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Cosucu
No crea el amigo lector que al referirme al Cosucu, esta columna se centrará en gastronomía. No es así. Desengáñese el gourmet, los epicúreos, los dulceros, en fin, los glotones que están esperando una nueva receta para sus condumios. El Cosucu no es ningún plato exótico o la creación de un chef alucinado. Mucho menos forma parte de la culinaria popular de algún pueblo. No existe Cosucu a la Gallega, ni Cosucu a la Valenciana, ni Cosucu con Babaganut, ni Cosucu con Moros y Cristianos, o Cosucu Masago Japonés con guarnición de Unagui, o (para ser nacionalista) el Cosucu a caballo con baranda de plátanos y tropezones de cochino. Despreocúpense los historiadores de la sazón patria, pues el Cosucu no es nada de eso. El Cosucu es el nombre con el que se abreviará el aún no fundado Consejo Superior de la Cultura. Es decir, el Conac, pasará ahora a denominarse Cosucu, según un aviso publicado por el Viceministerio de la Cultura. Como formo parte (creo, no lo sé ya) de una Comisión para la Redefinición de la Gestión Cultural Pública (que a estas alturas no se sabe si es presidencial, ministerial, viceministerial, pero que tiene un vaho de parapeto, pues sólo se reunió una vez y hace tanto tiempo que ya no recuerdo) comienzo a recibir una caterva de llamadas telefónicas y correos electrónicos donde muchos artistas, alarmados, me advierten y reclaman sobre el contenido antidemocrático y centralista que abriga el tal aviso. Ante tantas señales de emergencia e inquietud, dejo todo lo demás y me dedico a leerlo. Sin entrar en consideraciones de redacción y estilo, pues parece más bien un amasijo adjetivado de jerigonzas jurídicas y de esoterismos administrativos, transcritos por una secretaria a toda prisa por aquello que llega ya la hora del almuerzo, paso entonces a tratar de descifrar el tema. En el aviso, el Viceministerio de la Cultura y el Directorio del Conac, le solicitan a la Comisión Legislativa Nacional (léase el Congresillo) la aprobación y reforma parcial de la Ley del Consejo Nacional de la Cultura, a fin de que la administración actual pueda llevar a cabo un Proyecto Cultural con objetivos trascendentales que generen profundos cambios en el proceso cultural venezolano, cuya realización requiere de una plataforma jurídica básica para su implementación. Entonces, al desentrañar todo el aviso, a mí también se me atolla una multitud de objeciones que seguramente son las mismas que a todos mortifican, pero dado el poco espacio que conlleva escribir una columna, subrayo solo una. Creo que para generar «profundos cambios» el único camino es una Ley Nacional de Cultura. Una Ley Nacional de la Cultura, analizada y discutida por todos los diferentes sectores que tengan que ver con el quehacer cultural y artístico del país. Una vez dado este paso, ubicados en la necesidad y la realidad, este Proyecto de Ley deberá ser entregado a la nueva Asamblea Nacional, a fin de que se discuta y que se amplíe con el aporte de la sociedad civil organizada. Por más buenas intenciones que se tengan en agilizar las cosas, el tema de la cultura es estratégico y en él no se pueden borronear e improvisar cuartillas, y, mucho menos, pasar por encima de la libre y necesaria opinión de los artistas, los cuales son los hacedores de lo que será mañana patrimonio público y memoria de un país. Para evitar esas decisiones de cúpulas que degeneraron en Leyes que siempre terminaron favoreciendo a unos pocos, fue que votamos una nueva Constitución para la República. Para evitar que todo vuelva a ser demasiado Cusuco y poco indios.
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