés) y una madre cubana que muy poco habría de cobijarlo de los muchos sinsabores que le esperaban al niño porque murió de tifus a los 27 años, cuando su único hijo tenía siete. Corrección: fue entonces cuando empezó Cristo a padecer porque el huérfano vino a dar tumbos por las casas de sus tíos y más que nada por las calles del Cerro, un barrio de trabajadores que no era precisamente el mejor entorno para levantarse un niño solitario. "Mi vida ha sido siempre una lucha", resume Castro, ahora en registro tanguero. "He tenido alegrías y tristezas. Un claroscuro, vaya. Me siento satisfecho de ella y espero que hasta el último día sea de lucha". Que su boca sea la medida. Ahora Orlando Castro está preso en un apartamento en Chacao, que no corre en el lote de los pisitos que puso Maples (piano, estera y velador) sino que es un pequeño inmueble prácticamente inhabitable en el que debe apretarse con los tres petejotas que lo custodian y con la avalancha de visitantes que ha acudido a verlo como si de un sitio de peregrinación se tratara. Es incomprensible que alguien diga que este país es aburrido... En algún momento deberá detener la afluencia de contertulios y ponerse para la preparación de su defensa que nadie, ni él, piensa que será cosa fácil. Claro que no está solo, faltaba más. Para eso tiene, izada sobre el tiovivo de su diamante, una gacela lista para correr por las praderas de los tribunales. -Yo he hecho todo lo que he podido para defenderlo se detiene repentinamente Rodríguez-. Con todo y que es muy difícil defender un caso donde no se está aplicando el Derecho sino la política. Y con esto no quiero criticar a los jueces porque sé que han tomado decisiones bajo la presión de una opinión pública muy mal informada por los medios de comunicación, que en este caso fueron bastante irresponsables. La defensa se basará en el hecho de que no hubo daño patrimonial a la nación porque si bien pudo haber algunas irregularidades, éstas fueron de tipo administrativo. Nada más. Jamás se dispuso de los fondos de la nación. Y en cuanto al manejo de las empresas o al déficit que podía tener el Banco, pues es muy sencillo demostrar que para ese momento la institución estaba dentro de los límites permitidos en la Ley General de Bancos. La base de la defensa es demostrar que él entregó todos sus bienes antes de recibir los auxilios financieros, y que el avalúo de los bienes superaba en mucho la cantidad que le dio Fogade. Ahora el Fondo alega que el Estado tuvo que desembolsar un dinero extra para devolver los fondos a los ahorristas y para cancelar las prestaciones sociales a los trabajadores de las empresas. Sí, pero ellos tuvieron los bienes de Orlando deteriorándose por mucho tiempo; desbarataron las compañías de seguros: no era lo mismo haber subastado las compañías como tales, que subastar sus bienes por separado. Esa pérdida no puede ser imputable a Orlando sino a quien mal administró esos bienes". El siguiente acto de la trama es la lectura de los cargos, luego vendrá la etapa probatoria, que se llevará unos meses, y finalmente, el juicio. Todo esto se llevará como muy poco un año. Alguien ha dicho que Yesmín Rodríguez se está frotando las manos con esta historia, "ella andaba buscando un buen caso, que le diera notoriedad y éste es el primero que tiene". Si esto tiene algún asidero, todos saldrán ganando, ella porque efectivamente le ha tocado un caso de primera plana y él porque no podía tener defensora más ardiente. "Una de las razones por las que yo nunca he vacilado en seguir con este caso", acota Rodríguez, "es porque está demostrado que Orlando Castro nunca ha lavado dinero. A pesar de que hay personas malintencionadas y abogados inescrupulosos en busca de publicidad denunciando hechos ficticios, sin el apoyo de ningún documento ni de ningún fundamento jurídico, se ha demostrado judicialmente que Orlando jamás tuvo que ver con lavado de dinero". Orlando Castro está de vuelta (de todo, en realidad). Y no está solo. Tiene amigos amigos de verdad, según él, una abogada muy hábil que lo defienda... y un gato de porcelana pa que no maúlle al rencor. *** Buen yantar, finos caldos (nunca en exceso); vestidos de coctel diseñados especialmente para su estampa; joyas elegidas en las vitrinas de Suiza e Italia (y convenientemente depositadas en la caja fuerte de un banco); carros de lujo, como el BMW donde se desplaza los fines de semana (y que ha venido a sustituir el otro, el que le robaron hace cuatro años a punta de pistola); un Camry conducido por un chofer para las fechas laborales; un par de pistolas que conserva en una gaveta, aunque aprendió a disparar en los días del Escritorio Aguiar... Si la piedra remata otra ronda vemos la mujer sin la artillería: una reciente abuela que lamenta el escaso tiempo para dedicarle a la bebé, una madre orgullosa de los éxitos académicos de su hija y una suegra discreta y respetuosa. Cuando el diamante reflecta un brillo azulado, una sombra cruza sobre su rostro como un ciclista nocturno. Apenas se le menciona el nombre de su hijo César Augusto, los ojos se le llenan de lágrimas; es una reacción pavloviana. El muchacho murió en 1985, en un accidente de tránsito, cuando tenía dieciocho años. "Y no es posible superarlo", admite sin mayor énfasis, sin dramatizar, sin molestarse en secarse las pestañas, empapadas de súbito. Hace un comentario sobre el auxilio que la fe religiosa puede prestar en estos casos y da el tema por concluido. Rodríguez es creyente y católica practicante de misa semanal. "Pero últimamente hasta a Dios lo tengo abandonado; lo único que hago es trabajar". Compulsión atribuible al cambio que han dado los acontecimientos, con Castro en Venezuela la defensa entra en fase de ebullición, lo que no significa que antes estuviera de brazos cruzados. "Mientras Orlando estaba en el exterior, sobre todo al principio, en varias oportunidades me indicó que me comunicara con algunas personas que él pensaba que eran sus amigos para que le prestaran cierta ayuda. Pero estas personas no podían hablar conmigo o no tenían tiempo o se iban de viaje, o simplemente no sabían nada de Orlando Castro. Estaba claro que eludían recibirme. Ya después él estaba un poco renuente a mencionarme personas para que yo las llamara. Hay mucha gente que en el pasado no quiso saber de él y ahora andan solicitando entrevistas o mandando emisarios para reunirse con él. Entre la gente que va a verlo unos lo hacen porque son sus verdaderos amigos; otros por curiosidad; la prensa, obviamente... y algunos que en el fondo lo que están es asustados porque le han quedado mal y quieren reivindicarse de alguna manera. Esta es una opinión muy personal que quizás Orlando no la comparta". Efectivamente, no la comparte. "Es la única cosa en la que no estoy de acuerdo con ella", reconoce Castro. "Aquí han venido muchos amigos de verdad. Solamente los amigos. A los que me deben dinero ya tendré tiempo de llamarlos y se van a tener que tomar una pastillita para los nervios o pagarme. Las cantidades que se me adeudan son ridículas para lo que yo tenía antes, pero ahora es una fortuna". Como fortunas montan, según dicen los entendidos, los honorarios de Rodríguez, quien nunca ha dejado de recibir los pagos por concepto de la defensa de Castro. ¿Y cómo puede pagar tan elevados emolumentos un hombre en la carraplana? Algunas personas lo ayudaron establece Rodríguez. Mientras estuvo en los Estados Unidos liquidó los bienes que tenía allí y durante el año que estuvo en libertad, en Miami, fundó una inmobiliaria... Orlando es un hombre muy hábil para los negocios y aprende rapidito, de manera que ya había hecho un millón de dólares en ese año, comprando y vendiendo casas. Así pudo afrontar sus compromisos conmigo. También contó con los ahorros de una persona que lo quiere mucho, su asistente, una gran mujer, que incluso vendió hasta el apartamento en que vivía para darle a él ese dinero. Fue ella quien coordinó todo conmigo para su regreso a Venezuela y quien me mantuvo al día durante todos estos años. La asistente de Castro es la venezolana Luzmenia Correa, aparentemente una más entre los 14 mil empleados que el grupo tenía en el país y casi dos mil en Colombia. Pero sólo en apariencia porque en realidad ella es "la mujer que amo", como pregona Castro, muy coplero, "es algo sagrado para mí. Todo lo que he perdido lo compensa su presencia en mi vida". La alhaja concluye su rotación y es rosa el fulgor que proyecta. Yesmín se desliza hacia la confidencia: en realidad, no está sola. No lo ha estado desde hace años. Ella tiene un amigo, pero es secreto. Y no dice más. De un salto desciende de su brillante y éste regresa a su mano derecha donde despunta como un risco de hielo, como un amuleto de la fortuna. |
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