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Yo, El Postulado
Lunes 12 de junio de 2000 No lo podía creer. Ahí, entre tanto nombre ilustre, entre tanto prócer de la economía, del empresariado, del periodismo, de la ciencia y la tecnología, de lo académico y de lo político, estaba el mío como uno de los postulados para formar parte de la nueva Directiva del C.N.E. Me dije, debe ser un error, seguro que al momento de transcribir equivocaron el tipiado y en vez de Manuel, pusieron Néstor. Pues no. Ahí, abajito del distinguido historiador y combativo columnista, también estaba yo. Con esa compañía no pude menos que sentirme calado de historia patria hasta los huesos, acoplado a lo memorioso nacional, alojado en el dietario de los acontecimientos patrios. Hasta se me ocurrió una tonadilla bravucona y belicosa muy propia de estos tiempos: ¡Caballeros, unidos, jamás serán vencidos! Es que en ese zangolotear que es mi imaginación de dramaturgo, ya me veía electo y dándole un manotazo a lo que supongo debe ser el inmenso escritorio de un directivo del C.N.E. Después de esa manotada ruda, oficial, vernácula, patriótica sonora y con eco nacional, agarraba por la pechera al directivo de Indra y le decía: «Os advertí que no debíais opinar sobre la política nacional. Os aclaré que los nativos podíamos llevar a cabo estos comicios con nuestros propios técnicos y de manera descentralizada, pero en vista que no me habéis hecho caso, idos a organizar elecciones en otra comarca, antes que os dé una zurra y tantas tortas como lentejas dan por un duro. Así que Indras y Canarios, contad con la desconfianza de la sociedad civil organizada, por haber privado en vosotros el interés mercantil por encima de las exigencias nacionales. Ahora, salid de mi oficina, gilipollas». Luego de hacer esto, presto me dirigía al presidente del ES&S, lo sacaba a empellones y, en mi perfecto inglés rupestre aprendido de oídas en las películas de John Wayne, le decía: «Geraout sonodevich». Perdido en esas ensoñaciones gerenciales y a punto de acostarme me encontraba, cuando sonó el teléfono. Era mi hermano Fernando quien, luego de felicitarme, pidió que rezara con el fin de solicitarle al Creador que no me escogieran. --¿Y por qué? le pregunté temeroso. Ah, porque ahí van a necesitar una especie de Mahatma Ghandi, pues cualquiera que sea la gestión de los nuevos directivos, siempre serán sospechosos de falta de honradez, de que algún chanchullo están planificando y esto los hará estar en la picota de la opinión pública. No podrán cometer el más mínimo error. Tendrán que ser como ángeles de ocho alas, para que la credibilidad se les octuplique. Dicho esto colgó y yo me acosté a dormir con un tarascón de angustia entre pecho y espalda. Ahí comenzó mi viacrucis que se expresó en pesadilla. Soñé que estaba en un programa de opinión y que una mujer rubia, con botas de tacón alto, enfundada en un conjunto de cuero negro y que se encontraba de espaldas, raudamente giraba y esgrimía un látigo y me cuereaba al tanto que me gritaba: «Chavista, Chavista de vecindario». Cuereado huí, pero en la calle, con maderos en manos, un centenar des boinas rojas me esperaban increpándome: ¡Puntofijista! ¡Contrarrevolucionario! Corrí perseguido por las boinas rojas y la rubia de cuero negro. Desemboqué en la Plaza Caracas donde estaba un actor seguidor de Arias y que al nomás verme vociferó «Al ataque», haciendo que millares de gallinas me picotearan. Perseguido por la mujer de cuero, por las boinas rojas, por el actor, por las gallinas, me encaramé como pude en la barandita del C.N.E. De repente apareció otra turbamulta que liderada por Benito (el guía de Velásquez en todo lo que se refiere a Zonas de Tolerancia) en total estado de ebriedad, con saña etílica berreaba: ¡Corrupto, antipatriota, abstemio! Ahora, tras de mí, la mujer de cuero, las boinas rojas, el actor, las gallinas, las seguidoras de Benito y de Velásquez. En eso menos mal que vislumbré, escoltada por boinas azules, a la defensora del pueblo. La miré suplicante, la miré como cordero al degolladero, pero ella sólo se ajustó sus lentes de marca y dijo: «Quiero tener un edificio muy beeeello, una oficina muy beeeeella, porque el pueblo es beeeello». Cerca de la puerta de vidrio, un pelotón de guardias me miraba indiferente tras sus máscaras antigás. Traté de caminar, pero ya no pude, porque a mis tobillos estaba Rhona encadenada. Grité cuando sonó el despertador. Salí a la calle y vi en los periódicos que ya me habían eliminado en la primera vuelta. Prometí que pediría, agradeciendo el gesto, que no me postularán a más nada a fin de poder seguir escribiendo, de manera libre y sin pesadillas, mis entuertos.
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